La sibila del Oriente y gran reina de Sabá
Comedia Famosa

Personas que hablan en ella.

  • SALOMÓN, rey de Jerusalén.
  • HIRÁN, rey de Tiro.
  • CANDACES, rey de Egipto.
  • ELIUD, criado de Salomón.
  • UNA VISIÓN.
  • SABÁ, reina de Etiopía.
  • IRÍFILE, negra.
  • CASIMIRA, negra.
  • IRENE, negra.
  • LIBIO, rey de Palmira, indio.
  • SEMEÍ.
  • JOAB.
  • MÚSICOS.

Primera Jornada

Suena música, córrese una cortina y debajo de un dosel aparece Salomón durmiendo, vestido a lo romano; y por lo alto, en una apariencia, sale una Visión cantando, cubierto el rostro.
Salomón
Dios grande, inmenso Señor,
¿vos a visitarme a mí?
¿Vos a vuestro esclavo hacéis
tan grandes favores?
Visión
Sí.
Salomón
¿Qué me mandáis?
Visión
Salomón
–que es lo mismo que decir
pacífico y manso–, hijo
del real profeta David,
tú, cuyo imperio será
quieto, apacible y feliz,
quiero que me labres casa
en que morar y vivir.
Yo te he de asistir a ella.
Pide y espera de mí
mercedes, que yo concedo
cuanto me quieras pedir.
Salomón
Grande Dios de las batallas,
pues hoy cargas sobre mí
todo el peso de tu pueblo,
porque mi humilde cerviz
no desmaye, dame ciencias
con que me pueda regir.
Visión
Justa fue tu petición;
yo la concedo; y así,
ninguno será más sabio
antes ni despues de ti.
Aprovéchate de serlo,
si eterno quieres vivir;
porque saber para errar
no es saber, sino morir.
Cúbrese la apariencia y despierta.
Salomón
¡Espera, sagrada nube!
Corre ese velo sutil;
veré cara a cara al sol.
Pero no es tiempo. ¡ay de mí!,
de que a su deidad se corra
el velo, ni descubrir
tesoros que el cielo guarda
para siglo más feliz.
Suena música.
Pero, ¿qué música es ésta?
¿Ya no se ausentó de aquí
la majestad que adoré,
la maravilla que vi,
por quien quedé sabio y rico?
Sale Eliud.
Eliud
Si vuestra Alteza salir
quiere a un corredor, podrá
en él mirar y advertir
su poder, viendo dos reyes
de quien es rey.
Salomón
¿Como así?
Eliud
Candaces e Hirán, señores
de Egipto y Tiro, de ti
llamados entran agora
en Jerusalén; que, al fin,
aunque el egipcio no es
vasallo, súbdito sí;
y te obedece, viniendo
a tu presencia.
Salomón
Decid
que solos entren los dos.
Eliud
Ya los dos vienen aquí.
Tocan y salen por dos partes Candaces, de gitano, e Hirán, de tirio.
Hirán
Joven invicto, en cuya augusta frente
verde el laurel sin marchitarse viva...
Candaces
Gran hijo de David, a cuyo oriente
ceda el laurel imperios a la oliva;
tú, cuyo nombre viva eternamente;
tú, cuyo imperio eternamente viva:
¡salve y reines del orbe obedecido!;
¡salve y triunfes del tiempo y del olvido!
Hirán
Mientras Hirán, invicto rey de Tiro
habla, ¿te atreves, bárbaro gitano,
a interromper su voz? Mucho me admiro
de tu arrogancia y presunción en vano.
Candaces
Candaces, rey de Egipto soy; y aspiro
a lugar más supremo y soberano;
y tú aquí ni me igualas ni prefieres,
pues yo soy rey donde vasallo eres.
Con libre imperio y absoluto estilo
me aclamo rey desde las altas rocas,
adonde tan callando nace el Nilo
que apenas saben dél naciones pocas,
hasta donde, ya hidra y cocodrilo,
le miran respirar por siete bocas
con escándalo tal sus horizontes
que ensordece los ecos de los montes.
Hirán
Cuando vasallo deste imperio sea
Tiro, mayor aplauso me previenes;
pues ya dices que en mí la suerte emplea
aquesa dignidad que tú no tienes.
¿Quién no anhela a ser más? ¿Quién no desea
adelantar sus glorias y sus bienes?
Pues no es pequeño triunfo, honor pequeño
llevarse de ventaja tan gran dueño.
¿Deja por eso mi sagrada esfera
de ser hiblea en galas y primores,
escuela donde va la primavera
a aprender los matices y colores
que ha de enseñar abril? Pues de manera
se tejen los claveles y las flores
que, si Egipto al oído causa enojos,
Tiro da admiraciones a los ojos.
Y así, con mayor causa solicito
preferirte, por dueño y por estado.
Candaces
Antes verás que a tu soberbia quito
las alas, que tan altas han volado.
Salomón
¡Basta! ¡No más!
Los Dos
¿Señor?
Salomón
El rey de Egipto hable,...
Hirán
Como a estranjero me has tratado.
Salomón
…que el tirio hará lo que le mande.
Hirán
(Ciego
de enojo, soy volcán de nieve y fuego.)
Candaces
Apenas supe que mi dicha suma
a tu servicio, gran señor, me llama,
cuando quebrando la rizada espuma
del rubio mar que da a tu pueblo fama,
en un delfín que es pájaro sin pluma,
en un águila que es pez sin escama,
monte de velas, huracán de pino,
selva de jarcias, vecindad de lino,
aré los campos de cristal y nieve
donde bebe en carámbanos la aurora
la blanca espuma que en aljófar llueve
y el argentado humor que en perlas llora.
El viento, a cuyo son las plantas mueve
este del mar caballo, sólo agora
torpe me pareció; mas bien hacía,
anteviendo el honor a que venía.
Al fin, llegué, si puede vista humana
los rayos penetrar de tanta esfera,
donde la majestad más soberana
en tu semblante luce y reverbera;
y por ser cuanto adquiere, cuanto gana
quien por premio el servirte sólo espera,
en alas del deseo y del cuidado,
vengo obediente adonde me has llamado.
Salomón
Hable el de Tiro.
Hirán
A tu obediencia atento,
apenas vi lo que tu carta encierra,
cuando en veloz caballo –cuyo aliento
jeroglífico ha sido de la guerra,
sierpe del agua, exhalación del viento,
volcán de fuego, escollo de la tierra,
caos animal, pues con tan nuevo modo,
no siendo nada desto, lo era todo–
llegué en efeto donde a mi deseo
el egipcio, señor, ha preferido
en tu gracia y amor, no en el empleo,
aunque a besar tus plantas ha venido.
No digo que es esfera, ni lo creo,
del sol tu solio; que desvanecido
a tanta luz, si al sol honrar quisiera,
dosel de Salomón el suyo hiciera.
Salomón
Reyes de Egipto y de Tiro,
que a mis decretos venís
obedientes y leales,
la causa que os trujo oíd.
Hijo nací generoso
de Betsabé y de David,
si heredero de sus glorias
no, de sus imperios sí.
Es mi nombre Salomón,
que es lo mismo que decir
pacífico. Bien el cielo
cumplió su palabra en mí;
pues desde que el Rey, mi padre,
juntó al nacer y al morir
oriente y ocaso y yo
sombra de su cuerpo fui,
se suspendieron las armas
en Palestina; y así,
no veis en Jerusalén
un arnés sólo, ni oís
los militares acentos
de una caja ni un clarín.
La oliva cede al laurel,
habiendo sido hasta aquí
escuela y lición de Marte;
pues, desde que en juvenil
edad esgrimió la honda
contra el jayán filistín
hasta que en su senectud
venció en una y otra lid
al apóstata idumeo
y al idólatra gentil,
no se desnudó las armas;
por cuya causa –advertid–
no quiso nuestro gran Dios
de su mano recibir
casa y templo en que morar,
altar y ara en que vivir.
Y así, dejando piadoso
tan gran carga sobre mí,
me manda en su testamento
que yo, piadoso y feliz,
labre al arca del Señor
templo que pueda partir
con el sol rayos y luces;
pues él desde su cenit
no sabrá a quién debe el día
el resplandor, porque así
han de brillar en sus muros
las puntas de oro y marfil
que de tanta Babilonia
todo el cielo sea pensil.
Esta fábrica eminente
–que no podrá competir
antes ni despues el tiempo–
fían los cielos de mí.
Ved si es cuidado que debo
consultar y repartir
con todos. Y siendo atlante
de tanto peso, advertid
si es bien que busque a quien pueda
ayudármele a sufrir.
Con este intento os llamé,
con esta ocasión venís
a Jerusalén los dos;
porque los dos conseguís
en mi amor y mi privanza
más lugar y honor que mil
reyes que son mis vasallos.
Y así, os quiero advertir
que, para empezar el templo,
me faltan de prevenir
dos provincias solamente.
Con más atención oíd.
El Líbano, excelso monte
en cuya verde cerviz
descansa el cielo los ejes
dese pabellón turquí,
población es donde tiene
sus imperios el abril;
porque sus árboles son
en el ameno jardín
lechos de la primavera;
pues cuando empieza a reír
el alba y llorar la aurora,
sus flores a medio abrir
son las copas en quien bebe
el sol maná del cenit.
Deste, pues, sagrado olimpo
habemos de conducir
leños a Jerusalén;
y tú, Candaces, has de ir
a talarle y a cortar
de las palmas de Efraín
los troncos, sin que te quede
por traer una raíz.
Tú, Hirán, sabe que al oriente,
donde de rosa y jazmín
coronado nace el sol
en su cuna de zafir,
hay una parte que llaman
India Oriental, hasta aquí
no descubierta de nadie,
sí, conocida de mí.
Aquí, pues, has de llegar
y de mi parte decir
a Nicaula de Sabá,
que es su docta emperatriz,
que si mi amistad desea
y solicita de mí
valerse, para mi templo
en estoraque y menjuí,
cinamomo y calambuco,
quiera dar y remitir
cuantos árboles y peñas
tiene su adusto país;
para que pueda labrar
con fábrica tan feliz
templo, altar, casa y sagrario
–a la ley de Sinaí,
a la vara de la sierpe
y al maná de Rafidín–
del arca del Testamento,
del sagrado Adonaís, d
el inmenso Sabaot,
del gran Jehová, que decir
quiere que es dios de los dioses,
por deidad, principio y fin.
Candaces
La respuesta, señor, sea
obedecer y servir.
