Los hijos de la fortuna, Teágenes y Cariclea
Famosa Comedia
Personas que hablan en ella
- CARICLÉS, viejo
- CALASIRIS, viejo
- NAUSICLÉS, mercader
- TISBE, esclava
- IDASPES, indio, negro
- CARICLEA, dama, india
- PERSINA, reina de Etiopía, india, negra
- UN CAPITÁN, Y SOLDADOS
- TÍAMIS, bandolero galán
- TERMUTES, bandolero
- JEBNÓN, bandolero gracioso
- PETOSIRIS, galán, hermano de Tíamis
- TEÁGENES, galán
- TRES CAMINANTES
- ADMETA, reina de Menfis
- LIBIO, criado de Teágenes
- DAMAS DE ADMETA
- NINFAS DE APOLO, músicas
- CRIADAS DE PERSINA, músicas, indias, negras
- MÚSICOS, BANDOLEROS Y SOLDADOS
Jornada Primera
Con los últimos versos de la copla, que se empieza a cantar desde adentro, salen todas las músicas que puedan, vestidas de ninfas, con guirnaldas de flores, y detrás Cariclés, viejo venerable, de sacerdote antiguo, y como van dando vuelta al tablado, van saliendo a su tiempo Calasiris, también viejo venerable, vestido de peregrino; luego, Nausiclés, de galán, y Tisbe, de esclava; luego, Idaspes, etíope negro, y Cariclea, cubierto el rostro con un velo.
Música
Atended, moradores de Delfos,
al sacro pregón, al público edicto,
que para el primer solesticio de junio,
esparcen las ninfas de Apolo divino.
Voz
Atended,…
Todas
Atended,…
Voz
… que os publico…
Todas
… os
publico…
Voz
… que aqueste es el año del gran sacrificio.
Todas
… que aqueste es el año del gran sacrificio.
Cariclés
Hermosas sacerdotisas
de Apolo, de quien me hizo
alta progenie de dioses,
más que el mérito, ministro,
pues de cinco en cinco años
a nuestro gran templo impíreo
Tesalia en sagrado voto
sus holocaustos previno
en hacimiento de gracias
de aquella paz en que dimos
fin, entre Tesalia y Delfos,
a los rencores antiguos,
que a nadie costaron más
que a mí; pues el día que impíos
robaron aqueste templo,
entre otros muchos cautivos,
a nunca más saber de él,
me robaron aquel hijo
que hasta hoy… Mas, ¡ay infelice!,
¿para qué ahora lo repito?
Pues de cinco en cinco años
Tesalia –otra vez lo digo–,
en desagravio de Apolo,
se ofreció a hacer sacrificios,
y éste es el feliz que cumple
el número de los cinco,
la solemnidad cumpliendo
de ceremonias y ritos,
que a nuestro cargo comete
la dignidad del oficio,
por calles y plazas digan
vuestros acentos festivos:
atended, moradores de Delfos,…
Música
Atended, moradores de Delfos,…
Cariclés
… al sacro pregón, al público edicto,…
Música
… al sacro pregón, al público edicto,…
Sale Calasiris, peregrino, oyendo la música.
Calasiris
Atended, moradores de Delfos,
al sacro pregón, al público edicto,…
Cariclés
… que para el primer solesticio de junio,…
Música
… que para el primer solesticio de junio,…
Cariclés
… esparcen las ninfas de Apolo divino.
Música
… esparcen las ninfas de Apolo divino.
Los Dos
… que para el primer solesticio de junio,
esparcen las ninfas de Apolo divino.
Salen Nausiclés y Tisbe.
Cariclés
Atended,…
Música
Atended,…
Cariclés
… que os publico…
Música
… os
publico…
Cariclés
… que aqueste es el año del gran sacrificio.
Música
… que aqueste es el año del gran sacrificio.
Los Dos
… que aqueste es el año del gran sacrificio.
Calasiris
(Éste es Cariclés, en cuya
confianza, peregrino
me traen a Delfos los hados,
que ha tanto años que esquivos
me persiguen de una en otra
patria, vago y fugitivo.
Mas ¿qué mucho, si voy siempre
pisando de mi delito
la sombra? ¡Oh, memoria, cuánto
afliges al afligido!
Déjame pensar siquiera
este breve, este indeciso
instante, que en hablar tardo
a Cariclés, que su pío
ánimo me ha de albergar.
Y pues a tiempo he venido
que ocupado en este sacro
bando de Apolo le miro,
pon a cuenta de tus iras
la dilación deste asilo,
que por sólo dilatarme
la piedad, pienso que dijo…)
Dentro a lo lejos música.
Él Y Música
Atended, moradores de Delfos,
al sacro pregón, al público edicto…
[Vanse.]
Nausiclés
No has de seguir sus acentos.
Tisbe
Si a comprarme en excesivo
precio en Tesalia, mi patria,
es lo más que te ha movido
la dulce voz de que el cielo
dotar mi esclavitud quiso,
¿por qué quieres que no goce
aqueste pequeño alivio
de mi inclinación, siguiendo
la dulzura de aquel himno?
Nausiclés
Porque ha hecho señal de leva
el aprestado navío
que me ha de dejar en Menfis,
donde tengo remitidos
ya créditos y caudales,
de cuyos puertos contigo
he de pasar a Etiopía,
siendo tú sola en quien fío
mi mayor ganancia; pues
de cuantos tesoros ricos
empleó la siempre avara
mercancía de que vivo,
ninguna es mayor, si llego
–¡Mercurio me sea propicio!–
a presentarte a Persina,
su reina, de quien he oído
cuánto músicas esclavas
estima; y así es preciso
no perder la ocasión.
Tisbe
(¿Quién
te dijera, ¡ay, Jebnón mío!,
ir tu Tisbe dada a negros?)
Nausiclés
Ven.
Tisbe
Si ése tu intento ha sido,
para tomar de Etiopía
el rumbo, ese adusto indio
podrá informarte mejor
que nadie.
Nausiclés
Al verle me admiro
en Delfos, por el decreto
que aquestos días he oído,
de que etíope ninguno
quede en todos sus distritos.
La causa no sé; y pues tengo
mi pasaje prevenido
por Menfis, no hay que informarme.
Ven, Tisbe.
Tisbe
Siempre te sigo
forzada, y hoy más, pues pierdo
la entonación de aquel himno…
Ella Y Música
… que para el primer solesticio de junio,
esparcen las ninfas de Apolo divino.
Vanse.
Idaspes
No te descubras el rostro,
que de sus rayos divinos
nadie ha de gozar la luz
en todo el délfico sitio
primero que Cariclés,
en cuya busca el camino
–siendo a Menfis la embajada
que Persina fiarme quiso–
torcí de Menfis a Delfos,
porque de sus prendas fío
el reparo de las iras
con que, sañudo, el destino
en mi poder te amenaza.
Cariclea
Tan obediente te sigo
que a respirar no me atrevo,
porque temo, si respiro,
que la ley al velo rompa
el aire de mis suspiros.
Idaspes
Ven, pues, hasta que ocasión
haya de hablarle.
Cariclea
Imagino
que hasta que dé vuelta al templo,
no la habrá.
Idaspes
Poco hay perdido
en ir siguiendo la tropa.
Cariclea
Mal dicen con mis gemidos
sus cláusulas; que disuena
mucho oír, cuando yo digo
que éste es el día del gran desconsuelo,…
Ella Y La Música
… que éste es el día del gran sacrificio.
Atended, moradores de Delfos,…
Vanse los dos, y vuelve la tropa como primero.
Cariclés
No más. Y pues ya cumplimos
la ceremonia, podéis
todas a descansar iros
a vuestros claustros.
Ninfa 1a
Primero
licencia de hablar te pido
de parte de todas.
Cariclés
Di.
1a
Ya sabes que es fuero antiguo
que, en cumplimiento del voto
que Tesalia a Delfos hizo,
toque a una sacerdotisa
ministrar el fuego activo
del antorcha que ha de dar
a las hogueras principio,
siendo la que también dé
en el apolinar circo
de los olímpicos juegos
la palma al que más invicto
a todos prefiera; y como
a quien le toque el oficio
ha menester prevenirse
de joyas y de atavíos,
que en los ropajes y adornos
sean de igual culto dignos,
queremos saber a quién
nombras, pues a tu albedrío
está encomendar la grande
dignidad del sacrificio.
Cariclés
Yo os responderé a su tiempo,
que ahora me tiene indeciso,
siendo el mérito de todas,
ser de una sola el cariño;
y así, antes de nombrarla,
en este usado retiro
de mis soledades, donde
suele Apolo darme indicios,
ya en las fantasmas del sueño,
ya en iluminados visos,
de lo que a su culto importe,
me dejad. Quizá, movido
de vuestro ruego, podrá
ser que me dé algún aviso
para la elección.
2a
Dichosa
la que él dicte, pues por cinco
años queda superior.
Vanse.
Cariclés
¡Oh, edad! ¿Qué importan los bríos
del ánimo, si te faltan
los de las fuerzas? Rendido
al cansancio de haber dado
vuelta a Delfos, solicito
aquí repararme un breve
espacio; y porque perdido
no sea, he de aprovecharle
en pedir me diga el digno
sujeto de la oblación
el gran dios a quien asisto.
Pero aun para esto se queda
el espíritu vencido
de un grave, profundo sueño,
a cuyo pavor me rindo.
Duérmese. Cantan dentro, y salen músicas indias negras, y Persina, llorando.
Música
¡Oh tú, sacerdote de Delfos, escucha
los tristes gemidos
de la que, hablando consigo sin ti,
sin sí habla contigo!
Cariclés
¿… de la que, hablando consigo sin mí,
sin sí habla conmigo?
¿Qué enigma, y qué negras sombras
Van saliendo.
son éstas, cielos, que miro,
por quien imagen dos veces
de la muerte al sueño he visto?
¿Qué queréis decirme, vagas
ideas de mis sentidos?
Música
Que atiendas, que escuches,
que mires, que adviertas
los tristes gemidos
de la que, hablando consigo sin ti,
sin sí habla contigo.
Persina
¡Oh tú, infeliz hermosura,
que, fábula de los siglos,
sin ser delito, naciste
para parecer delito,
tanto, que por desvelar
malicias, me fue preciso
que la virtud se valiese
de las cautelas del vicio!
Si ya no fue tu sepulcro
la primer cuna de un risco,
o siendo pasto a las aves,
o a las fieras desperdicio,
y acaso prodigio vives
de fortuna, habiendo sido
también de naturaleza,
antes de nacer, prodigio;
dondequiera que estés, oye
las lágrimas que te envío,
pues no puedo darte más
que el dolor que te habrán dicho…
Ella Y Música
… los tristes gemidos
de la que, hablando consigo sin ti,
sin sí habla contigo.
Persina
Y tú, quienquiera que seas,
el que piadoso y benigno
eligió el cielo en su amparo
–que a esto persuade el delirio
de un ciego amor–, oye agora
lo que antes de ahora te he escrito.
Admítela en tu regazo,
no la arrojes de tu abrigo,
siquiera porque es amago
de Dios ministrar auxilios
a un desamparo inocente;
y encuéntrente compasivo…
Ella Y Música
… los tristes gemidos
de la que, hablando consigo sin ti,
sin sí habla contigo.
Vanse, y salen por una puerta Calasiris, y por otra Idaspes; despierta Cariclés, y hállase en medio de los dos.
Cariclés
Oye, aguarda, escucha, espera,
atezado sol, que a giros
me has deslumbrado…
Idaspes
A tus plantas
postrado,…
Calasiris
A tus pies rendido,…
Cariclés
(Desvanecióse una sombra,
mas dos en su lugar miro.)
Calasiris
… que me des audiencia espero.
Idaspes
… que a solas me oigas te pido.
Cariclés
¿Quién eres, y qué me quieres,
gallardo etíope indio?
¿Qué me quieres, y quién eres,
venerable peregrino?
Que a los asombros de un sueño
concurrís tan sucesivos,
que todavía aún no sé
si estoy despierto u dormido.
Idaspes
Hable ese anciano primero,
tanto por serle debido
aqueste respeto, cuanto
porque a lo que yo he venido
buscándoos, me importáis solo.
Calasiris
La cortés licencia admito,
no por preferiros, pero
porque presumo que os sirvo
en desocuparos; fuera
de que no es secreto el mío,
pues mal podré yo callar
lo que el mundo dice a gritos.
Yo soy Calasiris, yo
aquel que en Menfis de Egipto,
presidente de su diosa
Isis –militar oficio,
a quien toca asegurar
los puertos y los caminos
a cuantos peregrinaren
a su templo–, al torpe hechizo
de una hermosura, engendrada
en las arenas del Nilo,
donde aprendió, siendo hiena,
traiciones de basilisco,
su altar profané; y perdiendo
dignidad y, en mis dos hijos,
Tíamis y Petosiris,
alma y…
Cariclés
No más; ya he oído
vuestras fortunas; y si es
que en mí presumís su asilo,
no os ha de costar saberlo
la sinrazón de decirlo;
que el que a un afligido ve,
y se le deja afligido
avergonzarse, no da,
sino vende, el beneficio.
Dadme mil veces los brazos,
y seáis muy bien venido;
que no ha de faltar en mí,
por el natural deslizo
de humana flaqueza, el fuero
de la amistad que tuvimos
por la comunicación
de ciencias, puestos y oficios.
Y siendo así que alma y vida
están a vuestro servicio,
y nos quedamos a hablar
despacio en nuestros designios,
dadnos lugar a que hablemos
los dos.
Calasiris
A esos pies rendido,
diga sólo con el llanto
lo que con la voz no digo.
Vase.
Cariclés
Ya estáis solo. Decid vos
qué queréis, que discursivo
me tenéis, porque no sé
qué puede haberos movido,
siendo etíope, a buscarme
en ocasión que hay edicto
de que ninguno entre en Delfos,
a causa de haber sabido
las guerras que allá se mueven
entre etíopes y egipcios;
y siendo así que alianza
tienen hoy Delfos y Egipto,
porque nunca se presuma
que albergó a sus enemigos,
manda que todos de él salgan.
Idaspes
Ajeno dese peligro
vengo a buscaros; y es tanto
lo que de vos necesito,
que, aunque lo supiera, no
desistiera del motivo;
porque solamente en vos
pudiera un secreto mío
depositarse.
Cariclés
Decid,
y sepa presto en qué os sirvo.
Idaspes
Yo soy mercader de piedras
preciosas, y habiendo oído
que es sólo el sagrado erario
de Apolo de algunas digno,
vengo a si queréis feriarlas;
y porque ellas persuadiros
podrán mejor que yo, éstas
son: ved si es tesoro rico.
Con un tafetán, que ha de estar con letras de oro, muestra unas joyas en un cofrecico.
Cariclés
Y tanto, que aunque yo quiera
ponerlas en precio, admiro
en ellas tanto valor
que de su compra desisto;
pues no digo este collar
de fondos diamantes finos,
esta aljorca de esmeraldas,
de perlas estos zarcillos,
con tal tropa de balajes,
crisolitos y zafiros,
podré feriar; pero apenas
el topacio deste anillo,
en cuya labor están
los blasones esculpidos
de los reyes de Etiopía,
que son el dragón marino
de Andrómeda, su deidad.
Idaspes
No el precio os tenga remiso,
pues tenéis con qué pagarlas.
Cariclés
¿Yo? ¿Dónde, o cómo?
Idaspes
En vos mismo.
Cariclés
¿En mí?
Idaspes
Sí, pues todo el precio
destas joyas sólo ha sido
el recibir otra joya
de valor más exquisito
que todas ellas.
Cariclés
A risa
casi me mueve el oírlo.
¿Cómo el recibir ser precio
puede del pagar?
Idaspes
Sabido
qué se recibe y se paga.
Cariclés
Y ¿qué lo uno y lo otro ha sido?
Idaspes
Lo uno, ese rico tesoro;
lo otro, este hermoso prodigio.
Dale las joyas, y saca a Cariclea, y descúbrela el rostro.
Cariclés
De una admiración a muchas
han pasado mis sentidos;
antes, por lo que he escuchado;
y agora, por lo que he visto.
¿Qué quieres decirme, sombra,
que, a fuer de noche, has traído
tras ti al día?
Idaspes
Lo que presto
sabrás, si me escuchas.
Cariclés
Dilo.
Idaspes
Idaspes soy, de Etiopía
noble sátrapa, que altivo
por la sangre y el caudal,
hay pocos iguales míos.
Una mañana, al aurora
saliendo a ver los ejidos
de mis ganados, hallé
entre jazmines y lirios
–a quien, como árbol de Venus,
hacía blanda sombra un mirto–,
envuelto en bellos cendales
de oro y seda, al pie de un risco,
pequeño bulto, que a rayos
de tornasoles y visos
brillando, me deslumbraba
y alumbraba a un tiempo mismo.
A reconocerle llego,
y entre esos despojos ricos
de esa faja –cuyas cifras,
si hablaron allá conmigo,
desde hoy hablarán con vos–,
la blanca hermosura miro
de recién nacida infante,
a cuya luz de improviso
me asaltaron las razones
de un natural silogismo.
«Si en Etiopía nacida»,
dije, «donde los estivos
rayos del sol más ardientes
tiñen la tez de sus hijos,
¿cómo tan blanca? ¿De cuándo
acá en el mundo se ha visto
que en los nidos de los cuervos
se alimenten los armiños?
Si de alguna blanca esclava
hurto de amor has nacido,
tierno asombro, ¿cómo dueño
de tantas riquezas te hizo?»
A estas dudas y otras que
tuve allá, y aquí no digo,
por no pasar a que fuese
adúltero natalicio
de quien principal y errada
arrojar a un tiempo quiso
con las piedades de madre
las sospechas de delito;
a estas dudas, pues, y a esotras
–que sin querer las he dicho–,
me pareció que ella misma,
en los no bien entendidos
idiomas de los gorjeos,
me había alegre respondido,
pues con una dulce risa,
de cuyo amoroso estilo
sólo fue intérprete el alma,
juraría que me dijo…
Dentro ¡Muera el etíope!
