La gran Cenobia
Comedia Famosa

Personas que hablan en ella.

  • Aureliano.
  • Decio.
  • Persio soldado.
  • Libio Infante.
  • Un Capitán.
  • Cenobia Reina.
  • Astrea.
  • Irene.
  • Soldados Romanos.
  • Soldados de Cenobia.
  • Crotilda.

Primera Jornada

Sale Aureliano, vestido de pieles.
Aureliano
Espera, sombra fría,
pálida imagen de mi fantasía,
ilusión animada,
en aparentes bultos dilatada,
no te consuma el viento,
si eres fantasma de mi pensamiento;
no huyas veloz. Pero ¿qué es esto, cielo?;
en tantas confusiones ¿duermo o velo?
Aunque en mí ya es lo mismo,
cuando en tan ciego, en tan obscuro abismo
de mi discurso incierto,
lo que dormido vi sueño despierto.
Pues otra vez, ¡ay, cielos!, me parece
que Quintilio a la vista se me ofrece
de laurel coronado,
el rostro ensangrentado
y por varias heridas
vertiendo horrores, derramando vidas,
y con voz temerosa me decía:
«Ves aquí mi laurel, mi cetro toma,
que tú serás emperador de Roma»;
cuya voz, en el viento desatada,
sombra fue de mi dicha imaginada.
Mas, despierto o dormido,
¿no soy quien tantas veces, atrevido,
no sin grande misterio,
señor me nombra del Romano Imperio,
cuya fuerte aprehensión, cuya porfía,
me rinde a una mortal melancolía,
tanto que, por no ver en las ciudades
la pompa de soberbias majestades,
vengo a habitar desiertos horizontes
y a ser rey de las fieras en los montes?
Pues si este soy, ¿qué mucho las pasiones
que me oprimen despierto
entre las sombras del silencio muerto
den cuerpo y voz a vanas ilusiones?
Si el alma nunca duerme,
como inmortal, y césar quiso hacerme
este instante pequeño,
¿por qué no rinde a la ambición el sueño?
Pero ¿qué es lo que veo?
O los ojos me mienten o el deseo:
una corona de laurel sagrado
está sobre estas peñas y el dorado
cetro más adelante.
Enigmas son de mi discurso errante
Descúbrese sobre un peñasco la corona y el cetro en una rama.
tan declaradas señas,
si no es que, en vez de troncos, estas peñas
cetros dan y ellos, viendo congojas,
me rinden fruto en coronadas hojas.
Soberana tiara,
perdona si me atrevo
a tu deidad, porque un aliento nuevo,
un espíritu altivo, que me inflama
el corazón, a tanto honor me llama.
Salid, fieras, salid de las oscuras
cárceles que os labraron peñas duras
y a mi coronación asistid, viendo
cómo mi honor pregono
cuando rey destos montes me corono.
Toma la corona y pónesela, y el cetro.
Pequeño mundo soy y en esto fundo
que en ser señor de mí lo soy del mundo.
En este lisonjero
espejo fugitivo mirar quiero
cómo el resplandeciente
laurel asienta en mi dichosa frente.
Mírase en una fuente.
¡Oh, sagrada figura!,
haga el original a la pintura
debida reverencia
cuando, llevado en mis discursos, hallo
que yo doy y recibo la obediencia
siendo mi emperador y mi vasallo.
Narciso, en una fuente,
de su misma belleza enamorado,
rindió la vida, y yo, más dignamente,
dando toda la rienda a mi cuidado,
si no de mi belleza,
Narciso pienso ser de mi fiereza.
Quedase mirandose y sale Astrea, y un Capitán, y soldados.
Astrea
Este es el que vais buscando.
Llegad, adoralde todos,
pues hoy os previene el cielo
emperador prodigioso,
digno monarca de Roma,
a cuyos valientes hombros
se atreve a fiar el cielo
la máquina de dos polos.
Tú, que en alas de la fama
ocupas lo más remoto
del mundo, que ignora el sol,
surcando estrellados globos;
tú, que en sangrientas vitorias
siempre altivo, siempre heroico,
tantas veces de la muerte
el brazo tuviste ocioso,
¿cómo en desiertas campañas
en rústico traje? ¿Cómo
vive acobardado el brío?
¿Está el valor temeroso?
Vuelve al ejército, vuelve,
dando a los cielos asombros,
a dar al Tíber vitorias
que harán tu nombre famoso.
Y, por que a mi voz pendiente
no estés más tiempo dudoso,
escucha, que yo de Roma
hoy emperador te nombro.
En la sucesión de Claudio
ocupó el romano solio
Quintilio, cuya fortuna
subió mucho y duró poco.
Este, afecto a los cristianos,
siendo cruel y ambicioso,
causó en los pechos del vulgo,
en vez de obediencia, enojo,
porque es en su condición
el vulgo un disforme monstro,
que no perdona a ninguno
con ser compuesto de todos.
Este, pues, alimentado
de novedades, furioso,
hizo que a Quintilio diesen
muerte sus soldados propios.
Y huyendo por este monte
herido, sangriento y solo,
iba diciendo: «En tus manos,
Roma, el cetro y laurel pongo».
Así acabó, cuya muerte
causó nuevos alborotos
al ejército, alterado
porque, en la elección dudosos,
libertad pidieron unos,
señor aclamaron otros.
Ya los bandos divididos
se amenazaban furiosos,
forjando rayos de acero
en esferas de humo y polvo,
al tiempo que yo, inspirada
del oráculo de Apolo,
diciendo tales razones
en medio de ellos me pongo:
«Tened las armas, que el cielo
hoy os dará prodigioso
emperador, a quien tiemble
el mundo en sus ejes roto.
Este es el fuerte Aureliano,
y, en fe de que el cielo propio
le elige, seguid mis pasos
donde, alegre y venturoso,
coronado le hallaréis
de aquellos mismos despojos
que perdió Quintilio. Ved
si queréis más testimonio».
Ellos, a mi voz rendidos
o al decreto poderoso
obedientes, me siguieron
donde lo han hallado todo.
¡Ea, pues, fuerte Aureliano,
deja en suspensión el ocio,
logra el laurel que has ceñido
divinamente! Y vosotros
decid que Aureliano viva
y en secretos misteriosos
obedeced los efectos
sin examinar el cómo.
No desconfiéis por ver
en traje rústico y tosco
vuestro césar, que el diamante
luce más labrado en plomo
y no importa que entre nubes
guarde el sol sus rayos rojos,
si por troneras de nácar
se desata en líneas de oro.
Soldados
¡Viva nuestro emperador!
Capitán
¡Viva mil siglos dichosos Aureliano!
Todos
¡Viva, viva!
Aureliano
¡Cielos!, ¿qué prodigios toco?
Aqueste monte parece
que da, preñado de asombros,
espíritus a las peñas,
que almas infunde en los troncos,
o que de su centro duro
va arrojando, portentoso,
vasallos que me obedezcan.
En afectos tan dudosos
¿pueden mentir los oídos?
¿Pueden engañar los ojos?
No, pues es cierto que veo;
no, pues es verdad que oigo.
Si me ofrece la fortuna
el bien, ¿por qué no le gozo?
¿Qué aguardo, pues le merezco?
¿Qué dudo, pues le conozco?
Sea césar, aunque luego
despierte, que al cabo todos
los imperios son soñados.
¿Qué busco ejemplos más propios,
si es en su conceto rey,
si piensa que es rey, un loco?
Astrea
¿Por qué, Aureliano, suspendes
el ánimo belicoso?
¿Qué dudas?
Aureliano
Divina Astrea,
no dudo yo de mi heroico
ánimo merecimientos
para el laurel que corono;
antes, porque le merezco,
dudo tenerle, que sólo
consigue muchos trofeos
quien ha pretendido pocos.
Pero si el cielo permite
esta elección y vosotros
la obedecéis, desde luego
vuestro emperador me nombro.
Y por ser en la elección
estraño, como en el todo,
ciudad este monte sea,
palacio este sitio umbroso.
Sirvan de alfombras las flores
y de doseles los olmos;
de carro sirva esta peña,
donde alegre y venturoso
me adoréis. Y no os parezcan
el sitio y el traje impropios,
que una fiera es general
de ejércitos numerosos.
Astrea
Todos su césar te llaman
y el viento con ecos roncos
repite: «¡Aureliano viva!».
Todos
¡Viva mil siglos dichosos!
Aureliano
Viva, para ser azote
sangriento y mortal asombro
de la tierra y para hacer
vuestro renombre famoso,
pues juro no entrar en Roma
hasta que en carro de oro
me veáis venir triunfando
de más vidas que pimpollos
en rosas rinde el abril
y en espigas el agosto.
Tocan cajas roncas.
Pero ¿qué cajas esconden
su voz en profundos huecos
y repetidas en ecos
se llaman y se responden?
Capitán
Por que en tu felice estrella
siempre celebrado vivas
y a un mismo tiempo recibas
la posesión y uses della,
al ejército ha llegado
Decio, capitán valiente,
que a las partes del Oriente
fue por Quintilio enviado.
Aureliano
Llegue, por que le reciba
donde mi vista le asombre.
Tocan cajas, y trompetas a marchar, y salen en orden soldados, y Decio detras vestido de luto, o con armas negras, y ponese de rodillas delante del Cesar.
Decio
Nuevo césar, cuyo nombre
a pesar del tiempo viva,
cuya edad dé desengaños
de lo inmortal a la gente
y cuyo imperio se cuente
por siglos y no por años;
así en mármol inmortal
duren eternas tus glorias;
así vivan tus vitorias
en láminas de metal;
así en jaspe y bronce fuerte
estatuas tengas tan bellas
que, yendo a matarte en ellas,
se halle burlada la muerte;
así excedan a los días
las hojas de tu laurel,
que no castigues cruel
las adversidades mías.
Al ejército he venido,
donde te hallo emperador,
con verguenza y sin honor
hoy de Cenobia vencido.
Y, si en desdichas algunas
disculpa el cielo previene,
sin usar de cuantas tiene
en mi favor la fortuna,
licencia de hablar te pido,
para que en tanto rigor,
si no premio al vencedor,
des disculpas al vencido.
Astrea
¿Qué disculpa habrá que aguarde
hombre que vencido viene?
Di, por ver si alguna tiene
disculpa de ser cobarde.
Decio
Donde en brazos del alba nace el día,
que en diluvios de fuego se desata
y al fénix celestial la playa fría
es cuna de zafir, tumba de plata,
donde nació pensando que moría,
pues de una luz en otra se dilata
siempre sol, siempre vivo, siempre ardiente,
a una parte del Asia en el Oriente,
aunque por largo tiempo despoblados,
fértiles campos hay, campos amenos
que, apenas de las fieras habitados,
se llamaron desiertos palmirenos.
Estos, que ya edificios levantados
sufren de gente y poblaciones llenos
sobre sus montes, cuyas pesadumbres
suben al cielo con doradas cumbres,
imperios de Cenobia son, de aquella
deidad en quien los astros se miraron
para hacerla tan fuerte como bella,
que en ella los estremos se igualaron.
Luna, Saturno y la mayor estrella
la rindieron metales que engendraron;
Mercurio, ingenio; Júpiter, ventura;
Marte, valor; y Venus, hermosura.
Esta, pues, amazona, esta que al suelo
admiración nació y, hermosa y fiera,
monstro fue de la tierra, y aun del cielo
fuera monstro, si el cielo los tuviera,
con bélico furor, marcial desvelo,
siempre libre su patria considera,
diciendo, vencedora, que es en vano
que reconozca imperios el romano.
Ofendido Quintilio y admirado
de su valor, la guerra determina
y a mí, que de vitorias coronado
tantas veces ciñó Dafne divina,
fía el bastón. Pero ¿qué firme Estado
al paso que otro crece no declina?,
que en la fortuna fuera acción contraria,
siendo mujer, no ser mudable y varia.
Llegué, pues, con tal orden que, si diese
pequeña parte del rigor que encierra,
sin declarar la guerra me volviese
o no volviese hasta acabar la guerra;
y para que de mí su intento oyese
salió a un parque, que es cielo de la tierra
—en fragancia, beldad, vista y colores
patria de rosas es, ciudad de flores—.
De un escuadrón de damas coronada,
que a no estar a su lado fueran bellas,
su divina hermosura acompañada
salió, pero aviniéndose con ellas
como la primavera celebrada
con las flores, el sol con las estrellas,
con las fuentes el mar, que más hermosa
de aquel coro de ninfas fue la diosa.