Iré al Líbano y verás
cuán dignamente de mí
fías cuidado eminente.
A Sión ha de venir
en fragmentos, tan cabal
que se pueda presumir
que, en vez de traerlo yo,
él se ha venido hasta aquí.
Vase.
Hirán
Donde el decir es hacer,
viene de más el decir.
No digo que iré a Sabá,
ni que informaré de ti
a su reina; sólo digo
que yo te voy a servir,
que es el premio que deseo.
Vase.
Salomón
En paz, ¡oh reyes!, partid
juntos los dos; que no sé
qué grave espíritu en mí
dice que habéis de traerme
el tesoro más feliz
que tenga Jerusalén
–si en troncos puede venir–
y la riqueza mayor
que hoy está por descubrir
en la India; porque yo
espero gloria sin fin
del Líbano y de Sabá;
y no es mucho, pues que oí
que a la gran Jerusalén
la mayor le ha de venir
por una mujer y un árbol
de la casa de David.
Vanse.
Sale Libio, negro, oyendo lo que se canta.
Música
La sibila soberana
de la gran India Oriental,
la emperatriz de Etiopía
y la reina de Sabá,
inspirada de un fervor
que la asiste celestial,
se ha retirado a saber
secretos que revelar.
Libio
Misteriosa es la canción.
Acercarme quiero más
a informarme. Dime, amigo.
Libio detiene a Mandinga.
Mandinga
¿Yo amigo? ¿De cuándo acá,
si entre el branco ni entre el neglo
nunca hay segura amistad?
Libio
Dime.
Mandinga
¿Qué quiele que diga?
Libio
¿Dónde de esa suerte vas?
Mandinga
A esa monta.
Libio
¿A qué efecto?
Mandinga
A efétulu de buscal
nuesa Reina.
Libio
¿Vuestra Reina?
Mandinga
Sí.
Libio
Pues decid, ¿qué hace allá?
Mandinga
Sá allí retilala.
Libio
¿A qué?
Mandinga
Quiere irse.
Muy pleguntasica sá.
Libio
Detente.
Mandinga
No sá posible,
que la música se va
y turos mis gurgunillos
hasen mucha farta allá.
Vase.
Libio
Villano al fin. El lenguage
rústico claro lo da
a entender, porque los nobles
hablan más cortado y más
político.
Sale Irífile, negra.
Irífile
(¿Donde, amor,
guías mis pasos? Si ya
eres dueño de la vida,
¿qué más pretendes? ¿Qué más?
Dejé la música y vuelvo
a aquesta parte a buscar
a Libio, que aquí le vi.
¡Oh, qué fácil es de hallar
en quien despreciada vive
un desaire o un pesar!)
Libio
Dígasme, Irífile bella,
que por este monte vas
a penetrar las entrañas
de su centro, ¿qué deidad
vive en él? ¿Qué oculto dios
sacrificio, ara y altar
admite en rústico templo
que así buscándole vas?
Que después que en Sabá vivo
cautivo, con haber ya
dos lustros del sol, no vi
esta admiración jamás.
Irífile
Gran Libio, rey de Palmira,
a cuya felicidad
debió el tiempo más trofeos
que cuenta desdichas ya,
escúchame atentamente;
que aunque del cetro real
y la corona depuesto
hoy en nuestro reino estás,
eres rey a quien respeto,
porque, al fin, la majestad
por sí sola admiración
tiene y no por el lugar.
Ese ejército festivo
que, ceñido de arrayán,
de palma y laurel, al monte
hoy se conduce al compás
de sonoros instrumentos
–cuya música turbar
puede el aire, herir el cielo
y pasmar el sol–, sabrás
que a su reina va buscando;
que como la gran Sabá,
emperatriz del Oriente,
reina única y singular
de los imperios del sol,
es una adusta deidad,
que con espíritu ardiente
de dios merece alcanzar
de sibila y profetisa
nombre altivo y inmortal,
cuando el divino fervor,
que la inflama y que la da
aliento, en su pecho vive
es un ardiente volcán;
y furiosa, del poblado
huye y a la soledad
se retira, donde escribe
versos en que anuncios da
de los arcanos secretos
de un dios; que aunque dicen que hay
tantos de barro y madera,
de oro, de plata y metal,
ella sólo uno concede
y niega los de demás
en oprobio y menosprecio
de Moloc y de Baal.
Deste, pues, dios uno, suele
en varios bosquejos dar
mil noticias, escribiendo
ya en las arenas del mar
con el dedo, ya en los troncos,
siendo la pluma un puñal
y el papel esas cortezas
heridas tal vez; y tal,
verdes hojas de laurel
que esparce al viento a volar
con caracteres escritos,
siendo en su velocidad
aves con alma y sin vida.
Agora preguntarás:
“¿Por qué escribe y habla así,
pudiendo escribir y hablar
descubiertamente?” Y es
porque el rato que le da
el furor y la ilumina
una llama celestial,
divinos misterios ve
y entonces quiere observar
sus secretos; porque, luego
que pasa aquella deidad,
de cuanto vio y alcanzó
no vuelve a acordarse más
y queda como asombrada.
Mas, pues pudiste llegar
a tiempo de ver lo que hoy
nos revela, como allá
llegues conmigo, no dudes
que altos secretos oirás.
Libio
Admirado me has tenido,
oyendo la novedad
de que me informas. Iré
contigo hasta examinar
las entrañas deste monte,
cuya opaca amenidad
los imperios de la luz
niega al sol, pues no le da
licencia para que un rayo
pueda ver ni registrar
los senos adonde oculta,
avara de su beldad,
tesoros la primavera
en jazmín, rosa y azahar.
Vanse.
Salen Casimira, Irene, Mandinga y Músicos.
Irífile
No pases de aquí, pues ves
que todos se paran ya.
Casimira
Cesen los instrumentos
de dar admiraciones a los vientos;
y las sonoras voces,
que al sol llegaron dulces y veloces,
suspendan su alegría
y suceda el silencio a la armonía.
Música
Ninguna planta errante
malogre hermosa flor de aquí adelante;
pues ya de aquí miramos
entre las verdes hojas de los ramos
la cueva donde yace
el etíope sol que al mundo nace.
Irene
Aquí, pues, esperemos
los divinos misterios que sabremos.
Libio
Admirado me tiene
la grande fe con que a buscarla viene
su gente a esta espesura.
Irífile
Cuando veas en ella una locura
tan cuerda y tan divina
que su mismo furor la desatina,
te admirarás de nuevo.
Irene
Mandinga, con la música me elevo.
Mandinga
Mucho en salir se talda.
¿No echa de vel la gente que la agualda?
Pero, ¡ay diosa!, ¿qué es esto? No lo cleo.
¡Voto al sol!, ¿qué es aquélla que allí veo?
Sale Sabá con unas hojas en la mano.
Irífile
¿Ves de la suerte que sale ya afuera?
Libio
Mi vista considera
otro mayor espanto.
Casimira
Tanto la priva, la enajena tanto
el fervor que la inspira
que ni oye, ni ve, ni habla, ni mira.
Irene
Suelto el cabello tiene;
que, aunque etíope adusta, como tiene
tal cuidado con ello,
es un rayo del sol cada cabello.
Mal compuesto el vestido,
sin atención, sin alma y sin sentido,
con ardiente despecho
parece que se quiere abrir el pecho
porque en él no le cabe
el corazón.
Músico 2
¡Qué admiración tan grave!
Sabá
Espíritu divino
de un dios que adoro solo, aunque dios trino;
cuyo grave misterio
los cortesanos dicen de su imperio
cuando en sonoro canto
una vez dios le aclaman y tres santo;
dando a entender en estos
versos un solo dios y tres supuestos.
Tú que mi pecho inflamas
con dulce fuego de amorosas llamas,
a cuya mansa herida
el fénix soy, dilátame la vida;
que solamente quiero
–hasta adorar el celestial madero
del árbol soberano–
ramo de paz, cuando el linaje humano
agonice abrasado, anhele ciego
en diluvio fatal de sangre y fuego.
Oíd, oíd, mortales,
que sé de la salud de vuestros males.
Estas hojas que el viento
mueve sutil y desvanece atento,
misterios comprehenden
que se dejan mirar y no se entienden.
Estudiad, pues, en ellas;
que letras son del cielo las estrellas
y del viento las hojas.
Aliviadas veréis vuestras congojas,
borrados hallaréis vuestros delitos,
si entendéis sus caracteres escritos
en aquese cuaderno,
corónica inmortal de un dios eterno.
Esparce las hojas, llegan a cogerlas y ella se desmaya.
Libio
Desmayada ha quedado.
Irene
¿Quién vio al sol entre sombras eclipsado?
Casimira
Una estatua es de yelo.
Mandinga
De azabache dirás.
Sabá
¡Válgame el cielo!
¿Adónde estoy? ¿Qué miro?
Libio
Segunda vez con ocasión me admiro.
Sabá
¿Yo aquí, tan descompuesto
el cabello y las ropas? Pues ¿qué es esto?
¿Quién aquí me ha traído?
Libio
Vuelve a la luz primera tu sentido,
que cuantos aquí estamos
los rayos de tus sombras adoramos.
Sabá
Huiré de que me vean
desta suerte. Los troncos sólo sean
testigos fieles hoy de mi fatiga;
que aun de mi sombra huyera,
si diferencia en mí y mi sombra hubiera.
Vase.
Libio
¡Oye, espera!
Irífile
¡Detente,
no la sigas! No ofendas neciamente
su precepto sagrado;
y pues solos sin ella hemos quedado,
las hojas que cogimos repitamos
porque en ellas leamos
lo que su voz enseña.
Casimira
Ésta, virtud contiene no pequeña.
Libio
¿Cómo dice?, que ya saberlo espero.
Casimira
Lee.
“Y cuando el parasismo vea postrero...”
Irífile
Problema no entendida.
Músico 1
Lee.
“Con dulce fruta en su sazón cogida...”
Libio
Tampoco ésa se entiende.
Más felice aquí habla a mis cuidados.
Lee.
“Los dichosos serán los señalados...”
Músico 2
Yo leer mi verso quiero.
Lee.
“Un celestial, un singular madero...”
Nada hasta aquí se entiende.
Irene
El mío, ni se alcanza ni comprende,
en quien leo confusa y advertida...
Lee.
“Porque uno muerte dé y otro dé vida...”
