Argenis Y Poliarco
Comedia Famosa
Personas que hablan en ella
- Meleandro, rey de Sicilia.
- Argenis, su hija.
- Timoclea, dama.
- Selenisa, dama.
- Poliarco.
- Arcombroto.
- Arsidas.
- Eristenes.
- Lidoro.
- Gelanor, su criado de Poliarco.
- Hianisbe, reina del África.
- Dos damas suyas.
- Timonides.
- Músicos.
Primera Jornada
Suene dentro un clarín y ruido de desembarcación y digan marineros y Arcombroto.
Dentro
Dé el esquife en la playa
y en él a tierra el africano vaya.
Arcombroto
Dejadme en ella solo,
que en esta selva consagrada a Apolo
quiero quedarme libre del ultraje
del viento.
Dentro
En paz te queda.
Arcombroto
¡Buen viaje!
Agora sale.
Salude el peregrino
que en salado cristal abrió camino
la tierra donde llega,
cuando inconstante y náufrago se niega
del mar a la inclemencia procelosa.
¡Salve y salve otra vez, madre piadosa!
En rendidos despojos
los labios te apelliden y los ojos.
Y tú, Sicilia bella,
a quien corona la mayor estrella,
por cabeza del mundo,
fénix de las ciudades sin segundo,
sin segundo y primero,
salve también y admite un forastero
a quien tu nombre llama
a conseguir honor, a ganar fama
en el trinacrio suelo.
Un africano soy...
Timoclea
Dentro.
¡Válgame el cielo!
Arcombroto
¿Qué voz tan triste ha sido
la que lengua y acción ha suspendido
con ecos lastimosos?
Timoclea
Dentro.
¡Dadme vuestro favor, cielos piadosos!
Arcombroto
Una mujer huyendo
sale del monte; socorrer pretendo
su valiente fatiga,
que una mujer con ser mujer obliga
al hombre más cobarde.
Tarde la sirvo y la socorro tarde
si alas no calzo.
Agora salga Timoclea.
Timoclea
Ampara, ¡oh, caballero!
–que el traje te acredita, aunque extranjero–,
ampara generoso
el pecho más bizarro y más brioso
del mundo, cuya vida
yace de tres contrarios combatida,
de tres prodigios fieros,
partos destas montañas, bandoleros,
que por tirana suerte
su vida compran con la ajena muerte.
Vuelve los ojos a esa parte y mira
cómo el gallardo joven los retira
y la vitoria de los tres pretende:
con tal maña los lidia y se defiende.
Arcombroto
Hermosa dama, sea
la respuesta servirte, por que vea
Sicilia mi valor el primer día
que a ella me consagró la estrella mía.
Vase.
Timoclea
Valiente el forastero
rayos esgrime en el templado acero.
Ya la sangre del uno el campo baña
y los dos desamparan la campaña
huyendo infamemente.
Digan dentro Eristenes y Lidoro y salgan luego huyendo con las espadas desnudas, y Poliarco y Arcombroto.
Lidoro
Huye, Eristenes, ya que en tan valiente
acción los dos tan infelices fuimos.
Eristenes
Vivo quedó; grande ocasión perdimos.
Vanse.
Poliarco
Esperad, no los sigáis;
dejadlos, pues van huyendo,
porque de tanto valor
es poca vitoria el miedo,
y dadme lugar en que,
agradecido al esfuerzo
de vuestra valiente mano,
saber merezca a quién debo
la vida; y en esta parte
perdonad no conoceros,
cuando pudiera informarme
de la fama.
Arcombroto
No os merezco
tan grandes favores, cuando
más que os obligo, os ofendo.
Agravio fue, no lisonja,
el llegar a socorreros
y ansí esperaba de vos
quejas, no agradecimientos,
por haber entrado a parte
en ese triunfo pequeño,
sobrando vuestro valor
a mayores vencimientos.
De que no me conozcáis
no me admiro; soy tan nuevo
en esta tierra que hoy
pisé el siciliano suelo.
El patrón de aquella nave
que a vista pasó, a mis ruegos
me arrojó en aquesta playa.
