Un Castigo En Tres Venganzas
Comedia Famosa

HABLAN EN ELLA LAS PERSONAS SIGUIENTES:

  • FEDERICO, GALÁN.
  • FLOR, DAMA.
  • ENRIQUE.
  • FLÉRIDA.
  • CLOTALDO.
  • LAURA, CRIADA.
  • DUQUE DE BORGOÑA.
  • FLORO, VEJETE.
  • MANFREDO, VIEJO.
  • DOS MONTEROS.
  • BECOQUÍN.
  • UN CRIADO DEL DUQUE.

Jornada Primera

Salen el Duque, Enrique, de camino, Manfredo, Federico y Clotaldo.
Duque
Vengas con bien, Enrique, donde sean
digno laurel de tu valor mis brazos,
cuando ceñir sobre tu cuello vean
fáciles nudos con ilustres lazos.
Enrique
Mal, Carlos invictísimo, se emplean
en tronco tan inútil los abrazos
tan nobles. No malogres dichas tantas,
pues basta que me admitas a tus plantas,
donde, nadando en piélagos de fuego,
donde, volando en círculos de plata,
humilde rayo de tu esfera llego,
en quien el sol su resplandor retrata.
Duque
Pues, ¿qué hay del duque de Sajonia?
Enrique
Luego
que oyó de mí lo que tu imperio trata,
segunda vez las armas apercibe
y con grande secreto esta te escribe.
Dale un papel. Lee.
[Duque]
A Carlos de Borgoña, el Justiciero.
Con buenas señas viene el sobrescrito,
que el Justiciero soy, cuyo severo
blasón a mis anales solicito.
Ver lo que mi enemigo dice quiero.
La nema rompo, la cubierta quito,
Lee para sí.
y ya veo, entre penas y entre enojos,
que es la tinta veneno de los ojos.
Extraño caso, y tan extraño caso,
que una y mil veces le repito y veo,
y cuanto más por él los ojos paso,
menos fuerza le doy, menos le creo,
si bien en rabia y cólera me abraso
de ver que allá se sepa mi deseo,
siendo así que los cinco que aquí estamos,
solos lo dispusimos y tratamos.
Enrique es mi sobrino y no pudiera
en mi sangre caber alevosía;
Manfredo me ha criado, verdadera
es su fe que excedió la luz del día;
Clotaldo es el Atlante de esta esfera,
porque él es toda la privanza mía;
Federico, prudente y atrevido,
en la paz y en la guerra me ha servido.
¿Qué haré? Si me declaro aquí, el respeto
le pierdo a mi valor; si sufro y callo,
daré con la omisión fuerza al efeto
de un falso amigo, de un traidor vasallo.
Solo esta vez dañar pudo el secreto.
Quiérome declarar por ver si hallo
desengaño teniéndolos delante,
que la muestra del pecho es el semblante.
Enrique
En confusión la carta al Duque ha puesto.
Clotaldo
Grande la pena es, pues él suspira.
Manfredo
Nunca a Carlos le vi tan descompuesto.
Federico
Con notable atención vuelve y nos mira.
Clotaldo
Señor excelentísimo, ¿qué es esto?
Federico
A todos nos suspende y nos admira
ver en vos tal afecto de tristeza.
Manfredo
¿Con lágrimas responde vuestra alteza?
Duque
No os espantéis, Manfredo, de haber visto
en mí tal sentimiento, porque es fuerza
que hoy la severidad que no resisto,
el uso altere y el estilo tuerza.
No es temor de las gentes que conquisto
el que mi pecho a tal extremo esfuerza.
Causa hay mayor, mayor desdicha sigo.
Manfredo
Pues, ¿qué tenéis señor?
Duque
Perdí un amigo.
Manfredo
¿Es muerto el duque de Austria?
Duque
No, Manfredo,
ni este amigo murió, que si muriera
menos dolor me diera, menos miedo,
saber que le gané en mejor esfera.
Por lo que triste yo y confuso quedo
es porque le he perdido sin que él muera.
Ved la carta, veréis mi sentimiento.
(Y yo mis penas, a los cuatro atento.)
Lee Manfredo.
Manfredo
«Avisado he sido de que Vuestra Alteza pasa por tierras
mías a verse con su sobrino el duque de Austria para
hacer liga contra mí, y que podré prenderle en el camino.
Yo no he querido deberle a ajena deslealtad lo que
puedo al proprio valor, y así aviso a Vuestra Alteza
que mire de quién se fía, y pues es de enemigo tome el
primer consejo. Dios guarde a Vuestra Alteza. El duque
de Sajonia.»
Esto dice la carta.
Enrique
Extraño caso.
Federico
¡Vive Dios si supiera...!
Clotaldo
(Yo estoy muerto.)
Duque
(Cuando las señas examino y paso,
cuatro semblantes en los cuatro advierto:
Manfredo la leyó sin hacer caso;
Enrique queda del suceso incierto;
Federico colérico se ofende;
Clotaldo se suspende y se suspende.
¿Cuál de estos tres afectos habrá sido
el que indicia a su dueño de culpado?
¿Manfredo que constante ha resistido,
o Enrique que confuso se ha admirado?
¿Federico que ciego se ha ofendido,
o Clotaldo que triste se ha mostrado?
No sé, que varias dio naturaleza
contraria admiración, ira y tristeza.
Pero toque una experiencia
la verdad.) ¿Cómo, Manfredo,
después de haber revelado
de esta traición el secreto,
ni os admiráis, ni mostráis
cólera, ni sentimiento
de tristeza, y os quedáis
con el semblante primero?
Poco cuidado os ha dado
el mío, pues no os merezco
parte en mis penas.
Manfredo
Señor,
los que con salud tenemos
experiencias, porque al fin
dijo un sabio que los viejos
en la escuela de los años
son discípulos del tiempo,
pocas veces nos rendimos
a la admiración ni hacemos
acciones que signifiquen
nuestro dolor. Fuera de esto,
como yo dentro de mí
sé lo que en mí mismo tengo
y no puedo sin mí mismo
haber errado acá dentro,
no hice novedad alguna,
porque ya, caduco y viejo,
ni como mozo me espanto,
ni como joven me altero,
ni como mal advertido
hago actos de sentimiento.
Y así, señor, ni me admiro,
ni me enojo, ni entristezco.
Enrique
Las cosas grandes que vienen
sin hacer salva primero
a la razón, con la luz
que les da el entendimiento,
dignamente el más constante
debe admirar, pues, por eso,
a la cólera del rayo
previno la voz del trueno.
Quien no se admiró de verle
fue porque supo primero
la venida de la voz,
que se lo dijo en el viento;
y así, el no haberse admirado,
da escrúpulos de saberlo,
porque es modestia afectada
hacer de un rayo desprecio.
Irse tras la admiración
no está en mano del afecto,
luego del riesgo sabrá
quien no hizo caso del riesgo.
Yo hice admiración, y cuantos
no han hecho lo que yo he hecho
son para mí sospechosos.
Federico
Pon a tus razones freno,
que basta que te disculpes
tú, sin que intentes, soberbio,
culpar a otro, pues ninguno
de cuantos aquí nos vemos
tiene, Enrique, contra sí
más testigos que tú mesmo,
porque la admiración dice
sobresalto, y no sabemos
si te admiraste de haber
alimentado en tu pecho
su muerte, bien como el áspid
que, de otras vidas sediento,
es, quitándose la suya,
el homicida y el muerto.
Y si se debe argüir
la lealtad por el efecto
que hizo en nosotros la carta,
yo solo disculpa tengo,
que colérico al oírla,
llevado de mi ardimiento,
le quisiera dar mil muertes
al que es traidor a su dueño
y su patria. Mira cómo
quien sintió con tanto extremo
verle ofendido de otro,
le ofendiera por sí mesmo.
Clotaldo
Déjame a mí responder
por ti y por mí. En tu argumento
tu misma razón te vence,
Federico, pues haciendo
a la admiración de Enrique
equivocados intentos,
como son a la lealtad
y a la culpa en tu concepto,
tu misma lengua es el áspid
que siendo tuya te ha muerto,
pues tu cólera tampoco
se explica, y no conocemos
si es contra quien cometió
la traición de este secreto,
o contra quien la revela,
pues, no tienen, según creo,
cólera ni admiración
determinado el objeto.
Manfredo
Nadie debiera callar
más que tú, Clotaldo, puesto
que fue tuya la tristeza,
porque es el más proprio afecto
la tristeza de quien tiene
mal seguro el pensamiento.
Enrique
También la tristeza es noble
y muy digno sentimiento
de un leal que ve ofendido
su señor.Y así, Manfredo,
su tristeza le disculpa
más que a ti tus fingimientos.
Manfredo
Con licenciosas palabras
ofendes al que es ejemplo
de lealtad, y bien debieras
agradecerme que dejo
de decir, Enrique...
Enrique
¿Qué?
Manfredo
Que eres del Duque heredero,
y que al duque de Sajonia
fuiste a ver, y está más puesto
en razón que, interesado,
le descubrieses tu intento
cara a cara que nosotros
a mil peligros expuestos.
Porque es tanta la vergüenza
de fiar un caballero
su flaqueza, que infinitos
son honrados no por serlo,
sino por no declarar
que no lo son a un tercero.
Enrique
Si no estuviera delante
el Duque, caduco y necio,
hiciera...
Federico
¿Para qué son
bizarrías con un viejo?
Y si está delante el Duque,
embótense los aceros
para cuando no lo esté.
Yo, solo, a los dos defiendo
mi lealtad y su lealtad,
brazo a brazo y cuerpo a cuerpo,
y el que primero este guante
tomare será el primero
que riña.
Arrójale y tómanle los dos.
Enrique
¡Suelta, Clotaldo!
Clotaldo
¡Suelta, Enrique!
Duque
Pues, ¿qué es esto?
¿No miráis que estoy delante?
¿Así se pierde el respeto
a mi persona? ¡Soltad!
Toma el Duque el guante.
Enrique
Señor.
Clotaldo
Señor.
Duque
Yo me quedo,
Federico, con el guante.
Y pues solo yo le tengo,
a nadie toca salir
sino a vos; y así, al momento
salid de mi corte antes
que por altivo y soberbio
de los hombros os divida
sangriento verdugo el cuello.
Federico
Solo para obedecerte
valor tuve y vida tengo,
pero advierte que apartarme
de ti, señor, cuando veo
el juicio de una traición
entre nosotros suspenso,
es decir que yo lo soy.
Duque
Federico, yo os destierro
por atrevido.
Federico
Señor,
no a todos les consta eso,
y a todos consta que salgo
en vuestra desgracia.
Duque
¡Luego
salid de mi corte!
Federico
Dame
la muerte, pues la merezco,
en un público cadalso,
que yo moriré contento
de ver que dice el pregón
a todos por lo que muero.
Duque
Bien está.
Enrique
Adiós, Federico.
Federico
Otro día nos veremos.
Enrique
Norabuena.
Federico
Pues, yo tomo
la palabra.
Duque
Pues, ¿qué es eso?
Vos no salgáis de la corte,
que en ella habéis de estar preso,
Enrique; y vos, retiraos
a vuestra casa, Manfredo.
Tú ven, Clotaldo, conmigo.
Clotaldo
Apenas, señor, me atrevo
a mirarte, por si acaso
sospechas de mí que puedo
haber sido yo.
Duque
Clotaldo,
no te disculpes, que temo
que me diga la disculpa
lo que me calló el silencio.
Vanse.
Clotaldo
(Bien me ha sucedido todo,
pues, seguro el Duque, tengo
aquestos favores más,
y aqueste enemigo menos,
que he de ser dueño de Flor
y de estos estados dueño.)
Vase.
Federico
¿Hay más desdichas, fortuna?
¡Oh, qué bien dijo un discreto
que no es la primer desdicha
la que ha de sentir el cuerdo,
sino empezar a sentir
las que han de seguirse luego!
Que son horas las desdichas
que en el minuto postrero
que una acaba, empieza otra.
¡Ay, Carlos, el Justiciero,
qué mal cumples con el nombre
que te ha de clamar eterno!
¡Ay, Flor hermosa! En llegando
aquí mi dolor, no puedo
proseguir, porque las voces
anudadas en el pecho
se estorban unas a otras
por salir todas a un tiempo,
bien como un cristal penado
que, aunque se ve de agua lleno,
no se vacía si no hace
lugar al aire primero.
Y así mi pecho, bien digo,
porque es un cristal mi pecho,
y penado porque, en fin,
nada le falte al concepto,
tan lleno está de desdichas
que cuando decirlas quiero,
no puedo si no es llorando;
y así, salen de él a un tiempo,
en las lágrimas el agua,
y en los suspiros el viento.
Sale Becoquín.
Becoquín
¡Señor, es hora de hallarte!
Hoy que buscándote vengo
con buenas nuevas parece
que te ha sepultado el centro
de la tierra.
Federico
A Dios pluguiera,
Becoquín.
Becoquín
Pues, ¿qué tenemos?
Pero no, no me lo digas,
que aunque estés triste, yo tengo
remedio con qué sanarte,
recipe para este enfermo,
recado de Flor de flores,
en que te dice que luego
bajes a verla, que baja
a los jardines, que abiertos
estarán, donde podrás
hablarla. Mas, ¿cómo oyendo
este recado te estás
tan divertido y suspenso?