Todos
¡Muera!
Idaspes
Pero ¿qué gente, qué ruido
de voces y armas es éste?
Cariclés
No sé.
Sale un capitán y soldados.
Todos
¡Aquí está! ¡Muera!
Cariclés
Amigos,
¿qué es esto?
Capitán
Cumplir la ley
de parciales y de finos
con los de Menfis, matando
a quien, contra nuestro edicto,
se atreve a aportar a Delfos.
Cariclés
Deteneos.
Cariclea
(¡Oh hados impíos!
¿Hasta cuándo no he de dar
un paso sin un peligro?)
Idaspes
Generosos ciudadanos
de Delfos, ved que no amigos
os mostráis con los de Menfis
en cometer mi homicidio.
Embajador de la paz
soy, que a tratar los partidos
de ella voy. Un temporal
de las crecientes del Nilo
me derrotó a vuestros puertos:
sea Cariclés testigo,
que lo que con él trataba
trance de fortuna ha sido,
y tan deshecha, que quise,
por mostrarme agradecido,
dejar a vuestro gran dios
la prenda que más estimo,
en fe de que él solo pudo
asegurar el peligro
que opuesto me amenazó.
Y para que veáis que os digo
verdad, delante de todos
lo que le decía repito:
esa prenda que os entrego,
dad al templo, en quien confío
bonanzas de la fortuna,
que aquí derrotar me hizo.
Cariclés
También delante de todos
digo yo que la recibo
para consagrarla en nombre
vuestro a su claustral olimpo.
Capitán
Aunque de vuestras razones
las excusas admitimos,
entre ellas y el bando es bien
que partamos el camino:
esto es, ni daros la muerte
ni dejaros aquí. Idos,
y sea tan presto, que vean
nuestros parciales vecinos
que a la voz de embajador
fuimos fieles, y lo fuimos
a las señas de contrario,
no albergándoos.
Todos
Bien has dicho;
y para cumplir con todo,
vaya preso a su navío.
Capitán
Vaya, pues es no tratarle
como amigo ni enemigo.
Abrázanse con él, y llévanle por fuerza.
Idaspes
Adiós, pedazo del alma,
pues con dejarte te libro
de las injurias del hado.
Cariclea
¿Cómo igual dolor resisto?
Oye, aguarda, escucha, espera,
porque más quiero contigo
morir, que vivir sin ti.
Cariclés
Considera…
Cariclea
Nada miro.
Cariclés
Advierte…
Cariclea
Nada reparo.
Cariclés
Eso es decir que has vivido
con él, y crecer sospechas.
Cariclea
Si, hallándome como él dijo
–por no obligarse a decir
dónde o cómo me había visto,
si la justicia quisiese
seguir el rastro al indicio–,
me crió con tal secreto
que sola una ama conmigo
encerró; si, consultando
al andrómedo vestiglo,
dios de Etiopía, quién fuese,
escuchó en su vaticinio:
«No ha de saberse quién es,
hasta ser mi sacrificio»;
si, con aquesta respuesta,
cobarde, absorto y remiso
vivió siempre, recatando
–al ver cuánto eran vecinos
saberse de mí y mi muerte–
mi rostro, de nadie visto;
si, nombrado embajador
de Etiopía a Menfis, quiso,
por apartarme del riesgo
en tantos hados previsto,
traerme consigo; si, oyendo
tus ciencias, tu edad, tu juicio,
y deste templo la fama,
resguardarme en él previno
de que no sacrificada
allá muera, pues ya vimos
que peligros cautelados
tal vez no fueron peligros,
porque en fin el sabio tiene
en las estrellas dominio;
si, no reservando nada,
porque aquí deja conmigo
todos mis hados; y, en fin,
si otro padre, si otro abrigo
no conocí, ni otro amparo,
¿cómo, al ver aquel navío
–que ya, hecho a la vela, deja,
desplegando al viento el lino,
levando al áncora el ferro,
los campos de espuma rizos–,
quieres que en ajena patria,
sujeta a ajeno albedrío,
a ajenas leyes y fueros,
no esparza al viento suspiros
que, enterneciendo a los cielos,
digan –¡ellos sean conmigo!–
que a tanto embate de penas,
tanto tropel de martirios,
ciega, helada, muda, absorta,
al síncope parasismo
de fiero, mortal letargo,
ser, vida, honor y alma rindo?
Cae desmayada en sus brazos.
Cariclés
¡Ay infeliz! ¡Hola! ¿No hay
quien responda?
Sale Calasiris y luego las ninfas.
Calasiris
Habiendo oído
tu voz, ella sea disculpa
de entrar.
1a
¿En qué te servimos?
Cariclés
En ayudarme a llevar
este yerto asombro frío
donde procure que vuelva
a sacarme del abismo
de los prodigios en que
me han entrado sus prodigios.
Llévanla entre los dos, y vanse. Disparan dentro unas pistolas, y sale Tíamis, bandolero galán.
Unos
dentro
¡Cielos, piedad!
Tíamis
En vano hallarla esperan;
seguidlos, pues.
Otros
dentro
Si se defienden, mueran.
Tíamis
¡Mueran! Y ya que aquestas altas rocas
donde, hidra de cristal, por siete bocas
respira el Nilo undoso,
sirviéndoles de foso
a su gran revellín esa laguna
que alimentaron las resacas de una,
a quien, por su gran fama,
catadupa heracleótica la llama;
la rápida corriente
que, menguante tal vez, tal vez creciente,
desde Etiopía, en círculos de plata,
el Catadupe a Menfis nos desata,
viéndose en su raudal, centauro indiano,
nacer bozal, para morir gitano;
ya que estas altas rocas,
patria de cocodrilos y de focas,
nuestro reparo han sido, defendidas
a un tiempo de malezas y avenidas,
no llegue de la tierra pasajero
que no muera al rigor de nuestro acero,
ni del mar, peregrino
que en nuestro horror no encuentre su destino.
Sienta el desdén la ingrata patria mía
con que de sí me arroja y me desvía
el tumulto tirano
de un vulgo vil y de un aleve hermano.
Si de un parto nacimos,
si opuesta inclinación los dos tuvimos
en el fatal horóscopo que fiero
perturbó preeminencias de primero,
él a los ocios de la corte dado,
cuando yo a las fatigas de soldado,
¿por qué, el día infeliz que una sospecha
a nuestro padre Calasiris echa
del cargo y de la patria desterrado,
adonde nunca de él nos dijo el hado,
siendo su dignidad hereditaria,
a él le ha de dar la voz del pueblo varia
la posesión, llevados sus despechos
de sus palabras más que de mis hechos?
Y, pues, desposeído, a mi venganza
no queda otra esperanza
sino que contra el mismo cargo sienta
Egipto los oprobrios de mi afrenta,
sufra el yugo cruel que en mí le aflige,
y sepa a quién desecha y quién elige.
Sale Termutes.
Termutes
Dices bien; tu valor al mundo asombre,
y muéstrales robando que eres hombre
para triunfar de todos, pues hay trova
donde hombre no es, ni triunfa, el que no roba.
Tíamis
Locuras deja, y lleva
al lóbrego secreto de esa cueva,
que la gran fitonisa en la montaña
labró, y hoy tiene oculta la maraña
de los riscos, los légamos y ramos,
la presa que a esos míseros quitamos.
Termutes
Darésela, fiada
al silencio con que tiene cerrada
la boca de una peña,
sin que otro que los dos sepa la seña
que la desmiente entre malezas tantas.
Vase Termutes, y sale Jebnón.
Jebnón
Dame, valiente Tíamis, las plantas.
Tíamis
¡Oh, Jebnón, bien venido!
Cuéntame qué hay de nuevo. ¿Qué has sabido?
Jebnón
Por ser griego de nación,
con que ni el traje ni el habla
engendrar podían sospechas
de militar en tus armas,
pues siendo así que viniendo
a Menfis desde Tesalia,
donde a Teágenes servía,
joven ilustre a quien llaman
el hijo de la Fortuna,
siguiendo una hermosa esclava,
que, receloso de mí,
a un mercader de Nauclacia
vendió su dueño, y quedando
conmigo las esperanzas
perdidas, en tu servicio
me quedé, por mejorarlas;
que no se mejora poco
quien de enamorado pasa
a bandolero; pues mal
por mal, es vida más santa.
En fin –que esto no es del caso–,
viendo que ni traje ni habla
causar sospechas podían,
ir a la corte me mandas
a saber lo que hay de nuevo,
y hay dos cosas tan extrañas
que yo me holgaré en decirlas;
no sé si tú en escucharlas.
Es la una que Petosiris,
tu hermano, está en su privanza,
con achaques de ella misma,
pensión que la dicha paga
siempre al cuidado, pues tarde
o nunca sin él se alcanza.
El suyo es que, viendo el pueblo
que, árbitro destas montañas,
en todos vengas tu injuria,
notándose cómo, a causa
de tus escándalos, dice
que él, a costa suya, salga
–pues por el puesto le toca–
a desempeñar la patria
desta bandida opresión;
con que haciendo levas anda
de gente, para venir
a castigar tu arrogancia.
Es la otra que Admeta, que hoy,
sin casar, a Menfis manda,
habiendo tenido avisos
de que envía una embajada
Persina, de Etiopía reina,
en orden al amenaza
de las guerras, que hoy las minas
mueven de las esmeraldas;
porque el que la trae –que ya,
según las noticias, tarda–
no entre en Menfis, donde pueda
conocer de sus murallas
o la fuerza o la flaqueza;
con achaque de la caza,
en que la halle divertida,
a esa aldea se adelanta
que, a vista de Menfis, yace
de aqueste monte a la espalda;
con que hoy la corte vecina
tenemos.
Tíamis
Y ¿en qué fundabas
que me enfadarían las nuevas,
si son en mi favor ambas?
La de que mi hermano venga
en mi busca, porque es clara
cosa que viene a traer
en su muerte mi venganza;
y la del embajador
de Etiopía, porque nada
puede estarme mejor que
saber de una vez si acaban
de declararse estas guerras;
pues si a ver llego en campaña
los ejércitos, ¿quién duda
que al que decreten mis armas
será el que venza? Con que
vendré a tener la alabanza
de que a mi patria castigo,
u de que libro a mi patria.
Y pues me dará a escoger
la Fortuna lo que haya
de hacer entonces, agora
lo que me importa es que vayas
a saber más, y yo obre
según tú las nuevas traigas.
Jebnón
Sí haré; y no serán de aquellas
que el vulgo inventa, pues traza
no ha de faltarme con que,
sin sospechas, entre y salga;
que soy griego por la vida
y gitano por el alma;
y grieguigitano, ya
se ve si es la mescolanza
para no ser embustero.
Vase.
Tíamis
¡Oh, si llegasen mis sañas,
ya rompiéndose la guerra,
ya viniendo en mi demanda
Petosiris, a que viese
el mundo que…!
Dentro
¡A la montaña!
Otro
¡A la marina!
Sale Termutes.
Tíamis
¿Qué es eso?
Termutes
Yendo a hacer lo que me encargas,
vi que donde desemboca
en el mar esa garganta
del Nilo, antes de doblar
el cabo, un bajel amaina,
puesto de mar en través;
y, echando al golfo la lancha,
poca tropa arroja a tierra,
cierta señal de que él pasa
adelante, y hasta aquí
al flete esa gente carga;
con que nuestras centinelas,
para hacer la presa, llaman
unas a otras, diciendo
en confusas voces altas:…
Tisbe
dentro cantando
Aunque por la tierra dejase el agua,
siempre son del viento mis esperanzas.
Tíamis
Alegres la tierra toman,
pues que tan seguros cantan.
Di, ya que hacia aquí caminan,
que nadie al paso les salga,
porque me quiero informar
de quién son y adónde pasan.
Salen Tisbe, Nausiclés y otros, con fardeles al hombro.
Nausiclés
Pues ya el esquife de Menfis
nos ha dejado en la playa
y, reconocida, sé
que detrás desta montaña
está una pequeña aldea,
y es forzoso ir a pie hasta
que en ella nos reparemos,
para divertir las ansias
del camino, canta, Tisbe.
Caminante Vejete
Un pobre que caminaba
a pie, a un astrólogo oyendo
las luminares patrañas
de sus astros, dijo que
había hecho la jornada
caballero en sus orejas.
Otro Caminante
Nosotros con mejor causa
lo diremos, yendo oyendo
a Tisbe.
Tisbe
Pues os agrada,
yo lo haré, si es que quien llora
divierte con lo que canta.
Canta
Aunque por la tierra dejase el agua,
siempre son del viento mis esperanzas.
Tíamis
¡Miserables pasajeros,
deteneos!
Tisbe
(En la garganta
se me ha atravesado el tono.)
Unos
¡Qué desdicha!
Otros
¡Qué desgracia!
Huyen todos, dejando la ropa y fardos.
Nausiclés
Aquí el último remedio
es apelar a las plantas.
Vase.
Tíamis
Mientras sigo a los que huyen,
tú esa ropa y mujer guarda.
Vase.
Tisbe
¡Ay, desdichada de mí!
Termutes
No es usted muy desdichada,
pues queda en poder de quien
sabrá, por mujer, guardarla
el dinero que llevare.
Tisbe
¿Qué ha de llevar una esclava
que va vendida a Etiopía,
con fortuna tan escasa
que, si otras como unas negras
sirven a sus blancas amas,
ella a una ama negra va
a servir como una blanca?
Termutes
Eso no será en mis días,
que soy servidor de damas
tanto, que si Mancha hubiera
en Egipto, es cosa clara
que a mí me tocara ser
el Quijote de esa Mancha;
y como ucé a estar se atreva
escondida en mi cabaña,
y diga que, por guardar
yo la ropa, entre estas ramas
pudo escaparse, no dude
que la ponga libre y salva
en libertad.
Coge los fardos.
Tisbe
¿Qué no haré
por tenerla?
Termutes
Pues ¿qué aguardas?
Sígueme.
Tisbe
(Señores míos,
esto dicen que se llama
afufón, y horro, Mahoma.)
Vanse los dos.
Tíamis
dentro
¡Pues mi aliento no te alcanza,
alcáncete mi furor!
Cuando estas voces de dentro suenan en una parte, dicen mujeres en otra, y sale Admeta de caza, con arco y flechas.
Nausiclés
dentro
¡Ay de mí infeliz!
Una Mujer
¡Ataja
por la ladera del monte!
2a
¡Al valle!
3a
¡Al risco!
4a
¡A la falda!
Unas
¡To, Melampo!
Otras
¡To, Barcino!
Admeta
Aunque tan volando vayas
que las plumas de mis flechas
te estén sirviendo de alas,
cerdoso espín, por el rastro
te seguiré de las jaras
que tu colmillo destroza,
o sangre y espuma esmalta,
que no te ha de rematar
otra que yo. Allí las ramas
mueve, como que cayendo
viene.
Sale Nausiclés como cayendo, herido.
Nausiclés
¡Los cielos me valgan!
Admeta
Mas ¿qué miro? ¡Ay infelice!
Nausiclés
Detén, deidad soberana,
el flechado arpón, no tanto
porque no es acción bizarra
emplearle en un rendido,
sino porque mis desgracias
no me equivoquen las señas
de nobles y infames armas.
Una tropa de bandidos
que de esotra parte anda
del monte, al vencer –¡ay, triste!–
la cumbre, desde esas altas
peñas herido me arroja;
y pues a tus pies… Mas nada
puedo decir, porque a un tiempo
aliento y vida me faltan.
Admeta
¡Qué sentimiento! ¡Ah del monte!
¡Ah de la selva!
Sale Jebnón desnudo.
Jebnón
¿Quién llama?
Admeta
¿Quién eres?
Jebnón
Un pobre diablo
(Empiece aquí la maraña.)
a quien unos bandoleros,
después que a palos le matan,
le han dejado como ves,
en su negra ropa blanca.
Admeta
Ya que has sido más dichoso,
pues, en fin, no herido escapas,
como ese infeliz, con él,
por si tiene cura, carga,
hasta esa pequeña aldea.
Jebnón
¿Yo metemuertos?
Admeta
¿Qué aguardas?
Llega.
Jebnón
Protesto la fuerza.
Nausiclés
¡Ay de mí!
Al levantarle, vele la cara, y déjale caer.
Jebnón
¡Pese a su alma!
¡Y lo que pesa su cuerpo!
(Mas ¿qué miro? ¿No es la cara
del que compró a Tisbecilla?
Aún no es muerto, ¿y ya es fantasma?)
Admeta
¿Cómo le dejas?
Jebnón
Cayendo.
Salen Petosiris y gente, damas y otros.
Petosiris
Tanto a todos te adelantas
que, hasta hallarte, hemos corrido,
teniendo al fin nuestras ansias
pena de tu vida.
Admeta
Más
será con la que me halla
vuestra diligencia.
Petosiris
¿Cómo?
Admeta
Como es con la que me causan
esas míseras desdichas,
que si antes de ahora escucharlas
pude, menos me movieron;
que es muy otra la distancia
que hay del enfado de oírlas
al asombro de mirarlas.
Éstas son de vuestro hermano
las generosas hazañas,
que espero que han de ilustrarme
en las lides que me aguardan.
Y si vos –a quien más tocan
los desdoros de su infamia
por la sangre, por el puesto,
y porque fuisteis la causa–
de enmendarlas no tratáis,
trataré yo de enmendarlas
tan a vuestra costa, que…
Pero esto que diga basta;
y albergad a ésos, siquiera
porque dieron a mis plantas.
Vase, y las damas.
Petosiris
(¡Que esto escuche, por haber
quedado de la pasada
competencia de mi hermano
tan empeñada mi casa,
que vengan a faltar fuerzas
a quien ánimo no falta!)
Venid, extranjeros, donde
os reparéis, mientras haya
–aunque en público mercado
venda hasta ser, vida y alma–
caudales que desempeñen
mi honor y vuestra venganza.