Lo que de mí decir puedo
es que soy un africano
que a ganar opinión vengo
llamado de mi valor,
cuyas voces, cuyo aliento
el corazón me arrebatan,
que ya no cabe en el pecho.
Las guerras que hoy a Sicilia
en tanto peligro han puesto
–que allá lo dijo la fama–
deseoso me trajeron
de ver si en la ajena patria
soy más dichoso, que el cielo
a ninguno favorece
en la propia. Llegué a tiempo
que esta dama me avisó
de vuestro peligro y, puesto
a vuestro lado, os serví,
compañero en vuestros riesgos.
Es Arcombroto mi nombre.
Esto sé de mí y, si puedo
saber de vos el estado
de las cosas deste reino
y quién sois, será favor
digno de un heroico pecho,
a cuyo servicio ya
la vida y el alma ofrezco.
Timoclea
Para urbana ceremonia
de amistad y cumplimientos
rústico palacio es
la soledad de un desierto;
en él, detrás desos montes,
una hermosa quinta tengo
donde podéis albergaros,
aunque es alcázar pequeño
a huéspedes tan ilustres.
Y pues ya el dorado Febo
en ondas de plata y nieve
baña los rubios cabellos,
dando licencia a la noche
que baje entre obscuros velos,
infundiendo a los mortales
miedo, espanto, horror y sueño,
y pues es fuerza admitirlos,
por ser de mujer mis ruegos,
no espero mejor respuesta
que deciros que os espero.
Váyase Timoclea y salga Gelanor, criado, en cuerpo.
Gelanor
¡Gracias a Dios que te hallé!
¿Dónde están los bandoleros?
Vamos apriesa a buscarlos,
que ya con cólera vengo,
que entonces no la tenía
y solamente por eso
les dejé que me llevaran
espada, capa y sombrero.
No tenéis que prevenir
armas, porque ya yo llevo
esta pistola, que acaso
se me quedó en los griguiescos,
con que podemos matarlos.
Poliarco
Pues ¿por qué, di, a mejor tiempo
no la sacaste y con ella
defendiste todo aquello
que te llevaron?
Gelanor
Porque
ese es, señor, un secreto
notable.
Poliarco
¿Mejor no fuera?
Gelanor
Sí fuera, pero no puedo
decirlo, porque el guardarla
entonces tuvo misterio.
Poliarco
¿Y qué fue?
Gelanor
Pues que ya es fuerza
decirlo, escúchame atento.
Como vi que me quitaban
cuanto llevaba, prevengo
el no sacar la pistola
entonces...
Poliarco
Pues ¿por qué efeto?
Gelanor
Por que no me la llevaran
también. ¡Mira si soy necio!
Poliarco
Eres cobarde.
Gelanor
Es verdad.
Arcombroto
Ya, pues, que los dos nos vemos
a vista dese palacio
que hospedaje ha de ser nuestro,
por el camino podéis
ir, señor, satisfaciendo
a las deudas en que os puse
cuando os conté mis sucesos.
Poliarco
De las cosas de Sicilia
muy poco informar os puedo,
porque también, como vos,
soy, Arcombroto, extranjero;
pero, en efeto, la curia
de la corte, en poco tiempo
que la asistí, me habrá dado
más noticia; estadme atento.
Yo, generoso africano,
soy un francés caballero
a quien destierran y arrojan
de su patria los sucesos
del amor y la fortuna.
Mirad si cualquiera destos
dos contrarios ha postrado,
ha sujetado y deshecho
tantos triunfos, majestades,
coronas, timbres y imperios
que en los teatros del mundo
fueron fábulas del tiempo,
cómo pudo resistirse,
acometido mi pecho
de dos violencias, dos golpes,
dos venganzas, aunque pienso
que el haberme acometido
los dos en mi vida han puesto
más seguras confianzas,
pues, a dos muertes sujeto,
muero pensando que vivo,
vivo pensando que muero.