Federico
¡Cómo quiere mi fortuna
que hasta el gusto y el contento
vengan a darme la muerte,
que es el indicio más cierto
de morir cuando se hacen
enfermedad los remedios!
¡Vengan postas, Becoquín!
Becoquín
¿Postas?
Federico
Sí.
Becoquín
Pues, si podemos
irnos a pie, ¿para qué
son las postas o a qué efeto?
Notable eres, cuanto más
en hallarlas tardaremos
que en irnos allá los dos
pian, pian, que en volviendo
esta esquina hacia esta mano,
luego sobre el tabernero
a esotra, enfrente de un sastre
corcovado, se ven luego
las celosías de Flor,
sus jardines y sus huertos.
¿Postas para andar dos calles?
Federico
No, sino para ir huyendo
de esa dicha que me busca,
que merecerla no puedo
por no hacerle ese pesar
a mis desdichas, que siendo
favor de Flor, es matarme
saber que es suyo y le pierdo.
Becoquín
Un tanto cuanto parece
enigma, y yo no me atrevo
a declararla, porqué
no alcanzo yo los rodeos
de platónicos amores,
que como siempre profeso
el escudérico amor,
el filósofo no entiendo.
Mas, vamos a ver a Flor.
Federico
Eso no, ni yo me atrevo
a verla, que no he de dar
a mis penas esos celos.
Busca postas y partamos,
que yo, Becoquín, te espero
allá en casa.
Becoquín
No creí
nunca que estabas sin seso,
aunque siempre lo dudé,
hasta ahora que te veo
decir uno y hacer otro,
como cuando estás diciendo
que vas a casa y no quieres
ir a ver a Flor, te veo
echar hacia ver a Flor
y no hacia casa. ¿Qué es esto?
Federico
¿No has visto un reloj que tiene
en su círculo pequeño
un volante que señala
los escrúpulos del tiempo,
y que aunque el volante quiera
ir otro camino, luego
obedece al artificio
que le manda por de dentro?
Así yo, aunque quiera ir
por otro rumbo, no puedo,
que la acción solo es volante
del artificio del pecho.
Y así, es fuerza que obedezca
al alma que vive dentro.
Becoquín
La puerta abren del jardín.
Federico
Postas prevén, que aquí espero.
Becoquín
Por saber para qué son,
las postas iré.Ya vuelvo.
Vase y sale Flor.
Flor
Desde aquellos miradores
que hacen, con belleza suma,
al mar un jardín de espuma
y al jardín un mar de flores,
cercado de mil temores
estuvo mi pensamiento
por mirarte tan atento,
que se dejaba engañar
de los bosquejos del mar,
de los celajes del viento.
Si bien, no era mucho error
pensar que viniese ciego
por el viento quien es fuego,
por el mar quien es amor.
Pero, ¿qué es esto, señor?
¿Tú, mirarme con enojos?
¿Tú, lágrimas por despojos?
¿Tú, suspiros y tú agravios?
Haz intérpretes los labios
de las dudas de los ojos.
Federico
Flor hermosa, a quien le bebe
el alba el primer candor,
y, para mis ojos, flor
en lo hermoso y en lo breve.
No mi amor suspiros debe
a las quejas y desvelos,
ni a las sombras ni recelos,
que en concursos de rigores
son mis desdichas mayores
que pudieran ser mis celos.
Mira cuál será el dolor
que me ofende y me fatiga,
pues me permite que diga
que es el de celos menor,
porque celos, en rigor,
aunque me dieran la muerte,
no quitarán, ¡dolor fuerte!,
verte, y, como yo te viera,
muriera, pues que muriera
de la enfermedad de verte.
Ya habrás sabido, ¡ay de mí!,
que mi pena y mi dolor
es la ausencia, hermosa Flor,
que ha de apartarme de ti.
Mira si es justo que así
sienta y llore, pues los cielos
juntan todos mis desvelos
debajo de una sentencia,
pues hay celos sin ausencia
y no hay ausencia sin celos.
Flor
Cuando con mis penas lucho,
muerta ni viva me creo;
ni muerta porque te veo,
ni viva porque te escucho.
Mucho es mi dolor y mucho,
Federico, mi tormento,
pues el uno al otro atento,
nadie se quiere rendir,
o es que de puro sentir
me falta ya el sentimiento.
Dime pues, ¿qué causa ha habido
para tanta pena mía?
Federico
Ser tú, Flor, mi dicha y día,
y haberme ya anochecido.
Flor
Siendo así, forzoso ha sido
que pierda su resplandor,
ausente el día, la flor.
Pero las frases acorta,
¿por qué te vas?
Federico
Porque importa
mi ausencia.
Flor
¿A quién?
Federico
A mi honor.
Flor
¿A tu honor? ¡Ay de mí, triste,
que aún esperanzas tenía
de que así te detendría!
Mas, así como dijiste
que en eso tu honor consiste,
las esperanzas perdí.
¡Vete pues, vete de aquí!
Que si a tu honor importó,
no he de detenerte yo.
Federico
¿Qué? ¿Ya me despides?
Flor
Sí.
Federico
Sin duda ves cuánto hoy
importa la brevedad,
y qué implica a mi lealtad
todo el tiempo que aquí estoy,
porque has de saber que voy
ofendido.
Flor
No prosigas,
que a mayor pena me obligas;
que si lo que he de saber
ofensa tuya ha de ser,
no quiero que me la digas.
Vete, y no me digas, no,
la causa porqué te vas,
que no quiero saber más
de que a tu honor importó.
Muera honrado y muera yo
ausente, y pues atrevido
vas, que no vuelvas te pido
si es de tu venganza incierto,
porque más te quiero muerto,
Federico, que ofendido.
Federico
Escucha, que sospechosa
no has de quedar, y pudiera
quejarme de ti si fuera
la queja más licenciosa.
Sabe, pues, que la forzosa
ofensa que en mi honor ves,
violencia del Duque es,
no es injuria ni es agravio
de otra mano ni otro labio,
que no viviera después.
Flor
Toma en albricias la vida,
y advierte bien cuál estoy,
pues las albricias te doy,
Federico, a la partida.
Abrázale.
Federico
¡Ay, gloria tan mal perdida!
Sale Becoquín.
Becoquín
Ya quedan en la posada
postas. Pero, ¿qué jornada
es esta? ¿No me dirás?
Sale Floro, viejo, y Laura.
Floro
Flérida, de quien estás
para esta noche avisada,
viene a verte.
Federico
¡Qué rigor!
Flor
¡Qué desdicha!
Federico
¡Qué violencia!
Flor
¡Qué bien, cielos, al ausencia
llamaron muerte de amor!
Federico
Sí, pero muerte mayor
será mi pena.
Flor
¿Por qué?
Federico
Porque mayor pena fue
ausentarse que morir.
Flor
¿Eso un hombre ha de decir?
Federico
Sí, pues un hombre le ve.
Flor
¿De qué suerte?
Federico
Escucha, yo
hallo por discursos ciertos
que se hace bien por los muertos
y por los ausentes no.
El muerto honras mereció;
olvido, el que ausente está,
luego yo he probado ya
cuánto aquello a esto prefiere,
pues honran al que se muere
y olvidan al que se va.
Flor
Bien de ti quejarme puedo,
pues que dudas de mi amor.
Federico
¿No ves que te llamas Flor?
Flor
Pues no te dé el nombre miedo.
Federico
¿Por qué?
Flor
Porque flor, excedo
a la estrella más luciente,
y, siguiendo eternamente
de tu sombra el arrebol,
seré yo la flor del sol
que le está adorando siempre.
Federico
Esa flor, y flor gigante,
la fue por tener amor.
Flor
Si ella es amante y es flor,
yo soy Flor y seré amante.
Federico
¿Quién lo asegura?
Flor
Bastante
testigo es mi fe, crisol
de lealtad.
Federico
No el arrebol
turbes de tus rayos pues,
bella flor del sol.
Flor
¿No ves
que se me pone mi sol?
Vanse los tres (Federico, Flor, y Becoquín).
Floro
Ya solos los dos estamos,
Laura, ya puedes hablar;
acábame de contar
aquel cuento que empezamos.
Laura
Hoy Clotaldo se ha valido
de mí, y porque yo le dé
entrada esta noche...
Floro
¿Qué?
Laura
Mil escudos me ha ofrecido.
Lo que pretendí de ti
para salir bien de todo
es la consulta del modo.
Floro
No sé qué me hiciera aquí
a no haber inconvenientes.
¿Cómo no te causa miedo
el cuidado de Manfredo?
Laura
Nada importa como intentes
ayudarme tú.
Floro
¿No ves
que para llegar aquí
está antes su cuarto?
Laura
Sí.
Floro
¿Y que él cierra siempre? Pues,
¿cómo ha de poder entrar
sin sentirle y sin tener
llave?
Laura
Lo que yo he de hacer
menos nos ha de costar,
porque él solamente quiere
que, movida a su pasión,
ate una escala al balcón,
que él a subir se prefiere
por ella, y a entrar de modo
que sin que nos cause miedo
el cuidado de Manfredo
puede asegurarse todo.
Floro
Pues, si tú, Laura, sin mí
tan dispuesto lo tenías,
¿para qué de mí te fías?
Laura
Para valerme de ti,
pues sabes que soy amiga,
y a Flor diviertas un rato
mientras yo la escala ato.
Floro
Mira, no sé qué te diga,
pero cansarse es error,
que estás ya determinada
y no ha de servir de nada.
Laura
Ya vuelven Flérida y Flor.
Vanse. Salen Flor y Flérida con manto.
Flérida
Mejor aquí estaremos
que en el estrado, pues gozar podremos
desde este mirador tanta belleza,
objeto singular de mi tristeza.
Flor
Enjuga el tierno llanto,
y no malogres, no, diluvio tanto,
Flérida, que no es hora
que desperdicie lágrimas la aurora
cuando con lento paso
entra el sol en las líneas del ocaso,
si ya no quiere hacerle tu porfía
un planeta mozárabe del día.
Flérida
Cuando aurora presuma
parecer, no será arrogancia suma,
donde flor tan hermosa
mis lágrimas enjuga generosa.
Flor
Serénese tu cielo,
y prosigue si así tienes consuelo.
Flérida
La causa pues, amiga,
que a tal extremo, a tal pasión me obliga,
son los necios recelos
que he causado en Enrique con los celos
que le di por vengarme
de un pesar, y resuelto ya a olvidarme
disculpas no han bastado,
ni mil satisfacciones que le he dado.
Yo, que firme le amo,
viendo que no ha de ir si yo le llamo
a mi casa, he querido
hablalle hoy en la tuya, y he fingido
de tu parte un recado:
que venga aquí.
Flor
No más, porque has andado
muy atrevida, Flérida, y muy necia.
¿Así mi casa y mi amistad se precia?
¿Recado de mi parte
y luego que a mi casa venga a hablarte?
¿Quién te ha dicho, (¡qué errores!),
que aquesta casa es lonja de amadores,
y que suelen en ella
de amor tratar y contratar?
Flérida
Flor bella,
no tan liviana fuera
contigo, ¡ay infeliz!, si no tuviera
prenda que me obligara
a salir mis desdichas a la cara.
Basta decir que si mi honor me obliga,
¿de quién me he de fiar si de una amiga
como tú no me valgo?
Flor
A la inmediata de esa duda salgo.
De nadie y, con respeto
digno a tu honor, murieras con secreto,
que las damas, de amores
aun callan sus desdenes y favores.
Y cuando a tu respeto no atendieras,
que tengo padre yo advertir pudieras,
y que no puede aquí tan libremente
entrar Enrique.
Flérida
Si el inconveniente
al principio se viera,
no fuera ciego amor, que lince fuera.
Sale Enrique.
Enrique
Flor hermosa, a quien ama
el corazón, es, cielos, quien me llama.
Sin duda que ha sabido
aquel disgusto que hoy hemos tenido
su padre y yo, y procura
que haga las amistades su hermosura.
Flor
Él viene.
Flérida
Ya comienza
a hacer en mí su efecto la vergüenza.
Flor
¡Sacad luces!
Sacan luces Floro y Laura.
Enrique
¿Decislo porque ciego,
hermosa Flor, a tanta esfera llego?
Si bien, de esta osadía,
disculpa es el ser vuestra más que mía.
Flor
Señor Enrique, aunque ha sido
de mi parte aquel recado,
de mí habéis sido llamado
y de Flérida escogido.
Ella es quien aguarda aquí,
porque trata su valor
tan noblemente a su honor,
que se ha valido de mí
para que testigo sea
de su ingenio singular.
Que quiere enseñarme a amar
y que en su prudencia vea
la cordura y discreción
con que debe una mujer
tan principal proceder.
Esta es sola la ocasión
con que Flérida os llamó,
porque vos tengáis en ella
un cómplice como ella
y un testigo como yo.
Enrique
Si esta es escuela de amar,
mejor fuera si, por Dios,
que ella aprendiese de vos
lo que ha venido a enseñar.
Porque con vuestras liciones,
Flérida hermosa supiera,
señora, de qué manera
mujeres de obligaciones
han de tratar sus desvelos.