Encarnado el vestido, que los ojos
de su rigor le dieron la librea,
corto, por que incitase a más enojos
al que pasar sus límites desea;
pequeño pie, por muestra o por despojos
de más beldad, la vista lisonjea,
bien como el mercader que para seña
de las joyas que guarda alguna enseña.
Plateado flueco sobre el pie guarnece
del vestido el estremo en que remata,
donde el viento sutil mover parece
en mares de cristal ondas de plata.
Bruñido espejo en un arnés ofrece
al sol, que en sus reflejos se retrata,
y estar sus rayos más o menos bellos
es que no siempre se compone en ellos.
Manto encarnado, plateado a flores,
desde los hombros se derriba al suelo,
que, si tiene, observando las colores,
de oro la luz, por ser azul el cielo,
para un cielo encarnado, ¿qué mejores?;
pues, si mudado el aparente velo
fueran de nácar las cortinas bellas,
también fueran de plata las estrellas.
Este manto, de puntas guarnecido
a imitación de rayos, le tenían
dos flores en los hombros recogido,
que igualmente a los dos correspondían.
De plumas un tocado entretejido
encarnadas y blancas, que subían
al sol, mas con tan cuerdo atrevimiento
que se dejaban sujetar del viento.
No te pinto del rostro las facciones
y no porque el amor no las advierte,
sino porque mujer cuyos blasones
dan temor al temor, muerte a la muerte,
asuntos a la fama, admiraciones
a los cielos, mujer altiva y fuerte,
gallarda en paz, en guerra belicosa,
parece que la sobra el ser hermosa.
Mi pretensión la digo y que la vea,
a quien responde: «Emperatriz valiente
soy; y Roma el tributo que desea,
con que no se le pida, se contente».
Rompo la guerra yo y ella se emplea
cuerda al vencer, al gobernar valiente,
por falta de Abdenato, su marido,
del peso de los años impedido.
El día que se dio —mejor dijera
la noche, que aquel día no fue día—,
que se dio la batalla, considera
a Cenobia, que a Palas parecía
tan firme en un caballo que creyera
que a los dos un espíritu regía,
porque mostraba, aunque de furia lleno,
que se pudiera gobernar sin freno;
tan obediente, el céfiro animado
corre igual, para fácil, veloz sube,
que parece, en los vientos engendrado,
hijo sutil de un rayo y de una nube.
Venciome al fin y, si al rigor del hado
he de sentir la culpa que no tuve,
considera qué vida habrá segura
donde vence la fuerza y la hermosura.
Aureliano
Necia y cobarde disculpa
a tanto temor previenes,
pues una culpa que tienes
enmiendas con otra culpa.
¿Qué ejército te disculpa
de numeroso poder?
¿Qué gigante, al parecer
animado monte, ha sido
disculpa de ser vencido
sino una hermosa mujer?
¡Ved, pues, qué Circe arrogante
usó prodigios con él!
¡Ved qué Medusa cruel
vio en escudos de diamante!
¡Ved qué Júpiter tonante
con rayos le fulminó!
¿Una mujer te venció?
Decio
Sí, pero mujer que a ti
venciera.
Aureliano
¡Cobarde!
¿A mí?
Arrójale a sus pies y pónele el pie encima.
¿Puedo ser vencido yo?
¿Puedo yo mudanza alguna
padecer en tanto honor?
Di ¿tiene el tiempo valor?
¿Tiene poder la fortuna?
¿Hay en la suerte importuna
causa que incite a mis daños?
Decio
Sí, que hay en el tiempo engaños,
hay en la suerte venganzas,
en la fortuna mudanzas
y en mi vida desengaños.
Tú eras ayer un soldado
y hoy tienes cetro real;
yo era ayer un general
y hoy soy un hombre afrentado.
Tú has subido y yo bajado.
Y, pues yo bajo, advirtiendo
sube, Aureliano, y temiendo
el día que ha de venir,
pues has topado al subir
otro que viene cayendo.
Los dos estremos seremos
de la fortuna y la suerte,
mas ya en la mía se advierte
el mayor de los estremos;
que, si en la fortuna vemos
que no es hoy lo que era ayer,
yo no tengo qué temer
y tú tienes qué sentir,
pues bajo para subir,
pues subes para caer.
Tú confiado no estés,
pues no estoy desconfiado,
que puede ser que el estado
trueque la suerte que ves
y que tú, puesto a mis pies
por decretos soberanos,
des venganza a los tiranos
pechos.
Aureliano
¿Tú vencerme a mí?
¿Cómo puede ser, si aquí
está tu vida en mis manos?
Bien pudiera darte muerte
y asegurar mi temor,
pero ¿qué muerte mayor
que tratarte de esta suerte?
Vive muriendo y advierte
que no te mato por ver
de la fortuna el poder;
ni la temo ni respeto;
témela tú, que, en efecto,
es la fortuna mujer.
Tú, que cobarde has nacido,
es bien su mudanza esperes,
viniendo de las mujeres
infamemente vencido.
Este acero que has ceñido
puedes dejar, que a tu lado,
Quítale la espada.
está el acero afrentado,
cuando limpio; considero
que solamente el acero
parece mejor manchado.
Y por que vea a qué estrella
Roma sus aplausos fía,
la primera empresa mía
ha de ser Cenobia bella:
en Roma he de triunfar della.
Marchen luego las legiones
en formados escuadrones
al Asia y con su arrebol
sirvan de nubes al sol
mis desplegados pendones.
Y verás, cobarde, cuando
humilde a mis pies postrada
con Cenobia al carro atada
entre por Roma triunfando,
si sé vencer peleando
a quien mirando procura
tener defensa segura.
Marche al Asia desde aquí,
que voy a triunfar de mí,
del poder y la hermosura.
Vanse, y queda Decio.
Decio
Ve; y ruego al cielo que seas
despojo de todos tres,
por que rendido a sus pies
mi agravio y el tuyo veas.
La corona que deseas
de laurel, cuando ciñere
tu frente, la forma altere,
siendo maravilla fría,
flor que nace con el día,
flor que con la noche muere.
Vivas siempre aborrecido,
no seas en alto estado
de tu gente respetado
ni de la ajena temido.
Tus vitorias el olvido
esconda y entre ansias fieras
rayo, que de las esferas
caiga a tus huesos tiranos,
dé sepulcro o a mis manos
con tus mismas armas mueras.
Mas, ¡ay de mí!, poco sabio
lloro mi suerte importuna,
pues ni enmiendo la fortuna
ni satisfago el agravio.
Hable el alma y calle el labio,
pues la continua mudanza
del tiempo me da esperanza,
que no hay, en leyes de amor,
ni tirano sin temor
ni ofendido sin venganza.
Vase, y sale Libio, y Irene.
Libio
Ya te dije, hermosa Irene,
cómo de este reino entero
soy legítimo heredero,
porque Cenobia no tiene
sucesión y de mi tío
Abdenato no la espera.
Irene
Hasta aquí sé.
Libio
Yo quisiera...
Mira lo que de ti fío.
Irene
Pues ¿qué temes?
Libio
El secreto.
Irene
¿Por qué?
Libio
Porque eres mujer.
Irene
Bien le sabemos tener,
si nos importa el efecto.
No temas, que en su favor
le sabe guardar cualquiera.
Libio
Pues digo que yo quisiera
asegurar el temor
que me causa el ver tan viejo
a Abdenato y, de otra suerte,
tan soberbia, altiva y fuerte
en la guerra y el consejo
a Cenobia, pues, capaz
de cuanto el Imperio encierra,
es su defensa en la guerra,
es su consejo en la paz.
Temo, pues, que si pasase
adelante lo que ahora
vemos, después por señora
el pueblo la apellidase,
muerto Abdenato, y a mí
me negase la elección
que me toca por varón,
estimando más que aquí
les gobierne una mujer.
Irene
Pues ¿qué intentas?
Libio
Atajar
sus pasos, sin dar lugar
a que pueda suceder.
Irene
¿De qué modo?
Libio
De esta suerte
mi dicha y la tuya trato:
tú has de dar muerte a Abdenato.
Irene
Pues dar a Abdenato muerte,
no a Cenobia, es contra ti;
que, si es tu temor cruel
que, después de muerto él,
Cenobia gobierne, así
en su favor mismo tratas
lo que en el tuyo aconsejas,
pues a quien te estorba dejas
y a quien te hace espaldas matas.
Libio, si he de ser juez,
por todo el riesgo atropella;
¿no es mejor matarla a ella
y acabemos de una vez?
Libio
En un peligro cruel
no es dificultoso entrar,
Irene, sino mirar
cómo se ha de salir de él.
Cuando a Cenobia mataran
tus manos, bien cierto era
que ninguno lo supiera,
mas todos lo sospecharan;
que un secreto, por mil modos
público al mundo importuno,
con no decille ninguno
le vienen a saber todos.
Bien se ve que la razón
militará de una suerte,
dando a Abdenato la muerte
que a Cenobia; pero son
diferentes desengaños,
pues al común parecer
un viejo no ha menester
más ocasión que sus años.
Y, respondiéndote a ti
que por qué matar quería
a Abdenato, pues hacía
dudosa mi gloria así,
digo que por estorbar,
no se enseñe a obedecer
este reino a una mujer
ni una mujer a mandar,
pues, una vez admitida,
no hay después fuerzas bastantes
para despojarla; y antes
que lo esté, es razón que impida,
pues, muerto Abdenato, a mí
nombrarán y en tales modos
vendré a mandarlos a todos
para obedecerte a ti.
Irene
Y yo, para que concluya
mi amor, desde polo a polo
quisiera ser reina sólo
para ser esclava tuya.
Libio
¿Atrevereme a pedir
tu mano?
Irene
Cenobia viene.
Libio
Reinar o morir conviene.
Irene
Libio, reinar o morir.
Sale la Reina Cenobia, y soldados con memoriales.
Soldado 1
Yo tengo una pretensión
en consulta y sólo espero
verla, porque volver quiero
a servirte.
Soldado 2
Aquestos son
papeles donde verá
vuestra Majestad del modo
que la he servido.
Cenobia
De todo
estoy advertida ya.
Tened, amigos, paciencia,
que es el Rey quien lo ha de ver.
Soldado 1
¡Qué gobierno!
Soldado 2
¡Qué mujer!
Soldado 3
¡Qué valor!
Soldado 1
¡Y qué prudencia!
¡Y qué envidia!
Vanse los soldados.
Libio
Y que embidia! ¡Estoy rabiando!.
Cenobia
Libio, ¿tú estabas aquí?
Libio
Que me des audiencia a mí,
señora, estaba esperando.
Cenobia
Turbado y descolorido
a hablarme viene; hoy llegó
la desverguenza que yo
tantas veces he temido.
Pues ¿tú tienes que esperar?
¿En qué tiempo, en qué ocasión
no tendrá tu pretensión,
Libio, el primero lugar?
Libio
Esperaba que estuvieses
sola.
Cenobia
Ya lo estoy.
Libio
Yo he estado,
mientras la audiencia, arrimado
a este cancel; y si oyeses
lo que todos van diciendo...
Cenobia
Ya sé que dirán aquí
grandezas que no hay en mí
y, pues sabes que me ofendo
de lisonjas, no repitas
sus alabanzas.
Libio
No son.
Cenobia
Yo sé lo que es.
Libio
La razón
partida, el hablar me quitas.
¿Piensas...?
Cenobia
¿Qué había de pensar?
¿Que mi alabanza no era?
¿Quién, donde tú estás, pudiera
otra cosa pronunciar?
Pues, satisfecha de ti,
a no ser tal, pienso yo
que allí la riñeras, no
que lo dijeras aquí.
Libio
No todo se ha de reñir
con la espada.
Cenobia
De ese modo,
si no se ha de reñir todo,
no todo se ha de decir.
Libio
Llevan mal ver gobernando
a una mujer cetro igual.
Cenobia
¿Por qué el ver no llevan mal
a una mujer peleando?
Libio
Sienten el verte sentada
en un tribunal, y es bien.
Cenobia
¿Por qué no sienten también
verme en la campaña armada?
Libio
No quieren sufrir sus glorias
que las leyes que tuvieren
les dé mujer.
Cenobia
¿Cómo quieren
sufrir que les dé vitorias?
Libio
No es bien que este reino esperes
gobernar.
Cenobia
Bien es que vean,
pues los hombres no pelean,
que gobiernen las mujeres.
Libio
Parece que hablas conmigo.
Cenobia
Tus hechos te contradicen.
Libio
Yo digo lo que ellos dicen.
Cenobia
Lo que ellos responden digo,
que si yo, sin conocellos,
de ti las quejas oí,
fuerza es responderte a ti;
tú respóndeles a ellos.