Vine a Sicilia, no sé
si con el disignio vuestro,
pero sé que he conseguido
sus causas y sus efetos,
pues he mostrado en las lides
que se han ofrecido y hecho
hazañas que ellas pudieran
haberme dado... Mas dejo
al silencio mi alabanza,
si la merece el silencio,
y paso, ya que os he dado
noticia de mí, a sucesos
de Sicilia, y esto baste,
que aun no pensé decir esto.
Meleandro, de Sicilia
rey único, a quien el cielo,
más que de ánimo gallardo,
dotó de su entendimiento,
largo tiempo gobernó
entre el ocio y el sosiego
de la paz, sin que a la guerra
diese el militar gobierno,
por ser de ánimo apacible,
espíritu manso y quieto
y al fin inclinado más
que a la milicia al consejo,
cuya condición afable,
cuyo semblante modesto
en los ánimos altivos,
en los alterados pechos
de traidores, engendró
osados atrevimientos.
¡Oh, a cuántos reyes; oh, a cuántos
les hizo mal el ser buenos!,
que el temor sobre el amor
da estimación y respeto.
Lidogenes, pues, un hombre
que fue en su gracia el primero,
fue el primero en su desgracia,
pues, arrogante y soberbio,
mezclando pompas de Marte
entre regalos de Venus,
al sol se atrevió sin alas,
trepando torres de viento.
Arroyo fue que del mar
salió humilde y, adquiriendo
caudal y pompa, volvió,
no a darle tributo y feudo,
sino a presentar batalla
al mismo que fue su centro
y de quien él recibió
la majestad y el aumento.
Este, pues, desvanecido
con los favores supremos
del Rey, llegó a levantar
tan altos los pensamientos
que, enamorado de Argenis,
hija suya... Mas, ¡ay, cielo!,
¿cómo viviendo la nombro?
¿Cómo sin morir me acuerdo?
Argenis, Argenis digo,
en quien liberal el cielo
logró, a pesar de la envidia,
belleza y entendimiento.
En efeto, es un milagro;
es un asombro, en efeto,
de la gran naturaleza,
en cuyos rasgos se vieron,
con la discreción del alma
y la hermosura del cuerpo,
admirados los pinceles
del artífice supremo.
Este, pues, desesperado
de conseguir tanto empleo
por la paz, movió la guerra
y, convocando los pueblos,
cuya fe siempre dudosa
quiere sacudir el peso
de la lealtad, aspiró
a la corona y el cetro.
La primera vez que dio
escándalo tanto intento
fue una noche que, entregado
a las lisonjas del sueño,
Meleandro descansaba
por más gusto o más sosiego
en una quinta a quien hizo
cárcel voluntaria el cielo
de la voluntad de Argenis,
porque doctos agoreros,
que al oriente de su vida
juzgaron su nacimiento,
dijeron que su hermosura
sería asombro, espanto y miedo
del mundo, siendo discordia
de príncipes extranjeros.
Y, prevenido este daño,
el Rey, advertido y cuerdo,
en aquella fortaleza
que dije con sabio intento
la dio guarda de mujeres,
siendo inviolable precepto
que ningún hombre llegase
a profanar el silencio
de sus muros. Mas ¿qué importa
que el hombre vele si es cierto
que no bastan prevenciones
contra fatales decretos?
Allí retirado estaba
o logrando o discurriendo
los cuidados de la corte,
cuando en el mudo silencio
de la noche de improviso
los dos asaltados fueron.
Solo yo, que la asistía
mientras estaba durmiendo
él –cómo entré a lo vedado
del jardín y en lo encubierto
vivir me importa el callarlo
y no os importa el saberlo–,
en fin, solo yo atrevido
me concedí a tanto riesgo,
me opuse a tanto valor,
porque solo...
Dentro
¡Al fuego, al fuego!
Arcombroto
¡Válgame el cielo! ¿Qué voces
robaron y deshicieron
de entre tu labio y mi oído
la admiración y el acento?
Poliarco
Ya no solo lo que escucho,
sino también lo que veo
me admira. ¿No ves el campo
todo poblado de fuegos,
cuya vista nos declara
que no fue acaso su incendio,
porque con orden se van
unos a otros sucediendo?