Mandinga
Yo tambien quielo agola
mi velso leel; pero leeyo ignola
Mandinga y así piro
que lo lea por mí el más entendiro.
Irene
Yo leértele quiero.
Lee.
“Antídoto ha de ser de aquel primero...”
Irífile
Éste amenaza alguna gran caída.
Lee.
“La fábrica del orbe desasida...”
Casimira
Y déste quedaréis más admirados.
Lee.
“Y con él a jüicio seáis llamados...”
Libio
Nada hemos entendido.
Sabá
dentro
Etíopes confusos que el sentido
ignoráis de esos versos soberanos,
a voces repetid los ecos vanos.
Mandinga
Si ha de sel, estodial mi velso quielo;
antíroto ha de sel de aquel plimelo.
Libio
Vaya a una voz; pues pueden de esos modos,
no entendiéndose uno, leerse todos.
Música 2
“Un singular, un celestial madero...”
Músico 1
“...con dulce fruta en su sazón cogida...”
Mandinga
“...antídoto ha de ser de aquel primero,...”
Irene
“...porque uno muerte dé y otro dé vida;...”
Casimira
“... y cuando el parasismo vea postrero...”
Irene
“...la fábrica del orbe desasida...”
Casimira
“...con él a juicio universal llamados...”
Libio
“...los dichosos serán los señalados.”
Irene
Alto sentido encierra.
Libio
Paz publica al principio y luego guerra
a todo el universo.
Casimira
Misterio da el enigma, verso a verso,
anunciando un madero.
Mandinga
“Antíroto ha de sel de aquel plimelo”.
No he de olvidar razón yo tan divina,
aunque tome desde hoy la anacaldina.
Irene
“Leño ha de ser divino”.
Libio
Si un árbol ha de ser tan peregrino,
¿quién duda que esta tierra le tiene,
pues encierra
esos verdes trofeos
en los troncos y árboles sabeos?
Casimira
Bien es que le busquemos,
pues en Sabá sin duda le tenemos,
entre tan bellos ramos.
Libio
Vamos, pues, a buscalle, etíopes.
Todos
Vamos.
Suena un clarín y espántanse.
Libio
Mas, ¡ay, cielos!, ¿qué voz es la que suena,
que ni es ave del viento ni es sirena
del mar?
Irene
Pierdo el sentido.
Casimira
Su música otra vez no hemos oído.
Irene
Con sonoros acentos
vuelve a llenar de admiración los vientos.
¡Qué eco tan ligero!
Mandinga
Antiroto ha de ser de aquel plimero.
Sale en lo alto Sabá.
Sabá
Moradores de Sabá,
primera cuna del sol,
donde su hermoso arrebol
recibe la luz que da
a otros hombres cuando va
su dorado rosicler
a ser hoy el que era ayer
–pues si en ondas de zafir
nace allá para morir
muere aquí para nacer–:
huid la playa arenosa
que ocupáis, dejad la orilla
del mar, que una maravilla
estupenda y prodigiosa
os viene a ver. Yo, furiosa
con la mansa pesadumbre
de mi espíritu, la cumbre
toqué de ese monte, que
verde salamandra fue
sustentándose de lumbre.
Sobre su cima eminente,
hoy la estatura del monte
no dilató el horizonte
a los campos de occidente;
y como tan claramente
agua y tierra presidía,
por ver qué descubriría,
vi en anchos campos del mar
el monstruo más singular
que vio el grande autor del día.
Ni es pez, ni es bruto, ni es ave,
siendo ave, bruto y pez;
porque en sus señas tal vez
uno y otro nombre cabe:
cuando nada altivo y grave
por el reino de la espuma
es pez de grandeza suma;
cuando en diáfanas salas
vuela batiendo las alas
es un pájaro de pluma;
cuando brama, cuyo acento
causa admiración y espanto,
es bruto; y así, entre tanto
que discurre el pensamiento,
a su gran prodigio atento
no sé que nombre le dé;
porque solamente sé,
si no es pez, bruto, ni ave,
que sin duda alguna nave
de estranjeros reinos fue.
Sale Hirán.
Hirán
Ya estamos en tierra. Agora
cada cual tome su senda
y examine las noticias
destos mares y estas sierras.
Sabá
Hombre, aborto de la espuma
–que esa marítima bestia
sorbió sin duda en el mar
para escupirte en la tierra–,
no des más paso; porque
cada paso, más te acerca
a morir; y vas pisando
en las tostadas arenas
de esos montes las cenizas
de tu vida, cuando en ellas
cadáver midas el suelo
herido de la violencia
de una flecha en forma de áspid
o áspid en forma de flecha.
Hirán
Deidad destos altos montes,
en quien la naturaleza
con estudio hizo un borrón
porque examine y advierta
que hay estudio en el acaso
y en el descuido belleza:
si eres la sombra del sol,
que en el oriente la deja
por no llevar sombra cuando
luces pisa y rayos huella;
si eres la diosa a quien dan
estos montes y estas selvas
estatuas de ébano y jaspe
porque en la tez se parezca;
si eres tú misma, en efeto
–porque no habrá más que seas,
siendo tú misma, tú misma–,
no desdigas, no desmientas
las vislumbres de divina
con rigor y con soberbia;
que emplear tirana en quien
humilde tus plantas besa
las puntas de esos arpones
será malograr sus fuerzas,
pues no les da qué vencer
quien no les quita que venzan.
De paz navego estos mares,
espejos en quien contempla
el sol su hermosura cuando
medio dormido despierta.
De paz estos montes piso,
pirámides que sustentan
en sus espaldas los rumbos
de una esfera y otra esfera.
Y así, nobles y piadosos,
decidme qué parte es ésta
de la India y dónde caen
por estos mares y tierras
las provincias de Sabá;
que voy buscando a su reina,
en vez de darla temores
para rendirla obediencias.
Mandinga
Turo aqueso sá embeleco.
Mira, siola, no le cleas;
que la gente branca sá
mentirosa. Para eya,
esturunémule turo,
haya grita, fisca e festa.
Sabá
Ignorante peregrino,
que vienes de lejas tierras
donde noticia del sol
aun habrás tenido apenas,
puesto que no la has tenido
de esa emperatriz –pues de ella
la fama informa primero
cuando generosa vuela
desde un polo al otro polo
llena de ojos y de lenguas–,
porque tan grave ignorancia
otra vez no te suceda,
quiero de Sabá informarte.
Escucha, porque lo sepas.
En los desiertos del Asia,
primera cuna y primera
estación del sol, adonde
la luz su fatiga empieza,
yace una fértil provincia
a quien engastan y cercan
dos mares; que menos fosos
a los muros de sus peñas
no bastaran, si no es
que contemplándose en ellas
son espejos de cristal
a mil narcisos de yerba.
Tan joven la luz del día
está aquí y con tanta fuerza
hiere que en los moradores
abrasa el color y quema;
de suerte que, adustos todos,
cuando al sol están no aciertan
cuál es la sombra o el cuerpo,
que es todo una cosa mesma.
Deste, pues, lunar del orbe,
si bien lunar con belleza;
desta, pues, mancha con arte
es emperatriz y reina
Sabá; que aunque no es su nombre
sino Nicaula Maqueda,
por sus imperios así
la suelen llamar; y ella
lo permite, porque tanto
de sus imperios se precia.
No te quiero numerar
su majestad y grandeza,
su poder y su valor,
aunque decirte pudiera
que son sus montes de oro,
puesto que en ellos se engendra
tanto –oye– que si tal vez
alguna mina revienta
de plata, dicen que ha sido
un aborto de la tierra
y, como mal parto suyo,
ni le nombran ni le cuentan.
¿Qué leño no es una aroma?
¿Qué copa no es una hoguera?
¿Qué peña no es un brasero,
holocausto destas selvas?
¿Ves todo ese monte? ¿Ves
toda esa verde eminencia
embarazo de los vientos
y de los rayos ofensa?
Pues es una ara no más,
en cuya llama sabea
salamandra el sol se abrasa,
fénix el sol se renueva;
pues aquí, en dulces olores,
las alas doradas quema,
haciéndose cada día
el natal y las exequias;
y así, cenizas del sol,
árboles, plantas y yerbas,
sangre, bálsamos y gomas,
sepulcro, montes y peñas,
todo olores le tributa,
todo le rinde riquezas.
A Libio, rey de Palmira,
venció en batalla sangrienta;
y, desposeído ya,
preso le tiene en su tierra.
Y con ser tal el poder
de Sabá, tal la grandeza,
no son éstas las mayores;
porque las mayores que ella
tiene son la majestad
de su ingenio, de sus ciencias;
libro con alma y con voz
es, que doctamente enseña
lo más oculto que el tiempo
o dificulta o reserva.
Mira si quien esto sabe,
mira si quien esto reina,
podrá ofenderse de que
tú lo ignores y no sepas
que es poderosa, que es sabia,
que es generosa, que es bella;
y que lo preguntes cuando
estás hablando con ella;
y que ella mesma te haya
de decir que es ella mesma.
Hirán
Saberse tu nombre antes
que tu persona se sepa,
anticipando la fama,
es lisonja y no es ofensa;
mas si te ofendes de mí
como sabia y como reina
y como hermosa, no hagas
hoy de una culpa tres quejas,
pues a la de hermosa sólo
no te sabré dar respuesta;
porque en cuanto a rica y sabia
no me admiro, que está hecha
el alma a tratar y ver
más majestad y más ciencia.
Sabá
¿En quien?
Hirán
En Salomón, rey
de cuanto el Éufrates riega
hasta Filistín y cuanto
desde Egipto señorea
el Nilo hasta la otra parte
de Éufrates. Cuantos en estas
provincias los reyes son,
vasallos suyos se cuentan.
Es señor de Palestina,
de Samaria y de Idumea,
Caldea y las dos Arabias,
Félix Desierta y Petrea.
De las Indias del Ofir
tres flotas al año llegan,
cargadas de plata y oro,
metales, joyas y telas.
Tanto que, en Jerusalén,
hoy que hacer un templo intenta,
para la fábrica hermosa
están las calles cubiertas
de materiales; de suerte
que se ve más plata en ellas
que piedras, con haber tantas
que de sola una pudiera,
si se abollara, labrar
una casa toda entera
sin que estuviera ajustada,
sino todo de una pieza.
Cincuenta y seis mil caballos
de su servicio sustenta;
y gasta al año en su casa
cuatro millones de hanegas
de trigo.
Mandinga
¡Válgame dioso!
¡Y quién aquí las tuviela!