Y en ocasión como esta,
si, cuando a hablarme llegaste,
las quejas consideraste,
considera la respuesta:
que he de dar leyes, y asombros
les daré también y horror,
cuando quite a algún traidor
la cabeza de los hombros.
Libio
Pésame...
Cenobia
Vete de aquí.
Libio
...de mirarte...
Cenobia
Yo lo creo.
Libio
...con disgusto.
Cenobia
Ya lo veo.
Libio
Necio en declararme fui.
Vase.
Cenobia
¡Qué ciegamente ha mostrado
su intento! Que le temiera
confieso, si no estuviera
tu espada, Irene, a mi lado;
que, si en mí, por ser mujer,
se alientan sus pareceres,
solamente con mujeres
me tengo de defender
y tú, claro está, serás
la más leal.
Irene
Sólo soy
tu esclava ¡temblando estoy!,
como al efecto verás.
Sale Persio.
Persio
Aparte todo.
Tres maneras de medrar
nos da la humana fortuna,
que son: por casar la una,
la otra, por enviudar,
la tercera por mentir
con arte; y de todas tres,
aquesta postrera es
la que yo pienso seguir.
Un soldado venial
soy, que nunca mortalmente
reñí.
Aparte todo.
Un soldado valiente
muerto hallé en un arenal
y estos papeles, que son
de sus hechos testimonio,
quité. Llamábase Andronio
y, gozando la ocasión,
a pretender he venido
mudando el Persio en su nombre.
No seré yo el primer hombre
que haya los frutos cogido
de lo que otro siembra el año;
ejemplo algún cambio es
concebido en ginovés
y parido en castellano.
Irene
Hasta tu cuarto se ha entrado
un soldado.
¿Cómo...?
Cenobia
Irene,
sola esa licencia tiene
para conmigo un soldado.
¿Quién sois?
Persio
Direlo después
que bese mi sucia boca
la breve parte que toca
ese enano de otros pies.
Arrodíllase y álzase.
Mis papeles den ahora
de quién yo soy testimonio.
Dale unos papeles.
Cenobia
¿Cómo os llamáis?
Persio
Persio...
Andronio
había de decir, señora.
Cenobia
¿Vos sois Andronio?
Persio
Yo soy.
Cenobia
Mucho me huelgo de veros,
que deseo conoceros,
porque ya informada estoy
de vuestro valor.
Persio
El mío
no es más del que tú le das.
Aparte.
¡Fortunilla, buena vas!.
Cenobia
«Salió Andronio a un desafío».
¿Qué desafío fue aquel
en que te hallaste?
Persio
Aquí
me coge.
Antes me perdí,
señora, que me hallé en él.
Cenobia
¿Cómo?
Persio
Guardaba un gigante
de una viña cada uva
tan grande como una cuba;
contra aquel monstro arrogante
quisieron que fuera yo
a traerlas cierto día,
que hambre la gente tenía.
El gigante me sintió
y yo, usando del consejo
más que de la valentía,
dejé una uva vacía
y vestime del pellejo;
él, oliendo carne humana,
entre las cepas llegó,
¿y qué hizo? El diablo le dio
entonces de comer gana
y aquel mismo grano quita
de la cepa y de un bocado
me zampa; medio mascado,
pensando que era pepita,
me arrojó tanto que fui
volando, si es que volaba,
al ejército, que estaba
quinientas leguas de allí.
Cenobia
«Andronio es quien sin escala
una muralla asaltó».
Persio
Era en ese tiempo yo
ligero como una bala.
Cenobia
¿Cómo la asaltastes?
Persio
¿Cómo?
Junto a la muralla había
un ciprés que la excedía,
y vengo y ¿qué hago? Y tomo
un cordel y voy doblando
hasta la tierra el ciprés
y, asiéndome de él, después
poco a poco voy soltando
el lazo; y, cuando se halla
libre, a su centro volvió
tan fuerte que me arrojó
encima de la muralla.
Estos disparates digo
para entretenerte aquí,
no porque esto fuese así,
que al cielo le hago testigo
de mis hechos y no es bien
que repita mis hazañas.
Cenobia
Bien claro me desengañas
de tu discreción también,
pues gustando yo de oíllas,
tú, por no gloriarte de ellas,
no te escusas de emprende ellas
y te escusas de decillas.
Mayor crédito has hallado
en vitorias que has tenido
con no haberlas repetido
que con haberlas ganado.
Las alabanzas desdicen
del valor, y así me obligas,
que no es menester que digas
lo que estos papeles dicen.
Y, porque a un tiempo me agrada
tu gusto y tu valentía,
quedará desde este día
en mi servicio ocupada
tu persona.
Persio
Arrodillase.
Hónrasme así.
De este pie no me levantes:
enano dije denantes
y ahora digo bonamí.
Sale Crotilda.
Crotilda
Hablarte pretende un hombre
que ser romano declara,
con una banda en la cara,
sin querer decir el nombre.
Dice que te importa.
Cenobia
¿A mí?
Di que entre.
Persio
¿Y si es del demonio
alguna traición?
Cenobia
Andronio,
tú no te apartes de aquí,
que no sabemos qué espera
y yo contigo no más
estoy segura.
Persio
No estás;
llama a otros ciento siquiera.
Sale Decio con una banda en el rostro.
Decio
Dame, señora, tus pies.
Persio
Y aun, plega a Dios, basten ciento.
Cenobia
Alza del suelo.
Decio
Mi intento
sabrás cuando sola estés.
Persio
¿Ves?
Solo quiere quedar.
Da licencia a mi partida,
que soy cortés y en mi vida
amigo fui de estorbar.
Cenobia
Salíos todos allá fuera.
Persio
De buen grado.
Irene
Vamos, pues.
Cenobia
Mirad que advertido estéis
y a cualquier suceso espera
resuelto.
Persio
Sí, esperaré.
Cenobia
¿De qué turbado te pones?
Ya en la voz y en las acciones
la cólera se le ve.
Repórtate.
Persio
¿Cómo puedo?
Cenobia
Por bien quizá ha venido.
Persio
Repórtome.
Ella ha creído
que es cólera lo que es miedo.
Vanse, y quedan solos los dos.
Cenobia
Ya se fueron; ya bien puedes,
descubriendo tu intención,
quitar del rostro la banda
y dar al aire la voz.
¿Por qué suspensas al tiempo
tienes la lengua y acción?
¿Qué dudas, que solo estás?
¿Qué esperas, que sola estoy?
Atrévete, si no es
que conociste al temor
después de verme.
Decio
Bien dices,
que, si le conozco yo,
es después de haberte visto.
Mira si tengo razón.
Descúbrese.
¿Conócesme?
Cenobia
Sí, conozco.
¿Tú no eres Decio?
Decio
No.
Cenobia
Pues ¿quién eres?
Decio
No lo sé;
tan ajeno de mí estoy
que lo dudo. Decio fui
el tiempo que tuve honor,
mas, después que no le tengo,
no sé, Cenobia, quién soy.
Deja el acero que empuñas,
que cuando mi muerte atroz
pretendas, no es menester
más armas que mi dolor.
Este será mi homicida,
si no es en la ocasión
riguroso con piedad
o piadoso con rigor.
Y, en tanto, escucha razones,
cuyo conceto veloz
forman, antes que la lengua,
las alas del corazón.
Bien sabes, Cenobia, bien,
cuando en campaña hice yo
de tu poder experiencia
y examen de mi valor,
que ser vencido no fue
defecto de mi valor,
sino fuerza de mi estrella,
ya que de tus hechos no.
Pues un tirano, un cruel,
un bárbaro emperador,
que sin concierto y sin orden
el ejército eligió,
usó en presencia de todos,
en ofensas de mi honor,
de acciones y de palabras
—aquí se turba mi voz,
aquí enmudece mi lengua,
aquí falta mi razón,
aquí el discurso entorpece,
aquí me mata el dolor—
palabras, razones tales
que ellas serán ocasión
a que entre las fieras viva,
a que me esconda del sol,
si con ver mayor venganza
no enmiendo el daño menor.
Tal hizo por ir vencido,
como si tuviera yo
en mis manos mi fortuna,
sin considerar que son
inconstantes sus efectos
y esta vida breve flor,
que se consume a sí misma,
gusano de su botón;
un almendro de hojas lleno,
que, ufano, con ambición,
a los suspiros del austro
pompa y vanidad perdió;
un edificio, que, atlante
de la esfera superior,
caduco a un rayo, resuelve
en polvo su pretensión;
una llama, que las sombras
de la noche iluminó
y, obediente a un fácil soplo,
pierde luz y resplandor.
Pero ¿para qué te canso,
si no hay ejemplo mayor
que un hombre con alma ayer
y helado cadáver hoy?
Mas ¿dónde voy, ¡ay de mí!,
llevado de la pasión?
Vuelvo al discurso. Este fiero
y cruel emperador,
ofendido que de ti
le hiciese tal relación,
bien que a tus merecimientos
fue corta, dijo que amor
era quien me había vencido;
confieso que no mintió.
Mas fue el amor y la fuerza,
la hermosura y el valor,
porque, dos veces vencido,
fueron tus vitorias dos.
Este, en fin, menospreciando
la fama de tu opinión,
del valor y la hermosura
triunfar en Roma juró.
Contra ti viene, ya llega,
porque estaba a esta ocasión
el ejército en Numidia,
de adonde luego partió.
El mayor que ha visto Roma
conduce; cada escuadrón
parece monte de acero
y flores las plumas son.
Los descogidos pendones
cubren al mundo de horror,
cuando sus águilas llegan
a ver cara a cara al sol.
Esta vitoria, ¡oh, valiente
Cenobia!, importa a los dos;
vea Aureliano que puede
vencerle quien me venció.
A darte el aviso vengo,
por que con más prevención
le esperes. Triunfa de Roma
segunda vez y al blasón
de tus vitorias añade
la de Aureliano, que yo,
dudoso entre dos afectos
de tu vitoria y mi honor,
a darte el aviso vengo
y a lidiar contra ti voy.
Cenobia
Más sentimiento ha causado
tu agravio en mí que temor
la venida de Aureliano,
que aquel siento y esta no.
Venga su ejército y sea
en número superior
a las arenas del mar
o a los átomos del sol.
Traigan máquinas de fuego
más que, ingeniero traidor,
sobre los muros de Frigia
dispuso el Paladión.
Vengan poblando campañas
los elefantes, que son
montes con almas, volcanes
vivos preñados de horror.
Quédese desierta Roma,
que más en esta ocasión
sintiera que no viniera,
¡vive Júpiter, gran Dios!,
donde a tu agravio y al mío
le diera satisfación.
¿Porque te vencí se afrenta
y con necia presunción
da por necia a la fortuna
y por cobarde al amor,
aun sin haberle tenido?
Pues, para más opinión,
con amor he de vencerle
sólo por que sea mayor
mi gloria. Y pues la vitoria
ya nos importa a los dos,
no te vayas, Decio; aquí
de mi ejército el bastón
te daré.
Decio
¿Pues he de ser
contra mi patria traidor?
Contra Aureliano bien puedo,
como ofendido, mas no
contra los míos, que fuera
confirmar su presunción.
Cenobia
Pues ¡alto!, ¡vete! Y advierte
que vuelvas por tu opinión;
y, para que ocasión tengas,
tu mayor contrario soy.
Vete, pues.
Decio
Y agradecido
a la fortuna, que dio
ocasión a tal ventura
y a mi desdicha ocasión.
Tocan cajas.
Cenobia
¿Qué rumor es este?
Decio
Aquellas
cajas de Aureliano son,
que rompidas de los vientos
llegan, cansada la voz.
Cenobia
Hoy ha de verme Aureliano.
Decio
¿Y yo no he de verte hoy?
Cenobia
No, pues vas a pelear
contra mí.
Decio
Si quejas son,
no hay más quejas que servirte.
Yo me quedaré.
Cenobia
Eso no,
que más quiero, aunque estimara
tenerte en mi campo yo,
verte con honra en mi agravio
que sin ella en mi favor.
Vete, pues, y en la batalla
nos veremos.
Decio
¿Podré yo
conocerte?
Cenobia
Sí, tú puedes,
por que te advierta mejor,
llevar esta banda.
Dale una banda.
Decio
¡Ay, cielos!
¿Podré en tan alta ocasión
tenerla por favor tuyo?
Cenobia
Tú has de tenerla, yo no.
Tenla por lo que quisieres,
que yo por señal la doy.
Tocan.
Ya de las templadas cajas
el eco suena mayor;
yo voy a verme con él.
Decio
Y yo a verme con él voy.
Cenobia
Adiós, y Aureliano muera.