Nausiclés
Como yo cobre la vida
que a vuestra piedad se encarga,
yo os ofrezco, aunque ahora aquí
tan pobre me veis, que nada
os falte; créditos tengo
que a desempeñaros bastan,
para que paguéis la gente
que lleváis a la campaña,
si una palabra me dais.
Petosiris
Y ¿qué es?
Nausiclés
Cobrarme una esclava…
Jebnón
(¡Oídos que tal oyen!)
Nausiclés
… que
me robó la aleve escuadra
que me dio aquestas heridas.
Petosiris
La fe os doy, mano y palabra,
como me ayudéis a que
airoso al empeño salga,
de que la esclava sea vuestra.
Nausiclés
Sólo en ella se restauran
todas mis pérdidas.
Vanse, llevándole.
Jebnón
Antes
–en dejando asegurada
la industria para la vuelta,
pues ya sé dónde he de hallarla–
pondré, como a Tisbe atisbe,
donde él no pueda atisbarla.
Vase. Las chirimías, y salen Cariclés y Calasiris.
Cariclés
¡Qué gozo!
Calasiris
Alegre estáis.
Cariclés
Cuando
está toda la ciudad
para la celebridad
del sacrificio esperando
sólo a ver desembarcar
las gentes que con él vienen;
cuando prevenidos tienen
fuego, pira, ara y altar
ya a sus víctimas las bellas
sacerdotisas, que al viento
han de endulzar con su acento
los fieros bramidos de ellas,
¿qué mucho que alegre esté?
Aunque, si digo verdad,
quizá es otra novedad
la deste alborozo, en fe
de que otro no vi mayor.
Calasiris
¡Quién preguntaros pudiera
de qué nace!
Cariclés
Aunque yo quiera
callar, no querrá el amor
que en pocos días cobré
a aquella hermosura bella
del mortal desmayo.
Calasiris
En ella
desde entonces no os hablé,
por no atreverme a saber
lo que no queráis decir.
Cariclés
Pues oíd, ya que encubrir
no es posible mi placer.
Esa perfecta hermosura
(Cómo en mis brazos la vi,
es muy largo para aquí.)
es a cuya llama pura
el sacrificio ha de arder,
no sin prodigio en que fuera
la que yo a todas prefiera;
y llegándola ahora a ver
de sus joyas adornada,
de nuestras ropas vestida,
diré que no vi en mi vida
la luz del sol retratada
más hermosa, rica y bella;
tanto que, al verla, a mirar
volví el ara del altar,
por si me faltaba de ella;
y tal regocijo en mí
causó, que mayor no fuera
si fuera éste el día en que viera
aquel hijo que perdí;
pues todo su dolor ya
pienso que Apolo limita,
de aquel hijo que me quita,
con esta hija que me da.
Desto tan gozoso vengo,
que…
Chirimías y instrumentos.
Mas la música indicio
da de que ya el sacrificio
llega a esta puerta, en que tengo
de esperar para admitir
la ofrenda, que siempre tray
noble joven, en quien hay
más prendas para lucir
lo heroico de tanta acción.
Chirimías, cajas y instrumentos, y salen por una parte ninfas y Cariclea, con una hacha, y por otra saldrán los músicos y Teágenes.
Calasiris
Ya vienen marchando al templo,
y las ninfas, a su ejemplo,
en más festivo escuadrón,
el aire alternan veloces
con las músicas inquietas
de cajas y de trompetas,
de instrumentos y de voces.
En hora feliz, gozando
la tranquilidad del puerto,
salude el templo Tesalia
de la gran isla de Delfos.
Delfos en hora feliz
admita el sagrado feudo,
con que Tesalia guarnece
los umbrales de su templo.
Coro 1
Y todos ufanos…
Coro 2
Y todos contentos…
Ambos Coros
… se hagan salva iguales,
mezclando a un tiempo
cajas y trompetas,
voces y acentos.
Chirimías y cajas.
Teágenes
Una y mil veces repita
vuestras músicas el eco;
porque una y mil veces vea
el sol que a sus puertas llego…
Él Y Coro 1
…en hora feliz, gozando
la tranquilidad del puerto.
Cariclea
Una y mil veces publiquen
también los cánticos nuestros
su bienvenida, porque
con iguales rendimientos,…
Ella Y Coro 2
… Delfos en hora feliz
admita el sagrado feudo.
Teágenes
Prosiga el canto, porque
en repetidos acentos…
Él Y Coro 1
… salude el templo Tesalia
de la gran isla de Delfos.
Cariclea
No cese la canción, y oiga
Apolo el rendido obsequio…
Ella Y Coro 2
… con que Tesalia guarnece
los umbrales de su templo,…
Teágenes
… diciendo la fe…
Cariclea
… mostrando el afecto…
Los Dos Y Los Coros
… con que todos ufanos, todos contentos
se saludan iguales, mezclando a un tiempo
cajas y trompetas, voces y acentos.
Chirimías y cajas.
Teágenes
¡Oh tú, emulación gloriosa
de la cuarta esfera, puesto
que tan casa del sol eres
como ella, y aún más, si atiendo
que, cuando ella alumbra a rayos,
tú deslumbras a reflejos,
gozando en los repetidos
visos del mejor espejo,
si allá luces como astro,
aquí, como dios, incendios,
salve! Y salve, ¡oh tú, piadoso,
venerable anciano!, atento
a que en Teágenes habla
toda la voz de su reino,
a causa de que conozca
Apolo, que a tus pies puesto,…
Él Y Coro 1
… en hora feliz, gozando
la tranquilidad del puerto,…
Teágenes
… llega a ofrecer a tus aras
el antiguo rendimiento
que votó a este templo, cuando
en religioso hacimiento
de gracias, vio el arco hermoso
de la paz en sus supremos
alcázares tremolar
la blanca bandera al viento.
Y vosotras, ninfas bellas
del sol, que, como luceros
suyos, mostráis que es la luz
propio vasallaje vuestro,
las víctimas acetad
de blancas reses, que el cuello,
antes que al lazo del yugo,
dan al filo del acero,
cuando en sagrado recinto
de los ámbitos del templo
guarnecen la esfera sobre
la leña en que han de arder, luego
que a la crueldad del cuchillo
siga la piedad del fuego,
para que, no sólo en voces,
mas también en humos densos…
Él Y Coro 1
… salude el templo Tesalia
de la gran isla de Delfos.
Cariclea
(Sin duda mis ojos hoy,
a una perfección atentos,
cuanto ven son perfecciones.
¡Qué generoso mancebo!
¡Qué galán y qué entendido,
pues, sucintamente cuerdo,
en poco dijo lo que
quizá en mucho fuera menos!)
Ninfa 1a
(En fin, ¿hemos de pasar
por el desaire de vernos
preferir de una extranjera?)
Ninfa 2a
(Sí, pues no hay otro remedio.)
Cariclea
Generoso tesaliano,
a quien por todo su pueblo
tocó hablar, bien como a mí
por todo mi coro excelso,
salve, y admite también
la encendida antorcha, fuego
que de la esfera del sol,
sacrílego Prometeo
hurtada trujo; bien que
le escarmentó su despeño,
con los desdenes del mar,
de los favores del viento.
Ésta es, pues, la ardiente llama
que hasta hoy conservan ardiendo
en no apagadas cenizas
sus sacerdotisas, siendo
las que sólo encender pueden
en ella las teas, a efecto
de que cuantos a este culto
rindan sus ofrecimientos…
Ella Y Coro 2
Delfos en hora feliz
admita el sagrado feudo.
Cariclea
Y pues el tiempo ha llegado,
habiendo llegado el tiempo
de que Tesalia por vos
le reciba, y yo por Delfos
le ministre, lo demás
diga el coro, repitiendo
cuánto Delfos reconoce
aqueste heredado celo…
Ella Y Coro 2
… con que Tesalia guarnece
los umbrales de su templo.
Cariclés
Ya que a la sacerdotisa
dar toca la llama, y luego
la inmolación a mí, a vos
el holocausto; trayendo
la antorcha, venid conmigo,
que ya yo llevo el acero.
(¡Válgate el cielo por joven,
en qué admiración me has puesto!)
Vase Cariclés.
Cariclea
Si habéis de llevar la luz,
¿qué esperáis?
Teágenes
Cobarde llego
a sus vislumbres.
Cariclea
¿Por qué?
Teágenes
Porque no sin causa temo
que de Prometeo al delito
también siga el escarmiento.
Cariclea
¿Cómo?
Teágenes
Como él la tomó
del sol; de vos, yo; y recelo
que aunque son dos las acciones,
es uno el atrevimiento.
Pone la mano en el hacha sobre la de Cariclea.
Cariclea
Ésa es la mano, no el hacha.
Teágenes
Es verdad; mas si me siento
arder, y miro la nieve,
¿qué mucho que, absorto y ciego,
viniendo hacia mí el peligro,
me vaya yo hacia el remedio?
Cariclea
Tomad el fuego, y no más.
Teágenes
¿No es harto tomar el fuego?
Cariclea
Sí. (Pues al quedar sin él,
siento yo no sé qué hielo
que ha pasmado mis sentidos.
Mas yo, si lo digo, miento.)
Ya que el fuego tenéis, idos.
Teágenes
Sí haré; pues a mi deseo
llevándole yo, bastó
que sepáis vos que le llevo.
Cariclea
A mí me basta también
saber vos que sin él quedo.
Teágenes
¿Tan presto volvéis la espalda?
Cariclea
Engañáisos, que no es presto,
cuando tras mí viene el daño,
irme yo tras el remedio.
Prosigan vuestras canciones,…
Teágenes
Prosigan vuestros acentos,…
Cariclea
… diciendo una vez y otra…
Teágenes
… una y otra vez diciendo…
Cariclea
… la unión (mejor diré, el pasmo)…
Teágenes
… la paz (mejor diré, el riesgo)…
Todos
… con que todos ufanos, todos contentos,
se hacen salva iguales, mezclando a un tiempo
cajas y trompetas, voces y acentos.
Jornada Segunda
Salen Calasiris y Cariclés.
Cariclés
¡No hay consuelo para mí!
Calasiris
Si una vez me dio licencia
de preguntar la alegría,
démela otra la tristeza.
Cariclés
Sí dará, pues que no tiene
el pesar más preeminencias
que tuvo el placer, y más
cuando es la causa una mesma.
Calasiris
¿Cómo?
Cariclés
Como es el dolor
de ver la grave violencia
con que una mortal pasión
trata la rara belleza
de esa mujer prodigiosa.
Desde la hora primera
que ministró el fuego, y dio
en la olímpica palestra
los premios, no hay cosa que
la alivie ni la divierta;
tanto, que habiendo hecho ya
los tesalianos ausencia,
no teniendo a qué dejarse
ver, triste y sola se encierra
a no salir de una cuadra.
Y siendo así que fue ella
la que, al verla tan lucida,
me alegró entonces, ya, al verla
hoy tan postrada, bien clara
os saca la consecuencia
de que son de un mismo caso
la pregunta y la respuesta.
Calasiris
Ella salió tan hermosa,
tan bizarra y tan compuesta,
que llevó tras sí los ojos
de todos; y alguno…
Cariclés
Ésa,
en la ignorancia común,
fuera razón.
Calasiris
Pues, ¿quién niega
la fascinación, que es
una envidia que avenena
los espíritus, y inflama
el corazón, de manera
que el aire con que respira,
contagiosamente infesta
al objeto que la causa?
Cariclés
La razón dicen que es ésa,
pero yo no he de creer
que haya mal de ojo.
Calasiris
Eso fuera
negar a la fantasía
que varios efectos tenga
–de que vemos que divinas
y humanas historias llenas
están– de monstruosidades,
si no de aprensiva fuerza,
de vehemente estimativa,
que aquello que mira engendra.
El parecerse los hijos
a los padres, ¿no es presencia
de objeto? El no parecerse,
¿no es diversión de la idea
puesta en otra cosa, a quien
quizá después se parezcan?
Y asentado este principio
de que hacer mil veces pueda
caso la imaginación,
para cuando nos convenga
haberle asentado, demos
a nuestro discurso vuelta:
¿qué mujer es ésta, que
tanto tras su afecto os lleva,
que a merced de su semblante
vivís, triste esté o contenta?
Cariclés
No sé quién es; pero sé
que es iluminada prenda
de los hados, que la echaron,
sin saber cómo, a mis puertas:…
verdad es que con algunas
noticias; pero tan ciegas
que en lo principal dejaron
siempre la duda suspensa.
Sólo un instrumento tengo
que puede ser que me advierta
algo que importe, porque
el que me le dio con ella
–que fue aquel sátrapa Idaspes
que con vos me pidió audiencia–
dijo que hablaría conmigo;
pero hasta esto con vergüenza
os habré de confesar,
escrito en cifras y letras
de su extraño idioma, que
no entiendo; y no he dado a leerlas,
porque no sé lo que pueden
contener, y es imprudencia
fiar secreto de quien luego
me ha de pesar que le sepa.
Calasiris
Yo tuve curiosidad
–demás de las experiencias
que mi peregrinación
me ha dado– en aprender lenguas,
y podrá ser, si queréis
fiaros de mí, que le lea.
Cariclés
¿De quién mejor que de vos?
Calasiris
¿Qué es de él?
Cariclés
En una pequeña
caja le tiene con otras
joyas.
Calasiris
¿Quién?
Cariclés
Ella.
Calasiris
Pues ella,
si es natural del idioma
y caracteres que encierra,
¿no le ha leído?
Cariclés
Crióse
sin maestros en la desierta
prisión de pobre alquería.
Mas venid; que, como pueda,
sin que ella lo vea, sacarle
–porque no quiero que sepa
que lo sé, hasta saber yo
si es bien que lo sepa ella–,
os le entregaré. Aquél es
su cuarto, venid.
Al dar ellos vuelta por de dentro, se ve Cariclea, mirando una lámina, sentada junto a un bufete, en que estarán las joyas en su cofrecillo.
Cariclea
¡Que sea
tal mi ignorancia que, ya
que llego a conocer que esta
deidad que, con trompas y alas,
tiene un pie sobre una rueda
y otro sobre un globo, es
la Fortuna, leer no sepa
el mote que, guarneciendo
la lámina, su orla cerca!
Pero ¿qué mucho? Nací
para vivir sola y presa;
si ya no es que la Fortuna
en mi ignorancia se venga,
como quien dice: «¿No basta
que desa inscripción entiendas,
para que esperes felice,
que es don que te dejó en prendas
de fe, y palabra de esposo,
el que…?». Mas Cariclés entra.
Los dos a la puerta hablando.
Cariclés
No paséis de aquí, que está
viendo no sé qué, suspensa.
Cariclea
(En mi acción ha reparado,
y que me pregunte es fuerza,
cuando ocultarlo me importa,
qué miraba tan atenta.)
Cariclés
Quedaos vos, mas escuchad.
Cariclea
(Pero, pues, la espalda vuelta,
está hablando a Calasiris,
a quien dejaba a la puerta,
como que otra cosa fuese,
tengo de hacer la deshecha
con la primera, trocando
la lámina.)
Abre el cofrecillo, echa en él la lámina, y saca el anillo.
Calasiris
Norabuena;
allí espero, recatado
de ser visto.
Cariclés
Cariclea
–que ya este nombre por mí
es bien que, como hija, tengas–,
¿qué es lo que imaginativa
tanto te tiene y suspensa?
¿Qué estás mirando?
Cariclea
Este anillo,
que como me representa
la deidad que Etiopía adora,
es en quien hallan mis penas
más consuelo, como a quien,
dueño de mis influencias,
le debo gozar la dicha
de que este nombre merezca.
(¡Si no le hubiera trocado!)
Cariclés
No sé cómo te encarezca
cuánto tus tristezas siento.
Cariclea
Engáñaste; que tristezas
son las que nacen de causa,
y no es posible tenerla
la que goza tus favores;
que en eso se diferencian
tristeza y melancolía.
Cariclés
A mí, que uno u otro sea,
padecerlo tú me basta
para que yo lo padezca.
(¿Cómo la echara de aquí?)
¿No habrá algo que te entretenga?
Cariclea
Sólo que me dejen sola.
Salen las ninfas.
3a
¿Que a eso, Cintia, te resuelvas?
1a
Sí, que no es justo que una
advenediza extranjera
en honores y cariños
tanto a todas nos prefiera,
sin que nos venguemos, cuando
la común opinión llena
está de que son mujer
y envidia una cosa mesma.
2a
Dices bien; y pues tenemos
la costa del baldón hecha,
hagámosla verdad.
Cariclés
¿Quién
allí ha entrado?
1a
Quien desea
que, para hacerte un agrado,
le des, señor,…
Cariclés
¿Qué?
1a
… licencia.
Cariclés
Licencia y agrado mío,
¿no implica…?
1a
Viendo la pena
que Cariclea padece,
quisiéramos que en la selva,
que entre el templo y el mar goza
delicias de caza y pesca,
con nosotras esta tarde
su grave pasión divierta;
y como es festejo tuyo,
según la estimas, que en ella
se alivie, le dimos nombre
de agrado.
Cariclés
Decís bien. Esta
fineza has de hacer por mí.
Sal un rato a esa ribera,
segura de no ser vista,
pues nadie sale ni entra
su guardado coto que
pena de vida no tenga.
Todas
Todas te lo suplicamos.
Cariclea
(¡Que haya de ser esto fuerza!)
Cuando tú no lo mandaras,
de agradecida debiera
al deseo no excusarme.
(Corazón, que aliente deja;
que no sé lo que me dices.
Mas sí sé, pues es la ausencia
del que no sé si a cumplir
se fe y su palabra vuelva.)
Vamos, amigas.
Vase.
2a
Y agora,
¿qué es lo que conseguir piensas?
1a
Su muerte y nuestra venganza;
pues no faltará una fiera,
un barco o un risco que
la culpa y disculpa tenga.
Vanse las ninfas, y sale Calasiris.
Cariclés
Bien sucedió. Calasiris.
Calasiris
¿Qué mandas?