Flérida
El haber aquí venido,
para hablarme en esto ha sido,
y satisfacer los celos
que de mí, Enrique, tenéis.
Enrique
Y, ¿satisfacción habrá
si estoy persuadido ya
al agravio que me hacéis?
Flérida
¿Persuadido?
Laura
Señor viene,
señora.
Flor
¡Triste de mí!
Enrique
Ya el verme Manfredo aquí
ninguna disculpa tiene.
Flor
Esperad, que no vendrá
a casa agora de espacio,
que luego se va a palacio,
y luego al punto se irá.
Mejor es que no le vea.
Flérida
También me conviene a mí
que no le vea, Flor, aquí.
Flor
Sagrado esa cuadra sea.
Escóndese y sale Manfredo.
Manfredo
¡Oh, privanzas de los hombres,
siempre caducas privanzas!
¡Valedme, cielos!
Flor
Señor,
¿qué es esto?
Manfredo
¡Oh, Flor! ¿Aquí estabas?
Flor
Y confusa de escucharte.
Manfredo
¿Quién es la que te acompaña?
Flor
Flérida, señor, mi amiga.
Flérida
Mejor dijeras tu esclava.
Manfredo
Perdonad no haberos visto,
señora, que como entraba
divertido en mi tristeza,
no os vi.
Flérida
De que en vos la haya,
el pésame quiero darme.
¡Muerta estoy!
Flor
Y yo sin alma.
Laura
Aquí, señora, os espera
la gente de vuestra casa.
Flérida
Fuerza es irme, amiga mía.
Perdóname (¡estoy turbada!)
el cuidado que te dejo.
Procura que Enrique salga,
y adiós.
Flor
En buena ocasión
me has puesto. ¿Y cuando empeñada
me dejas, te vas?
Flérida
Es fuerza.
No salgáis de aquesta sala.
Manfredo
Hasta tomar la carroza
os he de ir sirviendo.
Flérida
En nada
os replico. (Yo perdí
una ocasión que esperaba
de satisfacer a Enrique.)
Vanse.
Flor
(¿Qué es esto que por mí pasa?
¿Quién en el mundo se ha visto,
sin haber dado la causa,
en tan necio empeño?)
Laura
(Agora
que entran sus recelos y ansias,
es la mejor ocasión
para ir a poner la escala.)
Cuidado Floro.
Floro
Ya entiendo.
Vase.
Flor
Mira, supuesto que baja
acompañando mi padre
a Flérida, si de casa
sale.
Floro
No, que antes, señora,
vuelve a subir.
Sale Manfredo.
Manfredo
¡Oh, esperanzas,
qué neciamente os fundáis
en las acciones humanas!
Flor
(Bien su dolor y su pena,
en el papel de la cara,
escribe con sangre el pecho.
Quiero atreverme a apurarlas.)
Señor, ¿tú triste? ¿Qué es esto?
¿Tú sobre las blancas canas
lágrimas y tú suspiros?
¿Qué tienes?
Manfredo
¡Ay, Flor! No es nada,
acá son cosas del Duque.
Flor
(De aquesta vez se declara,
pues cosas del Duque dice
que son las que más le agravian.
Y es Enrique su sobrino
y está dentro de su casa.
Acabemos de una vez
y no muramos de tantas.)
¿No merezco yo tener,
para ayudarte a llevarlas,
parte en tus penas?
Manfredo
Y aun todo,
pues tú, Flor, eres la causa
por quien las siento, que en fin
yo me moriré mañana
y heredarás mis desdichas.
Flor
(Con muchos sentidos habla.)
Manfredo
Enrique...
Flor
(No hay que esperar,
ya de esta vez se declara.
Pues ganemos por la mano.)
Enrique, señor, aguarda,
vino hoy.
Manfredo
Si sabes que vino,
sabrás que trujo una carta
en que de un traidor le avisan
al Duque… esto es cosa larga.
Él, sobre aquesto, mandó
a Federico que salga
luego de su corte; a mí
que me estuviese en mi casa.
Será sepulcro de un vivo
la esfera de aquesta sala.
Esto me ha pasado, en fin,
déjame tú. Floro, Laura,
llevad luz a mi aposento,
que es piedad que luces haya
donde está un cadáver vivo
sepultado en propria infamia.
Vase.
Flor
Pasé de un pesar a otro,
pasé de un ansia a otra ansia,
que no tienen más salida
laberintos de desgracias.
En un día, Federico
se ausenta, a mi padre agravia
el Duque, Flérida pierde
a mi decoro y mi fama
el respeto, Enrique está
cerrado en mi misma cuadra.
¡Oh, qué de cosas, fortuna,
se eslabonan y se enlazan,
todas posibles y todas
en mi agravio conjuradas!
Sale Laura.
Laura
Ya tu padre en su aposento
queda, y a todos nos manda
que ninguno le entre a ver.
Todas las puertas cerradas,
como tiene de costumbre,
dejó.
Flor
¡Los cielos me valgan!
¿Qué hemos de hacer de este hombre
encerrado, Floro? ¿Laura?
Sale Enrique.
Enrique
Porque oí que vuestro padre
recogido, Flor, estaba,
pude atreverme a salir
a quitaros dudas tantas.
No temáis, pues, que conmigo
segura está vuestra fama,
porque os adora, señora,
con tanto respeto el alma,
que solo a morir se atreve.
Flor
(¡Esto solo me faltaba,
que Enrique me diga amores
porque en la ocasión se halla!)
Señor Enrique, por Dios,
que no la ocasión os haga
andar tan galán conmigo,
que ya sé que es cortesana
obligación de un señor
festejar a cualquier dama.
con quien está, aunque las voces
del corazón no le salgan.
Yo estoy, como vos sabéis,
de mil temores cercada.
Soy quien soy y vos, señor,
sois Enrique, sangre de Austria;
Flérida es amiga mía,
y cuando no hubiera nada
de esto, sino solo que ella
fue quien os trujo a mi casa,
no os hiciera yo un favor
faltando a esta confianza.
Enrique
No os agraviéis a vos misma
tanto que penséis que haga
la ocasión hoy lo que antes
hizo vuestro ingenio y gracia.
Flor
Pues, haced una fineza
por mí.
Enrique
De ello os doy palabra
si es perder una y mil vidas.
Flor
Pues idos; yo daré traza
que salgáis sin que mi padre
os sienta, que esta ventana
no tiene reja, y haciendo
de las colchas de mi cama
escala, podéis bajar.
Enrique
Quien va a serviros, en nada
ha de reparar. Por ella
me arrojaré sin que haya
más prevención. Mas, ¿qué es esto?
Al abrir entra Clotaldo rebozado.
Flor
¡Jesús mil veces!
Clotaldo
En mala
ocasión llegué.
Flor
¿Quién eres?
¿Hombre, ilusión o fantasma?
¿Forma con cuerpo y sin voz?
¿Horror con vida y sin alma?
¿Por dónde has entrado aquí?
¿Qué es lo que escondido aguardas?
¿Quién eres? ¡Rompa tu voz
mis dudas! ¿Qué quieres?
Clotaldo
Nada,
que harto llevo en lo que he visto.
Flor
Pues no has de volver. ¡Aguarda!
Ni para haberte atrevido
a las rejas de esta casa
lleváis disculpa en el hombre
que aquí rebozado hallas,
ni tú para presumir
que es mi soberbia villana
tengas apoyo en aquél
que así esta clausura infama.
Pues, para satisfacer
dos razones tan fundadas,
dos culpas tan evidentes,
dos presunciones tan claras,
tengo una disculpa noble,
tengo una respuesta honrada,
y, al fin, una verdad sola,
que si es verdad, una basta.
Pues, con pensar cada uno
lo que en sí mismo le pasa,
hallará que pudo el otro,
sin habelle dado causa,
estar aquí, con lo cual,
si son vuestras dudas varias,
con una certeza sola
habré respondido a entrambas.
Idos los dos, porque llena
de confusiones el alma
tengo un puñal en el pecho
y un áspid en la garganta.
Enrique
En yéndose aquese hidalgo
me iré, porque si yo estaba
aquí, no es justo que yo,
porque otro viene, me vaya.
Clotaldo
En quedando sola vos
me iré, que el que entró con tanta
resolución, no es razón
que casi huyendo se vaya.
Enrique
Por esa ventana entrastes,
volved por esa ventana
o yo haré que os vais.
Clotaldo
¿Qué espera
quien a vista de una dama
habla así, sino que yo
ejecute lo que habla?
Enrique
Para hacer lo que yo digo,
traigo por lengua la espada.
Flor
¡Detente, señor, espera!
Detiénele Flor, asiéndole, y quítale la daga, y el otro le mata.
Enrique
¡Suelta, Flor!
Laura
¡Esa luz mata!
Mátala y vanse.
Enrique
Muerto soy.
Clotaldo
(Aquella es voz
de Enrique. Mis pies me valgan,
pues que no me han conocido
y he topado la ventana.)
Vase.
Flor
¡Ay, infelice de mí!
Sale Manfredo con luz y espada.
Manfredo
¡Flor! ¿Pues qué ruido anda
en tu cuarto?
Flor
(¡Muerta estoy!)
Manfredo
¿Tú, sin luz? ¿Tú, las ventanas
de tu aposento a estas horas
abiertas? ¿Tú, levantada
y sola? ¿Tú, ay de mí, triste,
con una desnuda daga
en tu mano y un sangriento
cadáver a tus pies? ¡Rara
admiración y prodigio
extraño! ¿Qué es esto? ¡Habla!
Flor
(Si me ha dejado la voz
el suceso, ella me valga.)
Señor, estando (¡estoy muerta!)
hablando (¡soy desgraciada!)
con mis damas (¡oh, infelice!),
me quedé (¡desdicha extraña!)
durmiendo sobre esta silla,
cuando de aquesta ventana
(¡qué asombro!) me despertó
el ruido. Vi (¡qué desgracia!)
entrar un hombre por ella.
¡El temor me tiene heladas
las razones en el pecho!
Este (¡ay, cielos!), la luz mata
lo primero, y luego llega
a mí, donde (¡ay, Dios!) aguarda
triunfar de tu honor y el mío.
Yo, quitándole la daga
de la cinta, en mi defensa
le di muerte. Esta es la causa
de verme vestida y sola,
abiertas estas ventanas,
este puñal en mi mano
y este difunto a mis plantas.
Manfredo
¿Cómo, muriendo a tus manos,
tiene desnuda la espada?
Flor
Con las ansias de la muerte,
debió entonces de sacalla.
Manfredo
Veneno me dan a un tiempo
tus obras y tus palabras,
pues, si te escucho y le veo,
hallo que es Enrique (¡extraña
desdicha!) el hombre infeliz
que has muerto. Quien entre cuantas
sombras previno el discurso,
sombras halló imaginadas.
El día que (¿hay más pesares?)
con atrevidas palabras
me ofende Enrique y el Duque
me destierra de su gracia,
hallo a Enrique, su sobrino,
muerto dentro de mi casa.
¿Quién creerá que fue mi hija
quien le dio muerte y la causa?
Ninguno, porque también
hay verdades desgraciadas.
¿Quién no ha de creer que ha sido
esta traición y venganza?
Si lo descubro, me pongo
yo el cuchillo a la garganta;
si lo oculto, hago también
cautelosa mi ignorancia.
De aquí lo quiero sacar
y a las puertas de otra casa
ponelle. Pero si el Duque,
que con tanta vigilancia
ronda la ciudad de noche,
con él en hombros me halla,
¿qué desengaño me queda?
Sea, pues, con más extraña
industria y con más recato
el sacalle de mi casa.
Ven acá, Flor. Dime, ¿ha visto
alguna gente de casa
esta desdicha?
Flor
Yo sola
la sé, porque las criadas
huyeron de aquí y ninguna
le vio.
Manfredo
Pues, Flor, mira y calla,
que vida y honor nos va.
Flor
Aunque quisiera, no hablara,
porque el temor en el pecho
me ha embargado las palabras.

Jornada Segunda

Salen Federico y Becoquín de camino.
Federico
Al abrigo de estos montes,
y a la sombra de estas peñas,
que sin ser conchas de nácar
parecen madres de perlas,
te he estado esperando y ya,
apurada la paciencia,
quise mil veces partirme
pensando que no vinieras.
Becoquín
Bien mi cuidado agradeces,
bien estimas mis finezas
con esa desconfianza.
Federico
¿Qué hay de nuevo?
Becoquín
Malas nuevas.
Federico
Pues mucho es haber tardado
si caminabas con ellas;
mas prosigue, no dilates
el decirlas, considera
que es otra desdicha más
la desdicha que se piensa.
Becoquín
Ayer, sin decir la causa,
mandaste que previniera
con grande priesa dos postas
antes que la breve ausencia
del sol, mayorazgo, en fin,
de luz, a la luna tersa,
como a su menor hermana,
diese alimentos de estrellas.
Despedístete de Flor,
flor en nombre y en belleza,
y flor en facilidad
y inconstancia, pues apenas
nace el alba intacta y noble,
niña al sol cándida y bella,
crece al día hermosa y pura,
cuando al mirar que se ausenta,
seca y marchita se abrasa,
fácil y mustia se entrega,
descaída la hermosura,
profanada la belleza
y la beldad desmayada,
por no decirte que muerta...