Hirán
Y dejando aparte cuanto
es majestad y grandeza,
tiene las ciencias de cuantos
sabios ha habido en la tierra
y ha de haber; porque ninguno
de cuantos nazcan y mueran,
supo más ni sabrá más.
Sabá
Estrañas cosas me cuentas;
y de escucharte, admirada
te prometo que me dejas.
Mandinga
Y plegunto yo, siola:
¿qué harás cuando no lo clea
esto yo?
Sabá
Haré castigarte
por incrédulo; que es fuerza
que aquí me diga verdad
y todo cuanto refiera
hoy se ha de creer por fe.
Mandinga
Digui yo que so una bestia;
y si habrare más, la boca
al colodrillo me vuelva.
Hirán
De parte deste gran rey,
te vengo a pedir audiencia;
que ya te he dicho, señora,
que un templo labrar intenta
adonde viva su dios;
y su fábrica desea
ilustrar con dones tuyos.
Mi embajada, al fin, es ésta.
Pero más despacio quiero
que en tu palacio lo sepas;
que es rústico todo un monte
para que informarte quiera
en él de tantos sucesos.
Sabá
Mi vida también espera
informarse más despacio
de las cosas que me cuentas.
Vente a palacio; y contigo,
capitán, tus gentes vengan,
que quiero hospedarlas todas.
Y cree que si deseas
llevar dones de Sabá
para enriquecer tu tierra,
que creo que has de llevarle
el mayor que se halla en ella,
que es a mí; porque he de ver
si es verdad que tu rey sea
el más rico y el más sabio
de los reyes de la Tierra;
pues lo será, si es que a mí
me vence en poder y en ciencias,
que soy Sibila de Oriente
que soy del Ocaso reina.

Segunda Jornada

Salen Irífile, Casimira, Irene, Libio y demás indios; y luego Sabá y Hirán.
Hirán
Ese monte coronado
de verdes copas, en quien
hoy tantas gentes se ven,
es el Líbano sagrado.
Cuarenta mil hombres son
los que a talarle han venido,
de quien general ha sido
Candaces; y con razón,
porque su cuidado es
de quien tal acción se fía.
Por el mar, desde aquí envía
la palma, el cedro y ciprés
a Jerusalén; y así
puebla de árboles el mar,
que se deja imaginar
que se ha arrancado de aquí
el monte cuando a ver llega
que su sagrado horizonte
discurre a cargas el monte
y a pedazos le navega.
En su falda descansar
puedes en tanto, señora,
que las sombras hacen hora
de volver a caminar;
que ha sido largo el viaje
y no dudo que vendrás cansada.
Sabá
Pues que me das
verde y florido hospedaje,
en la falda lisonjera
descansaré deste prado,
donde pienso que ha fundado
su corte la primavera,
según las flores que veo.
Hirán
Pues que ya tan cerca estás
de Jerusalén, verás
allá cumplido el deseo;
porque admiración tan grave
como darán sus despojos,
cabe, señora, en los ojos
y en el concepto no cabe.
Ya prevenida tu entrada
en Jerusalén está
y yo he de llegar allá
primero con tu embajada.
Sabá
Dejadme sola, que aquí
esperar quiero que el sol
temple su ardiente arrebol.
Libio
Aquí hay un árbol, señora,
que al sol los rayos defiende;
cuya hermosura suspende,
cuya beldad enamora.
Hirán
Derecho el tronco e igual
hasta rematarse, sube
a ser de una verde nube
gigante piramidal.
Libio
En fin, en sus resplandores
él muestra bien que por ley
de naturaleza es rey
de las plantas y las flores.
Irífile
Y que su Autor soberano,
por favor particular,
le quiso hacer y labrar
todo de su propia mano,
como quien dice: “Yo fui
quien hizo por varios modos
los árboles para todos
y éste solo para mí”.
Mandinga
En sus froliras alfomblas,
descansal podlás; pues son
calo, lecho y pabellón,
rosas, álboles y somblas.
Sabá
Aquí, pues, descansaré.
Todos de aquí os retirad
y alguna cosa cantad.
A Mandinga.
Tú no te vayas porque
si algo se ofreciere, puedas
avisar.
Échase debajo del árbol y vanse todos.
Mandinga
Aquí saré.
Turo se va. Yo he queraro
solo.
Sabá
¿Mandinga?
Mandinga
¿Siola?
Sabá
Diles que canten.
Mandinga
Ya agola
lo turumento han templaro.
Cantan y ella se duerme.
Músico 1
Un singular, un celestial madero...
Músico 2
…con dulce fruta en su sazón cogida...
Mandinga
…antídoto ha de ser de aquél primero...
Irene
…porque uno muerte dé y otro dé vida.
Casimira
Y cuando el parasismo vea postrero...
Irene
…la fábrica del orbe desasida...
Casimira
…con él a juicio universal llamados...
Libio
…los dichosos serán los señalados.
Mandinga
Parece que sa dulmiro
al son del esturumento
y el sol, el agua y el viento
no se atleven a hasel ruiro
por no dispeltaya. Yo
también la quielo dejal,
que sa pecaro peltal
a quien de gana ha dulmiró.
Vase y dicen dentro.
Uno
dentro
¡No le sigas más!
Dos
dentro
Al viento,
disforme monstruo, te igualas:
no corres, vuelas sin alas.
Sale Joab, con barba larga.
Joab
Flaco y cansado me siento;
mas, ¿qué mucho, si los daños
que dan espantos y asombros
huyendo llevo en mis hombros
y el peso de tantos años?
En tu vientre, ¡oh peña dura!,
vivo a sepultarme voy;
que es bien, pues cadáver soy,
que busque mi sepultura.
Va a entrar por una cueva y despierta Sabá.
Sabá
(¿Qué ruido es éste? ¡Ay de mí!
¿Qué monstruo tan torpe y feo
es el que presente veo?)
Joab
(No puedo pasar de aquí.
¡Qué estraña mujer!)
Sabá
¡Detén,
oh fiera, el paso veloz!
Y si no puede mi voz
pararte, pueda el desdén
deste arpón; porque presumas
que a él mis temores apelan,
pues todos con plumas vuelan
y tú pararás con plumas.
Joab
Mujer prodigiosa –tanto
que, al contemplar tus despojos,
los oídos y los ojos
horror padecen y espanto;
y en tan grave confusión,
por saber dentro en mí luchan
si a lo que miran o escuchan
le deben la admiración–,
no soy fiera. Aunque me ves
con tantas señas de fiera,
hombre soy; y ser quisiera
vil trofeo de tus pies
antes que de esos arpones,
a no importarme ir huyendo
de quien me viene siguiendo.
Si palabras o si acciones
de un hombre que es desdichado
tu pecho han enternecido,
paso a esta cueva te pido
adonde vivo enterrado.
Sabá
Pierde, hombre o fiera, el temor.
Nadie te sigue y aquí,
aunque te sigan, en mí
tienes amparo y favor;
que soy Sabá, emperatriz
de los montes del Oriente.
Joab
Aunque tu beldad lo intente,
no harás mi vida feliz.
Sabá
No temas, pues te asegura
mi respeto y mi piedad.
Joab
No valdrá la inmunidad
de tu divina hermosura
a un delincuente que hoy
vive a muerte condenado.
Sabá
¿Quién eres?
Joab
Un desdichado,
con que te he dicho quién soy;
pero, pues treguas nos da
la gente que me seguía
y amparas la falta mía,
escucha.
Sabá
Atenta estoy ya.
Joab
Hermosa mujer, en quien
la naturaleza puso
competencias generosas
de lo blanco y de lo adusto,
yo soy Joab infelice,
a cuyo valor, a cuyo
esfuerzo, las cuatro partes
de la fábrica del mundo
temblaron; aunque ya sólo
soy un cadáver caduco,
que al soplo menos ligero
de cualquier viento me turbo.
Capitán fui general
de los ejércitos sumos
de David. Digan el Tigris,
el Éufrates y el Danubio
si en sus hermosas riberas,
que son de esmeraldas rumbos,
tuvieron hartos laureles
para coronar mis triunfos.
Pero contemos desdichas,
que están más puestas en uso:
el introducir tragedias
por los actos del disgusto.
Cuando Absalón, hijo hermoso
de David, bello trasunto
de Adonis, pues fue su sangre
de su hermosura dibujo,
a un tiempo vasallo y hijo
inobediente y perjuro,
contra su padre y su rey
en armadas huestes puso
el imperio –siendo entonces
a tanto escándalo injusto
los montes de Gelboé
testigos sordos y mudos–,
con su rey y con su campo
salí a estorbar el orgullo
del ejército, que osado
la batalla nos dispuso
a la hora que ya el sol
entre reflejos confusos
iba, declinando rayos,
a ser huésped de Neptuno.
Frente a frente los dos campos
se vieron en el noturno
silencio, si ya no fue
que el sol se vistió de luto.
Hizo, al alba, de embestir
señal un metal robusto
–que es voz y aliento de Marte–
cuando los dos campos juntos
–repitiendo los acentos
y los grabados escudos–
eran un Etna de fuego,
eran un volcán de humo.
Tan sangrienta y tan crüel
fue la lid que el valle estuvo
hecho de púrpura humana
un pavimento cerúleo.
Declarose la vitoria;
decirte por quién rehúso,
porque parece injusticia
del cielo; y en sus influjos,
cuando injusto nos parece,
es justiciero y no injusto.
La gente, pues, de David,
rota y deshecha, se expuso
a la fuga; y el rey mismo,
de sus afectos desnudo,
a espaldas vueltas volvía
contra su valor augusto.
Mas Semeí, joven valiente
que el calabozo profundo
de esa bóveda conmigo
habita, ciego y sañudo
de ver a su rey huyendo,
dijo a voces: “¡Del Dios sumo
de Israel maldito sea
rey que a padecer nos trujo!”.
Oyolo David y dijo:
“Aunque de tu boca escucho
mi maldición, Semeí, hoy
no has de pensar que procuro
mi venganza. Mientras viva
yo, tú vivirás seguro”.
Y volviendo a la batalla,
tanto esfuerzo en ella puso
que barajó a la fortuna
la suerte; y vitoria tuvo.
¿Viste exhalación deshecha
correr por azules rumbos,
que deja un rastro de fuego
por donde corre? Presumo
que esto Absalón parecía
desamparando a los suyos,
cuando veo –¡oh qué prodigio!–
que de los cabellos rubios
pendiente a una encina queda,
siendo en su desdicha a un punto
la misma encina y cabello
el suplicio y el verdugo.