Cariclés
Bien puedes, entra,
que solos nos han dejado,
conque, sin que salga fuera
el secreto, hablar podemos
con más seguridad. Ésta
Saca del cofre el cendal.
–que aun la llave no hizo falta,
confianza u descuido sea
el habérsela dejado–
es la lámina de seda
en quien con letras de oro
labró la aguja su imprenta.
Calasiris
Las letras son etiopisas,
y aun también el frase de ellas
etíope es.
Cariclés
Y ¿qué dice?
Calasiris
lee
«Oh tú, cualquiera que seas,
el que piadoso y benigno
nombró el cielo en su defensa;…»
Cariclés
¡Qué es lo que escucho!
Calasiris
¿Qué os turba?
Cariclés
Nada; proseguid. (¡Qué pena!)
Calasiris
lee
«…admítela en tu regazo,…»
Cariclés
(¿Las razones no son éstas…
Calasiris
lee
«… no la arrojes de tu abrigo,…»
Cariclés
…que antes escuché…
Calasiris
lee
«… siquiera
porque es amago de Dios…»
Cariclés
… a la hermosa sombra negra?)
Calasiris
lee
«… ministrar auxilios a una
desamparada inocencia.»
Cariclés
(¡Válgame el cielo!)
Calasiris
Pues ¿qué
hay aquí que así os suspenda?
Cariclés
Hay las fantasmas de un sueño,
que agora me representan
ilusiones, a quien antes
oí esas palabras mesmas.
Y pues que nada de nuevo
me dice, sino me acuerda
esta del hado, ¡ay de mí!,
revalidada encomienda,
vuelva a quedar donde estaba,
con todas las demás señas
que trujo, bien como yo
con mi duda a quedar vuelva.
Vuélvelas al cofrecillo.
Calasiris
Ya que de mí os fiais, y sé
lo más, permitid que sepa
lo menos. ¿Qué señas son?
Quizá inferiremos de ellas
algo, porque es del discurso
gran maestro la conferencia.
Cariclés
Decís bien. Aquestas joyas…
Echa sobre el bufete todas las joyas.
Calasiris
En mi vida vi riqueza
semejante.
Cariclés
¡Ni en mi vida
vi yo semejante pena!
¡Ay de mí otra vez, y otras
mil veces!
Calasiris
Pues ¿qué os altera?
¿Nunca habéis vístolas?
Cariclés
Sí;
pero nunca he visto entre ellas,
o nunca la he reparado
por más pobre o más pequeña,
esta lámina, hasta agora.
Calasiris
Pues bien, ¿qué lámina es ésa?
Cariclés
La que tanto mis desdichas
de unas en otras aumenta,
que hidra, si es que hay hidras de oro,
muere una, porque otra crezca.
Arsínoe, la fitonisa
de Egipto…
Calasiris
Acuérdome de ella,
que en las gargantas del Nilo,
donde los montes estrecha
la heracleótica laguna,
daba equívocas respuestas,
del espíritu inflamada
de la Fortuna.
Cariclés
Pues ésa
vino a Delfos, a ocasión
que a mi esposa, que ya reina
a par del sol, la dio el parto;
y acudiendo a socorrerla,
parió en sus manos un hijo;
conque empeñada a la deuda
de haber nacido en sus manos,
dijo a voces: «Éste sea
el hijo de la Fortuna»,
y prosiguió: «Tomad esta
lámina, de mi gran diosa
último don, pues en ella
están sus felicidades
bien claramente dispuestas.
Al cuello del tierno infante
la poned, que como él crezca,
irán creciendo sus dichas;
mas cuidad que no la pierda,
porque no es posible que haya
otra en el mundo sino ella,
y vivirá desdichado
hasta que a cobrarla vuelva».
Con ella, infante en la cuna,
me le robó la interpresa
que hicieron los tesalianos
a este templo, en cuya ofensa,
los sacrificios que visteis
son votada recompensa.
Nunca supe de él, ni tuve
hasta hoy noticia ni seña,
ni aun hoy –¡pluguiera a los cielos!–
hubiera tenido ésta,
pues claramente me dice
que el que robado le lleva
pasó a venderle a Etiopía,
supuesto que de allá, entre esas
joyas, viene, como en fe
de que en ella esclavo queda
y desdichado, pues dice
de su explicación la letra:
«¡Feliz tú, mientras soy tuya;
infeliz, mientras ajena!».
Calasiris
Absorto más que vos quedo,
bien que puede ser que sea
dicha la que al primer viso
desdicha es.
Cariclés
¿De qué manera?
Calasiris
Si nunca nueva tuvisteis
para intentar diligencias
en busca suya, y hoy
os halláis con una nueva
que por lo menos induce
que en Etiopía está, y si en ella
tenéis al sátrapa Idaspes,
deudor de otras dependencias,
y a mí aquí, a peregrinar
hecho, al ir con cartas vuestras
y la lámina, ¿no puede
ser…?
Ruido dentro.
Pero gente atraviesa
los claustros.
Cariclés
Al mar salgamos,
pues hay por aquí otra puerta,
que no es para hablada a bulto
tan reservada materia;
fuera de que ha de obligarme
a dar voces, y es bien sea
donde nadie sino vos
pueda escucharlas.
Vanse, y salen Teágenes y Libio.
Dentro
¡A tierra!
Teágenes
¡A tierra! Y pues ya la nave,
sin doblar el cabo, queda
dada sobre el ferro fondo,
de aquella cala encubierta,
los dos solos del esquife
salgamos; que entre estas peñas
importa, sin ser sentidos,
esperar a que anochezca,
para dar de mi venida
a alguien el aviso; fuera
de que, de ser aquí vistos,
honor y vida se arriesgan.
Libio
Ya que habemos de gastar
la edad que a la tarde resta,
sea, pues la confianza
te he debido, en que te deba
también la noticia. ¿Qué
venida, señor, es ésta?
Teágenes
Mucho mi pasión tu duda,
Libio, agravia; que en materias
de amor suele estar de más
decirlas para saberlas.
Mas ya que a la ociosidad
de esperar es conveniencia
la diversión, no tan sólo
diré el intento que encierra
mi venida, mas la causa
que a tanto empeño me alienta,
porque sin altos motivos
temeridad no parezca;
y más a ti, que ha tan poco
que me sirves, por la ausencia
de Jebnón, que, sin saber
cómo ni dónde, se ausenta.
Orodantes, capitán
que fue en las lides sangrientas
de Tesalia y Delfos fiero
asombro de toda Grecia,
me crió como hijo suyo,
bien que casado no era;
con que padecía mi fama,
no sin propiedad, aquella
hablilla que decir suele,
lo de habido en buena guerra.
Llegó de su muerte el día,
y casi ya en la postrera
respiración, invocando
dioses y hombres, cielo y tierra,
«Teágenes,» dijo, «a quien yo
crié desde tu infancia tierna,
cuyo amor me hizo tener,
por no perderte, encubierta
tu ilustre prosapia, tanto,
que hay dioses de quien desciendas:
este agravio que te he hecho
te restituyo en mi hacienda,
de que único heredero
te dejo; y para que puedas
blasonar de lo que eres,
sin nota de que no seas
alto y legítimo, toma
esta medalla; con ella
ve a, a…». Y sin poder decir
a quién ni adónde, la lengua
trabada troncó la voz;
conque mi dicha suspensa
quedó cierta en ser verdad,
pero en qué verdad, incierta,
pues sólo quién era supe,
para no saber quién era.
La medalla que me dio
era de oro, en quien impresa
la diosa Fortuna estaba:
con que desde allí me aprecian
por hijo de la Fortuna,
tanto, que Tesalia, atenta
a esta buena fe y a otros
servicios que en paz y guerra
quizá supe hacer, me dio
privilegios de nobleza,
hasta hacerme embajador
–que es la suma preeminencia–
a Delfos, donde, ¡ay de mí!,
vi la divina belleza
de aquella sacerdotisa,
que me dio la vez primera
la antorcha, y después la palma
que en la olímpica palestra
gané a cuantos gladiatores
la agilidad y la fuerza
quisieron probar conmigo.
Dejemos aquí que, al verla,
absorto quedé; dejemos
que Cariclés con ternezas,
con halagos y cariños
me agasajó de manera,
que yo en mi joven edad,
y él en su anciana presencia,
nos confrontamos de suerte
que, avenidas las estrellas,
sin atender a distancias,
igualaban influencias;
y vamos a que este agrado
dio ocasión a que pudiera,
entrando y saliendo al templo
a todas horas, tenerla
para poder explicar
mi bien hallada dolencia,
interpretando los ojos
los idiomas de la lengua.
Entendióme agradecida;
no por decírmelo ella,
sino porque una hermosura
tan altamente suprema
favorece, Libio, todo
aquello que no desprecia.
Supe que tenía su cuarto
sobre esta hermosa ribera,
y un mirador; con que yo,
leyes despreciando y penas
de que hombre en sus cotos entre,
solo a idolatrar sus rejas
todas las noches venía.
Quiso amor que alguna de ellas
de los embates del mar
saliese a gozar las frescas
auras, con que respiraban
blandos aromas las selvas;
dime a conocer, y no
se retiró tan apriesa
que para otras no quedase
consentida la licencia.
En fin, pasando comunes
lugares, que ellos se dejan
discurrir, con el pretexto
de haber de lograr en ella
de Cariclés los agrados,
que favoreció, dijera,
mis finezas, a no haber
de dejar de ser finezas,
el día que hay galán que diga
que hay dama que favorezca.
En este estado de amor
gozaba la primavera,
cuando, en sus flores envuelto,
vino el áspid del ausencia,
siendo forzoso ir a dar
de gente y de puesto cuenta.
Aquella noche, más fina,
pero no menos honesta,
desconfió de que hubiese
de dar a Delfos la vuelta;
yo, asegurando la fe
de que había de ser, y era,
su esposo, de mi fortuna
la di la lámina en prendas,
advertida de que estaban,
para mejor merecerla,
en ella mis hados, cuando
dijese…
Cariclea
dentro
¡Cielos, clemencia!
1a
dentro
¡Tapadla la boca, y vaya
donde desde aquellas peñas
dé precipitada al mar!
Teágenes
¿Qué es esto?
Libio
A lo que se muestra,
por fuerza allí unas mujeres
a otra traen.
Teágenes
Y ella, resuelta,
mal desasida de todas,
hacia esta parte se acerca.
Cúbrete el rostro.
Pónense bandas en el rostro. Sale Cariclea, y las ninfas tras ella.
Ninfas
Aunque huyas,
será en vano.
Cariclea
¿Habrá quién pueda
de una venenosa envidia,
que es la fiera de las fieras,
defender mi vida?
Teágenes
Yo.
Todas
¿Quién podrá de nuestras fuerzas?
Teágenes
Quien sepa hacer de su pecho
escudo que la defienda.
1a
Mal defenderá otra vida
quien tanto la suya empeña,
que osadamente atrevido
aquestos límites entra.
Dad voces, corriendo el monte,
para que las guardas vengan
a dar muerte al que, embozado
amante de Cariclea,
por ella estas líneas rompe.
(Válganos una cautela,
pues no nos valió una ira.)
Vase.
Todas
¡Traición, traición, que en la selva
Cariclea ha introducido
gentes que su culto ofendan!
Vanse.
Cariclea
Miente vuestra aleve voz;
que a costa de mi inocencia
quiere salvar su delito.
Hombre, quienquiera que seas,
huye, antes que se convoquen
las guardas: no mi defensa
la vida te cueste.
Teágenes
¿Cómo
que huya quieres el que deja
la tuya al riesgo?
Cariclea
¿No es
peor sacarlas verdaderas,
y que, empeñado por mí,
confirmen que por mí vengas?
Teágenes
No, pues es la verdad.
Cariclea
¿Cómo?
Teágenes
Como soy yo, Cariclea;
y habiendo visto por una
parte que tu muerte intentan,
y por otra que te infaman,
¿cómo he de dejarte expuesta
a entrambos peligros?
Cariclea
Menos
importará que yo muera
de infeliz que de culpada:
huye, Teágenes.
Teágenes
Si ésa
para ti es buena razón,
para mí no será buena.
Yo no he de dejarte.
Cariclea
Mira…
Todas
dentro
¡Traición, traición!
Unos
dentro
¡A la selva!
Otros
dentro
¡Al valle!
Otros
dentro
¡Al monte!
Libio
Por todas
partes ya, señor, nos cercan.
Cariclea
Huye tú, salva tu vida.
Teágenes
Sin ti salvarla es perderla.
Cariclea
Mira que te han de dar muerte.
Teágenes
Pues ¡cuánto es mejor que veas
que sé morir yo y no huir!
Cariclea
Esto haz por mí.
Teágenes
Norabuena.
Yo huiré, pues tú lo quieres,
mas será desta manera.
Cariclea
¿Qué intentas?
Teágenes
Huir, mas contigo,
acudiendo a tu obediencia,
a tu vida y a mi honor.
Libio, al esquife con ella.
Cariclea
¿Eso es obediencia, honor
y vida?
Teágenes
Sí; como adviertan
los que ya en mi alcance vienen,
que huyendo yo con tal presa,
ni en mí es infamia la fuga,
ni en ti voluntad la fuerza.
Cariclea
Ni aun a ese viso ha de haber
culpa en mí.
Teágenes
Pues ¿qué hay que temas,
para ir adonde te adoren,
dejar donde te aborrezcan,
y más llevando contigo
mi fortuna?
Cariclea
¡Ay, que aun ésa
en Delfos queda!
Teágenes
Ven tú,
y más que todo se pierda.
Cariclea
En defensa de mi fama…
Teágenes
Ya es inútil la defensa.
Cariclea
(¡Oh, qué mal lidia el que lidia
con gana de que le venzan!)
Vanse, llevándola en brazos, y se oyen las ninfas, Cariclés, Calasiris y otros.
Vozes
¡A la marina! ¡A la playa!
Teágenes
¡Al mar!
Unos
¡Al monte!
Otros
¡A la selva!
Las chirimías. Por una parte Admeta, y por otra parte Idaspes, con acompañamiento.
Idaspes
¡Feliz el que, de tantas
dichas deudor, de vuestras reales plantes
el breve humano cielo
tocar merece!
Admeta
Levantad del suelo,
y seáis bien venido,
que, según los avisos que he tenido,
culpé vuestra tardanza.
Idaspes
De sustos se alimenta la esperanza.
La que a veros traía
derrotó un temporal (¡ay, prenda mía!)
a Delfos, donde del naufragio grave
atormentada a ráfagas la nave,
fue fuerza detenerme a reparalla.
Admeta
Ya que en los bosques divertida me halla
vuestra venida, en ellos
os habré de escuchar.
Idaspes
Los rayos bellos
del sol esfera harán cualquier espacio,
y cualquier majestad hizo palacio.
Admeta
Deseo de saber qué es lo que intenta
Persina, es la razón.
Idaspes
Pues oíd atenta
(ya que seguros hablan mis temores
de que la turbación mude colores).
Persina, que hoy a Etiopía,
como vos a Egipto, manda
–bien que vos, por no tener
igual, atenta a la extraña
ley de cuando a Egipto hereda
mujer; y ella, por la falta
del rey su esposo, que ya
en mejor reino descansa–;
Persina, pues, de Etiopía,
cuyos altos montes rayan
del sol las primeras luces,
a cuya encendida saña
tostados sus moradores,
tan fénix del sol se abrasan
que, carbones de su hoguera,
a su mismo humo se manchan,
salud, señora, os envía;
y para que a mi embajada
entera fe prestéis, ésta
es de creencia la carta.
Dice, pues, que, deseando
mantener la paz, que largas
edades han mantenido
las dos confinantes patrias
de Egipto y Etiopía, os hace
sabidora –en confianza
de no presumir que sea
acción vuestra– de que tratan
vuestros vasallos romperla,
entrándose por su raya,
hasta robarla las ricas
minas de sus esmeraldas.
Una fortificación
en vuestras fronteras labran,
y en algunos puertos suyos
han introducido barcas
que, con pretexto de amigos,
destruyen, queman y talan
su confín país; y aunque ella
pudiera impedir la entrada,
fía de vuestra amistad
que a enmienda y reparo salga.
Pues siendo así que a Etiopía
debe Egipto la abundancia
de sus campos –pues le debe
que el Nilo en sus montes nazca,
desde donde el Catadupe,
su primer cuna de plata,
le despeña, a que inundando
estas fértiles campañas,
en sus avenidas gocen
sus mieses, frutos y plantas
terrestres lluvias, con que
no le hacen las nubes falta–,
claro está que a tanta deuda
no ha de responder ingrata,
cobrando en quejas favores
que debe pagar en gracias.
Admeta
La justa atención estimo
de Persina, en cuanto haga
de nuestra amistad aprecio,
y en fe de suya, esta carta
en el corazón imprimo
con mil vidas, con mil almas.
En cuanto a que Egipto debe
a Etiopía las sagradas
ondas del Nilo, que riegan
y fertilizan sus plantas,
ella no le envía; él se viene
buscando el mar, y si pasa
por mis términos, ¿qué más
tiene que en los suyos nazca,
que no que muera en los míos?
¿Es acaso más ventaja
nacer donde se despeña,
que morir donde descansa?
Fuera de que el bien que hace
cuando en sus campos se explaya,
ya se le agradece Egipto,
pues le da templos y estatuas,
por ser él a quien le debe,
pues ella no se lo manda.
En cuanto a que mis vasallos
roben sus minas, la engaña
la pasión; que no las roba
quien como suyas las gasta.
Bien sabe Persina, y bien
Etiopía, que pasadas
edades fueron los montes
que engendran en sus entrañas
las congeladas centellas
de piedra y yerba, que varias
en su embrión participan
color y dureza de ambas,
feudos de Egipto; con que,
si sobre sus minas labran
fortificaciones, si
ocupan sus puertos, nada
es sin orden; yo la he dado,
por parecerme que basta
el tiempo que su dominio
las tuvo tiranizadas,
para que no sea invadirlas
lo que no es más que cobrarlas.