Federico
¡Espera! ¡Detente! ¡Aguarda!
¡No prosigas, no! No ofendas
el más constante accidente,
que no es posible que sea
Flor como todas las flores,
que peligran en sí mesmas.
Pero sí será. Prosigue:
trujiste las postas, ¡ea!,
aquí quedaste y, porqué
menos que decirme tengas,
mal vestido de camino
yo me puse en una de ellas.
Tú quedaste para hacer
hoy no sé qué diligencias.
Dije, en fin, que te esperaba.
Becoquín
Atento yo a tu obediencia
y a mi cuidado, traté
del dinero y en dos letras...
Federico
Eso es lo que ya no importa.
Vamos a Flor.
Becoquín
Esto es fuerza
decir, porque cuando yo
acabé esta diligencia
se había ya de la noche
pasado más de la media.
Federico
¡Qué nos importa la hora!
¿Es matemática esta?
Ve al caso.
Becoquín
A estas horas quise
ver a Flor por si quisiera
escribirte. Entré en la calle.
Federico
¿Mas qué? ¿Hallaste gente en ella?
Becoquín
Es verdad.
Federico
¿Cuándo mintieron
celos? Mas, ¿que por las rejas
a donde yo hablaba, hablaban?
Becoquín
No hablaban.
Federico
Pues, ¿qué recelas
el decírmelo? ¿Qué importa
que estén en la calle?
Becoquín
Espera.
En viendo la gente, yo
en el umbral de una puerta
me detuve.
Federico
Hiciste bien.
Becoquín
De allí a poco rato llega
uno de los que esperaban,
y por una escala trepa
que, aunque no la vi, de arriba
es cierto que estaba puesta.
Federico
¡Mientes, villano! ¡No digas
tal, ni injuries con vil lengua
el honor de Flor hermosa!
Becoquín
¿Cómo es posible que mienta
si yo que lo vi lo digo?
Federico
Pues, cállalo aunque lo veas,
porque estimo yo de Flor
tanto el honor y las prendas,
que, aunque ella me ofenda a mí,
mataré yo a quien la ofenda.
Becoquín
Pues, no hablaré más palabra.
Federico
¡Ay de mí! ¡Dadme paciencia,
cielos, o dadme la muerte!
Ven acá.
Becoquín
Hablaré por señas.
Federico
Solo esto quiero que digas:
¿por qué, si viste a las rejas
subir un hombre, no hiciste
con valor y con prudencia
alguna acción que estorbara
su intento?
Becoquín
La causa es esta:
porque cuando llegar quise
a ellos, advertí que era,
alborotando la calle,
infamar honor y prendas
de Flor, y si lo sabías
tú, que tanto su honor precias,
me habías de dar la muerte,
porque al fin es cosa cierta
que, aunque Flor te ofenda a ti,
matarás tú a quien la ofenda,
y, así, me estuve quedito.
Federico
Como tuya es la respuesta,
cobarde al fin.
Becoquín
Nunca yo
te dije, señor, que era
valiente.
Federico
Determinarse
uno a no saber sus penas
dicen que es valor, y miente
quien lo dice, pues confiesa
que las temió quien no tuvo
ánimo para saberlas.
Dime pues, ya que estuviste
en la calle, ¡qué tristeza!,
si le abrieron la ventana.
Becoquín
No, porque ya estaba abierta.
Federico
Luego, ¿entró dentro del cuarto?
Becoquín
Concedo la consecuencia,
y, porque no nos andemos
en demandas y respuestas,
dentro estuvo poco rato
y, al cabo de él, por la mesma
escala volvió a bajar
donde los otros le esperan.
Y dijo a todos, pasando
junto a mí: «Demos la vuelta,
que importa que no nos sigan
y conozcan porque queda
hecho».Y lo demás no oí,
que él iba con tanta priesa
que, aunque dijo otra razón,
se bebió el aire la media.
Fui a la mañana a su calle,
y vi que estaba a las puertas
de Flor unos carros largos
y que iban a toda priesa
cargándoles de la ropa
que por las ventanas echan
hombres del trabajo, así
se llaman en nuestra lengua
los ganapanes.Yo entonces,
viendo la casa revuelta,
llegué hasta que pude ver
a Flor, de cuya tristeza
sus lágrimas me informaron.
Dijo que iban a la aldea,
que escarmientos de la corte
le sacaba huyendo de ella.
«Díselo así a Federico.
Que no me olvide. Que crea
que Torreblanca será
sepulcro mío en su ausencia».
Esto dijo y volvió al llanto
desmintiendo mi sospecha,
porque no es, señor, posible
que aquellas perlas fingiera,
que, en desprecio del aurora,
fuera desaire que fueran
para ser testigos falsos,
siendo finas, tantas perlas.
Salí de allí y, por no dar
con el Duque, que a estas selvas
esta mañana salió
a caza, rodeé dos leguas
de monte. Esta la ocasión
fue de mi tardanza, y estas
las malas nuevas que traigo.
Perdóname, porque es fuerza
que yo, pues sirvo, las traiga,
y tú, pues amas, las sientas.
Federico
¿En la calle de Flor, gente?
¿En sus ventanas y rejas
escalas? ¿Y las ventanas
(¡ay de mí, cielos!) abiertas?
¿Un hombre (¡ay de mí otra vez
y otras mil!) que entra por ellas?
Pues, ¿para cuándo es la vida
si de esta vez no se arriesga?
¡Muramos, valor, muramos,
que buena ocasión es esta!
A la corte he de volver,
que no importa la obediencia
del Duque. ¡Vamos!
Becoquín
Señor,
advierte que, si te ciegas,
es perder honor y vida.
Federico
Pues, no importa que se pierdan
perdida Flor, porque todo
se guardaba para ella.
Desata aquellos caballos
y vamos donde Flor vea
que muero, y que muero a manos
de mis celos y su ofensa.
Becoquín
He aquí que antes de llegar
te conocen y no llegas.
Federico
Pues, ¿qué he de hacer, Becoquín?
Becoquín
Espera a que anochezca.
Federico
¿Quién para llorar con celos
un hora tendrá paciencia?
Becoquín
Habla conmigo y no llores.
Federico
Fuera de eso, si hoy se ausenta
Manfredo no habrá ocasión
esta noche para verla.
Becoquín
Si a eso añadieras, señor,
otro traje, menor fuera
el riesgo.
Federico
¿No dices tú
que andan, Becoquín, en ella
esos hombres del trabajo,
que la mudan y descuelgan
y cargan los carros?
Becoquín
Sí.
Federico
Pues, aquese el disfraz sea.
Pongámonos dos vestidos
como aquellos y no temas
que nos descubran por ellos,
que si son como tú muestras,
galas de hombres del trabajo,
es forzoso que me vengan.
Dentro
Ataja por esta parte.
Federico
La caza del Duque es esta.
Becoquín
Y, si no me engaño, él mismo
por esa parte atraviesa.
Federico
Mucho importa, Becoquín,
que aquí no me halle ni vea.
Becoquín
Escóndete entre esas ramas
mientras pasa.
Federico
Aquí te queda
tú por si siente el ruido,
y en casa de Celio espera,
que hasta allí yo iré seguro.
Becoquín
Pues, retírate que llega.
Escóndese y salen Clotaldo y el Duque de caza.
Clotaldo
Hacia aquí me parece,
por el rumor que entre las hojas crece,
que el jabalí se esconde.
Duque
Bien movida, la yerba nos responde
de su planta valiente.
Clotaldo
Tira al tiento.
Becoquín
¡No tires, señor, tente!
Que yo aunque soy y he sido
puerco, no puerco jabalí.
Duque
¿Escondido
qué hacéis aquí, soldado?
Becoquín
Espulgábame al sol.
Duque
O me han burlado
los ojos, o os he visto
otra vez.
Becoquín
(Malo es esto, vive Cristo.)
Duque
¿Sois montero?
Becoquín
Quisiera,
pero ni soy montero ni montera,
aunque soy Becoquín.
Clotaldo
Este es criado
de Federico.
Duque
Bien, no me he engañado
en que visto os había.
Clotaldo
Y es un loco.
Duque
Déjale, pues, que me divierta un poco.
¿Dónde está vuestro amo?
Becoquín
Don Arciniega Becoquín me llamo.
Hoy con otro criado
postas tomó, y no pienso que ha parado
según gana tenía
de correr.
Duque
¿Y dónde iba?
Becoquín
A Berbería.
No lo sé, mas lo infiero.
Duque
¿De qué?
Becoquín
De lo que aquí dijo primero.
Duque
Pues, ¿qué es lo que decía?
Becoquín
«Aquesto no se hiciera en Berbería».
Y así, muy bien infiero
que iría donde aquesto no se hiciera.
Duque
Y vos, ¿qué hacéis aquí?
Becoquín
Sigo la caza,
porque aunque Dios me dio tan mala traza,
me dio buen gusto. A vella
vine.
Duque
¿Que tanto os divertís en ella?
Becoquín
Es cosa singular lo que me agrada.
Duque
¿Cuál mejor os parece?
Becoquín
La empanada.
Duque
Vos gastáis buen humor.
Becoquín
Así conviene,
porque cada uno gasta lo que tiene.
Duque
Idos pues.
Becoquín
Que me place.
Vase.
Duque
¡Qué pocas treguas el cuidado hace
con estos mis recelos!
Clotaldo
Tu vida, gran señor, guarden los cielos.
Su piedad es testigo,
pues del riesgo te avisa tu enemigo.
Duque
¿Qué importa cuando incierto
estoy de este enemigo que encubierto
solicita mi muerte
y el ignorado mal es el más fuerte?
Clotaldo
Yo asegurarte puedo
de todos.
Duque
¿De qué suerte?
Clotaldo
Ya Manfredo
a Torreblanca pasa
la familia y la casa.
Enrique (aquí enmudezco) retirado
desde ayer no te ha visto. Desterrado
Federico se parte.
No falta más que asegurar mi parte,
pues, con irme, señor, quedas seguro.
Duque
¿Tú te despides?
Clotaldo
Tu quietud procuro
a costa de mi honor y mi esperanza.
Duque
Poco estimas, Clotaldo, mi privanza,
y poco el amor mío.
Mas porque veas que de ti me fío,
cuando de mí a Manfredo he retirado
y cuando a Federico he desterrado,
cuando a Enrique he prendido,
(si bien esta prisión, prisión no ha sido),
en fin, cuando de todos me prevengo,
contigo solo a estas montañas vengo,
donde, para que veas
que tú solo en mi amor y gracia seas
el primero, mi vida
quiero fiar de ti cuando, rendida
al sueño, los sentidos desvanece.
Y así, Clotaldo, en tanto que me ofrece
la yerba blando lecho,
sé centinela que me guarde el pecho,
y que fío de ti, no solo advierte,
mi vida, mas la sombra de mi muerte.
Clotaldo
(Valiente empresa mía.
No perdáis la ocasión, vuestro es el día.)
Duque
¿Qué dices?
Clotaldo
Que no es mucho que aquí el sueño
se haga, señor, de tus sentidos dueño
si asistiendo y rondando
pasas toda la noche asegurando
tu corte.
Duque
Bien premiado estoy si adquiero
Échase.
así el nombre feliz de Justiciero.
Federico
(Si aquí a dormir se entrega,
fuerza será esperar, porque me niega
el paso todo un monte
que cierra la salida a otro horizonte.)
Clotaldo
¿Quién en el mundo ha visto
mayores confusiones? ¿Qué resisto?
Mas, tarde el pensamiento
poner quiere en razón mi atrevimiento.
Yo estoy desesperado,
ya con el de Sajonia declarado,
y estoy también de Flor aborrecido.
Enrique (¡ay, Dios!) de mí muerto o herido.
Pues, si escapar no puedo
de Carlos o de Enrique o de Manfredo,
y hay tantos potentados
por mí ya en Alemania conjurados,
en tal caso, la mía
ya no es traición, ya no es alevosía,
que por guardar mi vida de esta suerte
debo darle la muerte.
Quien me ha de matar, muera.
Vale a dar y sale Federico.
Federico
¡Tente, traidor! ¡Espera!
Clotaldo
¡Válgame Dios!
Duque
¿Qué es esto?
Clotaldo
(¡Oh, suerte airada!)
Federico
Habiendo despertado tú, no es nada,
que si estando dormido
necesidad, señor, de mí has tenido,
(así, en tu enojo, advierto
que te temí mirándote despierto,
que así lo quieren las desdichas mías),
tú mira, Carlos, bien de quién te fías.
Vase.
Clotaldo
No intentes de esa suerte
disculpar el querer darle la muerte.
Duque
Bien tu lealtad y sus traiciones creo,
que si oculto le veo
y al criado escondido,
quién duda que a matarme haya venido.
Mas, siguiéndole irán las ansias mías.
Vase.
Federico
(dentro.)
¡Guárdate, Carlos, de quien más te fías!
Clotaldo
¿Ya no habrá acción que pueda
intentar yo que bien no me suceda?
Mas, suele ser mayor la desventura
del infeliz que peca con ventura.
Vase y salen Flor, Laura y Floro.