Decio
Viva Cenobia, y adiós.

Segunda Jornada

Salen Libio, y Irene.
Irene
Sosiégate.
Libio
¡Cuando veo
en tan ciega ejecución
mal lograda la intención
y declarado el deseo!
Pues en el veneno fuerte
de la compuesta bebida,
pensando que era la vida,
bebió Abdenato la muerte.
Cuando pensé que, alterado,
el pueblo a mí me eligiese,
por que caudillo tuviese
en tan miserable estado
como está puesto por Roma,
no sólo no se logró,
pero a Cenobia entregó
el bastón, que a cargo toma
con tan mujeril belleza
y varonil valentía,
todo para envidia mía,
que con tanta fortaleza
como has visto ha resistido
tres asaltos que ha intentado
Aureliano; y, retirado,
por no decir que vencido,
está esperando el socorro
que le envían Persia y Egipto.
Y ella viendo —¿esto permito?
¡Por Júpiter, que me corro!—,
viendo que socorro espera,
antes que pueda llegar,
aquí le sale a buscar.
Pues, si están de esta manera
mis dichas sin conseguir,
las suyas sin declinar,
¿cómo me he de sosegar?
Déjame, Irene, morir.
Irene
Su valor y industria es tal,
que los triunfos que recibe
de día de noche escribe,
libro que Historia oriental
llama. Pero el alto brío
no se rinde a la fortuna;
mujer soy y no hay alguna
que pueda vencer el mío.
Ya determinado estás;
busca otra nueva traición,
que para su ejecución
estoy aquí; y tú verás
si doy a Cenobia muerte
como se la di a Abdenato.
Libio
No ha de ser así. Ya trato
mi venganza de otra suerte:
Aureliano ha de vengarme.
Sale Cenobia con armas negras, vestida de luto, leyendo en un libro.
Cenobia
«Que ha de vengarme Aureliano...».
Irene
Cenobia viene.
Cenobia
Es en vano
que yo pueda sosegarme.
Huélgome de verte aquí,
Libio.
Libio
Sólo espero ver
qué mandas.
Cenobia
Deseo saber
qué se dice por ahí
de Cenobia.
Libio
¿Pues soy yo
quien ha de escribir su historia?
Cenobia
Quien la tome de memoria;
quien ha de escribirla, no.
Libio
Nada se dice. Infelice
tormento en el alma lucha.
Cenobia
Si no lo sabes, escucha
qué de Cenobia se dice;
ahora lo estaba leyendo.
Oye sospecha cruel,
sin declararme con él
quejarme a él mismo pretendo:
Lee.
«Que, viendo a Decio vencido,
vino al Oriente Aureliano
con todo el poder romano
de su poder ofendido;
y que, habiéndole cercado
enemiga, la asaltó
tres veces, y tres volvió
rompido y desbaratado,
tanto que le fue forzoso
retirarse hasta que tenga
socorro; y, antes que venga,
con ánimo belicoso
ella le saldrá a buscar,
por que en su sangre se aneguen
cuando Egipto y Persia lleguen
y no tengan a quien dar
los socorros poderosos,
hallando en estos desiertos
murallas de cuerpos muertos,
llenos de sangre los fosos».
También se dice que hoy es
cuando la batalla quiere
dar; y lo que sucediere
della se dirá después.
Libio
¿Y yo lo puedo decir
ahora?
Cenobia
Pues ¿qué será?
Libio
Que llegará y vencerá.
Cenobia
Vuelvo, Libio, a proseguir:
Lee.
«En este tiempo enviudó
y, atreviéndose por ver
en el reino una mujer,
no faltó quien procuró
de secreto conjurar
la gente y, dándole mano
al ejército romano
y tributo, conspirar
a la corona; y así
lograr su intento felice
uno y otro». Esto se dice.
No creo que será así,
mas, ¡vive Dios!, si llegara
tiempo en que esto sucediera
y de algún hombre creyera...
¿qué es creer?, si imaginara
que algún cobarde traidor,
que algún infame villano,
arrogante, loco y vano,
había que, sin temor
ni verguenza, contra mí
tratase algún mal cruel,
dijera entonces a él
lo que ahora digo a ti.
¿Es posible que no ves
que el mismo que en la ocasión
agradece tu traición
huye del traidor después?
Porque, aunque ella agrade a todos,
viene el traidor a cansar
y no es posible alcanzar
honra por infames modos;
pues el que más alto estuvo
a ser más notado viene,
cuando el mismo honor que tiene
dice la infamia que tuvo.
Yo soy tu reina; y advierte
que te dejo de matar
con mis manos por no dar
a un traidor tan noble muerte,
y podrá ser que algún día
a las de un verdugo muera.
Libio
Señora...
Cenobia
Esto le dijera,
a saber quién es.
Libio
Sería
agraviarme el responder,
porque no me toca a mí,
que yo siempre tuyo fui.
Cenobia
Pues ¿pudiera yo creer,
aunque el mundo lo afirmara,
Libio, que en la sangre mía
tan grande mancha cabía?
No te turbes y repara
que yo estoy tan confiada
que, si la vitoria espero,
sólo es porque considero
que está a mi lado tu espada.
Sale Persio.
Persio
Dame tus pies.
Cenobia
Bienvenido,
Andronio, aunque no esperé
menos de ti.
Persio
Bien se ve,
el demonio me ha metido
a valiente.
Cenobia
¿Qué hay de nuevo?
Persio
Que de Persia viene ya
y mañana llegará
con poder que no me atrevo
a pintarle, no parezca
que le encarece el temor.
Cenobia
Ahora es tiempo que el valor
con más denuedo se ofrezca
al peligro. Ea, soldados,
esta es honrosa ocasión
de quedar en la opinión
de la fama celebrados.
Hoy a la vista tenemos
el ejército romano;
venzamos hoy a Aureliano,
que mañana venceremos
al persa. Rompan los vientos
las voces siempre inquietas
de las cajas y trompetas,
y a sus confusos acentos
responda el eco oprimido.
Suene el clarín animado,
gima el parche castigado,
brame el bronce repetido.
Publiquen sangrienta guerra
con mortales sentimientos
turbados los elementos:
agua, fuego, viento y tierra;
que yo a tan divina gloria
la primera embestiré,
en cuyo encuentro diré,
antes que ¡guerra!, ¡vitoria!
Tocan cajas y trompetas, y metiendo mano se entran como de guerra, y salen por otra parte Aureliano, Astrea, el Capitán y soldados, y Decio cubierto el rostro con la banda de Cenobia.
Astrea
Hoy dichoso fin colijo,
que el dios que en tu ayuda viene
la vitoria te previene,
pues el oráculo dijo:
«Irás y vencerás; no
serás vencido en la guerra».
Aureliano
¡Ea, altiva Roma, cierra
hoy, que Apolo aseguró
triunfo, en cuya confianza
mi pecho al furor se entrega!
¡Altiva Cenobia, hoy llega
tu castigo a mi venganza!
Vanse como de guerra.
Decio
Hoy he de mostrar, valiente
Cenobia, mi fuerza altiva.
¡El césar de Roma viva!
Vase.
Dentro.
¡Viva la reina de Oriente!
Dase la batalla, saliendo, y entrando dos veces, y salen huyendo Aureliano, y Astrea.
Astrea
¿De qué sirve la osadía,
cuando a tus desdichas ves
el cielo opuesto?, que hoy es
para Roma infausto día.
Rotos ya tus escuadrones,
te han dejado herido y solo.
Aureliano
Tú con engaños de Apolo
a esta afrenta me dispones,
y aun él mismo es contra mí;
pues en una empresa igual
me anima y me miente.
Astrea
Mal
el oráculo entendí,
porque otro sentido encierra,
que entonces no entendí yo:
«Irás, y volverás no;
serás vencido en la guerra».
Aureliano
Sacerdotisa engañosa,
vaticinante mentida,
sirena falsa y fingida,
profetisa mentirosa,
la respuesta que entendiste
de otra suerte has de llorar;
tú la pena has de pagar,
pues tú la culpa tuviste.
Muere, infame, y vengue en ti
de aquese Apolo cruel
rabia, que no puedo en él.
En esta gruta...
Arrójala por una cueva, despeñada.
Astrea
¡Ay de mí!
Aureliano
...hallarás tu sepultura,
si en sus entrañas las fieras
no te la dan, porque alteras
los sentidos que procura
revelarme Apolo santo;
y a creer que engaño fue
del mismo Apolo, no sé
si hiciera en él otro tanto.
Huyendo mi gente vuelve;
delante me he de poner
del contrario, para ver
si atrevida se resuelve
a morir. Mujer, ¿quién eres?;
mas, con tan altos renombres,
di que afrenta de los hombres,
di que honor de las mujeres.
Vanse, y tocan al arma, sale Cenobia con la espada desnuda, con una banda en el brazo.
Cenobia
De la batalla rendida,
sin que me hayan conocido,
sola a este monte he salido
para curarme una herida;
en cuya ofensa ha de ser
teatro este monte fuerte,
romanos, de vuestra muerte.
Dentro Astrea quejandose.
Astrea
¡Ay, infelice mujer!
Cenobia
Parece que oigo, ¡ay de mí!,
turbada una voz, que dice
que soy mujer infelice.
Astrea
Hoy ha de triunfar de ti
el rigor...
Cenobia
¿Qué escucho?
¡Ay triste!
Astrea
...de un alevoso traidor,
de un tirano emperador.
Cenobia
De horror el alma se viste,
pues el eco temeroso
dice triunfará, inhumano,
un emperador tirano
por un traidor alevoso.
Astrea
Herida y sangrienta estás...
Cenobia
Que herida estoy, ya lo veo.
Astrea
...donde mísero trofeo
de la soberbia serás.
Cenobia
Sin duda que alguien procura
acobardarme y ha sido
en este monte escondido.
Astrea
¡Ay, desdichada hermosura!
Cenobia
Nada desde aquí se ve.
Cenobia, ¿qué te acobarda,
cuando esta vitoria aguarda
a tu fama? Ilusión fue;
venza yo con el valor,
que nada temo ni creo,
hasta que sea trofeo
de un tirano y de un traidor.
Vase, y sale Libio.
Libio
Yo me perdí, por que pueda
llegar a hablar a Aureliano,
que así mis glorias allano.
Astrea
Dentro.
Ven, traidor.
Y si te queda
más rigor, muéstrale aquí;
que huyendo, tirano, desto,
te verás en alto puesto.
Libio
Parece que hablan de mí.
Astrea
Sé soberbio, sé tirano,
sé riguroso, sé fiero
de una vez.
Libio
¡Cielos!
¿Qué espero?
Hoy nuevo espíritu gano,
pues me anima el cielo a ser
cruel, pues me ha persuadido
con voces, quizá ofendido
de una soberbia mujer.
Pues muera, que yo no falto
a la ambición por reinar,
si usando desto he de estar
temido en puesto más alto.
Vase, y sale Decio y tocan cajas primero y trae una bandera.
Decio
Hoy he de dar la vitoria
a Roma, aunque en ella muera
Cenobia, que esta bandera
ha de publicar la gloria
que he conseguido en ganalla;
esto a mi honor corresponde.
Monte, en tu centro la asconde
mientras vuelvo a la batalla.
Astrea
¡Basta, invicto emperador!;
la furia perdona ya,
que más fama te dará
la clemencia que el rigor.
Decio
¿Qué voz es esta que sigo,
que, sin saber cúya es,
alma, escuchas y no ves?
¿Con quién hablará?
Astrea
Contigo.
Contigo, césar de Roma,
habla una triste mujer.
Ven adonde puedas ser
piadoso; la furia doma.
Decio
Ella con emperador
habla. ¿Si estará Aureliano
por aquí?
Astrea
Quéjome en vano
por aliviar el dolor,
pues bien sé que no me escucha.
Emperador, ¿no vendrás
a sacarme?
Decio
¿Dónde estás?
Astrea
Dentro de esta gruta.
Decio
Mucha
es mi turbación; aquí
se ve una profunda cueva.
Aventura es esta nueva.
¿Hay gente allá dentro?
Astrea
Sí.
Sácame de aquí.
Decio
No soy
a quien llamas; pero advierte
que del horror de la muerte
te libraré, pues estoy
donde puedo entrar adentro.
¿Dónde estás?
Entra, y habla Astrea de adentro.
Astrea
Hacia aquí llega;
que, aunque de mi sangre ciega,
me darán luz en el centro
profundo las esperanzas:
tanto puede quien desea
la vida.
Sacala en brazos, toda herida, y llena de polvo, y el rostro lleno de sangre, como despeñada.
Decio
Divina Astrea,
¿qué es aquesto?