Idaspes
Mucho siento ser preciso,
señora, que mi embajada,
depuesta la conveniencia,
pase a otra segunda instancia.
Admeta
¿Cómo?
Idaspes
Como traigo orden
de que, la paz honestada,
y no admitida, os proteste
de que ella no es quien la rasga,
cuando…
Admeta
No más. Y acortemos
de palabras, que palabras
de los reyes con los reyes
sólo son…
Cajas dentro.
Nunca las cajas
a mejor tiempo se oyeron,
y aunque no sé quién las causa,
agradezco que me excusen
hablar yo donde ellas hablan.
¡Hola! ¿Qué rumor es ése?
Salen Petosiris y Nausiclés y Jebnón y soldados.
Petosiris
El de quien hoy a dar marcha
castigo a quien os disgusta,
por no decir os agravia.
Dadme la mano, porque
más favorecido vaya,
para volver más dichoso
segunda vez a esas plantas.
[Vase.]
Admeta
A buen tiempo habéis venido.
Embajador, yo pensaba
deciros lo que os han dicho
esos ecos; solo añadan
que advirtáis que a quien me enoje,
hay quien le castigue. Dadla
esta respuesta a Persina,
no de mi parte, pues sabia
la supo decir por mí
la casual circunstancia
de aquesas cajas, mostrando
–sobre hallarme en la campaña–
que son frases de los reyes
los idiomas de las armas.
Idaspes
En fin, ¿rompéis la paz?
Admeta
Yo
no rompo sino esta carta,
que doy al aire, bien como
centro de sus esperanzas.
Vase.
Idaspes
¡Buena jornada hemos hecho,
honor, pues de la jornada
llevo a Etiopía una guerra,
y dejo en Delfos un alma!
Vase, y suenan dentro cuchilladas y ruido de platos que ruedan, y salen como oyendo a lo lejos Tíamis y Termutes, y bandoleros.
Uno
¡Mía la presa ha de ser!
Otro
Es inútil la porfía,
que a mí me toca, y es mía.
Uno
Eso, tirano, es romper
la fe que debes guardar.
Otro
Aquí no hay que discurrir.
Unos
Pues ¡a matar o morir!
Otro
Pues ¡a morir y matar!
Teágenes
¡Déme el cielo su favor!
Cariclea
¡Ay infelice de mí!
Tíamis
Ninguno pase de aquí
hasta que de aquel rumor,
que desde anoche escuchamos,
hoy con el alba podemos
informarnos; que no habemos
de llegar sin que veamos
Siempre el ruido y cuchilladas dentro.
primero a lo lejos qué
armada gente de guerra
de aquel bajel salió a tierra,
y qué causa en ella fue
la que pudo ocasionar
tanto militar estruendo;
y más cuando estamos viendo
que el bajel, virando al mar,
los cables del ancla corta,
y vuelve al golfo, dejando
a los que trujo, peleando.
Termutes
Ya parece que reporta
sus estruendos el furor,
pues ya nada desde aquí
se oye.
Cariclea
¡Ay infeliz de mí!
Tíamis
¡Triste voz!
Teágenes
¡Cielos, favor!
Córrese una cortina, y vese lo que dicen los versos.
Tíamis
Ya entre bélicos despojos,
de más cerca percibidos,
el terror de los oídos
se va pasando a los ojos.
Unas mesas, derribadas
sus viandas y vasos, veo,
y por mísero trofeo
de su opulencia, bañadas
todas en sangre; la arena
de cadáveres se ve
cubierta. ¿Qué teatro fue
en la más trágica escena
de cuantas representó
la deidad de la Fortuna
más horrible? Apenas una
vida de tantas quedó,
que no sea agonizando,
sino sola una mujer,
cuyo traje muestra ser
sacerdotisa, que, dando
voces, a un cadáver vi
que se abraza.
Cariclea
¡Luces bellas,
cielo, sol, luna y estrellas,
tened lástima de mí;
que desde la primer cuna,
que aun no llegué a merecer,
sólo nací para ser
estrago de la Fortuna!
Teágenes
No, no llores, Cariclea;
que no hay, aunque está mi vida
postrada a una y otra herida,
ninguna que mortal sea
más que tu voz… Proseguir
no puedo; no puedo hablar…
Mi bien, adiós.
Cariclea
¡Que aun negar
me quiera el hado el gemir!
Pero no se alabará,
¡ay infeliz!, que quedé
viva; que apenas veré
que el postrero aliento da
su vida, aunque en mi temer
ya cualquiera es el postrero,
cuando con su mismo acero
sepa yo…
Toma el puñal de Teágenes, y tiénela el brazo Tíamis, quedándose con él en la mano.
Tíamis
¡Tente, mujer!…
Si no es que agravio te he hecho,
que tu traje y tu beldad
más parece de deidad;
bien que deidad y despecho
implica contradición.
Cariclea
También tu hábito y lenguaje;
pues no es tu acción dese traje,
o ese traje de tu acción.
Tíamis
¿Cómo?
Cariclea
Como dice horror
tu vista; tu acción, piedad.
Mas no, todo eres crueldad,
porque ¿qué crueldad mayor
que quitarle a un desdichado
el instrumento con que
fin a sus desdichas dé?
Quédase con el puñal Tíamis.
Tíamis
Por más que el verte me ha dado,
no sin causa, horror, espero
que te asegures de mí;
que aunque es verdad que nací
para ser asombro fiero
deste monte, eres mujer,
y ellas de mis iras son
privilegiada excepción.
Cariclea
Pues si algo te he de deber,
sea, ya que tan humano
estás, que a ese lastimoso
joven valgas.
Tíamis
¿Es tu esposo?
Cariclea
No, señor, sino mi hermano.
(Esto es quitarle, en crueldad
tan grande como en él lidia,
el objeto de la envidia,
por darle el de la piedad.)
Tíamis
De albricias de que lo sea
no sé lo que hubiera dado.
A ese joven desdichado
llevad, adonde se vea
en mi albergue, y en mi lecho
curar.
Termutes
Yo le aplicaré
aquellas yerbas que sé
que tantas veces han hecho
milagros.
Cariclea
Esa piedad
¿con qué os pagaré, soldado?
Solamente me ha quedado
este anillo; éste tomad.
Tíamis
Ya que es de otro, bien podré
feriarle yo a este bolsillo,
que no ha de ser de otro, anillo,
señora, que tuyo fue.
Termutes
Fía que presto reciba
salud.
Llévanle.
Tíamis
¿Dónde vas tú? Espera.
Cariclea
A morir adonde él muera,
o a vivir adonde él viva.
Tíamis
Seguro va, y cuando yo
tu pena intento aliviar,
no has de querer tú aumentar
la mía, sin ver que no
es bien dejarme dudando
de tanto estrago funesto
la causa. Qué ha sido esto,
y quién eres, sepa.
Cariclea
Cuando
te quiera en eso servir,
no sé, ¡ay de mí!, si podré.
(Y es verdad, porque no sé
lo que tengo de decir
deste traje, ni el intento
con que navegaba así,
ni quién soy.)
Tíamis
¿No empiezas?
Cariclea
Sí,
mas deja que cobre aliento.
En Tesalia, de Diana
desde mis años primeros
sacerdotisa viví,
votando a su casto ejemplo
la pureza de sus ninfas.
Mi padre, con otro acuerdo,
darme esposo pretendió;
y como la que haya hecho
voto a la diosa no puede
admitirle, si primero,
en dispensación del voto,
los sacros adornos puestos,
a Éfeso no peregrina,
en cuyo principal templo,
depuestas las vestiduras,
se las consagra, pidiendo
licencia para otro estado,
dispuso mi padre, atento
a cumplir la ceremonia,
que me embarcase en sus puertos,
de mi hermano acompañada.
Apenas, pues, el estrecho
desembocamos del Ponto,
cuando un cosario soberbio,
que, bandido de esos mares,
sus golfos infesta (Aquesto
sólo, ¡cielos!, es verdad.
¡Oh, nunca llegara a serlo!),
dio con nosotros; de suerte
que, ganado el barlovento,
sotaventados nos pudo
abordar, en cuyo encuentro,
aunque volvió rechazado
alguna vez, pudo fiero
entrar el bajel, de donde,
pasando al suyo primero
la gente y después la ropa,
dio al ya saqueado un barreno,
por no dividir en dos
marinaje y bastimento.
Con la presa, pues, ufano,
festejar quiso contento
a sus soldados la dicha;
y así, a esta playa, venciendo
las siete bocas del Nilo,
arribó, en cuyo desierto
mandó que a tierra sacasen
viandas y mesas, haciendo
de los hurtados tesoros
propios desvanecimientos.
A su lado me sentó,
y cuando ya casi ajenos
de sí el vino los tenía
–¡oh, hechizo, que gana afectos!–,
«Ya sabéis,» dijo, «soldados,
que cuanto se adquiere es vuestro;
y así del tesoro de hoy
llenad manos y deseos,
como a mí me dejéis sola
esta deidad para dueño,
con quien, para celebrar
hoy mis bodas, he dispuesto
este real banquete». Yo,
cuyo honor y cuyo riesgo
a cuenta de Diana corre,
a ella acudí. Oh, ¿cuándo el cielo
desfavorece su causa?
Dígalo en mi amparo puestos
todos los dioses, tomando
por no pensado instrumento
la voz de un capitán, que
dijo: «Ya sabéis que es fuero
entre nosotros que haya
de escoger de los trofeos
el que quisiere, el soldado
que, abordando, entra el primero
en el apresado vaso;
y habiendo yo sido, es cierto
que a mí la elección me toca,
y a todos la del derecho
de que el fuero se nos cumpla».
«En vano será tu intento»,
replicó; con que de una
en otra razón, vinieron
tan a las manos, que unos
de parte del arráez puestos,
de parte otros del soldado,
tan gran batalla se dieron
que, como ves, no escapó
ninguno de herido o muerto,
hasta mi hermano, que quiso
ponerse neutral en medio.
La gente de mar, entonces,
gozando a trance revuelto
la ocasión de hacerse suyos,
se hicieron al mar, diciendo…
Cajas, y sale Jebnón.
Dentro
¡Arma, arma! ¡Guerra, guerra!
Tíamis
No prosigas. Ved qué es eso.
Jebnón
Habiendo, señor, llegado
a tu hermano un extranjero,
y dicho que una mujer,
a quien injurias del tiempo
a estos montes derrotaron
(quien es calle, pues con eso
le obligo a que me halle a Tisbe),
es deidad de tanto aprecio,
que como le dé palabra
de ponerla en salvamento,
libre de tus opresiones,
le prestaría dineros,
con que pagando la gente,
pudiese venir resuelto
contra ti; y habiendo él
acetádole el concierto
de ponerla en libertad,
y dársela, los dos…
Caja.
Pero
¿para qué mi voz lo dice,
si antes lo dice ese estruendo?
Dentro
¡Arma, arma! ¡Guerra, guerra!
Tíamis
¿Mujer en mi poder, ¡cielos!,
que ponga en tanto cuidado
que obligue a hacer este esfuerzo?
¿Quién puede ser sino tú,
pues aquí no hay más sujeto
de estimación y codicia?
Alguno de los que huyeron
sacó del pasado robo
joyas, sin duda, y dineros,
con que hizo, al ver que quedabas
en mi poder, el empeño
de volver por ti.
Cariclea
(Su enojo
faltaba a mis sentimientos.)
Dentro
¡Arma, arma!
Petosiris
¡Todo el monte
sitiad! ¡No escapen huyendo!
Tíamis
Haz, Termutes, que la gente
vaya ocupando los puestos
de todas las eminencias
y pasos, mientras prevengo
yo una diligencia. No
se han de alabar que vinieron
por ella y que la llevaron.
Termutes
(La que yo escondida tengo
no será, pero tampoco
la han de hallar; que para eso
servirá tener la doble
de la cueva.)
Vase.
Tíamis
Ve con ellos
al puesto que te tocare.
Jebnón
Sí haré. (Y tocárame el puesto
de acechar, entre estas ramas
escondido y encubierto,
dónde lleva esta mujer;
pues vendré a saber con eso
dónde se guardan las otras.)
Escóndese.
Tíamis
Ven tú conmigo.
Cariclea
Si el ruego,
si el llanto,…
Tíamis
Nada me digas.
Cariclea
Con mi hermano…
Tíamis
Ven.
Cariclea
¡El cielo
se duela de mí!
Tíamis
(No sé
qué horror al mirarla engendro;
que viendo por una parte
que costó a un amante afecto
tantas vidas, y por otra
que hace conmigo lo mesmo,
pues por ella está mi gente
en mucho peligro, temo
que lo que empezaba amor,
acabe aborrecimiento.)
Vanse. [Sale Jebnón,] mirando adentro.
Jebnón
Con ella a lo más inculto
del monte entra, donde, abriendo
funesta boca una peña,
que fácil se mueve, dentro
la deja, y vuelve a cerrarla,
partiendo a impedir resuelto
la invasión de la montaña
a los que ya van subiendo.
Dentro
¡A la cumbre!
Petosiris
¡Ea, soldados,
que hoy el día ha de ser nuestro!
Tíamis
No será sino de quien
castigue tu atrevimiento.
Caja.
Todos
¡Arma, arma! ¡Guerra, guerra!
Jebnón
Buena va la fiesta, pero
no para los que han venido;
porque como en descubierto
suben la falda, y los otros
detrás de las matas puestos
les esperan, a sus cargas
les hacen volver huyendo.
Petosiris
dentro
Pues la maleza del monte
el mayor padrastro es nuestro,
y mayor defensa suya,
volvámosla contra ellos,
poniendo fuego a sus troncos,
con que los obligaremos
a salir a la campaña,
o a verse abrasados dentro.
Nausiclés
Dices bien; el monte arda,
y sítieles el incendio.
Jebnón
Como dispuesta materia
son brozas y ramos secos,
en un instante la llama
crece.
Tíamis
¡Ah, cobardes, que viendo
que para mí el orbe es poco,
os valéis de otro elemento!
Unos
¡Que me ahogo!
Otros
¡Que me abraso!
Petosiris
¡Arda todo!
Todos
¡Fuego, fuego!
Sale Teágenes.
Teágenes
(Habiendo, aunque mal curado,
cobrado el perdido aliento,
que la derramada sangre,
más que de la herida el riesgo,
ocasionó en el desmayo,
que ya me juzgaba muerto;
a tanto escándalo, ¿cómo
dejar de esforzarme puedo
en busca de Cariclea?)
Caja.
Jebnón
(Aqueste soldado pienso
que tiene mi mismo humor,
pues tiene mi mismo miedo,
y al cuartel de la salud
se viene.)
Teágenes
Decidme, os ruego,
si por extranjero es
posible que algo os merezco,
una mujer… Mas ¿qué miro?
¿Éste no es Jebnón?
Jebnón
¿Qué veo?
¿Señor, tú aquí? ¿Cómo?
Caja.
Teágenes
Es
muy largo para agora eso.
Dime, ya que por mi dicha
en esta parte te encuentro,
si una extranjera hermosura
que, sacros adornos puestos,
aquí arrojó el mar, has visto.
Jebnón
Sí; por señas que en el centro
de una gruta está escondida.
Teágenes
Llévame a buscarla.
Jebnón
Eso
no es fácil, porque las llamas,
alimentadas del viento,
nos tienen cerrado el paso.
Caja.
Teágenes
Si el Volcán, si el Mongibelo,
si el Vesubio se opusieran,
entrara por todos ellos.
Jebnón
Yo no; pero ven conmigo,
que hacia aquella parte, creo,
ya del incendio talada,
que habrá paso.
Teágenes
Vamos presto.
Vanse.
Unos
¡A la laguna a ampararnos!
Petosiris
¡A ellos, Nausiclés!
Caja.
Nausiclés
¡A ellos,
que ya van huyendo al agua!
Tíamis
Ya que vida y honor pierdo,
no han de lograr su esperanza.
Salen Cariclea y Tisbe por dos partes, como asustadas.
Cariclea
(¿Quién creerá, piadosos cielos,
que sea yo la sepultada,
siendo Teágenes el muerto?
Pues no dudo que con él
sañudo se muestre y fiero
quien tanto lo fue conmigo,
que en el pálido bostezo
desta gruta me encerrase.)
Tisbe
(Díjome que volvía luego
Termutes por mí, y ya tarda;
y así a buscar vuelvo a tiento
la entrada de aquesta cueva,
y aquel resquicio pequeño
de una claraboya que
en lo alto está entreabierto;
por si era salida, me hizo
retirar de ella.)
Cariclea
(Allí veo
breve luz, mal dispensada
de una quiebra: ver intento
si es salida.)
Vase. Sale, abriendo la peña, Tíamis.
Tíamis
(Pues se valen
contra mí de tanto fuego
que en Etnas de llama y humo
queda todo el monte ardiendo,
válgame contra ellos yo
de otro horror. ¡Viven los cielos!,
que no han de lograr el fin
que en tanta ruina me ha puesto.)
¡Ah, divina tesaliana!
Tisbe
(Ruido hacia esta parte siento,
y por mis señas me nombran.)
¿Eres tú?
Tíamis
¿Quién podía serlo
sino yo? ¿Dónde estás?
Tisbea
Donde
me dejaste.
Tíamis
No te encuentro.
Tisbe
Aquí estoy; llega a mis brazos.
Tíamis
Para darte muerte en ellos
será, con el puñal mismo
que antes quité de tu pecho,
porque no me acuses, pues
lo que te quité te vuelvo.
Muere a mi mano.
Tisbe
¡Ay de mí!
Cae a la boca de la cueva Tisbe, y Tíamis deja caer el puñal.
Tíamis
Agora llámeme el tiempo
el más cruel, más tirano,
más bárbaro, más sangriento
de los hombres; que no importa,
si consigo, por lo menos,
quebrar a todos los ojos
de una vez, a cuyo efecto,
porque aun muerta no la lleven,
la bóveda a cerrar vuelvo.
Vase, cerrando la peña.