Laura
Retírate a este aposento
pues ves cuán revuelta está
la casa.
Flor
Amiga, ojalá
que fuera mi monumento
y muriera en él.
Laura
Advierte...
Flor
¿Qué he de advertir si en rigor
sé que es de cualquier dolor
última línea la muerte?
Dejadme que muera, pues
acabará con morir
de una vez tanto sentir
y tanto llorar.
Laura
¿Después,
señora, de haber salido
del engaño en que te viste
anoche, te muestras triste?
Flor
Esa, pues, la causa ha sido.
Que como los dos huisteis,
y en el riesgo me dejasteis
cuando las luces matasteis,
lo que pasó no supisteis.
(Y así, en efeto importó
para lo que hizo después
mi padre.) Confieso que es
bien que no merecí yo.
«Salgamos», dijo, «de aquí,
rebozado caballero,
que echar a perder no quiero
tan noble casa».Y así,
Enrique, que aquesto oyó,
a la poca luz que daba
el balcón, que abierto estaba,
tras el otro se arrojó.
Yo, hecha una estatua de hielo,
casi difunta quedé,
y aunque este suceso fue
tan feliz, (¡pluguiera al cielo!)
fuerza es el haber sentido
el lance de haber hallado
en mi reja un embozado,
y en mi casa un escondido.
Y al fin, el sentirlo yo
todo me ha de tener triste.
Floro
¿Posible es que no supiste
quién fue el embozado?
Flor
No.
Floro
Sería de los que te aman,
que una escala fácilmente
se puede asir.
Flor
Dignamente,
ladrón al amor le llaman.
Floro
(Laura, bien ha sucedido,
que en ninguno ha sospechado.)
Flor
(¡Qué bien los he desvelado!
El primer suceso ha sido
que se escapó de criados,
que todos en la ocasión
dice un discreto que son
enemigos no excusados.)
Sale Manfredo.
Manfredo
Flor mía.
Flor
Seas bienvenido,
que me has tenido, señor,
llena de asombro y temor.
Dime, ¿cómo ha sucedido?
Manfredo
Salíos los dos allá fuera.
Laura
Con notable suspensión
hablan los dos.
Floro
Cosas son
del Duque.
Vanse.
Flor
¿De qué manera
el negocio dispusiste?
Manfredo
Después, desdichada Flor,
que de aquel sangriento humor
tú me informaste, ya viste
que yo las puertas cerré,
porque vernos no pudiera
ningún criado, y tú fuera
te quedaste.
Flor
Hasta aquí sé.
Manfredo
Luego, con solicitud,
al cadáver infelice
de un arca mal capaz hice
triste y mísero ataúd.
Después de imaginaciones
varias que me combatieron
y que mi discurso hicieron
confusión de confusiones,
salirme determiné
de la corte, y a vivir,
mejor dijera a morir,
irme a una aldea, porqué
tres cosas así consigo:
dar al Duque, mi señor,
este gusto, dar color
a la tragedia que sigo,
y, al fin, para no vivir
donde cada instante vea
una sombra horrible y fea
que me dé más que sentir.
Y así, por todo el lugar
varios carros envié,
conque a todos desvelé
a donde fuese a parar
aquella arca. Aquesta, pues,
se llevó a una casa mía,
que ha días que está vacía,
al Carmen, porque, después
que anochezca, de allí pueda
sacarla con cuerdo intento
y meterla en un convento
que sepulcro le conceda,
pues, de noche y disfrazado,
sacando un arca cerrada
de una casa despoblada
y poniéndole en sagrado,
mi recelo se asegura,
tiene lugar la piedad,
mi casa seguridad
y el cadáver sepultura.
Salen Becoquín y Federico de ganapanes.
Flor
Temerosa te he escuchado.
Becoquín
Notables estratagemas
de amor.
Federico
Becoquín, no temas,
pues hasta aquí hemos llegado.
Flor
Es todo lenguas la Fama
y temo que diga el viento...
Mas, ¿quién es?
Federico
De este aposento,
¿qué se ha de sacar, nuesama?
Que el carro cargado está
y para llevar el peso
falta más hato.
Manfredo
¿Con eso,
buen hombre, os entráis acá?
¿No hay allá fuera cuidado?
Federico
No se enoje su mercé,
porque yo solo me entré
tan nacio y determinado,
que buena disculpa tengo,
puesto que le he dicho ya
que por la hacienda que está
en este aposento vengo.
Y he errado, es cosa llana,
en querer, pues está abierta,
sacarla yo por la puerta
cuando otros por la ventana,
si vuestro enojo cruel
no topa en decir que ya
de aqueste aposento está
mudado cuanto hay en él.
Manfredo
No es aquesa la ocasión
de haberme enfadado así,
sino de que entréis aquí
sin esperar más razón.
Flor
Reñirle a él no conviene,
sino a quien le dejó entrar,
que razón no ha de guardar,
señor, quien razón no tiene.
¿Qué más prueba de venir
sin ella, que habiendo ya
dicho que por lo que está
aquí ha venido, decir
luego que estará mudado?
Pues, si estarlo imagináis,
¿a qué efeto así os entráis
soberbio y determinado?
Pues, si ya mudado está,
venís errados los dos,
porque, en estándolo, vos
no tenéis qué hacer acá.
Y, en efeto, salíos fuera,
que lo que está en este cuarto
no se muda ahora.
Federico
Harto,
señora, lo agradeciera
yo a su merced.
Manfredo
Pues, a vos,
¿qué os puede importar en eso?
Federico
Estoy ya rendido al peso
que he sustentado hoy, por Dios,
y quisiera descansar,
si es que algún descanso espera
quien vive de esta manera.
Flor
Puesto que se ha de mudar,
ya que estos dos han entrado,
deja que saquen, señor,
lo que hay aquí, pues mejor
será salir de este enfado
de una vez.
Manfredo
Has dicho bien.
Ea, esta ropa sacad.
Flor
Por ese estrado empezad.
Federico
Pues, en nombre de Dios, ten.
Becoquín
Toribio, vamos sacando
las almohadas así.
Manfredo
Floro y Laura estaos aquí
y ved lo que van sacando
de aqueste cuarto los dos.
Salen Floro y Laura.
Federico
Mirad lo que sacan otros,
que esta hacienda con nosotros
segura está.
Becoquín
Sí, par Dios.
Vuelve, Toribio, a torcer.
Federico
Todo bien asido va.
Becoquín
Sí, que señor mandará
que nos den para beber.
Federico
Carga este tercio.
Becoquín
¿Yo?
Federico
Sí,
ten firme.
Becoquín
Tenelde vos.
Manfredo
Turbado ando, Flor. Adiós.
Vase.
Federico
¿Fuese ya su padre?
Flor
Sí.
Federico
Pues salgan, ingrata Flor,
Descúbrese.
mudable, falsa y cruel,
envueltas en fuego y llanto
mis desdichas de una vez.
Salgan, pues, salgan del pecho,
todos juntos de tropel,
los agravios de mi amor,
los desprecios de tu fe.
Pero, ay de mí, que aunque quiero
quejarme de ti, no sé
por dónde empiece. Que cuanto
estudiado truje, al ver
tus ojos se me olvidó.
Y entre el dudar y el temer
mis celos enmudecieron,
cobardes deben de ser,
pues solo saben hablar
a donde no hay para qué.
Flor
Federico, esposo mío,
mi dueño, mi amor, mi bien,
¿qué extremos, qué sentimientos
son estos? ¿Qué pena es
la que te aflige? ¿Qué agravio,
qué pesar o qué desdén?
Porque si te adora el alma,
siempre amante, siempre fiel,
siempre tuya y siempre mía,
¿de quién te quejas? Y, ¿a quién?
¿Qué traje es este? ¿Qué es esto?
¿Cómo vuelves sin temer
los peligros de tu vida?
Federico
¿Aún tú no lo sabes bien?
Mas, como un sabio decía,
donde quiera que yo esté
mis bienes están conmigo,
que allá era hacienda el saber.
Yo, que soy sabio en desdichas,
puedo decir al revés:
conmigo traigo mis males
que son mi hacienda también.
Y así, no importa que venga
a morir, pues, cierto es,
que aunque me estuviera allá,
allá muriera también.
Y aquí muero con ventaja,
pues yo muero y tú lo ves.
Becoquín
Pregunto, ¿hace nada al caso
que yo cargado me esté?
Que aunque es delante este cielo,
soy Atlante muy novel
y daré con todo en tierra.
Federico
Eso importa así, porqué
si alguien viene te halle así,
Becoquín, dando a entender
que vamos sacando ropa.
Becoquín
El que entrare, si me ve
como cargado, cargando,
¿no lo entenderá también?
Flor
Floro, ponte tú a esa puerta.
Tú a aquélla porque aviséis
si vuelve mi padre. Agora
dime tú, si ya te ves
a tu voz restituido,
qué queja. (¡Ay, de mí! Si él
sabe lo que pasó anoche,
yo soy muerta.)
Federico
Sí diré,
que no por haber callado
al verte, Flor, olvidé
lo que tengo que sentir.
Antes cobré aliento bien
como el curso de una fuente
que, estorbándole el correr
con la mano, se hace atrás,
falta un instante y después
vuelve con mayor violencia.
Así, mis ojos también,
que corren siempre desdichas,
en el punto que te ven
se suspenden aquel rato
estorbados del placer
de verte, con mayor fuerza
vuelven al llanto después,
porque el poder resistido
corre con mayor poder.
Flor
Prosigue y no hagas cobardes
los celos, que siempre fue
su opinión el ser valientes.
Mas, muy de valientes es,
cuando riñen sin razón,
acobardarse y temer.
Federico
Pues, ya es forzoso el hablar,
perdona, Flor, si esta vez
pierdo el respeto a tu honor,
que no hay celoso cortés.
Flor
Del mal que vienes herido,
sola de esa razón sé.
Y antes que me digas más,
si te puede merecer
mi amor alguna fineza,
te suplico que me des,
Federico, una palabra.
Federico
Sí doy.
Flor
Persuádete.
Federico
¿A qué?
Flor
A que no te he ofendido,
y que mi honor y mi fe
al lado viven del sol,
y con más ventajas que él.
A que te amo como a esposo
y, al fin, señor, aunque estés
persuadido a tus agravios,
soy quien soy. Di agora, pues.
Federico
Ya no tengo qué decir,
porque si no he de creer
que faltas, Flor, a quien eres,
siendo mudable y mujer,
no tengo de qué quejarme.
Y así yo, yo callaré
el haber visto en tu calle
(¿visto dije?), yo me erré,
que no lo vi (¡ay, quién callara!)
en fin. No diré que sé
que estuvo en tu calle gente,
que se ha arrojado también
de tu balcón una escala,
fuera ojalá su cordel
un lazo para mi cuello,
pues subió por ella quien
es más dichoso que yo
porque menos firme es.
Que entró dentro, que pasó
lo que los dos os sabéis.
Si esto no he de creer, digo
que es verdad que dices bien,
que se engañó quien lo vio
y, pues, que mentira fue.
Adiós, Flor, guárdete el cielo.
Quien eres, serás (sí, a fe),
pues no es faltar a quien eres,
que, en efeto, eres mujer.
Flor
No has de salir. Oye. Espera.
Federico
Suéltame, Flor.
Flor
Oyemé.
Federico
No es posible. Cree de mí
que no has de volverme a ver
en tu vida y, plega a Dios,
que las nuevas que te den
de mí sean que a las manos
de un traidor...
Flor
La voz detén,
mi señor. Mi señor dije,
yerro de la lengua fue,
porque quien ofende amando
ni es mío, ni lo ha de ser.
Federico
No te arrepientas, que yo
la palabra tomaré.
Flor
Pues has de oírme.
Federico
Yo te creo
sin hablar, no hay para qué.
Flor
Pues no has de salir de aquí
hasta escucharme.
Federico
Di, pues.
Flor
¿Nunca has visto, Federico,
que he de valerme también
de comparaciones yo,
un vidrio que al rosicler
del sol finge más colores
en verde y azul papel
que dibujó en cielo y tierra
el apacible pincel
de naturaleza, y luego
el color, al parecer
que es fingido, del cristal
no deja señal después?
Así, aunque los celos tuyos
te hagan terminar y ver
sombras, fantasmas, visiones
con voz, con cuerpo, con ser,
son aparentes no más,
que celos saben hacer
de las lágrimas cristales.
Y así, un celoso, tal vez,
aunque lo que ve es verdad,
es mentira lo que ve.
Esto el alma te asegura,
y, así, te digo que fue
apariencia solamente,
que no te puedo ofender.
Vete agora, vete agora.
Vete, Federico, pues.
Federico
Agora no me quiero ir,
que primero he de saber
de tu boca si es verdad
lo que te he dicho.
Flor
Sí es.
Federico
Luego, ¿llegó el embozado?
Flor
Sí.
Federico
¿Abierto un balcón y en él
una escala?
Flor
No lo niego.
Federico
Y, ¿subió un hombre?
Flor
Así fue.
Federico
¿Entró en tu cuarto?
Flor
Es verdad.
Federico
¿Habló contigo?
Flor
También.
Federico
Y, ¿no me lo niegas?
Flor
No.