De no matarle llevaba
orden yo, pero ¿quién tuvo
freno para la impaciencia
y rienda para el impulso?
La acción que, violenta ya,
parada en el aire estuvo,
a pesar de mis afectos,
sin saber cómo, ejecuto;
y pasándole la espalda
hasta el pecho el hierro agudo,
siendo en la región del aire
toda la esfera un sepulcro,
fue una admiración del cielo
y espectáculo del mundo.
Los campos de Gelboé
maldijo, cuando lo supo,
David; por cuya ocasión,
siempre secos, siempre mustios,
ni llora el alba rocío,
ni congela dulces frutos
de las flores del abril,
ni las espigas de julio.
En mí quisiera vengarse;
mas como siempre me tuvo
tan grandes obligaciones,
nunca a hacerlo se dispuso.
Vivido he, pero muriendo;
y en el testamento suyo
deja mandado que muera
por tan riguroso insulto.
Huyendo de Salomón
la justicia, no procuro
mi perdón, por saber cierto
que es juez sabio, que es rey justo;
y conmigo lo será
más, pues un tiempo que hubo
bandos entre él y Adonías,
su hermano, sobre el augusto
laurel que ciñó, ayudé
de Adonías los discursos.
Por todo, pues, vivo aquí e
n un calabozo oscuro
con Semeí, que es aquel
de la maldición; y juntos
los dos, por guardar las vidas
de las manos de un verdugo,
lo somos nosotros mesmos,
viviendo como unos brutos.
De yerbas nos sustentamos;
y éstas cogemos a hurto
de la gente que este monte
saquea de troncos, cuyo
número excede a sus hojas.
Si pudo mi voz, si pudo
obligarte mi desdicha,
lo más que de ti procuro
es que con Candaces puedas
–rey de Egipto– que, entre muchos
árboles que van cautivos
hoy a Jerusalén, uno
reserves, que es este árbol,
porque su tronco caduco
es prodigioso entre cuantos
el tiempo vistió de lustros.
Tradición es verdadera
de los moradores rudos
del Líbano que este tronco
de Hebrón a sus montes trujo
Jafet, hijo de Noé;
que fue el que en herencia tuvo
esta parte cuando él
partió entre los hijos suyos
la tierra la vez segunda
que volvió a nacer el mundo.
Sabá
Es tu historia prodigiosa;
admiración me ha debido.
Y supuesto que he venido
donde, sabia y poderosa,
en pena tan rigurosa
pueda valerte, lo haré.
Joab
Jamás piedad esperé.
Sabá
Venid juntos, tú y tu amigo,
a Jerusalén conmigo;
que yo al rey le pediré
vuestras vidas la primera
cosa que se llegue a hablar;
que siento vuestro pesar
como si mi pena fuera.
Joab
¡Semeí!
Sale Semeí, vestido de pieles.
Semeí
¿Qué es lo que me quieres?
Joab
Darte de un suceso parte.
Semeí
Desde aquí pude escucharte;
y así, informarme no esperes.
Y me ha pesado de que eres
ciego y desagradecido
a tu bien. ¿Por qué no has sido
alfombra a esos pies primero?
Joab
Porque yo, Semeí, no espero
el perdón que me ha ofrecido e
sa mujer. Si yo a muerte
estoy condenado ya,
¿quién a romper bastará
lazo tan duro y tan fuerte?
Semeí
Que podrá romperlo, advierte,
una reina soberana,
tan divina como humana,
que en el Oriente nació,
hija del sol.
Joab
Nunca yo
en esperanza tan vana
mi vida aseguraré.
Semeí
¿No la asegura un madero?
Joab
Ya tampoco en él espero;
pues que ha de cortarle sé
la gente que aquí se ve.
Sabá
Pues no esté desesperado
hombre a muerte condenado
por decreto de un rey fuerte.
Si heredero de tu muerte
vives pobre y desdichado,
vida por mí has de tener; p
orque digan que ha rompido
el decreto establecido
un árbol y una mujer.
Y mujer, cuyo poder
es de virtudes crisol,
cuyo divino arrebol
es hermoso y refulgente,
porque es reina del Oriente,
provincia hermosa del sol.
Semeí
La vida espero por ti,
hermosa Sabá.
Joab
Yo no.
Semeí
¿Quién del bien desesperó?
Joab
Quien nació como nací,
no espere vivir.
Semeí
Yo sí.
Joab
Eres loco.
Semeí
Tú, obstinado.
Sabá
Dios inmenso, dios sagrado
que aquí mi espíritu enciendes,
¿qué gran misterio pretendes
revelar a mi cuidado?
Entre dos hombres que a muerte
están condenados ya,
un madero hermoso está
que luces y rayos vierte.
¿Qué duda tan grave y fuerte
de aquí se puede inferir?
Uno espera que vivir
puede; y otro desespera
de la vida. ¡Quién pudiera
los secretos descubrir
que me dicta el corazón!
Pero no puedo, no puedo;
que muerta y vencida quedo
a manos de mi pasión.
¿Qué soberana visión
en vislumbres considero
otra vez de que un madero
común remedio sería
del universo y pedía
al cielo que lisonjero
me le diese a conocer?
¡Quién el secreto pudiese
penetrar! ¡Oh, quién supiese
cómo ha de venirse a ver
nuestro remedio y placer!
Mas aunque el camino ignoro,
como a sagrado te adoro:
árbol de Dios debes ser.
Salen Candaces y gente.
Candaces
Por esta parte que el mar
es espejo transparente
del Líbano y que sus flores
narcisos se desvanecen,
id cortando. Mas ¿qué miro?
El paso, pueblo, suspende
a ver un caso admirable
que a nuestros ojos se ofrece.
En lo intrincado del monte,
en una parte eminente,
está un árbol y a sus lados
dos hombres, que más parecen
dos fieras; y una mujer
a sus pies lágrimas vierte.
Hebreo
Con poca causa te admiras.
¿Qué prodigio hallas presente?
¿Una mujer y dos hombres
te turban y te suspenden?
Ella sin duda será
vecina de aqueste albergue
donde árboles adoran,
porque dicen que aquí tienen
un árbol que Jericó
les dejó a sus descendientes.
Los hombres en ese traje
será que, como mil gentes
en el Líbano trabajan
y de tantas partes vienen,
del modo, quizá, de alguna
que se visten de esa suerte
habrán venido.
Candaces
Bien dices;
a talar el monte vuelve.
Empieza por aquel árbol,
que su copa y tronco debe
ser preferido entre cuantos
a la fábrica excelente
del templo navegan.
Hebreo
Voy
a cortarle.
Hirán
Gente viene.
Semeí
No temas, pues con la reina
estamos.
Sabá
Hebreo, detente;
no pongas la mano, no,
en el árbol que presente
miras, que es árbol sagrado.
¡No le toques, no le llegues!
Maldito serás de Dios,
si a profanarle te atreves;
porque en ofender sus hojas
hoy a todo el cielo ofendes.
Y si al golpe que levantas
su tronco divino hieres,
sangre verterán sus poros
que te manche y ensangriente;
cuya mancha no saldrá
de todos tus descendientes.
Candaces
Mujer que en traje y color,
en palabras y obras, eres
prodigiosa, ¿qué amenazas
son éstas que nos previenes?
Si es sagrado este madero,
¿adónde estar mejor puede
que en la casa del Señor?
Pues por eso mismo debe
cortarse y llevarse al templo.
Corta, pues; su tronco hiere.
Hebreo
¿Cómo, si es árbol divino,
al golpe no se defiende?
Dale golpes y suenan truenos.
Candaces
¿Qué es esto? El blanco rocío
que en sus bellas hojas tiene
se vuelve en sangre.
Sabá
Y sus ramas
caen rojas, siendo verdes.
Candaces
Al Hebreo.
Hoy el cielo sobre ti
diluvios de sangre llueve.
¡No le cortes, no le cortes!
Hebreo
¿De qué te afliges? ¿Qué temes?
Algún pájaro, que herido
de agudo arpón hizo albergue
desta copa, ensangrentó
sus hojas; y agora, al verse
sacudido, las despide.
Que brame el viento, que tiemble
la tierra no son efetos
de un árbol, puesto que tiene
causas la naturaleza
que esos efetos engendren.
Deja, señor, que le corte.
Candaces
Yo no he de mandar que llegues
a ofenderle, ni a cortarle.
Córtale tú, si quisieres,
hebreo.
Hebreo
¿Cómo, gentil
que en el Nilo adorar sueles
los cocodrilos por dioses,
gitano que tantos tienes,
piensas que es dios este árbol?
Yo le cortaré.
Candaces
Árbol fuerte,
los golpes son del hebreo;
no del gentil. Él te ofende.
Cae el árbol y vuelven los truenos.
Sabá
¿No le ves que, con el alma
vegetativa que tiene,
al amago ha parecido
que se encoge y se estremece?
Candaces
La tierra, al considerar
que hijo tan hermoso pierde,
quiere, abortando prodigios,
abrir su preñado vientre.
Hebreo
Ya su tronco mide el suelo.
Sabá
Y al inclinar su alta frente,
delirios el mundo sueña,
eclipses el sol padece.
Candaces
Árbol que la vida y alma
sangre llora y penas siente,
¿qué árbol es?
Hebreo
¿No ves que es palma?
Semeí
¿Que tanto el temor te ciegue
que llames palma a un ciprés?
Joab
¿Aquéste es ciprés? Tú eres
el ciego, pues al que es cedro
llamas ciprés.
Hebreo
¿Cedro es éste?
Joab
¿Pues no es cedro?
Mira aquí si esto es cedro.
Candaces
Razón tienes.
Hebreo
No es posible que no sea
esto palma. Agora advierte
si es palma en aquesta parte.
Candaces
Palma es.
Joab
Se le parece;
pero mira si es ciprés.
Candaces
Ciprés es. Tres nombres tiene
de por sí; mas todos juntos
es un ramo solamente.
Sabá
Hasta en eso hay más misterios.
El cedro, que es árbol fuerte,
es como el Padre divino
que engendra perpetuamente.
La palma, que dice amor,
pues sin el amor no crece,
mirando a su semejante
es el Espíritu ardiente
que enciende de amor los pechos.
El ciprés, que dice muerte,
como el Hijo es, pues él solo
de las tres personas muere.
Y así ciprés, cedro y palma
declara, explica y contiene
en Padre, Espíritu y Hijo
unidad, amor y muerte.