Astrea
Las venganzas
de un emperador, con quien
hablaba por aliviar
el tormento y el pesar.
Y, puesto que por ti ven
mis ojos la luz del suelo,
déjame echar a tus pies,
que la tierra de ellos es
para mí dichoso cielo...
Decio
Muy herida estás; procura
alentarte y en mi tienda
te recoge.
Astrea
...por que entienda
que tú de la sepultura,
Decio, mi vida has librado.
Decio
Allí encubierta estarás;
que yo, mientras a ella vas,
en la vitoria empeñado
quedo, porque me es forzoso
asistir donde se yerra
segunda vez.
Dentro
¡Guerra!
¡Guerra!
Astrea
Dios te saque venturoso
y, con venganza y honor,
contento, alegre y ufano,
libre Roma de un tirano,
tú seas su emperador.
Vase Astrea, y tocan al arma.
Decio
Después de haber Aureliano
dado valor a la gente
que desmayada se vio,
con nuevo esfuerzo acomete.
Ahora sí verá Aureliano
que hay una mujer que vence
animosa como bella
y hermosa como valiente.
Y tú, Cenobia, perdona,
que me es forzoso que pruebe
en tu ofensa mi valor,
aunque tus glorias desee.
Sale Aureliano, y dicen dentro.
Todos
Este es Aureliano, ¡muera!
Aureliano
¡Valedme, cielos, valedme!
Ábrase la tierra aquí,
para que vivo me entierre
en su eterna oscuridad,
donde yo no pueda verme.
¿Que una mujer pueda tanto
por hermosa y por valiente
que quite el honor a Roma?
Decio
¡Cielos!
Aureliano es este.
Aureliano
A ti, valiente soldado,
que en las águilas que tiene
ese escudo, cuyo vuelo
a mirar el sol se atreve,
conozco que eres de Roma;
a ti te pido que muestres
en mi defensa el valor
que a tu misma patria debes.
Tu césar soy, Aureliano
soy, que en ocasión tan fuerte
vengo huyendo de mí mismo,
vencido afrentosamente.
Dame la vida, que está
en tus manos.
Decio
¿Qué previenes
con ruegos a mi osadía,
si bastaba conocerte
para morir por ti, si es
que quien muere honrado, muere?
Pon en salvo tu persona
y en esta palabra advierte:
para llegar a tu tienda
el paso es aqueste puente
que los dos campos divide,
siendo con veloz corriente
valle de plata el Eufrates,
y te juro el defenderle
sin que le rompa ninguno
de los que en tu alcance vienen,
hasta que pierda la vida.
Aureliano
Cortés y animoso eres.
Toma este bastón; por él
te doy palabra de hacerte
igual en mi Imperio, tanto
que a honrarte y quererte llegue
más que le aborrezco a Decio,
por quien siento solamente
esta afrenta, pues, corrido,
tengo por cierto que, a verme
vencido de una mujer,
será su vista mi muerte.
Tiene Decio el rostro tapado con una banda.
Decio
Después te diré quién soy.
Aureliano
Pues la vida me defiendes,
para partir mi corona
no seas Decio y seas quien fueres.
Vase solo, y sale Cenobia, y soldados.
Soldado 1
Esta puente nos da paso.
Cenobia
Yo he de matarle o prenderle
en su tienda.
Decio
Aqueso fuera
a no defender yo el puente.
Soldado 2
¿Un hombre solo se opone
a tu escuadrón?
Cenobia
O no temes
el conocido peligro
de la vida o la aborreces.
Decio
No es sino que en este pecho
tal fuego el honor enciende
que es un rayo cada golpe.
Cenobia
Pues aunque Júpiter fueses
y aqueste monte tu espada,
he de pasar.
Mas detente,
violento impulso, que aquel
es Decio, si no me miente
aquella banda con que
el rostro cubierto tiene.
Decio
Esta es Cenobia. ¡Ay de mí,
en qué confusión tan fuerte
me ponen amor y honor!.
Cenobia
Marcio, retira esa gente,
que yo sola he de ganar
hoy el paso.
Soldado 1
Mira...
Soldado 2
Advierte...
Cenobia
No hay qué advertir.
Soldado 2
A la vista
estaremos.
Vanse los soldados.
Cenobia
¿Tú no eres
Decio?
Decio
Decio soy, Cenobia,
que ya me huelgo de verte
en esta ocasión, adonde
puedes honrarme y valerme.
Cenobia
Y yo de verte me huelgo
adonde seguramente
puedes darme la vitoria
con sólo no defenderte.
Siguiendo vengo a Aureliano,
resuelta animosamente
de que hoy en su misma tienda
he de matarle o prenderle.
Nadie me estorbe la entrada,
si no es esta. Y pues te ofrece
esta ocasión tu venganza,
déjame pasar y advierte
que hoy te vengo, si hoy le alcanzo,
y quedamos igualmente
yo contenta, honrado tú
y él vencido; con que vienen
tus medios a conseguirse.
Decio
Pues propones de esa suerte
en pláticas la batalla,
quiero obligarte que dejes
la pretensión. Aureliano
ahora, sin conocerme,
llegó a valerse de mí.
En ocasión tan urgente
palabra di de guardar
este paso hasta que viese
rendida el alma a los filos
de tus acerados temples.
¡Mira si estoy obligado
a cumplirla! Y, pues tú quieres
convencerme con razones,
esta te obligue a volverte.
Ya Aureliano está vencido;
ese triunfo ya le tienes.
Déjame ganar, Cenobia,
ahora el de defenderle
siendo mi contrario. Así
quedaremos igualmente
tú contenta, honrado yo
y él vencido; con que vienen
tus medios a conseguirse
más noble y más cuerdamente.
Yo tengo mayor razón.
Cenobia
¿Tú no fuiste a que te diese
satisfación de la ofensa
de Aureliano? Luego tienes
obligación de ayudarme
ahora, cuando pretende
darte mi honor la venganza
que me pediste.
Decio
Tú vienes
a convencerte a ti misma.
Desde el punto que a valerme
fui de ti, mi honor corrió
por tu cuenta; luego tienes
obligación de mirar
por él, tanto que si hacerte
dueño de Roma quisiera
por trato, alevosamente,
tú no lo habías de ser
por que yo traidor no fuese.
Cenobia
Yo pierdo en esta ocasión
la vitoria y tú no pierdes
la opinión.
Decio
Sí pierdo tal.
Cenobia
Deja...
Decio
Cenobia, detente,
que ¡vive Dios que te mate!
Y, puesto que mujer eres
con quien se pueden tratar
cosas de honor, cuando vienes
a esta impresa contra mí,
te pido que me aconsejes.
Considérate en mi puesto,
que lo mismo que tú hicieres
haré yo.
Cenobia
Si yo me viera
con la obligación que tienes,
en este puesto empeñada
muriera hasta defenderle.
Decio
¿Y si el rendirle importara
a un grande amigo?
Cenobia
No puede
nadie acudir a su amigo
más que a su honor.
Decio
¿Y si fuese
una mujer que adorase?
Cenobia
Perdiera una y muchas veces
vida y honor. Pero tú
¿tan vano y loco te atreves
a decirme que me adoras?
Decio
Con poca ocasión te ofendes;
no eres tú.
Cenobia
Pues al primero
consejo quiero volverme:
guardar el puesto te importa,
o morir o defenderte.
Decio
Pues si animosa aconseja
una mujer de esa suerte,
¿qué haré yo en ejecutarlo?
Cenobia
Tu misma acción te condene.
Considérate en el mío,
que en esta ocasión se ofrece
el fin de tan gran vitoria
y que el paso te defiende
un grande amigo.
¿Qué hicieras?
Decio
Aunque otro yo mismo fuese,
le matara.
Cenobia
¿Y si estimaras
su vida?
Decio
Le diera muerte,
aunque le estimara.
Cenobia
Y dime,
¿si aquesa persona fuese
un hombre que yo quisiera?
Decio
¡Cielos!, luego ¿tú me quieres?
Perdiera cien mil vitorias,
volviérame...
Cenobia
Tente, tente;
que no soy.
Decio
Pues al primero
consejo quiero volverme:
dame la muerte, que yo,
contento, ufano y alegre,
moriré de ver que compro
tu alabanza con mi muerte.
Cenobia
Por no darte aquesa gloria
no te mato, que no quiere
mi ambición que haya un romano
a quien la fama celebre
por tan valiente, animoso,
invencible, altivo y fuerte,
que tan tristemente viva
y muera tan noblemente.
Por ti pierdo la vitoria.
Decio
Pues mira que, si la pierdes,
que ya me das ocasión
para pensar que tú eres
la enamorada, pues tomas
el consejo.
Cenobia
Responderte
que no lo pienses pudiera,
mas ¿qué importa que lo pienses?
Vanse, y sale Aureliano, y soldados.
Aureliano
Júpiter soberano,
si el gobierno del mundo está en tu mano,
¿cómo, cómo permite
que una mujer a Roma el honor quite?
Ni eres dios ni eres fuerte
ni son tus obras líneas de la muerte.
Tú, Marte, que entre aceros y entre mallas
eres sangriento dios de las batallas,
¿cómo tu cuello doma
una mujer que el lauro quita a Roma?
Ni eres dios ni valiente;
miente tu aspecto, tu semblante miente.
¡Que una mujer, que una mujer resista
a Roma, a mí! Tan desigual conquista
diera por cautivalla,
por prendella y llevalla
a Roma, y en el carro
entrar pisando su ambición, bizarro.
Diera... Pero estoy loco.
¿Qué tengo yo que dar, si Roma es poco?
Capitán
De Cenobia un soldado
búscandote al ejército ha llegado.
Aureliano
Valor, disimulemos,
no conozca mi pena en mis estremos.
Entre, pues. ¿Qué querrá en desdichas tantas?
Sale Libio.
Libio
Permíteme, señor, besar tus plantas.
Aureliano
¿Qué quieres?
Libio
Muy cruel y poco sabio,
vengo a pedir venganza de un agravio.
Yo soy Libio, sobrino
de Cenobia, que a ser mi reina vino
por mujer de Abdenato.
Él, a su sangre ingrato,
siendo yo el heredero
único de su Estado,
me dejó de la acción emancipado,
y el vulgo novelero,
que conjurado estaba,
la corona le dio que me tocaba,
por lo cual mi rigor me determina
a tan cobarde impresa:
yo te he de hacer señor de Palmerina;
yo he de darte a Cenobia muerta o presa.
Aureliano
¿Tú te atreves a darme
a Palmerina?
Libio
Sí.
Aureliano
¿Tú has de entregarme
presa a Cenobia?
Libio
Sí.
Aureliano
¿Qué es lo que espero?
Déjame echar a aquesos pies primero
y juro aquí delante,
por Marte horrendo y Júpiter tonante,
por el sagrado Apolo,
por el Criador de cielo y tierra solo,
Libio, si en mi favor consigues esto,
que he de ponerte en el más alto puesto,
igual a mi persona,
poniendo en tu cabeza mi corona.
Libio
La voz así animaba mi fortuna.
Aureliano
Pero ¿cómo podrás?
Libio
¿Pues tiene alguna
duda mi pretensión? Yo sé los nombres
de las postas y puedo
llegar sin algún miedo
hasta su tienda sólo con cien hombres.
Cenobia ahora descuidada vive
con la vitoria que a este tiempo escribe.
Si yo a su tienda llego
en las tinieblas del silencio ciego,
¿qué duda hay de traella
antes que alguno pueda defendella?
Aureliano
Pues no hagan las razones
estorbo con sus vanas ilusiones.
Darete cien soldados
en la escuela de Marte acreditados
y, en fe que ahora agradecido quedo,
toma este real anillo que en mi dedo
estrella fue, y verás si he de premiarte,
porque pienso a los cielos levantarte.
Libio
Alta ventura de esta acción colijo;
la prodigiosa voz así lo dijo.
¡Presto, fortuna, presto
pienso que me has de ver en alto puesto!.
Vanse, y salen Cenobia, Irene, Crotilda, y Persio.
Cenobia
Dejadme un poco sola.
Irene
¿Qué tienes?
Crotilda
¿Qué te aflige?
Cenobia
Una oculta tristeza
el corazón me oprime,
un miedo me desmaya
y una pasión me rinde.
En el primer encuentro
de la guerra, ¿no vistes
muerto el caballo? Luego,
entre asombros terribles
nacida de las peñas,
voz temerosa y triste
me dijo que sería
hoy trofeo infelice
de un traidor y un tirano
que conjurados viven.