Federico
¿Por qué? ¡Di, fiera! ¿Por qué?
Que ya yo me contentaba,
aunque es cierto, yo lo sé,
conque lo negaras tú.
Mira qué poco a deber
te llego, pues no te debo
una mentira. ¡Ay, cruel!
¿Por qué? ¿Por qué no me engañas
siquiera, ingrata?
Flor
Porqué
es verdad cuanto me acusas,
no el ser mudable y infiel,
y yo no quiero negarlo
dando con esto a entender
que si mi culpa es mentira,
lo es mi disculpa también.
Que el que ha de decir verdad,
Federico, no ha de hacer
el prólogo con mentira,
porque al mentiroso es bien
no creerle las verdades
cuando las diga después.
Becoquín
Pues, si va a decir verdad,
yo no puedo más también.
¡Qué pesado es un estrado!
Los diablos carguen con él.
Déjale.
Federico
¿Disculpa hay?
Flor
Sí.
Federico
Plega a Dios.
No dudes, prosigue pues.
¿Quién puso la escala?
Flor
Nadie.
Federico
¿Quién el embozado fue?
Flor
No le conocí.
Federico
¿A qué entró
en tu cuarto?
Flor
No lo sé.
Federico
Pues, ¿dónde está la disculpa?
Flor
En no saberlo.
Federico
Muy bien.
Y, ¿disculpa es no saberlo,
de suerte que yo he de ver
los agravios cara a cara
y las disculpas por fe?
Adiós, Flor, tienes razón.
Flor
Si quisieres irte, ve,
que no hay más satisfacciones
que darte que no saber
quién fue, porque si le hubiera
hablado supiera quién.
Vete, vete y plega a Dios
que las nuevas que te den
de mí sean que mi muerte
ha sido.
Federico
¡Detén! ¡Detén
las maldiciones, Flor mía!
Mía dije. Yerro fue
de la voz, que por costumbre
pronuncia amores tal vez.
Flor
No tienes que arrepentirte,
que yo no te tomaré
la palabra.
Federico
Luego, ¿estás
enojada tú también?
Flor
Sí, pues que de mí has tenido
tan bajo concepto.
Federico
¿Quién
no tuvo celos amando?
Flor
Quien amó con firme fe.
Federico
Aunque vaya yo enojado,
no lo quedes tú esta vez.
Haga las paces el tiempo
que nos falta.
Flor
Mal podré
resistirme a mi deseo
cuando estoy queriendo bien,
mi señor, ya sin errarme,
sino porque lo has de ser.
Adiós, Federico.
Federico
Adiós,
Flor.
Flor
¿Volverete a ver?
Federico
Sí, que ya no he de ausentarme.
Flor
¿Cómo?
Federico
Impórtame también.
Flor
Pues, en Torreblanca estoy.
Federico
Pues, a Torreblanca iré.
Flor
¡Ay, perdido dueño mío!
Federico
¡Ay, mi malogrado bien!
Becoquín
¡Ay, mi bien pesado estrado!
¡El diablo te lleve! Amén.
Vanse y sale Manfredo disfrazado.
Manfredo
¿Quién se vio más afligido
ni en más peligroso empeño
que yo, sin que fuese dueño
del delito cometido?
Retirado y escondido,
mi desdicha me buscó
en mi casa. Allí me halló
sin llamarle con mi dicha,
que aún no fuera mi desdicha
cuando la llamara yo.
Oculté el noble delito
de Flor por salvarme a mí,
y truje advertido aquí,
con un secreto infinito,
el arca que solicito
de aquí sacar escondida
sin que a otro testigo pida
favor porque, de esta suerte,
lleve una muerte a otra muerte,
que ya no es vida mi vida.
Ya solo en la calle estoy.
Abrir esta puerta puedo
con pavor, asombro y miedo.
Confieso que a verte voy,
joven infeliz. No doy
paso que no me parece
que se erice y estremece
el cadáver, suerte dura,
pidiendo la sepultura
que ya mi valor le ofrece.
Vase y salen Federico y Becoquín.
Becoquín
¿Quién ha de entenderte?
Federico
A mí
apenas me entiendo yo.
Becoquín
¿Ya no has de partirte?
Federico
No.
Becoquín
¿Y has de quedarte aquí?
Federico
Sí.
Becoquín
Pues, ¿cómo has de estar aquí
después de haberte pasado,
señor, lo que me has contado?
Federico
Por eso mismo no quiero
ausentarme, que así espero
quedar, Becoquín, vengado.
Sale Manfredo con un arca.
Manfredo
Aunque se esfuerza el valor,
las fuerzas no lo consienten.
Bueno es antes que se intenten
mirar las cosas mejor.
Mas dos hombres veo. El uno
podrá ayudarme. Mancebo,
por vuestro traje me atrevo
en caso tan oportuno.
Esta arca habéis de llevar
aquí cerca, y daros quiero
vuestro trabajo primero
y después a refrescar.
Tené amigo de esa parte.
Federico
Bien, por Dios, voy ocupado.
Manfredo
Pues, yo que estoy ya empeñado
en ello o he de matarte
o has de hacello.
Amágale con la daga.
Federico
(Lance fuerte.
Si me quiero resistir,
podrá justicia venir
y conocerme, de suerte
que a mi dicha corresponde
la ocasión. Ya es fuerza aquí
llevalla, pues vengo así.)
Ayude y dígame a dónde
se ha de llevar.
Manfredo
Id delante,
que yo os seguiré.
Federico
Tomé.
Becoquín
¿Qué quieres?
Federico
Aguardamé
en este puesto un instante.
Becoquín
Aquí aguardo.
Manfredo
Gente siento.
Por si fuere el Duque es bien
irme.
Vase. Salen el Duque, Clotaldo y gente.
Clotaldo
¡Deteneos!
Federico
¿A quién?
Clotaldo
Al Duque.
Federico
Gran cosa intento.
¿Qué mandáis? Tenido estoy.
Clotaldo
¿Qué es aquesto que lleváis?
Federico
Un arca.
Clotaldo
Y, ¿a dónde vais?
Federico
No sé, por Dios, dónde voy.
Ahí detrás su dueño viene.
Él les dirá dónde va.
Clotaldo
¿Adónde viene?
Federico
Ahí está.
Parece que gusto tiene
de verme cargado.
Clotaldo
Aquí
no viene nadie. Este es
ladrón.
Duque
¡Prendelde, y después
lo sabremos!
Federico
¡Ay, de mí!
Duque
¡Reconocelde!
Llegan luz.
Clotaldo
Señor,
Federico es.
Duque
¿De esta suerte?
Clotaldo
Sin duda, a darte la muerte
viene en tal traje.
Federico
¡Ah, rigor!
Duque
Lo que en el arca hay mirad.
Clotaldo
Dadme la llave.
Federico
¿Qué llave?
(¿Viose desdicha más grave?)
Duque
Luego la descerrajad.
Criado
Abierta pienso que viene
con solo un cordel liada.
Duque
¡Deslialda!
Criado
Desliada
está.
Duque
¡Ved lo que contiene!
Clotaldo
¡Jesús, y qué mal olor!
¡Llega esa luz! Ello es cierto,
cuerpo muerto es.
Duque
¿Cuerpo muerto?
Clotaldo
Este es Enrique, señor.
Federico
¡Válgame el cielo!
Duque
¡Llevad
preso al traidor y aquesta arca,
despojos de fiera parca,
entre los dos os cargad
para darle sepultura!
Federico
(Cielo, ¿a quién desdicha igual
sucedió?)
Clotaldo
(Con suerte tal,
hoy mi dicha se asegura.)

Jornada Tercera

Salen Manfredo y Flor.
Flor
Prosigue, que estoy, señor,
de tus razones pendiente
y dando gracias al cielo
que deparar te quisiese
aquel hombre.
Manfredo
Como digo,
en viendo que diligente
volvió la espalda el buen hombre,
presumo que un ángel fuese,
dejele alargar delante,
porque si a reconocerle
llegasen...
Sale Laura.
Laura
¡Señor! ¡Señora!
Flor
¿Qué ha sucedido?
Manfredo
¿Qué tienes?
Laura
Desde esa torre, atalaya
del sol, he visto que vienen,
de la corte, hombres armados
que cercan y que guarnecen
una carroza, no sean
que hayan venido a prenderte
por el enojo del Duque.
Manfredo
La fortuna echó la suerte.
Sin duda que se han hallado
testigos que me condenen.
¿Qué haré, Flor?
Flor
Huye señor.
Manfredo
Sí. ¿Podré salir?
Laura
No puedes,
que a la puerta paró ya
esa carroza en que viene
Clotaldo y un hombre a quien...
Mas pintarlo no conviene
cuando todos por la sala
entran ya.
Flor
¡No te despeñes!
¡Tente pensamiento! ¡No
me arrastres, discurso, tente!
Sale Clotaldo y Federico con prisiones y vendados los ojos.
Clotaldo
Entrad vos solo conmigo,
todos los demás se queden.
Señor Manfredo.
Manfredo
Señor
Clotaldo. Pues, ¿de esta suerte
vos en mi casa? ¿Qué es esto?
Clotaldo
Importa que solo quede
con vos.
Manfredo
Pues, déjanos solos.
Flor
[Aparte.]
(Dicen que astrólogo suele
ser el corazón, y yo
presumo que he de creerle,
que en las desdichas no hay
astrólogo que no acierte.)
Vanse.
Clotaldo
(¡Ay, bella Flor! ¡Cuánta culpa
en estos sucesos tienes!)
Manfredo
Ya estoy solo.
Clotaldo
Pues leed.
Dale un papel.
Manfredo
Decreto del Duque es este.
Lee.
Manfredo, Conde de Anjí,
a mi servicio conviene
que esté en Torreblanca preso
Federico en lo más fuerte
de ella, donde el sol apenas
por solo un resquicio entre.
No le quitéis las prisiones
y ninguno a hablarle llegue
sino vos, y así, vos solo
le llevad lo que comiere.
Esto importa a mi honor y esto
lo mando pena de muerte.
Clotaldo
Y yo así os lo notifico.
Manfredo
Yo lo obedezco.Y, si puede
informarse mi cuidado,
decidme, ¿qué caso es este?
¿Por qué prende a Federico?
Clotaldo
Por las sospechas que tiene
de la traición que sabéis
y porque dio a Enrique muerte.
Manfredo
¿A Enrique dio muerte?
Clotaldo
Sí.
Quedad con Dios. (Imprudente
corazón mío, pues tanto
solo a profanar te atreves,
y sabes, por los efetos,
que Flor ama, estima y quiere
a Federico, no temas,
sino imposibles emprende.
No pierdas las ocasiones,
que el cielo te favorece.)
Vase.
Flor
Al paño.
De aquí me llevó el temor
pero aquí el temor me vuelve.
Sin que mi padre me vea,
detrás de aquestos canceles
le oiré.
Manfredo
¿Preso Federico?
¿Yo alcaide? ¿Mi casa el fuerte?
¿Y por la muerte de Enrique?
¿Qué enigma, cielos, es este?
Flor
Muerte, Enrique y Federico
dijo. Demos neciamente
otro paso a ver qué dicen
Federico, Enrique y muerte.
Manfredo
Yo he de salir de esta duda.
Descúbrele.
Federico, ya os consiente
mi valor que en tantas penas
la luz del sol os consuele.
Federico
El mayor consuelo mío
es, señor Manfredo, verme
preso en vuestra misma casa.
¡Dichoso el que en ella muere!
Flor
¿Qué miro? Pues mis desdichas
ir delante no pueden,
demos otro paso atrás.
Manfredo
En tan rigurosa suerte,
poder dispensar quisiera
en este orden y que fuese
hospedaje generoso,
pero yo...
Federico
No hay que ofrecerme
merced ninguna. El rigor
ejecutad de las leyes,
que a un poderoso enojado
y a un enemigo valiente
no vence quien se resiste,
sino quien se humilla vence.
Flor
Ya que mis desdichas veo,
oírlas quiero claramente.
Demos otro paso.
Manfredo
Quien
discurre tan cuerdamente,
disculpe mi acción.Venid
donde una torre os encierre
y donde el sol no os visite.
Federico
A todo estoy obediente.
Manfredo
Seguidme pues. Pero, en tanto,
decidme, ¿qué caso es este?
Federico
(Lo que él sabe me pregunta.
Mas contárselo conviene.)
Salí desterrado.
Manfredo
Ya
lo sé.
Federico
Volví neciamente
en este traje a la corte.
Nunca a la corte volviese.
Manfredo
Pues, ¿qué os sucedió?
Federico
Topé
un hombre...
Manfredo
¿Sí?
Federico
Que por verme
en este traje me dice
que un arca suya le lleve.
Manfredo
(¡Válgame el cielo! ¿Qué escucho?
¿Que a quien di el arca fue este?)
Y, ¿por qué no os excusasteis
siendo vos?
Federico
Porque valerse
quiso del valor, y yo,
porque no me conociesen
si acaso alguno llegaba,
antes quise parecerme
a mi traje que a mí mismo,
que es el acción más prudente
saber un hombre medirse
a lo que pide su suerte.
Manfredo
¿No conocisteis quién era?