Candaces
Funesto enigma del día,
tus razones no se entienden.
Hebreo
Como es oscura la casa,
así el alma, que es su huesped,
tienes oscura también.
Candaces
Sin duda, mágica eres,
que habitas en estos montes;
y así, digo que nos dejes.
Alzad aqueste madero,
que yo es bien que le lleve
a Salomón por prodigio;
que también la tierra tiene
árboles monstruos que dan
a una forma tres especies.
Vanse, llevando el árbol; y sale Salomón.
Salomón
Desde esta parte, donde
a la fábrica hermosa corresponde
el supremo palacio,
alcázar de David, quiero despacio
considerar agora
la beldad que a los cielos enamora,
que los vientos suspende
y a sólo el sol con presunción ofende,
porque tantos reflejos
se levantan a soles desde lejos
y hay cuestión y porfía
sobre a cuál de los dos se debe el día.
Jerusalén sagrada,
ciudad de Dios en Asia fabricada,
tres montes te sustentan
que, atlantes de su cielo, nunca alientan;
porque su gran fatiga
a gemir mudamente les obliga
y a respirar tan quedo
que los ecos son voces de su miedo.
De aquestos, pues, tres montes
que dividen al cielo en horizontes,
Moria, Sión, Calvario,
hice elección y le juré de erario,
archivo de su gloria,
a la cumbre feliz del monte Moria;
porque dice en hebreo
Moria, especulación; y así, bien creo
que el templo comenzado
sobre especulación esté fundado
con soberano indicio,
pues la oración, el ruego, el sacrificio
siempre dan por efetos
especular de Dios altos secretos.
Bien conforme la planta,
del mismo Dios, la fábrica levanta
la frente y es coluna
de la cóncava esfera de la luna;
las piedras, ajustadas
vienen desde los montes y labradas
las vigas; de manera
que, aunque errar el artífice quisiera,
no pudiera con arte,
que ninguna viniera en otra parte
sino sólo en aquélla
para donde su artífice la sella.
Y así andan, entre propios y estranjeros,
en ella hasta ochocientos mil obreros.
Su concordancia es mucha,
pues una voz ni un golpe no se escucha.
Sale Hirán.
Hirán
Dame a besar tus plantas,
si mi humildad merece dichas tantas.
Salomón
Hirán, dame los brazos,
dignos sujetos de tan nobles lazos.
¿Cómo en Sabá te ha ido?
Que aunque cartas y avisos he tenido,
no será acción impropia
saber a boca nuevas de Etiopia.
Hirán
Llegué a Sabá, señor, donde admirada
Nicaula, de Sabá reina sagrada
–que competencias debe
al alba, a la azucena y a la nieve–,
de escuchar tus grandezas,
el honor de tus ciencias y riquezas,
quiso venir a verte y, peregrina,
cortó del mar la esfera cristalina.
Dones que presentarte
trae y enigmas que ha de preguntarte;
que en ciencia y poder quiere
examinar si a tu deidad prefiere,
porque es la negra estrella
tan poderosa y sabia como bella.
Y aquesta tarde llega
donde la luz de tanto sol la ciega.
Salomón
Ya sabido lo tengo
y grandes triunfos a su honor prevengo.
Sale Candaces.
Candaces
Ya el Líbano, ciudad de hermosas flores,
vulgo de plantas, plebe de colores,
talé con varias gentes;
mas, entre tantos troncos diferentes
que vienen, te encarezco
uno; y éste en mi nombre te le ofrezco,
porque es árbol con alma
de un cedro, de un ciprés y de una palma.
No le vio semejante
el sol desde ese trono de diamante;
no le vio en sus entrañas
la tierra igual; sus hojas son estrañas,
estraña su grandeza,
estraña su beldad y su belleza.
Al desasir los lazos,
que en sus raíces con caducos brazos
tenía dados la tierra,
ella y el viento nos hicieron guerra,
aumentando portentos
al despedirse dél los elementos.
Salomón
Los dos me habéis traído
las dos cosas que más he agradecido.
En un jardín aparte
se ponga con estudio, ciencia y arte
sólo ese árbol, donde yo lo vea,
porque hermosura de mi templo sea;
y Sabá aquesta tarde
llegue a mi trono.
Hirán
Fuerza es que no aguarde,
pues ya los instrumentos
–que de apacible horror llenan los vientos–
y el rumor nos avisa
que la adusta sibila y profetisa
del reino del Oriente
llega a palacio.
Salomón
Generosamente
mi pueblo la reciba,...
Todos
¡La gran sibila del Oriente
viva!
Salomón
…que es bien que honre a quien tiene
tanto valor que a visitarme viene
desde la India; y quiero,
mientras que yo en mi altivo trono espero,
que los dos en mi nombre
la recibáis para que más se asombre
de que por solas leyes
emprenden estos triunfos tales reyes.
Hirán
A obedecerte vamos.
Candaces
Muy justamente admiraciones damos
a mujer tan altiva.
Todos
¡La gran sibila del Oriente viva!
Vanse.
Van entrando los que pudieren, negros, Sabá en el carro, Joab y Semeí. Llegan los reyes al carro, hincan la rodilla y descúbrese el trono de Salomón.
Hirán
Ya Salomón te espera,
planeta siendo de tan alta esfera.
Música
Morena soy, pero hermosa,
hijas de Jerusalén;
morena soy, pero hermosa.
Bien podéis venirme a ver.
Sabá
Príncipe soberano
del gran pueblo escogido
de Dios, que en ti ha excedido
las obras de su mano,
pues eres peregrino
un casi humano dios, hombre divino...
Salomón
Deidad alta y suprema
de la zona abrasada,
donde, de luz bañada,
el sol las alas quema
y los rayos envía,
hermosa noche, emperatriz del día...
Sabá
…tú que, de Dios amado,
eres tesoro vivo,
de su poder archivo,
de sus ciencias dechado,
digno de que te nombres
el más rico y más sabio de los hombres...
Salomón
…tú, que el concepto oscuro
de Dios cifrar te atreves
cuando el aliento bebes
del espíritu puro,
voz que de Dios avisa,
sibila hermosa, negra profetisa...
Sabá
…¡salve! y, puesta a tus plantas,
eterna vida tengas.
Salomón
…¡salve! y felice vengas
a ensalzar dichas tantas
donde yo te reciba.
¡Viva Sabá!, decid.
Sabá
¡Salomón viva!
Baja Salomón y ella se apea del carro.
Salomón
A tantos rayos, ciego
dignamente he quedado.
Mas ¿qué mucho, si osado
mares surco de fuego?
Que aunque negra, eres bella
y ya toda la noche es una estrella
Sabá
La sombra con el día
no ha de hacer competencia:
haga tu luz ausencia
a mi tiniebla fría;
que al mirarte me asombras,
hecho duelo de luces y de sombras.
(¡Qué notable grandeza!)
Salomón
(¡Qué divina hermosura!)
Sabá
(¡Qué majestad tan pura!)
Salomón
(¡Qué singular belleza!)
Sabá
(Absorta, a cada paso
grandezas miro.)
Salomón
(A su sol yo me abraso.)
Sabá
A tus soberanas plantas,
a tu sagrado dosel,
gran Salomón, hijo heroico
del profeta, sabio rey,
a tu solio sin segundo
llega una humilde mujer
que en la India del Oriente,
que mancha del mundo es,
nació sabia, reina, rica
y nació hermosa; si bien,
la cólera allí del sol
la pudo turbar la tez.
Llamada de las noticias
de tu ciencia y tu poder,
vine a verte y a escucharte,
digno precio a tanta fe.
Si he hallado gracia en tus ojos,
halle piedades también;
pues hoy es día, señor,
de hacer a todos merced.
Prometí que pediría
cuando te llegase a ver
las vidas de dos que hoy,
por un decreto crüel,
a muerte están sentenciados,
que son Joab y Semeí.
Si a visitarte no más,
sabio y poderoso rey,
tantas tierras discurrí,
tantos mares navegué,
a entender da que eres sabio
perdonando injurias; pues
saber saber perdonar,
dice tu Dios que es saber.
Salomón
Sabá, justicia y piedad
en igual línea se ven;
que son virtudes las dos
que no pueden exceder
una de otra, como efetos
participados de quien
ni puede ser más ni menos
y siempre vive en un ser.
Sabio es el rey que castiga
y poderoso es el rey
que venga agravios de Dios,
ministro de su poder,
sin que deje la justicia
ofendida por hacer
lisonjas a la piedad,
si su virtud también lo es.
Pero para que lo admires
todo junto, escúchame:
ni he de hacer lo que me pides,
ni lo he dejar de hacer;
ni tengo de ser piadoso,
ni justiciero he de ser.
Uno doy a la justicia
y otro a la piedad, porque
ninguna virtud en mí
pueda quejarse después.
Escoge el que ha de vivir;
y mira que escojas bien,
porque aun en eso, Sabá,
sinrazones no he de hacer.
Sabá
Para haber de juzgar yo,
informarme he menester más despacio.
Salomón
Pues los dos
estén presos. Y también
no es ésta ocasión de juicios.
Prosigue el triunfo, que en él
quiero acompañarte yo;
y vea Jerusalén
dos planetas en un carro,
dos reyes en un dosel,
dos soles en una esfera,
dos triunfos en un laurel.

Tercera Jornada

Salen Irífile, Irene, Casimira y criados.
Irífile
Notables grandezas son
las del rey de los hebreos.
Casimira
Dignamente las celebra
la fama.
Irífile
No en vano fueron
las noticias a Sabá
de sus celebrados hechos.
Irene
Y no en vano nuestra reina
vino a verle.
Casimira
Ya te entiendo
la malicia.
Irene
Tú te engañas
si presumes que es mi intento
más que hablar de los aplausos
de su poder y su ingenio.
Casimira
¿Y no te acuerdas de amor?
Irífile
Ni me olvido ni me acuerdo;
mas si por él lo entendiste,
poco importa cuando vemos
tan manifiestas las causas
hacer juicios los afectos.
Irene
En fin, ¿se rindió al amor
un rey tan docto y supremo?
Irífile
Un rey tan supremo y docto
se rindió, Irene, por serlo;
porque no puede ninguno
amar sin entendimiento.
Casimira
Grandes las fiestas han sido
que Jerusalén ha hecho.
Irífile
Y no ha sido la menor
la de hoy, porque en aquestos
jardines la ha festejado
con músicas y con versos.