Nausiclés
dentro
Ésta es la parte por donde
Tíamis escapó huyendo.
Petosiris
dentro
Seguid su alcance, y ninguno
le mate, si prisionero
le puede hacer.
Jebnón
Pues que van
allí a Tíamis siguiendo,
y ésta es la cueva, ¿qué aguardas?
Entra.
Teágenes
Que traigas, te ruego,
de ese encendido cañizo
un hachón.
Salen, entreabriendo la peña, Teágenes y Jebnón, con una hacha cubierta de hierba.
Jebnón
Ya aquí le tengo;
entra. Mas ¡ay infeliz!
Tropieza en Tisbe y cae, matando el hacha.
Teágenes
La luz, tropezando, has muerto.
Jebnón
No es lo peor, sino que
en un cadáver tropiezo
de mujer; y las pavesas
mal vivas me están diciendo
que a matarla la encerró
aquel tirano soberbio.
Muerta es, Teágenes, la dama
que buscas.
Teágenes
¿Qué mucho –¡ay, cielos!–
que muera, Jebnón, tu luz,
si la luz del sol ha muerto?
Jebnón
Por otra iré, para ver
si es ilusión.
Vase.
Teágenes
¡Oh, qué necio
estás! Es desdicha mía,
¿y había de dejar de serlo?
¡Cariclea, dulce esposa!
Sale Cariclea.
Cariclea
(La opaca lumbrera viendo,
respiración deste asombro,
mi nombre oí. Si no es del miedo
fantasía, ser juzgara
Teágenes.)
Teágenes
¡Hermoso dueño!
¡Dulce esposa! ¡Prenda amada!
¡Bella Cariclea!
Cariclea
(Ello es cierto.)
Teágenes
No me acusen tus desdichas
que, mal herido y muriendo,
me olvidé de ti, pues a esta
prisión a buscarte vengo.
Cariclea
(Ya no le queda a la duda
acción, pues dice que, muerto
de sus heridas, me viene
a buscar.)
Teágenes
¡Divino cielo
eclipsado, dondequiera
que estás, oye mis lamentos!
Cariclea
(Su espíritu es. ¡Oh, qué mal
a responderle me aliento!)
Ya, Teágenes, los oigo;
más no me aflijas con ellos.
Déjame morir, sin que
aumenten mis sentimientos
tus tristes voces.
Teágenes
¿Qué escucho?
¡Allí la voz, y aquí el cuerpo!
Sin duda el alma se halla
fuera de él. Mas si era cielo,
y es centro el cielo del alma,
¿qué mucho? Vendrá a su centro.
¡Cariclea, esposa mía!
Cariclea
¡Teágenes, mi amado dueño!
Teágenes
Mi llanto oye.
Cariclea
Ya te he dicho
que no me aflijas; y puesto
que más muerta estoy que tú,
¿qué me quieres?
Teágenes
Que te quiero
aun más allá del morir,
entiende.
Cariclea
Ya yo lo entiendo.
Mas vete en paz, no me aflijas,
digo otra vez.
Teágenes
¡Si el aliento
pudiera abrazar!
Abrázanse.
Los Dos
¿Quién dio…
Cariclea
… cuerpo al alma?
Teágenes
… al aire cuerpo?
Cariclea
¡Qué asombro!
Teágenes
¡Qué confusión!
Sale Jebnón con luz.
Jebnón
Aquí está la luz.
Los Dos
¿Qué es esto?
Cariclea
¿Si es ilusión del temor?
Teágenes
¿Si es delirio del deseo?
Cariclea
¿Teágenes?
Teágenes
¿Cariclea?
Cariclea
¡Que estás vivo!
Teágenes
¡Que no has muerto!
Cariclea
Pues vive tú, y vengan penas.
Teágenes
Vive tú, y vengan tormentos.
Jebnón, pues toda mi dicha
fue el hallarte aquí, ¿qué haremos?
Jebnón
Salir de aquí, que según
oí, Tíamis va huyendo
de Petosiris, y importa
que os halle sus prisioneros.
Teágenes
Dices bien. De aquí salgamos.
Jebnón
Salgamos. Mas ¡ay, inmenso
Baco, si no dios divino,
de vino dios!
Cariclea
¿Qué ha sido eso?
Teágenes
¿En qué reparas agora?
Jebnón
En que, si algo te debo,
si algo te sobró del llanto,
que me le prestes te ruego,
para llorar a mi Tisbe.
¿Cómo encarecerte puedo,
dulce esposa, prenda amada,
el gran gusto que me has hecho
en que te halle muerta, pues
me desocupas de celos
y cuidados de buscarte?
Teágenes
No tu pena… Gente siento.
Retírate, Cariclea.
Sale Termutes.
Termutes
(A costa de quedar preso,
de donde a Tisbe dejé
la he de sacar. Mas ¿qué veo?
¡Ella muerta, y gente aquí!)
¡Acudid todos corriendo,
que están robando el tesoro
de Tíamis!
Petosiris
dentro
¿Qué es aquesto?
Nausiclés
dentro
En una gruta un soldado
voces da.
Petosiris
dentro
Entrad todos dentro.
¿Quién es quien aquí se oculta?
Salen Petosiris, Nausiclés y soldados.
Teágenes
Infelices extranjeros,
a quien Tíamis tenía
en el calabozo presos
de aquesta oscura prisión.
Termutes
Es engaño: aquí encubierto
de Tíamis el tesoro
está, y a robarle éstos
entraron; y a esa mujer,
porque no hablara, la dieron
muerte.
Los Dos
Señor, yo…
Petosiris
No más.
¿Quién a esta mujer ha muerto?
Los Dos
No lo sabemos.
Nausiclés
(¿Qué miro?
Tisbe, ¿no es ésta?)
Petosiris
Prendedlos,
hasta que desta crueldad
el delito examinemos.
Cariclea
¡Qué poca edad tiene un gozo!
Teágenes
¡Qué poco vive un contento!
Préndenlos, y Nausiclés le quita la espada.
Jebnón
¿Por qué a mí me han de prender?
Tu soldado soy; siguiendo
a ese bandido entré yo.
Petosiris
Después lo averiguaremos.
Nausiclés
¿Qué hay que averiguar, si el mismo
puñal que está aquí sangriento,
en labor, metal y forma
conviene con el acero
que a él le quité?
Teágenes
(¡Quién creyera
que fuera mi puñal mesmo
el que a esta mujer matara!)
Petosiris
Retirad ese funesto
asombro. Y esos soldados
con los demás prisioneros
llevad, y homicidio y robo
paguen. Tú, prodigio bello,
¿quién eres?
Cariclea
Una infeliz,
a quien Tíamis ha puesto
en esta prisión.
Nausiclés
(Pues, Tisbe
muerta, una ganancia pierdo,
no pierda otra en su hermosura.)
La esclava es por quien yo vengo.
Cariclea
¿Yo esclava?
Petosiris
Porque no haya,
mientras voy en seguimiento
de Tíamis, accidente
que embarace el cumplimiento
de mi palabra, ya es tuya.
Vase.
Nausiclés
Ven conmigo.
Teágenes
¡Hermoso dueño!
Cariclea
¡Dulce esposo!
Teágenes
A morir voy.
Cariclea
Yo a vivir esclava.
Los Dos
¡Cielos!
¿Habrá hijos de la Fortuna
que más convengan con serlo?
Jornada Tercera
Salen Admeta y damas.
Admeta
¿En qué el horroroso estruendo
de armas, incendios y voces,
que toda la noche oímos
de esotra parte del monte,
parado habrá?
Cajas.
1a Dama
Ya a la duda
los formados escuadrones
que de la cumbre decienden
de más cerca te responden.
Salen Petosiris y soldados, que tienen presos a Teágenes y Jebnón y otros.
Petosiris
Dame mil veces las plantas,
porque con ellas corones
esta pequeña vitoria,
ensayo de otras mayores,
que espero que en tu servicio
mi fe y mi ventura logren
en las lides que te aguardan
de los fieros moradores
de Etiopía; bien que menos
haré en tu servicio entonces,
pues menos será vencer
unos bárbaros feroces
que un hermano, en quien mi honor
la dignidad antepone
a la sangre.
Admeta
Nunca menos
de vuestras obligaciones
esperé. ¿Viene entre esos
bandidos viles, traidores,
Tíamis?
Petosiris
Sola esa dicha
no lograron mis blasones.
A la laguna arrojado
huyó, donde un barco, pobre
de velas y remos, pudo
darle escape. Mas no ignores
que luego que de las muertas
aguas deje el lago, y tome
las vivas aguas del Nilo,
en sus corrientes zozobre,
pues no podrá contrastarlas
fusta de tan poco porte.
A la gruta, en que tenía
su gran tesoro, dispone
mi atención que en salvaguardia
quede una escuadra, con orden
que hasta que de él se entreguen
tus ministros, no le roben,
escarmentado de ver
que quiso hacerlo ese joven,
acompañado de esotro,
de quien hay bastante informe
que, engañando a los dos, era
de Tíamis espía doble:
a cuyo fin cometieron
un delito tan inorme,
como dar a una infelice
mujer muerte, porque voces
no diera; de que testigo
es el puñal de su estoque,
que, sangriento, quiso el cielo
que junto al cuerpo se tope.
Admeta
Pues, ¿qué esperáis a que al pie
de un tronco les den garrote?
Jebnón
Por lo breve del despacho,
lo áspero perdono.
Teágenes
(¡Dioses,
la falta de mi fortuna
bien mis hados reconocen!
¡Ay, perdida Cariclea!)
Admeta
Llevadlos.
Jebnón
He aquí, señores,
lo que se saca de que
un criado a su amo tope
descarriado.
Cariclea
dentro
¡Esperad,
no los llevéis!
Nausiclés
dentro
Aunque corres
veloz, imposible es que huyas.
Admeta
Aguardad, y ved qué voces
son ésas.
Salen luchando Nausiclés y Cariclea.
Cariclea
Más lo será
que tú, tirano, me estorbes
que, defendida de ti,
a estas plantas no me arroje.
Admeta
¡Extraña mujer, y extraño
traje! ¿Quién eres?
Cariclea
Quien pone
vida, honor y alma a estos pies,
segura que si la oyes,
ni esas muertes se ejecuten,
ni estas violencias se logren.
Nausiclés
Una esclava mía, señora,
es, que con suposiciones
falsas, después que en mi casa
la crié, entre estos horrores
hallada, negar pretende
que lo es, cuando hay razones
tan grandes que lo acrediten,
como que, porque la cobre
Petosiris del poder
de Tíamis, le socorre
mi hacienda de cuantos medios
hubo menester, en orden
a salir a la campaña.
Cariclea
Porque sus engaños notes,
y veas que quien te engaña
en esto, en todo supone
engañarte, una experiencia
a mi verdad acrisole,
o su sinrazón castigue.
Vuelve atrás las manos.
Si ha tanto que me conoces,
y que soy esclava tuya,
di, ¿qué defecto disforme
es con el que señaló,
entre otras imperfecciones,
el cielo una mano mía,
haciendo que de ella sobre
el número de los dedos,
que añadidamente torpe
creció a más?
Nausiclés
¿Ese defecto
querías que agora ignore?
(En la derecha, que huyendo
pude asir, no se conoce
tal defecto; luego es
la siniestra.)
Cariclea
¿No respondes?
¿Cuál es la defectuosa?
Nausiclés
La siniestra.
Cariclea
¡Reconoce
su traición, pues en ninguna
hay tal defecto! Y si esconden
alguno, es aqueste negro
lunar, que aun no supo. Abone
esta evidencia, señora,
a cuanto desde aquí obre
mi verdad, de otros engaños
desmintiendo las traiciones,
si piadosamente quieres
darme licencia.
Admeta
Di.
Cariclea
Oye.
Hermana soy infeliz
de ese desdichado joven,
no sé si diga en Tesalia,
de alta progenie de dioses,
que se hacen en las desdichas
sospechosos los blasones.
A efecto me acompañaba
(A valerme, ¡ay de mí!, torne
de aquella pasada industria:
¡oh, el cielo me la mejore!)
al gran templo de Diana
a deponer en sus nobles
aras estas vestiduras
de sacerdotisa, en orden
a que, obediente a mi padre,
conjugal estado tome.
Teágenes
(¿Dónde irán a parar, ¡cielos!,
tan bien compuestas ficciones?)
Cariclea
Dejo que nuestro bajel
tirano cosario aborde;
dejo que a lograr la presa,
en Egipto ponga el norte;
dejo que, a tierra saltando,
banderizadas cuestiones
de él y los suyos hiciesen
trágico teatro el bosque;
dejo que de su tragedia
herido mi hermano postre
vida, alma y sentido; dejo
que, al verme yo en aflicciones
tales, con su puñal mismo
me hubiera muerto, si entonces,
piadosamente cruel,
Tíamis, al dar el golpe,
no me le quitara; y voy
a que, trocando temores
a temores, ansias a ansias,
penas a penas, rigores
a rigores, iras a iras,
pasaron nuestras prisiones
de los bandidos del mar
a los piratas del monte.
Arma tocaron los tuyos;
y, oyendo que quien le pone
en riesgo es una mujer,
pensando ser yo, me esconde
en aquella tenebrosa,
oscura prisión, adonde
mi hermano a buscarme vino.
¡Oh, hado!, ¿qué no dispones?
Si en ella aquella infeliz
muerta estaba a las atroces
sañas de otro, ¿cuánto es más
fuerte presunción que hombres
que concibieron las sañas
y abortaron los rencores
la diesen muerte, que no
quien triste, extranjero y pobre,
sin saber que hubiese allí
más tesoros que terrones,
por instantes esperaba
en sí y en mí el mismo golpe?
El indicio del puñal
desvanecido le borre
el que yo le dejé en manos
de Tíamis, de que informen
esos compañeros suyos;
ellos lo digan a voces,
y digan también si es
posible ser la que ese hombre
buscó desde ayer cautiva.
Y cuando tantas razones
a mi hermano no le amparen,
no le valgan, no le abonen,
la misma culpa que él tengo;
y así un mismo lazo ahogue
nuestras gargantas, si ya
destas ropas los honores,
pues me desmienten de esclava,
no me acreditan de noble,
haciendo que tus piedades
la apelación nos otorgue,
y en vez de infame dogal,
templado acero las corte,
para que siquiera digan
nuestros trágicos padrones:
«Aquí yacen dos hermanos,
de infelices, no de inormes».
Admeta
Alza del suelo, que cuando
no tuvieran tus pasiones
en el primer fundamento
tan vencidos los errores
de quien quiso hacerte esclava,
el ver que osada antepones
el pundonor a la vida
en obligación me pone
de creer tu ilustre sangre.
Y así, porque nadie toque
en si hice o no hice justicia,
quiero que tu hermano goce
la inmunidad de que el reo
que vio a su rey se perdone.
Teágenes
Mil veces la tierra beso
que pisas, y en ella postre
una vida que recibo,
para que a logro la torne
de más noble muerte, cuando,
siguiendo de tus pendones
las militares insignias,
vea el ámbito del orbe
que al buril del beneficio
son hidalgos corazones
láminas de dos metales;
pues rebelde uno, otro dócil,
son de plomo al esculpirlos,
y al borrarlos son de bronce.
Jebnón
Y sepamos, yo que veo,
sin que su esplendor me asombre,
también tu rostro –por señas
que es un cielo con dos soles–,
yo que sé que la que quiso
el señor presta–doblones
trocar a precio de plata,
fue la difunta de cobre,
¿no he de gozar del indulto?
Admeta
Tú y cuantos las armas tomen
en mi servicio estáis libres,
sino solamente ese hombre
que osó mentirme en mi cara;
y así mando que le…
Jebnón
… ahorquen,
¡por amor de Dios! Y no
se pierda por un guillote
un consonante que viene
pintiparado de molde.
Admeta
… que le confisquen los bienes
que a logro dio, y de mi corte
salga desterrado.
Jebnón
Haga
usted que a su Tisbe entonen
esas letras, pues no hay
por acá kirieleisones.
Nausiclés
Castigóme mi avaricia.
Admeta
Vos haced que aquí se forme
con esa gente la plaza
de armas, porque ya a la corte
no he de retirarme, hasta
que a ella vitoriosa torne
de Persina, que según
me avisan, ya marcha sobre
los campos del Catadupe.
¿Cómo, extranjera, es tu nombre?
Cariclea
Cariclea.
Admeta
Ven conmigo,
porque en mi servicio tomes
la posesión del amparo
que ya te dieron los dioses
en mi inclinación, en tanto
que a tus peregrinaciones
encuentres pasaje.
Cariclea
El cielo
tu vida aumente;…
Teágenes
… y coronen
tus siempre gloriosas sienes…
Cariclea
… los tres ramos vencedores,…
Teágenes
… cuando en tus timbres guarnezcan,…
Cariclea
… cuando en tus orlas adornen,…
Teágenes
… triunfos el laurel,…
Cariclea
… la oliva
paces,…
Los Dos
…duración el roble.
Admeta
De ambos lo espero. (¡Qué rara
belleza! ¡Qué airoso joven!
En toda mi vida vi
semejanza más conforme.)
Vanse. Cajas, y salen marchando todos los que puedan de etíopes, hombres y mujeres, músicos, luego Persina y Idaspes con bengalas.
Persina
Antes de pisar la raya
de Egipto, aquí hagamos frente
de banderas, porque antes
que yo sus términos entre,
hacer quiero adoración
a Andrómeda, que es quien tiene
de Etiopía el auxiliar
dominio, porque clemente
asista en mi amparo; a cuyo
fin mandé que me trujesen
el original retrato
que en mi más oculto albergue,
sin que de él faltase nunca,
tuve venerado siempre.
Idaspes
Ya tu tienda armada está,
y según de aquí parece,
porque no dan las campañas
altares más reverentes,
la hermosa imagen se mira
sólo en el aire pendiente.
Córrese una cortina, y vese de diosa un retrato de Cariclea.
Persina
Llegad todos, que los cultos
no con los adornos crecen,
sino con los rendimientos;
y así con himnos celebren
vuestras voces la deidad,
mientras yo a invocarla llegue.