Federico
Cuando yo le conociese
soy caballero, y por mí
ninguno ha de perder. Fuese,
y yo, encontrado del Duque,
fue fuerza el reconocerme
el rostro, pero no el alma,
que él de rebozo ve siempre.
Ofendiose en verme así,
porque el mudar traje tiene
ya confesado el delito
que no ha imaginado hacerse.
Quiso saber qué llevaba,
que como el cielo previene
que nada puede ocultarse,
aunque él sabe que inocente
estoy en aqueste caso,
quiso que en mis manos viese
calificado el delito
cuando el alma echar no puede.
Abriola, y halló, ¡ay de mí!,
de Enrique, infelice suerte,
la imagen en el cadáver
vuelta a su primera especie.
Clotaldo en fin, ¡ah, traidor!,
del suceso muy alegre,
por ocasiones que callo,
me confirmó delincuente
no solo de esta desdicha,
mas de que quise atreverme
a matar al Duque, y bien
sabe él quién en esto miente.
Pero si de las supremas
causas las segundas prenden
y el cielo por sus juicios,
que investigar no conviene,
quiso que en ajenas culpas
propias penas redimiese,
yo estoy contento, Manfredo,
pues no hace dura la muerte
la pena, sino la culpa,
y así, quien ninguna tiene,
aunque con el vulgo muera
infamado, alegre muere,
pues morir por la verdad
es la más felice suerte.
Manfredo
Sabe Dios cuánto me pesa
que este agravio quiere hacerle
hoy el Duque a mi valor,
pues demás de que inocente
sé que morís, sois mi amigo.
Flor
(¡Ay Dios, quién hablar pudiese!
Mas el callar no es valor
cuando así el honor se ofende.)
Manfredo
Venid, Federico.
Federico
Vamos.
Manfredo
El cielo, amigo, os consuele.
Federico
Él mi inocencia defienda.
Vanse.
Flor
Y él tan gran traición revele.
¡Ay de mí! Si las desdichas
repeso y número tienen,
y conforme los sujetos
da el cielo males y bienes,
¿cómo en mis males ordena
que unos con otros se encuentren?
Si es fuerza salir un cuerpo
para que el cristal se llene
de otro, ¿cómo estando llena
un alma otros caber pueden?
Pero como en la constancia
es mi valor tan valiente,
así los males se miden
con el sujeto que tienen.
Pues no tengo que rendirme
siempre amante, firme siempre,
escollo expuesto a las olas,
roca firme a sus vaivenes,
ha de hallarme la fortuna
viva y muerta eternamente.
Ya mi padre habrá cerrado
las puertas y, como suele,
se irá a reposar. Las llaves
he de procurar cogerle
y ver a mi amado esposo
aunque honor y vida arriesgue.
Sale Becoquín.
Becoquín
De esperar, desesperado
he venido a resolverme
a aguardar aquí a mi amo,
centro solo donde suele,
como del imán traído,
hallarse naturalmente.
Flor
¿Quién es?
Becoquín
Bueno.
Flor
¿Becoquín?
Becoquín
¿Tan poco mi amor te debe
que agora me desconoces?
Flor
Antes, para conocerte,
lince suele hacerse el alma
como estrella que precede
las luces del sol que adoro.
Becoquín
Ya ocaso soy donde mueren.
¿Has visto acaso a mi amo?
Flor
Acaso no puedo verle,
muy de propósito sí,
que de propósito quieren
los cielos que muera yo.
Becoquín
¿De qué manera?
Flor
No aprietes
las cuerdas a mi tormento.
Pero ven si verle quieres
cargado el cuerpo de hierro,
si el alma de penas fuertes.
Becoquín
¿Que está preso?
Flor
Preso está
en esa torre, y de suerte
que no sé si saldrá vivo.
Mas sí saldrá, aunque mil veces
muera yo.
Becoquín
¿Encontrole el Duque?
Flor
Y en trance, amigo, tan fuerte,
que confirmó sus sospechas.
Becoquín
Plega al cielo que por verle
no me aprieten las agallas
como a muchos acontece.
Vanse y salen el Duque y Clotaldo.
Clotaldo
Digo que será mejor,
por ser del pueblo querido,
que en la cárcel, sin rüido,
pruebe, señor, tu rigor,
porque del vulgo adorado,
y aunque voz de Dios le llaman,
tal vez su deidad infaman
cuando juzga apasionado.
Y así, si quieres hacer
información de su vida,
al que hoy prendes homicida,
libre mañana has de ver.
Duque
Mucho mi amor le disculpa,
pues siempre conocí en él
alma noble en pecho fiel.
Clotaldo
Si halla disculpa su culpa
en ti, ¿quién le ha de culpar?
También yo abonarle quiero,
pero temo que el acero
que allá no pudo emplear,
de luto y llanto no vista
este miserable estado.
Duque
(Él aprieta demasiado,
fiera y horrible conquista.)
Ve, dile a Manfredo...
Clotaldo
¿Qué
mandas, señor, que le diga?
Duque
(¡Ah, envidia, fiera enemiga!)
Dile pues...
Clotaldo
¿Qué le diré?
Duque
Dile, en fin...
Clotaldo
¿Qué, señor?
Duque
Nada.
(¡Ah, cielos, qué gran rigor!)
Clotaldo
¿Qué he de decirle, señor?
Duque
Dirasle... (¡Ah, fortuna airada!)
Clotaldo
(Bien de mis dichas dudé.)
Duque
Dile, pues, que a Federico
(¡qué mal a postrar me aplico
la hechura que levanté!),
dile que allá en la prisión,
le dé un garrote. (¡Ay de mí!)
Clotaldo
Harelo, señor, así.
Vase.
Duque
¡Qué terrible es la pasión
que aqueste siempre ha mostrado
contra Federico! Y yo,
si el alma no se engañó,
de ella misma he confirmado
que está de todo inocente.
¡Qué hombre de tan gran valor!
¡Qué ofendido el ofensor!
Honrado como valiente,
sufre sin mostrarse airado,
y en medio de tanta injuria
sabe refrenar su furia.
Pacífico y reportado
muestra, como por cristal
a donde el sol reverbera,
que a pesar de envidia fiera
goza alma noble y leal.
Hoy la postrera experiencia
de su lealtad he de hacer
para poder convencer
la ambición con la inocencia.
A velle a la cárcel voy,
porque de esta vista infiero,
pues me llaman Justiciero,
que ha de ser juzgado hoy.
Vase y salen Federico, Flor y Becoquín.
Federico
Ya no por cárcel, por cielo
podré esta torre tener
pues te merecí de ver.
Ya ningún daño recelo,
que si la muerte temí,
no fue, bellísima Flor,
temerla por su rigor,
sino por quedar sin ti,
aunque si las almas son
eternas, podrá la muerte
privarme del bien de verte,
no de tu dulce prisión.
Que si eterna has de vivir
y eterno he de ser también,
no priva de tanto bien
la desdicha del morir.
Pues si los cuerpos divide
quedando ausentes las almas,
nuevos laureles y palmas
a mis dichas apercibe.
Pero mal, mi bien, empleo
un tiempo tan deseado,
pues con penas he mezclado
las glorias que ya poseo.
¿Cómo estás, mi bien?
Flor
¿No has visto
cuando, entre rosados velos,
busca el sol nuevo horizonte
dejando en nuestro hemisferio
los aires en negro asombro,
la tierra en mudo silencio,
los animales confusos,
cubierto de horror el cielo,
hasta que vuelve a dorarlo
con nuevas madejas, siendo
si su ausencia muerte a todo,
vida y ser su nacimiento?
Pues si así el alma, que vive
ausente de los reflejos
que de la luz de tus ojos
comunica, ausente de ellos
muere a todas sus potencias,
muere a todo sentimiento,
hasta que vuelve a gozar
de tu vista rayos nuevos.
Federico
¡Ay, Flor del alma! Ya flor
de verde y caduco almendro,
que por vestirle temprano
nunca dio fruto a su dueño.
Si fui tu sol y te dio
verdor lozano mi aliento,
hoy será fuerza gozarte,
pues son mi ocaso estos hierros.
¡Ay, Flor!
Flor
No llores, bien mío,
que si soy tu flor, yo espero
verte presto renacer
con esplendores febeos,
siendo en tus muertas cenizas
el fénix tú de ti mesmo,
sirviendo aquestas cadenas
de secos ramos sabeos,
repitiendo siempre vidas,
inmortal contra los tiempos.
Becoquín
Lo habéis tan bien discurrido
que a interromper no me atrevo
tan bien sentidos pesares.
Mas, ¡ay!, la puerta han abierto.
Tu padre viene.
Flor
No importa,
que con su licencia vengo.
Sale Manfredo con una cesta.
Manfredo
Siempre es noble la piedad.
Hija.
Flor
Señor.
Manfredo
Vete presto,
porque he visto de la corte
venir gente, aunque de lejos,
por si es recado del Duque.
Flor
Solo tu gusto deseo.
Adiós, señor Federico.
Federico
Págueos, bella Flor, el cielo
esta piadosa visita.
Becoquín
Adiós también, pues no puedo
asistir a tus prisiones.
Vanse.
Federico
El deseo te agradezco.
Manfredo
Sentaos y comé un bocado,
Federico, que yo espero
veros libre, porque son
las cóleras de los dueños
tempestades que en un hora
muestran el cielo sereno.
Federico
¡Ay, mi Manfredo! ¡Ay, amigo!
Si lo decís por consuelo,
yo lo agradezco.
Manfredo
Comed.
Federico
No podré.
Manfredo
Pues, por lo menos,
bebed y confortaréis
el estómago.
Federico
No tengo
sed.
Manfredo
¡Bebed, por vida mía!
Federico
Por el juramento bebo.
Bebe.
Manfredo
Pues adiós, porque no es bien
que me encuentren acá dentro
si son ministros del Duque
los que vienen.
Federico
Solo espero,
después del cielo, en tus manos.
Manfredo
Cree que tu bien intento.
Vase y salen Flor y Clotaldo.
Flor
Para darle de comer,
como su alteza ha mandado,
en este punto ha bajado
él solo.
Clotaldo
Quiérole ver,
que hay nuevo orden.
Flor
No será,
viniendo por vuestra mano,
muy piadoso. (¡Ah, vil tirano!)
Clotaldo
El serlo en la vuestra está
como vos queráis que viva.
Haciendo feliz mi suerte
vivir podrá, aunque a la muerte
traigo orden que se aperciba.
Flor
Nunca esperé de vos menos.
Clotaldo
¿Qué respondéis, bella Flor?
Si no a mi amor, a su amor
se lo debéis. Cuando llenos
estos estados están,
que al Duque traidor ha sido,
que en Sajonia le ha vendido,
y que ha muerto a Enrique, dan
mis intentos nuevo medio
para librarle si vos
me queréis bien.
Flor
Vive Dios,
villano, que si el remedio,
no digo yo de una vida,
pero del mundo, estuviera
en que yo bien te quisiera,
fuera del mundo homicida.
Vete y dale tu recado.
Y dije bien, pues arguyo
que si es de su muerte, es tuyo,
y no de quien te ha enviado
a mi padre, que antes quiero
verle muerto con honor,
que no obligarme al amor
de un falso, de un lisonjero.
Clotaldo
Pues advierte... (Mas aquí
viene Manfredo. Callar
importa y disimular,
que mi negocio hago así.)
Sale Manfredo.
Manfredo
Clotaldo.
Clotaldo
Amigo Manfredo.
El Duque, como confía
de vuestro valor, me envía...
Flor
(Toda el alma cubre un miedo.)
Clotaldo
A que, porque no alborote,
de Federico la muerte...
Flor
(¡Ay, Dios, y qué dura suerte!)
Clotaldo
Le mandéis dar un garrote
hoy en la prisión. Mas él
viene aquí y os lo dirá.
Sale el Duque.
Duque
¿Adónde Manfredo está?
Manfredo
A tus pies.
Duque
¡Oh, amigo fiel!
Pues, ¿qué hay del preso?
Manfredo
Señor,
tus órdenes no he excedido.
Por mis manos ha comido
siempre.
Duque
(¡Tirano rigor!)
Verle quiero.
Manfredo
Voy por él.
Vase.
Clotaldo
Mira, gran señor, que queda
libre como verte pueda
el rostro.
Flor
(¡Ah, bárbaro infiel!)
Duque
Mis descuidos perdonad,
bella Flor.
Flor
Dame tus pies.
Duque
Con quien vuestro hermano es
con más llaneza os tratad.
Mi padre es el conde y yo
por mi hermana os he tenido.
Flor
Honrar vuestra hechura ha sido.
Salen Federico y Manfredo.
Federico
Ya a vuestras plantas llegó,
gran señor, un desdichado
dichoso en haberos visto.
Duque
(¡Qué mal la piedad resisto!)
¡Despejad!
Clotaldo
(¡Hola! ¡Cuidado!)
Vanse Flor y Clotaldo.
Duque
Y pues, Federico, ¿qué
descargos, a tantos cargos,
después de tiempos tan largos
como en mi casa os honré
tenéis que dar? Que yo mismo,
mirad cuán grande es mi amor,
por el último favor
de amor, al fin barbarismo,
los quiero de vuestra boca
oír. Decid, proponed,
y de mi piedad creed
esto.