Mi tienda hallé caída
y, aunque al valor insigne
que me alienta no vencen
estos agueros viles,
temo... no sé qué temo
ni el decillo es posible,
porque nunca fue grande
tormento que se dice.
Persio
Diviértete y no dudes
tu honor siempre invencible,
tu fama siempre eterna,
tu patria siempre libre.
Cenobia
Ahora, vanos temores,
dejad de perseguirme.
Escribiendo esta guerra
pretendo divertirme.
Persio
Ya está puesta la mesa.
Dejan un bufete con aderezo de escribir, y Cenobia se sienta a escribir.
Cenobia
Por no dejar que olvide
el tiempo mi alabanza,
papel que siempre finge
a la verdad grandezas
y a la envidia imposibles,
la mujer que pelea
es la misma que escribe,
que a un mismo tiempo iguales
espada y pluma rige.
Historia del Oriente
la llamo; así prosigue:
Escribe.
«Retirose a este tiempo
Aureliano y, humilde,
socorros poderosos
a Egipto y Persia pide.
En este tiempo Libio...»;
el Libio, ¡ay de mí, triste!,
escrito está con sangre
y, al ir a repetirle,
sangre brotó la herida
y mesa y papel tiñen
deshojados claveles
o líquidos rubíes.
¡Oh sangriento prodigio!
Mas, ¡ay, suerte infelice!,
Abdenato, ¿qué quieres,
que muerto me persigues?
Representando.
Señor, esposo, tente,
no ofendas ni castigues
a quien... Pero ¿qué es esto?
¡Resuelta en humo, finge
una nube la sombra
bajando el aire libre!
Quedase como desmayada, y salen Libio, el Capitán, y soldados.
Libio
Esta es su tienda; aquí
tan descuidada vive
que en los brazos del sueño
a un tiempo muere y vive.
Llegad con tal secreto
que el más valiente pise
de su temor la sombra.
Capitán
Muera si se resiste.
Libio
Llegad y ojos y boca
la tapad.
Cenobia
¡Qué terrible aprehensión!
Mas ¿qué es esto?
Llegan, y cogenla por detras, y atanla las manos, y echanla una banda en el rostro.
Libio
Es quien así consigue
su venganza.
Cenobia
¡Traición!
Libio
Favor en vano pides,
que ya tu guarda es muerta.
Cenobia
¡Traición!
Libio
Cuando repite
traición, traición todos
decid, que así se impide
el sospechar quién somos,
porque ninguno pide
favor contra sí mismo.
Cenobia
¡Traición!
Todos
¡Traición!
Libio
Consiguen
los cielos mi venganza.
Llévanla maniatada y sale Irene.
Irene
Entre las sombras tristes
buscándote he venido,
de sus tinieblas lince.
Bien se logró tu intento,
que como «traición» dicen
ellos mesmos, los deja
el ejército libres.
Libio
Ven donde de Aureliano
las honras participes,
en cuya confianza
este anillo que imprime
las águilas de Roma
y ya tu dedo ciñe
me entregó.
Irene
Vamos, pues
con tu intento saliste.
Vanse.
Sale Aureliano.
Aureliano
A la voz presurosa
del sol, con dulce salva
sale llorando el alba
y riyendo el aurora,
que esperan en un día
efectos de tristeza y alegría.
Mi honor es el aurora,
Cenobia el alba bella,
que entre amalla y vencella
el uno y otro llora,
cuando triste y contento
mi dicha estimo y su desdicha siento.
Tocan dentro cajas y trompetas.
Mas ya con ecos graves
publican dulces fines
los sonoros clarines,
las trompetas suaves,
cuyo compás con bajas
voces repiten las templadas cajas.
Van saliendo los soldados, y despues Cenobia atadas las manos, cubierto el rostro, y luego la descubren, y se hinca de rodillas.
Y ya a Cenobia veo,
que entre desdichas tantas
besa, humilde, mis plantas.
O muera mi deseo
o viva mi esperanza,
que amor pide piedad y honor venganza.
La fama siempre vive,
el gusto luego muere,
pues mi piedad no espere,
que si el gusto recibe
la gloria del trofeo,
viva mi honor y muera mi deseo.
Cenobia
César, cuya memoria
eterna al mundo viva
cuando con sangre escriba
el tiempo esta vitoria,
advierte en mis enojos
la voz del labio, el llanto de los ojos.
No altiva, no atrevida
pienso hablarte amorosa,
sino triste y llorosa
mostrar quiero, advertida,
que quien en pena grave
supo vencer, hoy ser vencida sabe.
A tus pies está puesta
quien los aplausos tuyos
pensó ver a los suyos,
por que adviertas que en esta
variedad importuna
representa tragedias la fortuna.
La que en veloces alas
de la fama gloriosa
compitió vitoriosa
a la deidad de Palas
hoy, con soberbia poca,
donde quitas los pies pone la boca.
No te pido la vida,
que en las glorias que heredas
temo que la concedas,
cuando yo, agradecida
al llanto, decir puedo
que sólo a las venturas tengo miedo;
la libertad te pido
de mi patria, si alcanza
piedad tanta venganza;
y, pues yo sola he sido
la que se opuso a Roma,
sólo en mi vida la venganza toma.
Triunfa de mí valiente,
véngate en mí ofendido,
pon libre y atrevido
el pie sobre mi frente,
llévame a Roma aprisa
y en carro de oro mi arrogancia pisa.
¿Aun sin verme me dejas?
Pues con ecos veloces
daré a los vientos voces,
daré a los cielos quejas,
daré a la tierra espanto,
a los aires suspiros y al mar llanto.
Aureliano
Turbados mis sentidos
pueden en tanta mengua
vencer ojos y lengua,
pero no los oídos;
que tienen por despojos
labios la lengua y párpados los ojos.
Mas ¿qué defensa espera
la voz sonora y clara?
Si yo al hombre enmendara
para que siempre viera
y nunca oyera quejas
de mujer, diera guarda a las orejas.
El que costante estuvo
y sordo tiempo tanto
de una mujer al llanto
perfeta alma no tuvo;
ni es racional ni es hombre
a quien de la mujer no rinde el nombre.
Mas tú, Aureliano, ¿eres
el que en triunfo dichoso
juraste vitorioso
triunfar de los placeres
de amor, siempre costante?;
mis reprehensiones temo en mi semblante.
Pues ¿cómo ya amoroso
discurso te atropella?
Si Cenobia es tan bella,
si tú tan valeroso
que la excedas, procura
que iguale tu valor a su hermosura.
Ya el amor en su abismo
ningún poder le queda:
¿pues ha de haber quien pueda
en mí más que yo mismo?
No, ni en su fuego entero
me hará querer, si yo querer no quiero.
Ya con mayor instancia
aquí mi triunfo empieza;
venza, pues, la belleza
quien venció su arrogancia.
Cenobia, enternecido
vuelvo a mirarme, de dolor vencido.
Sufre, padece y siente,
gime, suspira, llora,
que no te importa ahora
querer tocar, valiente,
la esfera de la luna.
Esto puede el valor, no la fortuna.
Sale Irene, y Libio.
Irene
Llégale a hablar.
Libio
Yo he sido
quien en tanta venganza,
cumpliendo tu esperanza,
su palabra ha cumplido;
muestra ahora la tuya.
Aureliano
Sí mostraré, por que mi fe se arguya.
Yo he prometido hacerte
igual a mi persona:
ves aquí mi corona.
Pónesela.
Irene
¡Qué venturosa suerte!
Aureliano
Mas, con lo que hago y digo,
premio el favor y la traición castigo.
Con ella, desde el monte
que ha puesto a las estrellas
ejes, sus luces bellas
término al horizonte,
le despeñad. Con esto
te vienes, Libio, a ver en alto puesto.
¡Llevalde, pues!
Libio
¡Ay, cielos!
En tan violento estrago
bien lo que debo pago.
Llévanle.
Aureliano
Pierda yo los recelos,
que quien en tanta pena
su sangre vende, venderá la ajena.
Irene
Ya van a despeñalle,
mas consuelo prevengo;
el real anillo tengo,
con él he de libralle
publicando, atrevida,
que Aureliano por él le da la vida.
Aureliano
A este reino importuno
vida se le concede;
si se altera, no quede
con la vida ninguno,
sino los que, entregados,
han de ir por fieras de mi carro atados.
Ten, Cenobia, prudencia,
que esto es mundo.
Cenobia
Sí tengo,
y a más rigor prevengo
más valor, más paciencia,
que quien tuvo soberbia en tantas dichas
sabrá tener paciencia en las desdichas.

Tercera Jornada

Salen Astrea, y Decio.
Decio
Rotos ya los privilegios
de la muerte, hermosa Astrea,
viva por mi dicha, cuando
todos te tienen por muerta,
a Roma llegas a tiempo
de ver la mayor tragedia
que en el teatro del mundo
la fortuna representa.
Hoy entra en ella Aureliano
—¿podré decir cómo entra
sin que en suspiros se anegue
la voz, pronunciada apenas?—
en un triunfal carro, a quien,
en vez de rústicas fieras,
racionales brutos tiran,
atados cautivos llevan.
Él en lo más eminente
del triunfal carro se asienta
en un trono, a imitación
hermosa de algún planeta.
Luego va Cenobia —¡ay, triste!,
¿tendrá espíritu la lengua
para decirte que va
Cenobia a sus plantas puesta?—,
ricamente aderezada,
hermosamente compuesta,
donde, como en centro, viven
piedras, oro, plata y perlas;
atadas las blancas manos
con riquísimas cadenas
de oro —prisiones en fin,
¿qué importa que ricas sean?—
va a sus pies. Y él, profanando
el respeto y la belleza,
el sagrado bulto pisa,
la imagen rica atropella.
Mal haya, amén, mi valor,
pues la ventaja que muestra
en este triunfo Aureliano
es que en sus fortunas tengan
él un leal que le guarde
y ella un traidor que la venda.
Astrea
A tardar la relación
bien fácilmente suplieran
los ojos a los oídos,
porque ya el aviso llega
del triunfo.
Decio
El anfiteatro
es este y aquí la espera
lo más de Roma. Aquí quiero,
sea atrevimiento o sea
desesperación, llegar
a desvanecer la rueda
de este pavón, acordando,
en medio de sus grandezas,
que fui yo quien le guardó
la vida...
Astrea
Gran cosa intentas.
Decio
...cuando en la guerra le vi
huyendo con tanta afrenta.
Suena la musica, y entran soldados delante, y detras un carro triunfal, en el qual viene Aureliano Emperador, y a sus pies Cenobia muy bizarra atadas las manos, y tirando el carro cautivos, y detras gente.
Dentro
¡Viva nuestro emperador!
¡Viva nuestro invicto césar!
Aureliano
Atenta, ¡oh triunfante Roma!,
a tu alabanza y atenta
a tus inmortales glorias,
mis vitorias considera.
No de laurel coronado
llego a verte, porque fuera
a tanta ocasión pequeño
señor; inmortal diadema
de oro corona mi frente,
que ya quiero que esta sea
insignia de emperadores,
ciñendo yo la primera.
Corónase de oro.
No en triunfal carro guiado
de fieras que se sujetan
a domésticas coyuntas
vuestro invicto césar entra,
sino en carro a quien conducen
viles esclavos que muestran
en su humildad mi arrogancia;
asirios son, ¿qué más fieras?
No os parezca una mujer
poco fin a tanta empresa,
que más su vitoria estimo
que si en campaña venciera
en defensa de los dioses,
brazo a brazo, fuerza a fuerza,
los gigantes de Sicilia
o los cíclopes de Flegra.
Esta que veis a mis pies
mujer humillada, esta
que, a ser mortal la fortuna,
la misma fortuna fuera,
asombro ha sido del Asia,
temor del África, afrenta
de la Europa y la que a Roma
se opuso con tantas fuerzas.
Miralda ahora qué humilde,
mirad la ambición depuesta,
rendida la vanidad
y la presunción sujeta.
Y para mirarlo todo,
mirad a Cenobia presa;
veréis arrogancia, envidia,
ambición, poder y fuerza
puesto a mis plantas, si está
Cenobia a mis plantas puesta.
Cenobia
Aureliano, las venganzas
de la fortuna son estas,
que ni son grandezas tuyas
ni culpas mías. Pues llegas
a conocer sus mudanzas,
valor finge, ánimo muestra,
que mañana es otro día
y a una breve fácil vuelta
se truecan las monarquías
y los imperios se truecan.
Vence y calla, pues yo sufro
y espero, para que veas
que, pues yo no desconfío,
será razón que tú temas.
No la ambición te levante
tanto que, midiendo esferas,
de tu misma vanidad
la altura te desvanezca.