(Bien que hoy a distinto fin
del que escuchó tantas veces,
en orden a saber si una
infelice vive o muere.)
Idaspes
(¡Válgame el cielo! ¿Qué miro?
¿Vivo retrato no es éste
de aquella infausta hermosura?)
Persina
¿De qué, Idaspes, te suspendes,
y, como todos, humilde
veneración no la ofreces?
Idaspes
¿Quién a tanta perfección
habrá que absorto no quede?
(¡Qué cosa tan parecida!)
Persina
¿No la habías visto otras veces?
Idaspes
Si en tu retrete, señora,
como has dicho, estuvo siempre,
¿cuándo pudo verla quien
nunca pisó tu retrete?
Persina
Dices bien. Cantad vosotros.
Idaspes
(¡Ay, bella perdida ausente!
¡Al ver esta imagen tuya,
qué de memorias revuelves!)
Música
La diosa a quien Etiopía
sus altos blasones debe,
desde el día que Perseo
venció la marina sierpe,
celebremos alegres,
pues auxiliar el triunfo nos ofrece.
Persina
Sacra Andrómeda, a quien yo
desde mis tiernas niñeces
tanto veneré, que nunca
te perdí de vista en ese
divino retrato tuyo,
pues aun las horas que ausente
te falté, en mi mente estaban
tan grabadas tus especies,
que más viva que tu aliento
te me pintaba mi mente,
admite el voto con que
todos te aclaman, pues eres…
Ella Y Músicos
… a diosa a quien Etiopía
sus altos blasones debe.
Persina
Tanto su piadoso celo
a tus aplausos se mueve,
que aun a la sierpe, que yace
a tus pies, por deidad tiene:
dígalo el orlar con ella
de sus armas los cuarteles,
por blasón de sus escudos,
por timbre de sus paveses,…
Ella Y Músicos
… desde el día que Perseo
venció la marina sierpe.
Persina
La guerra a que voy tan justa
es, que fío dignamente
que la ampares, pues la honestan
dos causas, ambas decentes:
una, el natural derecho
de quien tu causa defiende;
y otra, el debido castigo
de quien mis cartas desprecie.
Y así, porque más benigna
me asistas, te hago solemne
ofrecimiento de que
la primer vida que llegue
rendida a mis pies, ganada
del enemigo, la entregue
–ya que víctimas humanas
tu sacra deidad no acete–
a tu dragón, como sea
no natural de mis gentes,
porque con ella, postrando
nuestras vidas, en su muerte,…
Ella Y Músicos
… celebremos alegres
la deidad, que auxiliar…
Tíamis
dentro
¡Cielos, valedme!
Persina
Esperad. ¿Qué triste voz,
perturbando el canto, hiere
el aire?
Idaspes
Pequeño barco,
que allí, Nilo arriba, viene,
a fuerza de poco remo,
proejando con la corriente,
contrastando a los embates,
zozobrando a los vaivenes,
rozándose en una peña,
al tope la quilla vuelve.
Persina
Corred aquesa cortina,
y mandad que a socorrerles
desa pesquería acudan,
que para nada nos puede
dañar oírlos, pues de Egipto
fuerza es venir.
Idaspes
Ya la gente
de mar al agua se arroja.
Persina
Yo misma a la orilla llegue,
porque, con mi vista, más
en su socorro se alienten.
Idaspes
A golpes de agua, una ola
piadosa, entre otras crueles,
un hombre saca a la orilla.
Sale Tíamis cayendo y mojado.
Persina
Y aun a mis plantas.
Tíamis
¡Valedme,
cielos!
Persina
Alienta, infelice,
que ya en tierra estás.
Idaspes
Deténte.
¿Qué haces? ¿Tú le das la mano?
Persina
Casuales accidentes
ni deslucen los decoros,
ni abaten las altiveces.
Levanta, hombre. (Mas ¿qué miro?
¿Qué anillo, cielos, es éste?)
Idaspes
Yo le ayudaré mejor.
Aparta, señora. Aliente
tu respiración, cobrada
con tal favor. (Pero déme
esfuerzo el valor, que el ver
este anillo me estremece.)
Tíamis
De dos piedades me hallo
deudor a un tiempo, y de suerte
extraño que haya una sola
para mí, que es fuerza quede
suspenso con el temor
de cuándo desaparecen.
Persina
Aunque oscuras, no son sombras.
Cóbrate, y dinos quién eres.
Tíamis
En sabiendo con quién hablo,
porque no todo lo yerre.
Persina
Persina soy de Etiopía.
Tíamis
La tierra que pisas bese;
y ya no dude el milagro,
si está la deidad presente.
Yo soy Tíamis, señora,
a quien injurias crueles
de un padre injusto, una patria
ingrata, un hermano aleve,
le despecharon a ser,
en los montes eminentes
del heracleótico lago,
horror, escándalo y muerte
de cuantos a sus umbrales
–ya del mar aborto fuesen,
ya fuesen parto del monte–
airada arrojó su suerte.
Bandido, pues anhelaba
mi alto espíritu valiente
hasta mirarme no menos
que rey coronado en Menfis,
cuando el hado, que no quiso
que sin su influjo me vengue
mi valor, en Etnas de humo
toda la montaña enciende,
obligándome a que el agua
valga a quien el fuego ofende.
Y pues todo su rencor
sólo a mi fuga se extiende,
y no a mi vida, ha de ver
cuán caro el vivir les cueste;
pues si tú quieres triunfar
de una vez, como me entregues
algunas tropas que sigan
las trochas que yo dijere,
bien como ladrón del monte,
las conduciré de suerte
por tan no holladas veredas,
que, sin ser sentidas, lleguen
a una aldea, donde hoy
Admeta su corte tiene,
en cuyo no defensable
recinto, no dudes puedes
hacerla tu prisionera,
como yo primero entre
poniendo fuego al villaje,
y tú con la demás gente
vayas doblando la marcha
de retenes en retenes;
y cuando ya en confusión
estén, tocando arma, cerques
sus contornos, impidiendo
la retirada de Menfis.
Aparte los dos.
Persina
(Idaspes.)
Idaspes
(¿Qué es lo que mandas?)
Persina
(Oír de ti qué te parece:
si será cordura o no
que ahora nos valgamos de éste,
que después nos guardaremos.)
Idaspes
(Político dogma es ese
de que cuanto la traición
agrada, el traidor ofende;
y así, a mi juicio, señora,
será acertado que intentes
la interpresa, pues tan poco
en no lograrla se pierde,
supuesto que con el grueso,
para lo que sucediere,
te has de hallar; y más vencidos
los estrechos pasos fuertes
del monte.)
Persina
Tíamis, yo
que agradecida me muestre
a vuestra fineza es justo;
y fiad de mí que os premie,
si con la interpresa salgo.
Tíamis
Mi premio es el que me vengue.
Persina
Pues disponedlo los dos.
Idaspes.
Yéndose.
Idaspes
¿Señora?
Persina
Atiende.
En un anillo que ese hombre
tray, hice reparo al verle,
por parecerme que en él
el timbre está de los reyes
de Etiopía. Procurad,
como acaso, sin que se eche
de ver que es cuidado mío,
saber quién su dueño fuese,
y dónde se halla; y aunque es
curiosidad solamente,
os advierto que más esto
que la interpresa me mueve
a dejaros con él, tanto
que porque de vos no espere
segunda respuesta ya,
lo he de oír entre las redes
escondida de esos ramos.
Vase.
Idaspes
(¡Bueno es que a mí me encomiende
mi mismo cuidado!) En fin,
¿cómo la marcha ha de hacerse?
Tíamis
Tomando de aquí la tarde,
para que, cuando ya cierre
la noche, lo más fragoso
ocultas pasen las huestes;
y, emboscadas, mientras yo
el fuego de noche pegue,
den con el alba el asalto
a todo el pajizo albergue.
Idaspes
Está bien; y ya no extraño
que vuestro valor se muestre
tan fino con Etiopía,
si advierto cuánto la aprecie
vuestro cariño, que traiga
sus timbres y armas en ese
anillo.
Tíamis
Si hasta aquí fue
acaso, Idaspes, traerle,
desde aquí será cuidado,
como vasallo que siempre
seré de Persina.
Idaspes
¿Acaso
le traéis?
Tíamis
Sí.
Idaspes
Pues ¿quién puede
acaso habérosle dado?
Tíamis
El despojo de una aleve
hermosa mujer, por quien
tantas ruinas me acontecen,
como desde que la hallé
entre ansias, horrores, muertes
y escándalos, de esos mares
derrotada, me suceden.
Idaspes
¿Aleve mujer, hermosa
y derrotada? ¿Quién fuese
supisteis?
Tíamis
Sacerdotisa
en Grecia de una eminente
deidad era.
Idaspes
Y ¿qué se hizo?
Tíamis
(Callaré que la di muerte.)
En el incendio espiró,
rendida al fuego la nieve.
Idaspes
(¡Ay, infelice de mí!
¿Éste fue el cuidado, éste
de Cariclés el amparo?
Mas disimular conviene.)
A los soldados.
En mi tienda reparad
a Tíamis, mientras quede
yo a distribuir el orden.
Tíamis
(Nadie me acuse que intente,
pues que me queman el monte,
que yo el poblado les queme.)
Vase y sale Persina.
Idaspes
¿Haslo oído, señora?
Persina
Sí,
y ¡pluguiera al cielo hubiese
antes oído de un rayo
el trueno, a cuya inclemente
saña acabara mi vida!
Idaspes
Pues bien, tú desto, ¿qué sientes?
Persina
No sé.
Idaspes
¿Qué es lo que te aflige?
Persina
No sé.
Idaspes
¿Tú tan impaciente?
¿Qué te importa esto?
Persina
No sé.
Idaspes
Poco mi lealtad te debe.
Persina
No debe, pues fueras tú,
cuando alguno ser pudiese,
el que escuchase de mí
que todo el coro celeste
de los dioses es testigo
de que el átomo más leve,
la imaginación más vaga,
el pensamiento más débil
jamás ofendió a mi esposo,
para que el temor me hiciese
que… Mas ¿qué digo? La voz
enmudezca, el labio selle;
que a decoro como el mío,
aun la disculpa le ofende.
Y así, perdóname, pues
ves que a un mismo tiempo quieren
que lo cuente mi dolor,
y mi honor que no lo cuente.
Vase.
Idaspes
Oye, aguarda, escucha, espera.
¡Cielos! Sobre parecerse
tanto a Andrómeda la infausta
belleza, y sobre ponerse
en cuidado del anillo,
lamentar tanto su muerte,
mucho dice y mucho calla.
Pero a seguilla me esfuerce;
que mujer que ya empezó
un secreto, mucho tiene
andado para acabarle;
y viva o muera, conviene
a mi confusión saber
qué raro prodigio es éste.
Vase y salen Admeta y damas con luz, y Cariclea.
Admeta
(¡Qué bien un cuerdo decía
que asistencia y no amistad
estorban la soledad
y no hacen compañía!
Dígalo yo, que aunque quiera,
sin nota, encerrarme aquí,
para preguntarme a mí
si soy hoy la que ayer era,
no me es posible. Mas ¿quién
me lo quita? Quien me dio
la razón de sentir, ¿no
me dio la razón también
de quejarme del rigor
con que hacer supo mi agrado
de una lástima un cuidado,
y de un cuidado un dolor?
¡Bueno es que quiera mi estrella,
sin ver quién soy, darme hoy
pena, y mire yo quién soy,
para no quejarme de ella!
Pues no…) De aquí os id.
1a
Advierte
cuánto a todos desconfía
la grave melancolía
que de la dicha de verte
los retira, cuando están
con verte sólo premiados
tantos valientes soldados
como alistándose van
para esta empresa.
Admeta
Aunque sea
tal su fineza, en mí es
fuerza el dolor. Dejad, pues,
la luz, y idos. Cariclea,
¿tú también te vas?
Vanse las damas.
Cariclea
Pues ¿yo,
de una ley que en todas vi,
puedo ser excepción?
Admeta
Sí,
que a ti solamente no
mi pena alcanza importuna.
Cariclea
¿Por qué a mí dolor tan fuerte?
Admeta
Porque sólo me divierte
que me hables en tu fortuna.
En fin, ¿en Tesalia es
tu ilustre progenie clara
de sus dioses?
Cariclea
Mal osara
a mentirte en eso.
Admeta
Pues
como a noble, fiarte quiero
de mi pena la ocasión,
bien que una proposición
conviene asentar primero.
En Egipto hay una ley,
que cuando mujer hereda
su reino, eligir no pueda,
para esposo y para rey
suyo, príncipe extranjero;
porque su soberbia es tal
que, no siendo natural,
no bien se domeña al fuero
de otro supremo laurel,
si ya no es que el que a ser venga
su esposo y su rey, prevenga
naturalizarse en él,
haciendo renunciación
de otro derecho cualquiera
a otros reinos, de manera
que, con esta condición,
hay apenas quien trocar
quiera su patria a la ajena;
con que sujeta a la pena
viene la que hereda a estar
de haber de elegir vasallo
en Egipto natural.
Y siendo mi altivez tal
que en todo el reino no hallo
igual mío, porque vana
al partido no me doy
de que quien me sirve hoy
me haya de mandar mañana,
me ha parecido poner
la mira en quien, sin dejar
reino suyo, pueda dar
lustre a Egipto, pues con ser
de real estirpe, y tomando
su naturaleza en él,
sin obligarme al cruel
trance de ver igualando
a mí al que miré inferior,
tomaré a mi gusto estado.
Cariclea
Bien, señora, lo has pensado.
Mas ¿dónde hay merecedor
sujeto a tan soberano
premio como el tuyo?
Salen Petosiris y Teágenes, hablando, sin verlas.
Admeta
Sí hay;
y quizá el cielo le tray
no acaso a este fin.
Cariclea
Mi hermano
con Petosiris llegó
hablando.
Admeta
A buen tiempo fue,
pues con eso me excusé
de haber de nombrarle yo.
Tú le nombraste; y pues eres
su hermana, y capaz estás,
dile o no le digas más
de aquello que tú quisieres.
Vase.
Cariclea
(¿Para esta desdicha, ¡oh hado!,
me brujuleaste una dicha?
Mas ¿cuándo no fue desdicha
la dicha del desdichado?)
Petosiris
Esto, Teágenes, quisiera
que mereciera con vos
una amistad, que en los dos
hacerse inmortal espera.
De Isis, nuestra gran deidad,
militar caudillo soy,
a cuya dignidad hoy
se añade la dignidad
de general desta guerra.
El defecto en que caí,
cuando esclava la creí
–si bien dicen que no yerra
el que con quien habla ignora–,
en bastante enmienda acaba,
pues el que la creyó esclava
la elige para señora.
Mas allí está; llegad vos,
pues como hermano podéis
decirla… Mas vos sabéis
qué habéis de decirla. Adiós.
Vase.
Teágenes
(¿Qué dicha habrá que no sea,
por más que mejore estado,
desdicha del desdichado?)
Cariclea
Teágenes.
Teágenes
Cariclea.
Cariclea
¿Triste me respondes?
Teágenes
Quien
nunca alegre estar espera,
mal puede de otra manera.
Cariclea
Quizá con un parabién,
que traigo que darte yo,
desde hoy alegre estarás.
Teágenes
¿Parabién tú a mí?
Cariclea
Sí.
Teágenes
Más
con eso me entristeció
tu voz.
Cariclea
¿Por qué?
Teágenes
Porque a darte
yo a ti un pésame venía,
y es villana grosería
con un pésame pagarte
un parabién.
Cariclea
Dime, pues,
tú a mí primero el pesar,
porque le pueda enmendar
la alegría de después.
Teágenes
Antes, Cariclea, es mejor
oír primero el placer;
que sobre un placer caer
el pesar, se hará menor.
Cariclea
Curar en salud es medio
muchas veces de enfermar.
Teágenes
También lo es de no sanar
el llegar tarde el remedio.
Cariclea
Dejemos sofisterías;
que aunque yo venciera infiero,
darme por vencida quiero.
Sabrás que las penas mías
dichas desde hoy pueden ser.
Teágenes
¿Cómo?
Cariclea
Parando en tu aumento.
Teágenes
¿Con qué?
Cariclea
Con un casamiento
que está en tu mano el hacer.
Teágenes
(Ya en Petosiris, ¡ay, cielos!,
otro primero la habló,
y pretende que sea yo
el tercero de mis celos.)
Y ¿es de aqueso el parabién
que vienes a darme?
Cariclea
Sí;
porque ¿qué me puede a mí
estar, Teágenes, más bien
que verte…?
Teágenes
No, no prosigas,
ni adelante, ingrata, pases,
que no importa que te cases,
tanto como que lo digas.
Cariclea
¿Cómo casarme?
Teágenes
Pues ¿no
es eso lo que me quieres
tú decir?
Cariclea
¿De qué lo infieres?
Teágenes
De lo que conmigo habló
Petosiris, cuya fe
el creerte esclava mejora,
su esposa haciéndote agora.
Cariclea
Eso es lo que yo no sé.
Teágenes
Si eso no sabes, tirano
dueño, ¿cómo, di, mi aumento
estriba en un casamiento,
que está el hacerle en mi mano?
Cariclea
Como Admeta, por cumplir
no sé qué heredado rito
que es inviolable en Egito,
por no obligarse a elegir
vasallo esposo, me ha hablado
en que tú, ¡ay de mí!, lo seas,
y rey de Egipto te veas;
en que el parabién fundado
viene que mi amor te dio,
atento a su buena ley;
porque como tú seas rey,
¿qué importa que muera yo?
Goza, señor, la ventura
que Admeta a tus pies humilla.
Yo me quedaré a servilla,
esclava de su hermosura,
verdad haciendo, ¡ay de mí!,
la pasada traición, pues
verdad, Teágenes, es
que para esclava nací
de quien sea esposa tuya.