Federico
Y a esta sola invoca
este triste desvalido
de la fortuna y de vos,
aunque muy bien sabe Dios,
señor, que no os he ofendido.
Duque
A los tratos de Sajonia,
¿qué decís?
Federico
Que de mi vida,
siendo yo mismo homicida,
sea última ceremonia
ser de todos blasfemado
como el traidor más aleve,
si el pensamiento más leve
de mi parte os ha agraviado.
Duque
Y, ¿en el quererme matar
en la caza?
Federico
Ya el honor
es quien me fuerza, señor,
si me forzaba callar
mi valor, a que publique,
aunque con ajena culpa,
la verdad en la disculpa.
Duque
¡Válgame Dios! Y de Enrique,
muerto por vos, pues hallado
fue en vuestros hombros, ¿quién duda
que queda la lengua muda
como el ánimo postrado?
Federico
Carlos, duque de Borgoña,
de Austria generosa rama,
descendiente del que puso
su estoque en la Casa de Austria,
a es tiempo que mis verdades
puertas al silencio abran
y lisonjeros cobardes
descubran fingidas caras.
Ya sabes con la lealtad
que te serví veces tantas,
ya en la paz y ya en la guerra,
dando plumas a la fama,
y que mi sangre no debe
a la mejor de Alemania
nada. Pues, óyeme agora,
verás que lo son del alma.
En esta ciudad que inunda,
más que con líquida plata,
el gran Danubio con sangre
de enemigos en su infancia,
en competencia serví
a una bellísima dama,
(si tan noble como hermosa,
tan prudente cuanto honrada),
de esa esfinge, ese Clotaldo,
mas con fortuna contraria,
pues le despreciaba a él
al paso que a mí me amaba.
Sucedió lo de Sajonia,
el traerte aquellas cartas,
el guante de desafío,
el perder por él tu gracia
y, al fin, el ir desterrado,
si es el ausencia, en quien ama,
muerte civil que los cuerpos
perdona y las almas mata.
Tú, señor, lo considera
si acaso de veras amas,
pues este tirano imperio
se extiende a fieras y plantas.
Partime, y a mi criado,
diciendo donde esperaba,
orden di que aquella noche
la calle y puertas rondara
de mi dama. Al fin, lo hizo,
cuando mudable o ingrata,
o quizá, como ella dice
y es lo cierto, desdichada,
ocasiona su hermosura
que un galán con una escala,
no sé que Clotaldo fuese,
si bien lo revela el alma,
escaló por un balcón
la fuerza más soberana
que puso el cielo en la tierra,
de armas de honor pertrechada,
tanto, que a bajar le obliga
mentidas sus esperanzas.
Esto me estaba contando
mi criado cuando a caza
llegaste a la misma parte
a donde yo le aguardaba.
Escondime, que el respeto
del dueño tiene por sacra
ceremonia un pecho noble.
Recostástete en la falda
de aquel apacible monte,
y de allí a poca distancia
vi que sacaba el traidor
para matarte la daga.
Salí a librarte, aunque tú
o mi desdicha me paga
mal esta acción, que infelices
con los servicios agravian.
Volvía bien disfrazado
por desmentir asechanzas.
(¡Válgame el cielo! ¿Qué es esto?
¿Qué confusiones? ¿Qué bascas
siente el pecho?) Al fin, señor,
(¡Jesús, el alma se arranca!),
encontré un hombre cargado
de aquella infelice carga,
que como me vio vestido
de estas pobres antiparas
(¿qué es esto, cielos?), me obliga
a que la caja le traiga.
Yo, por no ser conocido,
no resistí. Tú rondabas,
me encontraste, aquí preso
me enviaste. (¡Fuego exhala
el corazón! ¡Cielos, muero!)
Sirvan de tumba tus plantas
al cuerpo más infelice,
concha de la mar preciada,
perla que el honor vincula
en sus vividoras aras.
¡Todo el cielo sea conmigo!
¡Jesús, valedme!
Cae en sus brazos.
Duque
Él te valga.
¿Viose caso más horrendo?
¿Que una pena imaginada
baste quitarle la vida
a un hombre de prendas tantas?
¡Hola, Clotaldo! ¡Manfredo!
Salen los dos.
Clotaldo
Señor.
Manfredo
Señor, ¿qué nos mandas?
Duque
Dad al cuerpo sepultura,
pues reina en el cielo el alma.
Manfredo
(Bien obró el vino.) ¿Qué es esto,
señor?
Duque
Con mortales ansias
luchando, en mis brazos muerto
se ha quedado. Al punto le hagan
sus obsequias.
Manfredo
Al fin puedo
llevarle a enterrar.
Duque
Y tanta
pena siento, que a poder
darle vida y a mi gracia
restituirle, lo hiciera.
Manfredo
Yo voy a hacer lo que manda
Vuestra Alteza.
Vase.
Duque
Ven Clotaldo,
(Agora solo me falta
comprobar esta verdad
con este traidor.)
Clotaldo
(Hoy canta
vitoria mi pretensión.
Quiero buscar quien me haga,
dándole a Carlos la muerte,
señor de la Casa de Austria.)
Vanse y sale Flor y Flérida.
Flérida
A aquesto, al fin, he venido,
que será felice suerte
hacer honrar con su muerte
a la que dio a mi marido.
Flor
Puesto que justa esperanza
fuera, siendo así verdad,
no quiere el cielo piedad
que se ofrece con venganza.
Si Federico mató
a Enrique, aunque es caso incierto,
¿qué consuelo es verle muerto?
Que aunque la ley esto dio
por castigo al homicida
y ella satisfecha quede,
la que le perdió no puede
de una muerte sacar vida
para su difunto esposo.
Y así, amiga, yo te ruego
no hables al Duque, que un fuego
sacar otro no es forzoso.
Sale Becoquín.
Becoquín
¿Viose desdicha mayor?
Flor
¿Qué ha sido?
Becoquín
Tu padre lleva...
No es posible que me atreva
a decirlo de dolor.
Flor
¿A quién lleva?
Becoquín
A Federico.
Flor
¿Dónde?
Becoquín
A dalle sepultura.
Flor
¡Triste nueva! ¡Suerte dura!
Cae sobre almohada o silla, si hay.
Flérida
¡Repórtate, te suplico!
¡Vuelve en ti, Flor! ¡Ay de mí,
que pienso que ella también
murió!
Flor
¡Ay Dios, muerto mi bien
y viva yo!
Flérida
¡Vuelve en ti,
Flor hermosa!
Flor
Dime, amigo,
¿diéronle garrote?
Becoquín
No,
de sentimiento murió
de perderte.
Flor
¡Ay enemigo
hado!
Flérida
Retírate un rato
y descansa.
Flor
No le habrá
descanso en mi pecho ya.
¡Ah, Clotaldo! ¡Ah, Duque ingrato!
¡Ah, cielo cruel!
Flérida
No prosigas,
aunque es justo el sentimiento.
Flor
No le muestro, pues no siento
mi propia muerte. ¡Ay, amiga!
Flérida
Ayúdale cómo pueda
venir a su cuarto.
Becoquín
Ten.
Flor
¡Ay de mí! Muerto mi bien,
¿para qué vida me queda?
Vanse y sale Clotaldo con tres valientes.
Clotaldo
Como digo, en este puesto
los tres habéis de esperar,
porque aquí sale a cazar
el Duque.
[valiente] 1
Ya está dispuesto
todo como has ordenado.
Clotaldo
Retiraos, pues que ya viene.
[valiente] 2
Ya todo hombre se previene
al caso.
Clotaldo
Amigos, cuidado.
Sale el Duque.
Duque
No me deja el pensamiento
de caso tan asombroso
reposar. Mas, ¿qué reposo
he de hallar en tal tormento?
Clotaldo está aquí, y aquí,
pues me da el sitio lugar,
hoy tengo de averiguar
lo que a Federico oí.
¡Saca la espada, traidor!
Clotaldo
¿Señor?
Duque
¡Sácala, villano!
Clotaldo
Repara...
Duque
¡Aleve, tirano
de mi amor y de mi honor!
¡Sácala, digo, o así
te he de matar!
Clotaldo
¿No sabré,
gran señor, por qué?
Duque
Porqué
eres un traidor.
Clotaldo
¡Aquí
amigos, que agora es
tiempo!
[valiente] 1
(Ninguno se atreve
contra tal valor.)
Duque
¡Aleve,
no te han de valer los pies!
Síguele.
Clotaldo
(¡Huye, Rodolfo, no vea
el Duque a ninguno aquí!)
Vase y sale retirándose y cae a los pies del Duque.
¡Detén el brazo, ay de mí,
aunque tu rigor se emplea
tan justamente!
Duque
¿Emboscada
tienes, traidor, prevenida
y pides que te dé vida?
Clotaldo
Ya, señor, es acabada,
ya de muerte estoy herido.
Óyeme, que es acción cuerda,
porque el alma no se pierda,
pues el cuerpo se ha perdido.
Yo, al de Sajonia escribí
dándole de tus intentos
ardides y pensamientos
noticia.Yo pretendí
en este monte matarte,
como también quise agora.
Y con intención traidora
y pretensión de heredarte,
intenté descomponer
a Federico y a Enrique
maté. No es bien te suplique,
cuando ya no puede ser,
me des la vida. El perdón
te pido, y a Dios, que muero.
Él te guarde.
Duque
¡Ah, lisonjero,
ya se acabó tu ambición!
No en vano, fiera pasión,
hizo el alma sentimiento
a ejecutar el intento
que el traidor me aconsejó,
que Dios a los hombres dio
este divino instrumento.
Llamar quiero algún montero
que retire a la espesura
este cuerpo. Sepultura
no ha de tener. Justiciero
me llaman, mostrarlo quiero
hoy aunque digan de mí
que es impiedad. Pero allí
viene Manfredo, él será
quien le retire y dará
venganza a su vista así.
Sale Manfredo.
Manfredo
(Ya es forzoso que haya hecho
efecto el veneno fuerte
que, con amagos de muerte,
de tal suerte abrasa el pecho
que llega al último estrecho
al que le toma.) Este es
el sepulcro.
Duque
Ya a mis pies,
Clotaldo, entre amargas quejas
dio veneno a mis orejas
y al suelo el cuerpo después.
Ya el traidor ha confesado
que mi estado conspiró,
que al de Sajonia escribió,
que a Federico ha envidiado,
que a Enrique la muerte ha dado,
que a mí me quiso matar,
que te pretendió afrentar
y, a no faltar las razones,
confesara más traiciones
que tiene arenas el mar.
Por probarle en este puesto,
a sacar le provoqué
la espada, y en él hallé
que a nueva traición dispuesto
una emboscada había puesto.
Pero viendo mi valor,
alas le prestó el temor,
y huyendo quedó vengado
mi sobrino, disculpado
mi amigo y muerto el traidor.
Manfredo
Ya es tiempo, famoso Carlos
que el cielo guarde mil siglos,
para premio de lealtades
y de traidores castigo.
Dentro de mi noble casa
dio la muerte el fementido
Clotaldo a Enrique. Esto supe
de Flor, porque él, atrevido,
escalando sus balcones
y hallando allí a tu sobrino,
que de Flérida llamado
por sus celos había sido,
le dio la muerte, y yo fui
quien por el secreto quiso
darle sepulcro, y topando
disfrazado a Federico
aquella arca le entregué
con quien a tus manos vino.
Hicísteme de él alcaide.
Yo, al fin, como prevenido
de su inocencia, librarle
pretendí dándole un vino,
de suerte confeccionado
que privado del sentido
le dejó en tus manos, donde,
por tu mandado, advertido
a que tú segunda vez
me lo mandases, benigno
sepulcro le di.Y agora,
gran señor, había venido
a ver si de aquel beleño
despiertos ya los sentidos
estaba. Tus plantas son
el sagrado, y este nicho
quien le sirve de sepulcro
y adonde, no sin divino
impulso, diste la muerte
al traidor, como se ha visto.
Esta es la losa.
Duque
Levanta,
Manfredo, que quiero vivo
ver al que lloré difunto.
Dicen dentro.
Manfredo
¡Federico! ¡Ah, Federico!
Federico
dentro.
¿Quién me llama?
Manfredo
Quien te ha dado
nuevo ser.
Sale Federico.
Federico
¡Cielos! ¿Qué miro?
Señor, ¿vos aquí? ¿Qué es esto?
Duque
Dame los brazos, amigo,
que ya los cielos publican
tu lealtad.
Federico
Por tan divino
favor les rindo mil gracias.
Duque
Mira allí el cadáver frío
de tu enemigo, a mis manos
muerto por divino instinto.
Yo te reduzco a mi gracia
y doy las rentas y oficios
del traidor.
Federico
Mayor merced,
señor, a tus plantas pido.
Duque
Pídeme lo que quisieres.
Federico
Mis penas y mis peligros
daré por bien empleados
como engaste el cristal fino
de la bella Flor mi mano,
pues parte en ellos ha sido.
Duque
Yo, de mi parte, lo otorgo.
Manfredo
Yo le recibo por hijo,
heredero de mi casa.
Duque
Y tengan con un castigo
fin tan justas tres venganzas:
mía, tuya y la de Enrico.
CC0 1.0
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