Sale el alba coronada
de rayos y el sol despliega
al mundo cendales de oro
que enjuguen llanto de perlas;
sube hasta el cenit, mas luego
declina y la noche negra
por las exequias del sol
doseles de luto cuelga.
Impedida de los vientos,
con alas de lino vuela
alta nave, presumiendo
todo el mar pequeña esfera;
y en un punto, en un instante,
brama el viento, el mar se altera,
que parece que sus ondas
quieren matar las estrellas.
El día teme la noche,
la serenidad espera
la borrasca, el gusto vive
a espaldas de la tristeza.
La alabanza de tus glorias
para ajenos labios deja,
que más alaban silencios
ajenos que propias lenguas.
Déjame que yo los diga,
para que a un tiempo se vean
en mí lástima y valor,
en ti valor y modestia.
Romanos, yo soy Cenobia,
yo soy la que en tantas guerras
se opuso a Roma y ganó
tantas vitorias sangrientas.
Vendida fui de un traidor,
advertid si está sujeta
a un engaño la osadía
y a una traición la grandeza.
Pero ya que estoy vencida,
en tantas desdichas tengan
lástima los animosos
y los cobardes soberbia.
Pues podrá ser que, cansada
destos aplausos, la rueda
dé la vuelta y que a mis pies,
como me he visto, te veas.
Esta es la misma esperanza
inútil, cobarde y necia
de Decio. También me dijo:
«Podrá ser que tiempo venga
en que yo triunfe de ti».
¿Cómo este tiempo no llega?
O no osa ya la fortuna
o me teme o me respeta.
Ni la estimo ni la precio;
¡bueno fuera que temiera
a una mujer y a un cobarde!
Decio
Pues el triunfo da licencia
a un soldado que ganó
alto renombre en la guerra
para que el premio reciba
en tanto que se celebra,
di que Decio es un cobarde,
que no importa; mas no ofendas
al soldado que te dio
la vida y en tu defensa
puso la suya en peligro
cuando tú, huyendo, quisieras
ser espíritu de un tronco
o ser alma de una peña.
Y si, porque me venció
una mujer, tú me afrentas,
dime, ¿qué honor te dará
cuando tú una mujer venzas?
O tiene valor o no:
si tiene valor, ya muestras
que a mí me pudo vencer;
si no le tiene, ¿qué impresa
te da alabanza triunfando
con majestad y grandeza
de una mujer sin valor?
Luego, en razones opuestas,
o yo no merezco culpa
cuando una mujer me venza,
o tú no consigues gloria
cuando vas triunfando della.
Aureliano
Para vencer basta, Decio,
que cualquier contrario sea;
para ser vencido, no.
Mas tú, cobarde, ¿qué intentas,
pues en Roma te quedaste
con esas vanas quimeras,
con esos locos desprecios?
¿Qué te importa, di, que tenga
digno premio aquel soldado?
Yo le confieso que era
valiente, con que asegura
que no fuiste tú.
Decio
Esta seña
dirá, Aureliano, quién fue:
el bastón testigo sea.
Premia mi valor, pues culpas
mi cobardía, y hoy vean
que tú en un mismo sujeto
tan bien honras como afrentas,
satisfaces como agravias
y como castigas premias.
Aureliano
Decio, tú solo a mis glorias
te opones, tú solo intentas
oscurecer mi alabanza
que me da Roma, y tú llegas,
loco y atrevido, donde
mi justicia no te premia,
porque un hombre sin honor
no es capaz, con tanta afrenta,
de honra alguna. Y por castigo
de una libertad tan nueva,
prosiga el triunfo, que quiero
que dure por que le veas;
y por más gloria la fama
en su pregón diga: «Esta
es la justicia que manda
hacer la fortuna fiera
a este hombre por cobarde
y a esta mujer por soberbia».
Todos
¡Viva nuestro emperador!
¡Viva nuestro invicto césar!
Tocan la musica toda y vuelve el carro, y vanse y queda Astrea, y Decio.
Astrea
Grande atrevimiento ha sido
el haber, Decio, llegado
resuelto y determinado
donde tus quejas ha oído.
Decio
Ya perdido
el honor, el gusto, el ser, …
no hay qué impida,
que no tengo qué perder
donde es lo menos la vida.
¡Que así un bárbaro procura
profanar con tal fiereza
las aras de la belleza,
los cultos de la hermosura!
¡Qué locura!
¡Ay, Cenobia!, peno, rabio.
Mataré al emperador,
y mejor
en venganza de tu agravio
que en venganza de mi honor.
Astrea
Si a matarle te dispones,
pon el modo y yo las manos.
Decio
Calla, porque dos villanos
vienen.
Salen Libio, y Irene vestidos de villanos.
Libio
Aunque te corones
de naciones,
hoy, Roma, en ti determino
vengarme.
Astrea
Ayudarte quiero
porque espero
que es el impulso divino
y celestial el acero.
Vanse los dos.
Irene
De las manos de la muerte
libre quedaste, y en Roma;
cuando ya Aureliano toma
satisfación de esta suerte,
Libio, advierte
la industria que te libró
de tan bárbara violencia,
y ten prudencia,
que otro anillo no quedó
que suspenda otra sentencia.
Libio
Confieso que tú me das
la vida y, pues lo conoce
el alma, deja que goce
esto que vivo me das
y verás,
si le llego a conseguir,
el fin dichoso que alcanza
mi venganza,
que menos mal es morir
que vivir sin esperanza.
Por verme con alto honor
la muerte a Abdenato di,
mi misma sangre vendí,
a mi patria fui traidor.
Llegó el rigor
a castigarme y a ser
mi verdugo osado y fuerte;
pues advierte
qué tengo ya que perder
perdido el miedo a la muerte.
Irene
Pues no puedo aconsejarte,
matemos a este cruel,
que yo, hasta morir, fiel
pienso, Libio, acompañarte
y no ser parte
tiempo, mudanza y olvido
a dejarte de querer,
para saber
cuántas cosas ha vencido
con amor una mujer.
Libio
Los dos hemos de decir
que a solas le hemos de hablar,
porque importa, para dar
un aviso, en él fingir
que a pedir
justicia vas, sin malicia,
de un agravio; y, si esto alcanza
mi esperanza,
tú le pedirás justicia
y yo tomaré venganza.
Pues estando divertido
contigo, yo llegaré
al tirano y le daré
de puñaladas.
Irene
Ha sido
atrevido
pensamiento el que has hallado;
mas ¿cómo de allí saldrás?
Libio
Necia estás;
véame una vez vengado,
que no quiero vivir más.
Vanse, y salen Cenobia por una parte, y Aureliano por otra.
Cenobia
En este paso procura
mi pecho, de amor desnudo,
pues con la fuerza no pudo,
vencer hoy con la hermosura.
Yo dije que su grandeza
había de ver a mis pies;
ayuden mi intento, pues,
amor, ingenio y belleza.
Probaré si puedo ver
humillado este rigor
fingiendo gusto y amor.
¡Ahora sí que soy mujer!
¡Ahora sí lo he parecido,
pues con mis armas ofendo
cuando a un bárbaro pretendo
vencer con amor fingido!.
Aureliano
Cenobia está aquí; mas, ciego
hoy a tantos rayos, vivo
cuando nueva luz recibo,
fénix de amor en su fuego;
¡ciego estoy!.
Cenobia
Turbada llego.
Aureliano
¿Qué intenta amor?
Cenobia
¿Qué procura
mi engaño?
Aureliano
¡Oh, qué luz tan pura!.
Cenobia
¡Oh, qué bárbara fiereza!
¡Qué semblante!.
Aureliano
¡Qué belleza!.
Cenobia
¡Qué fealdad!.
Aureliano
¡Y qué hermosura!.
De rodillas.
Cenobia
A los pies tenéis, señor,
esta humilde esclava vuestra,
que segunda vez se muestra
rendida a vuestro valor.
Hoy el poder y el amor
os den una y otra palma,
cuando mi sentido en calma
dice que sabéis vencer
la vida con el poder
y con el valor el alma.
Si vencéis con fuerza altiva,
obligáis con dulce amor
y así dos veces, señor,
ya soy dos veces cautiva.
Para que en mi centro viva
dejadme echar a esas plantas.
Aureliano
Así al cielo me levantas.
Sale Decio.
Decio
Que esta es de Cenobia, creo,
la torre. Pero ¿qué veo,
¡cielo!, entre desdichas tantas?
Aureliano
Alza, Cenobia, del suelo,
que grande prodigio encierra
cuando humildes en la tierra
se ven las luces del cielo.
Mientras, con nuevo desvelo
alteran el pecho mío
uno y otro desvarío;
sin duda que no advirtió
tal belleza el que pensó
que era libre el albedrío.
Dos plantas hay con divina
virtud, que sin duda alguna
son veneno cada una
y juntas son medicina.
La experiencia en mí imagina,
pues cuando juntos los vi,
belleza y poder vencí:
faltó el poder y segura
quedó sola la hermosura,
que es veneno para mí.
¿Quién vio tan fieros castigos?
¡Que en tu hermosura y poder
tenga yo más que vencer
donde hay menos enemigos!
Mis tormentos son testigos.
¿Así, cobardes sentidos,
estáis a su voz rendidos?
Huid, huid sus enojos:
no miréis lágrimas, ojos;
no oigáis lisonjas, oídos.
¿Por qué con locuras tantas
quieres aumentar mi pena?
Di, cocodrilo y sirena,
¿qué me lloras y me cantas?
Si a decirme te adelantas,
ya al llanto, ya al canto atento,
vencerte con todo intento,
y así, sin ventura alguna,
llora tu corta fortuna
y canta tu vencimiento.
Vase.
Cenobia
Ya ningún remedio espero,
pues hoy, fingido, se ha hallado
un amor tan mal pagado
que pareció verdadero.
Decio
¿Podré, cuando amando muero,
¡ay de mí!, vivir callando?
¿Quién me estaba aquí escuchando?
Decio
Yo, Cenobia, estoy mortal,
que un desdichado su mal,
¿cuándo no lo escucha, cuándo?
Perdona mi atrevimiento
si te hablare descortés,
que a celos y amor no es
bastante mi sufrimiento.
Yo soy quien el pensamiento
al mismo sol levantó,
quien a tu luz se atrevió;
pero, si pude sentir,
amar, padecer, sufrir
con amor, con celos, no,
no puedo, cuando fiel
a tu amor con ansias fieras,
no siento que tú le quieras,
sino que te olvides de él;
esta es mi pena cruel.
Cenobia
Efectos iguales son,
pues yo siento tu pasión,
no la mía ¿cómo, pues,
sin decirle que lo es
le daré satisfación?
Si a tan altivos desvelos
hallar disculpa procuras,
dime que fueron locuras
esos que llamaste celos.
Testigos hice a los cielos,
Decio, de que había de ver
a mis plantas el poder
de un soberbio emperador,
y valime del amor,
que ya parezco mujer.
Con este, pues, pretendí
vencer su arrogancia y fue
la causa por que mostré
las finezas que fingí.
Esto digo por que así
no te atrevas a los cielos,
porque hallarán tus desvelos
castigos, disculpas no;
porque nunca supe yo
qué era amor y qué son celos.
Vase.
Decio
Yo me holgara en tal rigor
de que supiera tu fe
lo que son celos, por que
supieras lo que es amor.
¿Quién vio tan fiero rigor?,
pues, cuando él te ofende a ti,
yo el agravio padecí.
Buscas venganza cruel
y, para vengarte de él,
la muerte me das a mí.
Él, de amor libre y esento,
negó su poder y fuese,
y para que él le confiese
a mí me dan el tormento:
agraviado sufrimiento.
Muera un fiero emperador,
no porque ofendió mi honor,
no porque triunfó de ti;
porque me dio celos sí,
que ya es agravio mayor.
Sale Astrea.
Astrea
Desde aquí dentro he escuchado
tu intención y yo he de ser
quien te ayude hasta perder
la vida que tú me has dado.
Hoy da audiencia en el Senado
Aureliano; en él podemos,
como en otro traje entremos,
llegar a hablarle y así
darle la muerte, que allí
mil agraviados tendremos
de nuestra parte. Los plazos
abrevia, porque saldrá
de allí o porque muero ya
por mirarle hecho pedazos.
Decio
¡Dame mil veces los brazos
por el valor y el deseo
que de tan sangriento empleo
hoy muestras!
Astrea
No puedo yo
negarlos.
Vase Astrea, y sale Cenobia.
Cenobia
Aquí quedó
Decio
Mas ¿qué es lo que veo?
¿Los brazos dio a una mujer,
y mujer que es tan hermosa?