Casimira
Y para sobrecomida,
quedan los dos arguyendo;
y él responde a cuantas dudas
nuestra emperatriz le ha puesto.
Sale Mandinga.
Mandinga
¡Vive dioso, que una enima
he estulialo y que tenemo
de cogel este Salmón
que es tan sabiento con ello;
pues no haleralla en el chiste
pol más que sepa!
Irene
¿Qué es eso,
Mandinga?
Mandinga
Acá que no es nara.
Hoy quien más sabe velemo.
Salen Sabá, Salomón y Hirán.
Salomón
En la hermosa primavera
destos jardines amenos
que hacen verdes pabellones
de las palmas y los cedros
podrás, hermosa Sabá,
sombra del mayor lucero,
con tus etíopes sabios
proseguir con argumentos.
Sabá
Generoso dueño mío
–para mis ojos más bello
que este monte que es columna
dórica del firmamento;
más agradable a mi vista
que esos árboles compuestos
de fruta y flor; más süave
que las luces y bosquejos
de sus sombras en la siesta
que hiere el sol más severo–,
aunque de tus ciencias ya
bastante experiencia tengo,
por divertirte no más
hacer academia quiero
este jardín, noble envidia
de los pensiles sabeos.
Diviértante, pues, mis damas.
Cada cual vaya poniendo
una duda y tú responde.
Mandinga
Damas rixo; pues yo empiezo
y plopongo aquesta enima.
Esteme suencer atento
a lo enima que plopongo.
Irene
¡Aparta, loco!
Mandinga
No quielo;
que a mí, ¿quién me quita sel
dama hoy, pues lo palecemos
turus? Que mueltas las luces,
turus los gatos son neglos.
Irene
¿Podrá el monarca mayor
con poder o con ingenio
criar, señor, una rosa?
Salomón
No, que el clavel más pequeño
del pincel de Dios es rasgo;
y no hay poder en el suelo
que criar una flor pueda,
porque este nombre supremo
de criar es de Criador,
no de criatura.
Irene
Yo puedo
haber una flor crïado.
Sabá
No es posible.
Irene
Yo lo pruebo.
¿Qué es más la flor más hermosa
que una burla, engaño y juego
que hace la naturaleza
a los ojos? Pues es cierto
que no tiene más beldad,
más vida, ni más aliento
que aquella que le dispensa
la mano, el aire o el fuego,
como pavesa del prado.
Luego si hacer eso puedo
–una flor que engañe al sol,
al hombre, al agua y al viento–,
diré que una flor crïe.
Hable mejor el efecto.
Unas de este cuadro son
mi estudio y otras del tiempo.
Di: ¿cuál es cierta o fingida?
Salomón
Tú, con natural aseo,
podrás haberla imitado;
no podrás haberla hecho.
Sabá
También la naturaleza
se imita y por flor tenemos
la que se parece a otra.
Di: ¿cuál es cierta?
Salomón
No puedo
distinguirlas desde aquí.
Sabá
Luego ya una mano ha hecho
lo que la naturaleza,
si a ti te engaña.
Salomón
Eso niego;
que el ver no le toca al sabio,
pues un rústico grosero
pudiera ver más que yo
y distinguirlas más presto.
Lo que a los sabios les toca
es examinar secretos
naturales. Yo diré,
¡oh Sabá!, por el primero,
cuál es verdadera y cuál
fingida; y así, te ruego
lo dejes así; que yo
te daré respuesta presto.
Vaya otra pregunta.
Mandinga
Vaya;
y si la acielta es discleto.
Soble un álbol que no es álbol
estaba un pájalo puesto
que no es pájalo y cantó.
Irífile
¡Oh, qué enfadoso te has hecho!
Salomón
Aguárdate un poco, Irene.
Aquella rosa que veo
entre un clavel y un jacinto
es rosa fingida.
Irene
Es cierto.
Sabá
¿En qué lo viste?
Salomón
En que andaba
una abeja haciendo cercos
sobre ella y nunca llegó
a picarla. De aquí infiero
que es flor fingida, pues no es
de gusto ni de provecho.
Sabá
No quiero cansarte más
con ignorancias, supuesto
que es ignorancia mi estudio
comparado con tu ingenio.
Sólo para que me admire,
verte hacer un juicio quiero.
Tú me dijiste, señor,
que yo de aquesos dos presos
escogiese, como sabia,
con atención y con seso,
el que había de vivir.
Helos escuchado y quedo
dudosa de sus razones;
y a tu tribunal los vuelvo
para ver el que tú eliges.
Decid que lleguen; y dellos
te informa y juzga su causa.
Mas, ¿qué es lo que miro? ¡Cielos!
En las flores se ha quedado
Salomón durmiendo al tiempo
que de justicia le hablo.
No es mucho, si su desvelo
hasta la aurora le tiene
a mis umbrales cubierto
de la escarcha del rocío
–blancas lágrimas del cielo–
que en este jardín se duerma;
y así, en tanto que al sueño
se rinde, venid conmigo
y una guirnalda le haremos
de las flores del Setim,
de las hojas de los cedros
y cogollos de las palmas,
que corone los cabellos
en quien blanco aljófar vierte
el alba. Soplad más quedo
y no hagáis ruido, airecillos,
que está mi vida durmiendo.
Vanse. Suenan destempladas cajas. Aparécese una mujer vestida de luto, con una espada de fuego.
Visión
¡Salomón!
Salomón
¿Quién me nombra,
que suspende su voz, su vista asombra
y en una nube oscura,
de mi vida funesta sepultura,
admira su semblante?
Visión
¿Quién tan sabio se ve tan ignorante?
Porque el mayor agravio
de la ciencia es errar el hombre sabio.
Teme, teme el castigo,
si estranjeras mujeres
de otra ley, de otro dios, amas; y quieres
que esgrima la cuchilla
que relámpagos luce y rayos brilla;
y que esguace el segundo
diluvio que ha de sepultar el mundo.
Salomón
Justo y divino cielo,
a tu piedad, a tu piedad apelo
de la ignorancia mía,
con ser el rey de la sabiduría.
Detén la ardiente espada
contra mi flaco ser desenvainada, q
ue es abismo de fuego
que me deslumbra y que me deja ciego.
¡Ay, mísero infelice!
Cuando el brazo de Dios advierte y dice
que tema su castigo,
¿dónde seguro iré, si voy conmigo
yo mismo a despeñarme?
Nada sabré, si yo no sé salvarme.
Vase.
Salen Eliud, Candaces y Hirán.
Hirán
Esto manda Salomón.
Eliud
Pues ¿cómo tan brevemente
se ha de fabricar la puente
sobre el arroyo Cedrón?
Candaces
Como no ha de ser labrada
de piedra y jaspe inmortal,
ni en colunas de metal;
sino sólo fabricada
para el paso necesario
del concurso popular;
y en que el rey pueda pasar
del monte Moria al Calvario.
No es menester más cuidado
que atravesar dos maderos,
los que halláredes primeros
de tantos como han sobrado
de la fábrica del templo;
que son, con caduco indicio,
antes ruina que edificio,
puesto que en ellos contemplo
que los dejan sin servir.
Hirán
Y esto con brevedad sea,
porque esta tarde desea
con la sabia negra ir
a los jardines que tiene
en el Calvario labrados,
donde a sus dulces cuidados
mayor aplauso previene.
Y quiere allí hacer alarde
de su mucha majestad.
Eliud
Si con tanta brevedad
se ha de labrar que esta tarde
pasar por ella pretende,
sólo un madero será;
y éste cubierto estará
de rosas.
Hirán
Mira que ofende
la dilación al deseo.
Eliud
Aqueste tronco ha de ser
el que aquí se ha de poner.
Saca un hebreo un tronco.
Candaces
No vendrá bien, porque creo
deste tronco que ha nacido
para mayor ocasión.
Dos mil artífices son
los que ponerle han querido
en la fábrica y ninguno
le ha podido aprovechar;
y no ha tenido lugar,
en todo el templo, oportuno
para sí, porque tal vez
viene grande, tal pequeño;
y al fin, de su estrella dueño,
de sus misterios jüez,
a la fábrica ha sobrado,
perdiendo la estimación
que le dio la admiración
con que fue, hebreo, cortado
del Líbano.
Hebreo
Así es verdad;
mas para servir aquí,
¿cómo ha de escusarse, si
no ha menester igualdad
ni correspondencia?
Hirán
Sea
el tronco que es eminente
desde una a otra parte puente
del Cedrón; y en él se vea,
pisada de todos, rama
que no se quiso asentar
en más dichoso lugar.
Pónenle sobre dos peñas.
Candaces
Bien la dicha o la desdicha
con que vive o con que nace
uno se ve aquí; pues hace
tal desprecio de la dicha
un madero, cuando pudo
nacer para estar cubierto
de oro y plata; y triste y yerto,
pisado, humilde y desnudo
se ha de ver y atropellado
de una planta y otra planta.
Hirán
Y en su lugar se levanta
otro quizá destinado
para puente, que éstas son
maravillas que Dios hace.
Candaces
Todo con su estrella nace,
todo con su inclinación.
¿Qué sabéis si más ufano
en esa humildad está,
sirviendo de puente ya,
que en el templo soberano
siendo columna inmortal?
Que creo que no estuviera
mejor, cuando cima fuera
de ese templo celestial.
Hirán
¿Hasta un tronco, hasta un madero
nace con su estrella?
Candaces
Sí.
Eliud
La música suena allí.
Ya llega, cubrirle quiero;
y ya que es camino, en fin,
camino apacible sea
y matizado se vea
de clavel, rosa y jazmín.
Candaces
Gracias a Dios que sirvió
y vino a una parte bien
ramo que a Jerusalén
tan de mala gana dio
el Líbano.
Hirán
Árbol tan vario
que ignoran su corazón,
sirva de puente al Cedrón,
que es el paso del Calvario.
Salen Sabá, Salomón, Joab y Semeí.
Sabá
¿Tanto, señor, un sueño te divierte?
Quien tanto sabe ¿ignorará que el sueño,
aunque es pálida imagen de la muerte, n
o es de la vida ni del alma dueño?
Que es sombra, mira; que es fantasma, advierte.
Fácil es su poder; su horror, pequeño.
Vuelve a mirarme, cesen tus enojos.
Salomón
Dices bien. No hay pesar al ver tus ojos.