Teágenes
Mira cuán contrarias son
tu pasión y mi pasión,
y cuál es bien que se arguya
más fina; pues cuando vio
el rostro a un mismo desdén,
dándome tú un parabién,
te doy un pésame yo,
mostrando que, aunque te viera
reina del mundo mi suerte,
siempre sintiera el perderte.
Cariclea
Y yo también lo sintiera,
mas consolárame el ser
placer tuyo mi pesar.
Teágenes
Eso es amar sin amar.
Cariclea
Eso es querer por querer;
pues no que mi primera infausta cuna
tronco infeliz del Catadupe fuera,…
Teágenes
Pues no que en sombras mi esplendor naciera
embozado, a merced de la fortuna,…
Cariclea
… no que arrojada fuese, donde una
mortal envidia me ultrajase fiera,…
Teágenes
… no que ladrón pirata redujera
todo el mar a una bárbara laguna,…
Cariclea
… no que enterrada en vida el centro ocupe,…
Teágenes
… no que un dogal ahogase mis anhelos,
ni el mar,…
Cariclea
… ni el fuego,…
Teágenes
… el lago…
Cariclea
… el Catadupe…
Teágenes
… me dio temor,…
Cariclea
… me puso desconsuelos,…
Teágenes
… hasta que lo que son los celos supe.
Cariclea
… hasta que supe lo que son los celos.
Sale Jebnón.
Jebnón
¡Gracias a Dios que te hallé!
Teágenes
Pues ¿qué hay de nuevo, Jebnón?
Jebnón
El dar yo una relación,
y tú no albricias.
Los Dos
¿De qué?
Jebnón
De que un bajel que ha llegado
al puerto –bien que hasta el día
la barra de su bahía,
tomando bordos, no ha entrado–,
de Delfos trae, en favor
de Menfis, por la amistad
de una y otra majestad,
socorro; y su embajador
diz que es un ilustre anciano,
gran sacerdote de Apolo,
porque tanto empeño sólo
de él fiara; con que es llano
que él griego y que tú a porfía
griego, que griega la hermana,
y griego yo, habrá mañana
una grande grieguería;
pues en sabiéndose quién
eres, es fuerza, señor,
crezca de Admeta el favor.
Los Dos
¡Maldígate el cielo, amén!
Jebnón
Éstas las albricias son
que gastan siempre los amos.
Teágenes
En mayor peligro estamos
de cuantos la indignación
de nuestro influjo tirano
nos puso, pues fuerza es
que tu robo Cariclés
sienta, y que no soy tu hermano
los dos.
Cariclea
Disculpa bastante
tuve; que siempre a mi honor
y traje estaba mejor
decir hermano que amante.
Teágenes
Y ahora, ¿qué habemos de hacer
para salvar la mentira,
y guardarnos de la ira
de tres poderosos?
Cariclea
Ver
si habrá modo de salir
huyendo de aquesta tierra.
Dentro cajas.
Dentro
¡Arma, arma! ¡Guerra, guerra!
Teágenes
Mas ¿qué es lo que llego a oír?
Tíamis
dentro
¡Arda toda la campaña,
porque con las armas mesmas
que triunfó mi agravio, triunfe
mi venganza!
Caja.
Cariclea
¡Triste pena!
Teágenes
¡Fiero asombro!
Salen Admeta, damas y Petosiris.
Admeta
Acudid todos
a ver qué cajas son éstas,
y quién sin orden las toca.
Dentro
¡Arma, arma! ¡Guerra, guerra!
Petosiris
Amparadas de la noche,
que por no pisadas sendas
les dio paso, de Persina
avanzadas tropas negras,
que al mismo fuego que encienden
se dejan distinguir, entran
abrasando los villajes
del contorno. Allí te espera
–pues ya ves cuánto imposible
es aquí la resistencia–
un caballo; ponte en él,
y antes que lleguen, la vuelta
toma de Menfis; que yo,
en orden la gente puesta
con que aquí te hallas, haré
en su opósito que tengas
segura la retirada.
Vase. Cajas siempre.
Teágenes
Yo moriré en tu defensa;
que pues te debo la vida,
es bien pagarte la deuda.
Vase.
Admeta
¿Qué es retirarme? Una espada
me dad, que yo la primera
seré que al encuentro salga.
Vase.
Cariclea Y Damas
Todas, a tu ejemplo atentas,
moriremos a tu lado.
Vanse.
Unos
dentro
¡Arma, arma! ¡Viva Admeta!
Otros
dentro
¡Arma, arma! ¡Persina viva!
Tíamis
¡Arda todo! ¡Fuego! ¡Guerra!
Caja.
Jebnón
Arma, fuego y guerra, ya
es paso hecho en otra escena,
y no vale; y si es que vale,
también del tono que en ella
se cantó, valdrá la fuga.
A mí me tocó el hacerla;
y pues es de mi papel,
le he de hacer entre estas peñas,
sin aguardar el apunto.
[Vase.] Caja.
Admeta
¡Ceda el valor a la fuerza,
y a Menfis todos!
Todos
¡A Menfis!
Persina
Será inútil diligencia,
que va Persina en tu alcance.
Cariclea
Y en su amparo Cariclea.
Esta batalla se puede hacer saliendo con sus versos cada uno, y si no pareciere, dentro; y salen riñendo Persina y Cariclea.
Persina
El trance de la batalla,
que sañudamente fiera
de una y otra parte hacer
quiere ambas famas eternas,
parece que, repartiendo
triunfos, para mí reserva
el mayor, pues que contigo
no sin vanidad me encuentra;
porque, según es tu esfuerzo,
en ti a todo Egipto venza.
Caja.
Cariclea
Ya que como en aplazado
duelo, y no batalla, entera
la noche, nos halla el día
peleando hasta que amanezca,
pues soy, etiopisa, el triunfo
que te prometes, ¿qué esperas?
Vuelve a embestirme.
Riñen, y retírase Persina.
Persina
Sí haré;
bien que ya con las primeras
luces del sol, mal distinto
tu rostro me representa
no sé qué visos, qué lejos
de una deidad, con tal fuerza
que, ya que no me acobarde,
me obliga a que me suspenda.
Caja.
Cariclea
No es sino que, al ver que huyen
las oscuras sombras negras,
tú, como sombra, también
te pones en fuga.
Persina
Ésa
es presunción de tu brío;
y para que nada creas
que a mí me retira, pues
ya sé que sois hechiceras
las gitanas, y que habrás,
en fantásticas ideas
de aparentes ilusiones,
sabido tomar las señas
de quien puede acobardarme,
vuelva nuestro duelo.
Riñen, y retírase Cariclea.
Cariclea
Vuelva.
Pero ¿qué es lo que también
miro yo en ti que flaquea,
si no el corazón, el pulso,
y si no el valor, la fuerza?
Persina
Ver que desprecié tu hechizo
te habrá acobardado.
Cariclea
Ésa
también de tu esfuerzo es
presunción; y porque veas
que tampoco me acobarda
nada, vuelva el duelo.
Caja.
Persina
Vuelva.
Cariclea
(¡Oh, si hubiera modo, cielos,
de un ofender que no ofenda!)
Persina
(¡Oh, cielos, si hubiera modo
de algún vencer que no venza!)
Riñen, y cae Cariclea.
A mis plantas has caído.
Cariclea
No el tronco la culpa tenga,
en que tropecé, pues es
más reservada violencia
la que a tus plantas me arroja,
supuesto que estoy a ellas
más bien hallada vencida,
de lo que quizá estuviera
vitoriosa.
Persina
¡Ay infeliz
de ti! Porque aunque yo quiera
usar de ese mismo afecto,
no puedo: de la primera
cosa que viese rendida
a mis pies, hice promesa
al marino monstruo…
Cariclea
¿Qué oygo?
Persina
… de Andrómeda, y en ti es fuerza…
Dentro
¡Vitoria por Etiopía!
Otros
dentro
¡Viva Persina, su reina!
Persina
… que se cumpla el voto, y más
cuando esas voces me acuerdan
que me ofrece la vitoria
porque le cumpla la ofrenda.
Dentro
Hacia aquella parte está.
Persina
Y pues ya en mi alcance llegan
los que llenos de despojos
vuelven, es justo que adviertan
que no sin ellos les salgo
al paso. Al rostro te echa
aquesa banda, no tanto
porque es ceremonia, en muestra
de que condenada a muerte
vas, cuanto porque no vea
tu hermosura, y contra el voto
la lástima me enternezca.
Sígueme, sin verte.
Cariclea
¡Dioses,
cielos, sol, luna y estrellas,
montes, mares, troncos, flores,
hombres, aves, brutos, fieras,
tened lástima de mí,
al ver ya cumplida aquella
amenaza!
Vanse. La caja, y sale Calasiris deteniendo a Cariclés.
Dentro
¡Etiopía viva!
¡Viva Persina, su reina!
Calasiris
¿Es posible que, escuchando
tan grandes estruendos, quieras
a tierra salir?
Cariclés
Si sabes
que la pretensión de aquesta
embajada fue fundada,
a pesar de años y fuerzas,
en las noticias que trujo
un bajel que, a toda vela
huyendo de aquel pirata
que me robó a Cariclea
–pues otro no pudo ser
que el que nuestro mar infesta–,
a Delfos llegó, diciendo
que dobló el cabo la vuelta
de Menfis, y por cobrarla,
creyendo que en él la venda,
al tesoro de sus hados
sabes que añadí mi hacienda,
reducida a tales joyas
que ocultas conmigo vengan;
si sabes que al mismo tiempo
no menos la diligencia
en Etiopía me importa
que hagas tú en orden a aquella
lámina, ¿qué admiras que
con dos causas como éstas
nada repare, y más cuando
en cualquier trance de guerra
los fueros de embajador
con todos me privilegian?
Pues si encuentro con la gente
de Persina, diré que a ella
vengo, en fe de la medalla;
si encuentro con la de Admeta,
que el socorro es que la ofrece
Delfos. Ven, pues, y no temas
el ser conocido, pues
tan desemejado llegas
al cabo de tantos años;
y de mi amistad espera
que no se sepa quién eres,
hasta que tu perdón tenga.
Calasiris
Pues ya que esas dos razones
te aseguran, desde esta
parte puedes, retirado,
ver qué gente es la primera
que marcha hacia aquí, porque
la que te importe prevengas.
Caja, y salen Idaspes con Admeta, Tíamis con Petosiris, Persina con Cariclea, y todo el acompañamiento de etíopes y gitanos, Teágenes y Jebnón.
Idaspes
Ésta, divina Persina,
que a tus pies yace, es Admeta.
Tíamis
Éste que a tus plantas yace
es mi hermano, porque veas
lo que me debes.
Calasiris
¿Qué miro?
Mis dos hijos son.
Cariclés
¿Qué intentas?
Calasiris
Dar muerte al traidor, porque
contra su patria no venza.
Admeta
Dame tu mano. (¡Aquí pudo
llegar mi fortuna adversa!)
Persina
Levanta; que aquestos trances,
aunque deslucen, no afrentan.
Alzad vos.
Petosiris
(¡Hasta aquí pudo
llegar mi fe y su soberbia!)
Teágenes
No tanto el verme rendido
siento, como que no vea
a Cariclea entre cuantas
han quedado prisioneras.
¿Si habrá muerto en la batalla,
Jebnón?
Jebnón
Sí habrá; mas ¿qué pena
te da? También murió Tisbe,
y estaba muy linda muerta.
Teágenes
Calla, bárbaro, villano.
Persina
Aunque las hazañas vuestras
son tan grandes, no menor
es la que mi fama espera
(¡Oh cuán a costa del alma
siento, sin saber qué sienta!),
pues es el despojo mío
esta divina belleza,
Descúbrela.
que de Andrómeda a las aras
ha destinado su estrella;
y no en vano, pues debió
de ser, no sin providencia,
el que fuese parecida
a su imagen su belleza,
como en venganza de que
es bien su víctima sea
tan sacrílega hermosura
que a su deidad se parezca.
Cariclea
(¡Oh! ¡Lo que ha de ser, qué mal
se desvía! Mas la queja
cese, que tragedia no es
la que es última tragedia.)
Teágenes
(¡Qué miro! ¡Ay de mí infelice!)
Jebnón
Albricias, señor, no es muerta;
pero está muy apretada.
Idaspes
(Mi infeliz beldad ¿no es ésta?)
Tíamis
(¿No es ésta la que di muerte?)
Petosiris
(Bastaba, ¡ay de mí!, quererla
yo, para ser desdichada.)
Admeta
(Bastaba, ¡ay de mí!, tenerla
yo inclinación, para ser
infelice.)
Cariclés
(¿No es aquélla,
¡cielos!, la que en sueños vi,
y la otra Cariclea?)
Todos Cinco
(¡Qué confusión!)
Persina
No me admira
que os lastime, que os suspenda
a todos ver su hermosura
en tanto peligro puesta;
más lo siento yo que todos,
mas no hay piedad donde hay fuerza.
Y pues acudir al voto
es obligación primera,
con ella venid adonde,
ante su imagen…
Idaspes
Espera:
que esa mujer ser no debe
sacrificada a la fiera
de Andrómeda, en fe del voto.
Persina
¿Por qué?
Idaspes
Porque, si te acuerdas,
dijiste que había de ser
el primer triunfo que fuera
no natural de tus gentes;
y siendo natural ella,
no debes cumplir el voto.
Persina
¿Cómo es posible que sea
natural la que contraria
tanto es a la color nuestra?
Idaspes
Como, aunque es blanca, etiopisa
es: yo la hallé entre unas peñas
recién nacida, entre reales
ropas y joyas.
Persina
¿Qué es de ellas?
Que como yo las conozca,
dirás verdad.
Idaspes
¡Quién no hubiera
dádolas a Cariclés!
Cariclés
No el que él las tuviese sientas,
pues viniendo en busca suya,
aquí las tienes. ¿Son éstas?
Dale el cofrecillo.
Persina
Éstas son joyas y cifras
que mandé poner con ella,
cuando… Mas ¿qué es lo que digo?
Arrebatóme la fuerza
del alborozo de hallarla.
Idaspes
No el labio y la voz suspendas;
que el oráculo que dijo
que víctima había de verla,
cuyo presagio pensé
que le enmendara su ausencia,
también dijo que en el día
que su sacrificio fuera,
se había de saber quién es.
Persina
Pues él quiere que se sepa,
vasallos, deudos y amigos,
sabed que es mi hija; que al verla
nacer tan blanca, diciendo
que había nacido muerta,
la eché de mí, por temer
alguna infame sospecha
contra mi honor.
Calasiris
Fue ignorancia
de quien no ha estudiado ciencias;
y aunque aventure la vida,
pues ya no importa perderla,
dando muerte a un traidor hijo,
y abrazando la nobleza
de otro, yo soy Calasiris,
y de tu honor en defensa
sustentaré que hace caso
la imaginativa fuerza
de la aprensión.
Idaspes
Y más cuando,
para mayor consecuencia,
el concepto parecido
tanto es a la imagen bella
de Andrómeda, que es quien siempre
retratada está en tu idea.
Y así, etíopes, decid,
en hallazgo de tal prenda:
¡Cariclea viva, hija
de Persina, nuestra reina!
Persina
Dame los brazos.
Cariclea
Ya otra
vez me vi a tus pies contenta,
pero no besé tu mano;
y así agora…
Persina
Aun esta seña
del negro lunar afirma
más que toda la evidencia
de igual prodigio.
Teágenes
El primero
te dé yo la norabuena;
porque como reines tú,
¿qué importará que yo muera?
Cariclés
Ya que he sido el instrumento
de tanta dicha como ésta,
de esas joyas la más pobre
sólo pido en recompensa.
Persina
¿Qué joya es?
Cariclés
Una medalla
en quien la Fortuna impresa
está.
Persina
Esa joya no es mía,
ni yo la puse con ellas.
Cariclea
Ni puede dártela a ti,
porque hay dueño cuya sea.
Cariclés
Pues ¿cúya puede ser?
Teágenes
Mía;
y así es justo que a mí vuelva.
Orodantes, en Tesalia
capitán de la interpresa
del templo de Delfos, dijo,
después que desde mi tierna
infancia me crió en su casa,
que están mis hados en ella,
y que ella descubriría
algún día que descienda
de alto linaje de dioses.
Cariclés
No más: bastan esas señas,
sobre el natural cariño
que, desde la vez primera
que te vi, te cobré, para
que te conozca y te tenga
por hijo mío.
Persina
Pues ¿cómo
de Tesalia vino entre estas
joyas, viniendo de Delfos?
Cariclea
Como yo la puse entre ellas.
Persina
Pues ¿quién te la dio a ti?
Teágenes
Yo,
por señas de que fue en prendas
de fe y palabra de esposo.
Cariclea
Y por señas que la deuda
conozco, aunque pierda el reino.
Persina
No hay razón de que le pierdas,
siendo de Cariclés hijo.
Admeta
Luego, ¿tu hermano no era?
Petosiris
Luego, ¿no era hermana tuya?
Jebnón
Concedo la
consecuenci
a; y pues
con esta
alegría
ha de volver
libre Admeta,
dejando en
rehenes las
minas que
ocasionaron la
guerra;
y habiendo de
ser su esposo
vasallo, ha de
merecerla
la lealtad
de
Petosiris;
y por esta
razón
mesma
han de
quedar
perdonados
Tíamis de su
soberbia,
Calasiris de
su error;
vaya de
baile y de
fiesta,
porque
sirva de
remate,
embebido
en la
comedia de
Los hijos
de
Fortuna,
Teágenes
y Cariclea.
FIN
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- Tracing Regularities in Pedro Calderón de la Barca's Dramatic OEuvre with a Computational Approach
- Citation Suggestion for this Object
- TextGrid Repository (2026). Calderón Drama Corpus. Los hijos de la fortuna, Teágenes y Cariclea. Los hijos de la fortuna, Teágenes y Cariclea. CalDraCor. Tracing Regularities in Pedro Calderón de la Barca's Dramatic OEuvre with a Computational Approach. https://hdl.handle.net/21.11113/4gbhm.0