¡Ay de mí, que una forzosa
rabia empiezo a padecer,
que no la sé conocer
y se sienten sus desvelos!
¿Esta es pena, es rabia, cielos?
Mas no, mayor daño fue,
pues ya imagino que sé
que es amor y que son celos.
Pues si lo sé, mi tormento
rompa el pecho, salga, pues,
que a celos y amor no es
bastante mi sufrimiento.
Decio, nuevo atrevimiento
ofende mi presunción;
¿tú en mi presencia una acción
tan libre, en mi cuarto así
te atreves?
Decio
¿Cómo, ¡ay de mí!,
la daré satisfación
sin ofenderla? Señora,
la hermosa dama que ves
es Astrea, que después
sabrás cómo vive ahora.
Ella, que mi ofensa llora,
dijo que hoy podía vencer
este bárbaro poder,
y abracela, porque espero
que, muerto este monstruo fiero,
no tengas a quién querer.
Cenobia
¿Yo quiero?
Decio
Ya lo fingiste.
Cenobia
¿Y basta a dar pena?
Decio
Sí.
Cenobia
¿Y yo, que un abrazo vi?
Decio
¿Tú, que el desengaño oíste?
Cenobia
En fin, ¿los brazos le diste?
Decio
En fin, ¿le dijiste amores?
Cenobia
Fueron falsos.
Decio
¿Qué mejores,
si tú lo que todas haces?
Cenobia
¡Que en mi presencia la abraces!
Decio
¡Que a mis ojos le enamores!
Cenobia
Pues ¿qué te ha movido a ti
a sentirlo?
Decio
Una pasión.
Cenobia
¿Tú celos?
Decio
Dasme ocasión
a que te diga que sí.
Cenobia
¡Qué atrevimiento!
Decio
¿Y a ti
quién, Cenobia, te obligó
a sentir que abrace yo
a Astrea?
Cenobia
Un deseo no más.
Decio
¿Tú amor?
Cenobia
Ocasión me das
a que te diga que no.
¿No te han dicho mis desvelos
que estos son celos y amor?
Decio
¿No te ha dicho mi temor
que estos son amor y celos?
Cenobia
Mi pena saben los cielos.
Decio
Tú, mi tormento cruel.
Cenobia
Muero en ella.
Decio
Vivo en él.
Cenobia
Pues ¿qué esperas?
Decio
Que tú seas
mi reina.
¿Y tú?
Cenobia
Que te veas
coronado de laurel.
Vanse, y descubren un trono, y en el sentado Aureliano, y algunos soldados, y el Capitán con memoriales de todos, y un bufete a bajo con papel, y recado de escribir.
Aureliano
¡Qué cansados pretendientes!
¿Qué más premio han de tener
los soldados? ¿El servirme
no basta para interés?
Si pelearon y vencieron,
yo también vencí y peleé;
pues yo los dejo, bien pido
en que me dejen también.
Si son pobres, no nacieran;
demás de qué importa a un rey
que haya pobres en su imperio.
Sufran y padezcan, pues;
que, pues el cielo los hizo
pobres, él sabe por qué.
¿Puedo yo enmendar el cielo?
No mas su piedad nos dé
ocasión para librarnos
de un tirano.
Capitán
Aqueste es
de Lelio.
Aureliano
¿Qué dice Lelio?
Capitán
Dice: «Señor, yo me hallé
en Asia, donde te vi...».
Aureliano
No me digas más; romper
puedes ese memorial,
que ya premiado se ve:
ya tiene más que merece
donde me vio. ¿Qué más bien,
qué más honor, qué más gloria
hay que dejarme yo ver?
Capitán
Este es de Camila y dice
que es una pobre mujer
cuyo marido mataron
en el Oriente.
Aureliano
¿Pues qué?
¿Pretende que yo le pague
su marido? ¡Bien, a fe!
Si en Oriente le mataron,
pídale allá, que no es bien,
pues le mató el enemigo,
pague yo a quien no maté.
Salen Libio, y Irene de villanos.
Irene
Hemos de entrar, aunque todos
lo impidan.
Mira que estés
prevenido....
Libio
No te turbes.
Irene
...que yo le divertiré.
Villano 1
Teneos, villanos.
Aureliano
Dejaldos.
¿Qué pretendéis?
Irene
A tus pies,
invicto césar de Roma,
cuyo sagrado laurel
en lucientes rayos de oro
trueca el verde rosicler,
a tus pies pide justicia
una infelice mujer
de un tirano y de un traidor
sin Dios, sin honor, sin ley.
No permitas, pues, que, cuando
tú vitorioso te ves,
dando alabanzas al Tíber
en tu mismo Imperio esté
seguro de ti un traidor;
así a tu Corona den
parias, tributos y feudos
del mundo las partes tres.
Aparte.
Ahora puedes llegar.
Va Libio a darle con la daga, y atemorizasse, y detiene el brazo, y Aureliano se estremece como dormido, y retirase Libio.
Aureliano
¿Qué terrible aprehensión es
esta que al ánimo mío
rinde pesada y cruel?
¿No prosigues?
Irene
El dolor
me suspendió con poner
una mordaza en la lengua
y en la garganta un cordel.
Aureliano
Prosigue.
Imaginación,
¿qué pretendes?
Duérmese.
Irene
Este, pues,
que de su amor incitado
sombra de mi cuerpo fue,
sin que pudiese su amor
en tanto tiempo poner
menos fuerza en su deseo,
más agrado en mi desdén,
entró en mi casa una noche.
Aparte.
¿Qué esperas, Libio?
Libio
Esta vez
me determino a matarle:
valor mi agravio me dé.
Al irle a dar, entra por la otra puerta Decio, y Astrea, y el se retira.
Pero gente es la que viene.
Astrea
En fin, cubierta llegué
diciendo que me importaba
hablar a Aureliano y él
parece que está dormido;
efecto del cielo fue
el sueño. Guarda la puerta,
Decio, pues la ocasión ves
de escaparnos, que el matarle
es más fácil; yo lo haré.
Decio
Y yo paso a tu salida
con la espada.
Vase Decio.
Libio
Ya se fue,
Irene, el hombre que entró.
Retírate tú, pues ves
que para dalle la muerte
tu brazo no es menester.
Irene
Libio, goza la ocasión.
Vase Irene, y va llegando Astrea, y Libio, cada uno por su parte a darle.
Libio
Hoy en su muerte veré
satisfecho mi deseo.
Astrea
¡Cielos piadosos, poned
atrevimiento en mis manos,
poned valor en mis pies!
¡Muera, pues, este tirano!.
Libio
¡Muera este bárbaro, pues!.
Al ir a dalle entrambos, despierta, y ellos se retiran.
Aureliano
¡Cielos!
¿Qué fiera aprehensión
es esta con que ponéis
espanto?
Pero ¿qué veo? ¡Detén, Libio!
¡Astrea, detén
la sangrienta mano!
Astrea
Inmóvil
estoy.
Libio
Turbado quedé.
Aureliano
Espíritus, que en eterna
cárcel habitáis después
de dar el común tributo
a la tierra que debéis,
en pálidos desengaños,
¿qué buscáis? ¿Qué pretendéis?
Sombras ¿qué me perseguís?;
fantasmas ¿qué me queréis?
Libio, yo te di la muerte;
Astrea, yo te maté,
por traidor, por engañosa;
no traición, justicia fue;
no tiranía, piedad
te ha dado la muerte. Pues
¿por qué me quitáis la vida?
¿Por qué me matáis?
¿Por qué?
Libio
Por bárbaro.
Astrea
Por tirano.
Libio
Por soberbio.
Astrea
Por cruel.
Aureliano
¡Ah, soldados de mi guarda!
¿No escucháis?
¿No respondéis?
Libio
Notable ocasión perdí.
Astrea
Notable ocasión dejé.
Vanse.
Aureliano
¡Ay, cielos!
Pero ¿qué temo,
si ilusión del sueño fue?
Sale Decio.
Decio
Cerrada dejo la puerta
que yo guardaba, después
que salió Astrea, y cerrado
solo he quedado con él;
denme mis manos venganza.
Aureliano
Otro nuevo asombro ven
mis ojos: ¿Decio no es este?
Sí; cuando le llegué a ver,
me da más temor su vista,
y una pasión, que no sé
de qué nace, me atormenta
sin saber cómo o por qué.
Decio yo me animo en vano,
Decio, ¿qué osadía es
la que te dio atrevimiento
¡turbado estoy! para haber
llegado aquí?
Decio
Mi venganza.
Muerte mis manos te den
por bárbaro, por tirano,
por soberbio, por cruel.
Aureliano
¿Qué es esto?
Atadas las manos
me tiene un temor.
Decio
Hoy ves,
en mi ventura o mi muerte,
la venganza que esperé.
¡Mira si triunfo de ti!
¡Mira si caes a mis pies!
Dale de puñaladas y él cae a sus pies.
Aureliano
Dioses, ¿esto permitís?
¿Esto sufrís? ¿Esto hacéis?
Pero, si el mundo y el cielo,
pues tantos agravios ve,
lo sufre, ¿de qué me quejo?
Con mi mano arrancaré
pedazos del corazón
y en desdicha tan cruel,
para escupírsela al cielo,
de mi sangre beberé,
que hidrópico soy y en ella
tengo de aplacar mi sed.
Rabiando estoy y contento,
Decio, de que no he de ver
tus aplausos. ¡Ay de mí!
Quédase muerto a sus pies y salen los soldados.
Dentro.
Soldado 1
Voces da el césar. ¡Romped,
derribad todas las puertas!
Decio
Entren, que así me han de ver.
Soldado 2
Ya están en el suelo todas.
Mas ¿qué es lo que vemos?
Decio
Es
la venganza de mi honor,
romanos, esta que veis.
Dadme la muerte, que yo
moriré alegre de ver
que compro con sangre mía
mi perdido honor; si es
que, por haber dado muerte
a Aureliano y por haber
librado a Roma, merezco
morir.
Soldado 2
Pues aquesta es
justa venganza de todos,
y sólo matarte fue
nuestro intento por la muerte
de Aureliano, pero, en vez
de matarte, te nombramos
césar nuestro por haber
librádonos de un tirano;
ciñe el sagrado laurel,
Decio.
Todos
¡Viva Decio, viva!
Coronanle, y vanle besando los pies, y manos, y sale Astrea con Cenobia, y todos.
Decio
Pues vuestro césar me hacéis,
quiero pagaros la gloria
de tanto honor con un bien
digno de mayores premios;
la hermosa Cenobia es
emperatriz; estimad
la satisfación que veis
de vuestro valor.
dame la mano, que es bien
que, pues que fuiste ofendida,
seas vengada también.
Soldado 2
¡Nuestros dos césares vivan!
Astrea
¡Vivan dichosos!, y en fe
que el cielo los favorece,
estos prodigios veréis.
Astrea soy, ¿qué os espanta?
El invicto césar es
quien me libró de un tirano.
Salen el Capitán, Irene, y Libio.
Capitán
Invicto césar, yo hallé
escondidos en palacio
estos villanos que ves,
que dan de alguna traición
graves indicios, porque
bruñidas armas de acero
cubre aquel tosco buriel.
Decio
¿A qué venistes?
Irene
A dar
muerte a Aureliano cruel
por una venganza.
Aparte.
Así
pienso que perdón tendré,
pues fue su enemigo.
Decio
Ya
no soy yo Decio, ni es bien
como ofendido proceda;
como césar sí, y hacer
justicia. Destos villanos
las dos cabezas poned
en dos escarpias.
Libio
Señor,
advierte...
Decio
Llevaldos, pues.
Irene
Pues si habemos de morir,
escucha y sabrás que bien
merecemos esta muerte,
pues somos los dos que ves,
Libio y Irene, que dimos
muerte a Abdenato cruel.
Llévanlos.
Cenobia
Si yo merezco, señor,
que a Libio y a Irene den
tus manos la vida, esta
pongo rendida a tus pies.
Decio
¿De una ingrata y de un tirano
rendís la vida? No es bien
yo perdone ofensas suyas;
mueran y vive, por que
con su muerte y con la gloria
de tan divino interés
la hermosura desdichada
fin a sus fortunas dé.
CC0 1.0
Licence

Holder of rights
Tracing Regularities in Pedro Calderón de la Barca's Dramatic OEuvre with a Computational Approach

Citation Suggestion for this Object
TextGrid Repository (2026). Calderón Drama Corpus. La gran Cenobia. La gran Cenobia. CalDraCor. Tracing Regularities in Pedro Calderón de la Barca's Dramatic OEuvre with a Computational Approach. https://hdl.handle.net/21.11113/4gbkx.0