Sabá
¿Músicas no te alegran, ni cantares,
aunque tan dulces son los que has compuesto
a mis amores hoy? Pues tus pesares
no se divierten, gran señor, con eso,
hoy quiero que una duda me declares;
así divertirás tu mal, supuesto
que no hay cantar más dulce y más suave
que hablar en ciencias al que ciencias sabe.
Semeí y Joab muriendo viven;
y por instantes uno y otro esperan
vida y muerte; a tus pies hoy se aperciben;
pues uno ha de vivir, los dos no mueran.
Juzga su causa, que con llanto escriben;
que yo no sé qué meritos prefieran,
ni qué culpa, señor, pues considero
la razón en aquél que habló postrero.
Joab
Yo, señor, fui general
de David, con tantas glorias
que, en jaspe, en bronce y metal,
hoy me deben las historias
eterna fama inmortal.
En las guerras de Absalón
yo le serví y ayudé;
y cuando de su escuadrón
Absalón huyendo fue,
le seguí con intención;
que, ceñido de laurel,
seguí a Absalón y fïel
quise hacer lo que ordenó
tu padre, pues me encargó q
ue le mirase por él.
Vile del tronco pendiente
–un racional bruto hecho–
y, de santo celo ardiente m
ovido, le pasé el pecho
desesperado y valiente.
El error fue de una acción,
el impulso fue del cielo,
la culpa de la ocasión:
mira si merece el celo
tener nombre de traición.
Semeí
Yo en la pena que me aflige,
sin razón, sin dios, sin ley,
confieso que un error dije
y que blasfemo maldije
injustamente a mi rey;
pero si llega a alegar
por disculpa de su error
Joab en tanto pesar
el ser una acción, señor,
tan fácil de ejecutar,
tanto más lo viene a ser
una voz –que fue mi mengua–
cuanto es más fácil mover
que todo un brazo la lengua
y es el decir que el hacer.
Sabá
Si yo tengo de escoger,
Joab vida ha de tener;
que en él la razón consiste.
Salomón
¡Oh, qué mal, Sabá, escogiste!
Semeí solo ha de vencer;
porque siendo claramente
uno aleve y otro infïel,
sacrílego e imprudente,
Joab ha sido más crüel
y homicida inobediente.
El uno al rey ofendió;
y otro, un hijo le mató;
y quiero que el mundo vea
que cuando David desea
que vengue sus culpas yo,
hago lo que hiciera él;
pues si él agora viviera,
una maldición crüel,
de quien él la parte era,
perdonara justo y fiel,
pero un homicidio no,
que es causa de Dios; y así,
haciendo lo mismo yo
que él hiciera, pues aquí
en su lugar me dejó,
quiero mostrar en los dos
lo que más al cielo cuadre.
Vivid vos y morid vos,
que el agravio de mi padre
perdono, mas no el de Dios.
Llévanse a Joab y a Semeí.
Sabá
¡Oh, joven venturoso!,
grande don de los cielos mereciste,
tan sabio y poderoso.
¡Bendito el vientre sea en que anduviste,
los pechos que tocaste
y feliz el imperio en que reinaste!
Salomón
¿Qué estilo, di, qué modo
hay de salutación tan dulce y nueva
que tu valor en todo
el alma pasma, el corazón eleva?
Sabá
En tan confuso abismo,
quise en ti saludar a tu Dios mismo.
Salomón
Dame la hermosa mano,
Sabá divina; y del Cedrón, la puente
pasarás.
Sabá
Es en vano
que yo pisarla o profanarla intente
con atrevida planta.
Salomón
¿Qué tienes? ¿Qué te admira? ¿Qué te espanta?
Sube, Sabá. ¿Qué miras?
¿De quién huyes, te escondes y retiras?
Sabá
Miro la luz que me deslumbra ciega
de un volcán, que en humo y fuego anega
al sol, dando desmayos
con truenos, con relámpagos y rayos.
Salomón
Mi admiración es mucha.
Sabá
Pueblo de Dios, advierte, atiende, escucha;
que a mi docto desvelo
nada le encubre, ni le oculta el cielo.
Era la estación del sol,
primavera de los días,
floreciente edad del mundo:
era la estación florida.
Llamó Adán a Set, su hijo;
que de toda su familia
era Set, joven hermoso,
el hijo que más quería;
y díjole así: “Ya sabes,
Set, que han sido las fatigas
que causó la inobediencia
cosa forzosa y precisa.
No las quiero repetir;
mas sólo es bien que te diga
que, cuando fui desterrado
de la hermosa patria mía,
Dios me dijo: «Adán, Adán,
tus lágrimas me lastiman,
tus suspiros me enternecen
y me duelen tus desdichas.
Fuerza es salir desterrado;
mas porque contento vivas,
te ofrece el estar en gracia
la misericordia mía.»
Dios me la ofreció; y así,
viendo ya el fin de mis días,
cuando ya mi sepultura
el pie decrépito pisa,
quiero, obedeciendo a Dios,
desta merced ofrecida
hacerte mi embajador,
Set; y así, te determina
a seguir esa vereda;
por ella sola te guía.
Llegarás a las murallas
que con el cielo terminan,
cuyas piedras son topacios,
crisólitos y amatistas;
y al ángel que está a la puerta
di que tu padre te envía
por el óleo del Señor;
que a él basta que se lo digas”.
Despidiose Adán con esto
de Set, lleno de caricias;
y Set siguió su vereda
por mil campañas floridas.
Llegó, en fin, al paraíso;
cuya hermosura escondida
era una nube tan parda
que sólo ver permitía
un edificio divino,
por ser monumento y pira
de su esplendor una nube
pálida, funesta y fría.
Suspenso el joven estaba
hasta que, pendiente arriba,
vido al ángel blandeando
en su mano la cuchilla.
Pasmole el temor y dijo:
“Ángel, mi padre me envía
por el óleo de la justa
misericordia.” Admitida
la disculpa, dijo el ángel:
“Quiero, para que le digas
a tu padre que le has visto,
enseñártele por cifra.”
En las almenas miró
una visión esquisita
en un árbol, cuyas hojas
secas, tersas y marchitas,
desnudo el tronco dejaban;
que entre mil copas floridas
de los árboles, él solo,
sin pompa y sin bizarría,
era cadáver del prado;
y como todos vivían
con almas, él solamente,
sin alma vegetativa,
era un árbol esqueleto
con la armadura y sin vida.
Éste el ángel le enseñó
con el dedo y dijo: “Mira
el óleo de la piedad.
Aquél es, aunque está en cifra.”
Volvió a su padre con esto
Set; y Adán, que conocía
de la forma de aquel árbol
la maravillosa enigma,
le dijo así: “Set, yo muero.
Lo que mi amor determina
es que me des sepultura
en Hebrón. Y mira encima
de mi sepulcro que un árbol
nace, que esto significa
ver tú el árbol de la muerte
cuando el árbol de la vida
quieran piadosos los cielos
que nazca de mis cenizas.”
Espiró Adán y Set, viendo
tan a la letra cumplida
en la muerte de su padre
del ángel la profecía,
le dio sepulcro. Aquí es fuerza
que el discurso se divida
y que pase a otro suceso.
Corrió el tiempo y llegó el día
que el último parasismo
presumió que padecía
el mundo; y Noé anhelando
se vio entre las ondas rizas
del mar, que rompió las leyes
y prisiones que le había
puesto Dios; y colocado
sobre las más altas cimas
de los montes, dijo al cielo:
“Ya el mundo muere, ya espira.”
Pasó el diluvio y las aguas,
a su estancia recogidas,
dieron paso a la paloma
que trajo la verde oliva
del austro más riguroso
que el diciembre determina.
En el Líbano le puso
y, como cosa divina,
los siglos le veneraron
y los hombres le acreditan
por palma, cedro y ciprés,
porque no se determinan
si es ciprés, si es palma o cedro,
aunque todo parecía.
Llegó al Líbano Candaces
buscando maderas ricas
para la casa de Dios
y cortarle determina.
Trájole a Jerusalén
y la arquitectura misma
por inútil le dejó
entre estas selvas y ruinas
arrojado en un jardín,
de donde, para que sirva
de puente al Cedrón, le traen:
ocupación propia y digna
de su virtud y piedad;
y más al monte en que habita
la calavera de Adán,
pues Calvario se apellida.
¿Ves ese sagrado leño
que la ignorancia no estima
o que el descuido desprecia?
Es soberana reliquia;
es la sierpe de metal
que al pueblo defiende y libra;
y así, no admires que sobre
hoy a tu fábrica rica,
si para templo mejor
le guarda el cielo y destina;
pues ya parece que veo
que sobre su cuello estriba
otra fábrica más bella,
que ha de ser fábrica viva.
¿No veis un hermoso joven
que al sol los imperios quita
de la luz, cuya diadema
es de juncos y de espinas?
Largo el cabello que en ondas
peina el aura, por las rizas
guedejas caen deshojadas
las rosas y clavellinas
que las espinas hirieron;
desmelenada y partida
la crencha, al sol de sus ojos
es nube, si no cortina.
Pues este hombre, o este dios
que pende de esas dos líneas,
es hijo de Dios eterno,
es verdadero Mesías.
Aun de pronunciarlo agora,
parece que el sol se eclipsa,
que la luna se oscurece,
que las estrellas no brillan;
y, al fin, todo el universo
ya caduca, ya delira,
ya fallece, ya desmaya,
ya desvanece, ya espira,
previniendo las tragedias
de tan estupendo día.
Salomón
El espíritu de Dios
habla en ella. ¡Qué gran dicha!
Hirán
¡Qué prodigio!
Candaces
¡Qué portento!
Irífile
¡Qué asombro!
Casimira
¡Qué maravilla!
Salomón
Vara feliz, yo te adoro
por rara y por exquisita;
y en mis brazos desde aquí
te he de llevar este día
donde estés depositada
como riqueza escondida.
Sabá
Yo he de ayudar a llevar
su tronco, pues es mi dicha
tan gran bien; y no sea ésta
la postrera vez que asistan
a su triunfo tales reyes,
pues podrá ser que otro día
se hallen otro rey y reina
de oculta ley conocida
y le lleven en sus hombros,
donde respetado viva
con la misma adoración
que Dios, pues será latría.
Y con la invención primera
del que es árbol de la vida,
La sibila del Oriente
da fin; y humilde os suplica
el autor le perdonéis
sus faltas, que hay infinitas.
CC0 1.0
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Tracing Regularities in Pedro Calderón de la Barca's Dramatic OEuvre with a Computational Approach

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