Dentro
¡Al fuego, al fuego!
Salga Timoclea alborotada.
Timoclea
¡Ay de mí!
Poliarco
Pues,Timoclea, ¿qué es esto?
Timoclea
¡Ay, huéspedes! Grande daño
hay en Sicilia. De nuevo
alguna grande traición
sin duda se ha descubierto.
Esas llamas, de quien veis
todos los campos cubiertos,
esas voces que escucháis
lenguas son, lenguas de fuego
que dicen nuestras desdichas.
Si no es en notables riesgos
de crímines y delitos
contra el Rey, nunca se vieron
encendidos, porque ansí
se avisa a todos los puertos
que ninguna nave pueda
salir por entonces dellos.
Luego se nombra el traidor
y es tan grave, es tan severo
este rigor que ninguno
puede ampararle o es cierto
que, cómplice en su delito,
muere con él.
Poliarco
Pues ¿qué haremos
para saberlo?, que ya
el corazón en el pecho
no cabe sobresaltado;
un grave temor, un hielo
me cubre y he de saber
la causa destos extremos.
Timoclea
No vayas tú, Poliarco,
pues ya, el daño descubierto,
en vano te sobresalta
el temor; mejor acuerdo
es que vaya Gelanor
a la ciudad y, sabiendo
el daño, vuelva a avisarnos.
Gelanor
A mi pesar te obedezco.
Poliarco
Parte, Gelanor, y vuelve
a darme la vida presto,
pues tú solamente sabes
la confusión en que quedo.
Gelanor
El viento, si le comparas
conmigo, es corto elemento;
el pensamiento es pesado,
porque a todos los excedo
en la ligereza; en fin,
compararme a nadie puedo,
sino solamente...
Poliarco
¿A quién?
Gelanor
A mí, cuando voy huyendo.
Vase.
Poliarco
Yo, en tanto, por divertir
discursos y sentimientos,
Arcombroto, a la empezada
historia de Argenis vuelvo.
A este alcázar de mujeres
–aquí acabé y aquí empiezo
mayores admiraciones;
escucha, africano, atento–,
por una parte que el mar
combatía sus cimientos
arrojaron cautamente
las escalas y subieron.
Yo, que a sentencia de muerte
por hallarme allí encubierto
estaba ya condenado,
que a mí me buscaban pienso
y ansí recatado huyo
secretamente a lo espeso
de un montecillo sitiado
del mar, pero, cuando veo
que llegan hacia la torre
y con máquinas de hierro
rompen la puerta y la asaltan,
con mayor cólera vuelvo.
A tiempo llegué que ya
Meleandro estaba preso,
porque imagen de la muerte
lo fue dos veces el sueño.
Asombrada del horror,
temerosa del estruendo,
Argenis, medio dormida,
salió de su cuarto huyendo
y, como en el mar se ve,
Volcán de espumas, ardiendo
una nave y el soldado,
en peligros de agua y fuego
, por huir de uno da en otro,
ansí Argenis, pretendiendo
escapar de sus desdichas,
tropezó en ellas más presto,
pues se entregó a sus contrarios.
Yo, que en aquel punto llego,
osado al morir me arrojo
entre las armas y el fuego,
siempre cubierta la cara.
¡Oh, qué valiente, oh, qué diestro
es el que riñe, restado
a vender su vida a precio
de muchas, el que no riñe
por vivir! No te encarezco
lo que hice, pero basta
decir que solo mi esfuerzo
al Rey le dio libertad,
quietud a Argenis, recelo
de más armas al contrario,
pues se volvió al mar huyendo.
Yo, en mayores confusiones,
en mayores dudas puesto,
gozoso de la vitoria,
temeroso del decreto
rompido, ignoré si había
de conseguir descubierto
la gracia del Rey o irme,
temeroso a sus preceptos.
Pero entre una y otra pena
parto la duda y me atrevo
a decir mi nombre a Argenis
y callarlo al Rey; con esto
me ausento de su palacio
y de mi vida me ausento.
En fin, para no cansarte,
ya declarados los pechos
de la traición, el tirano
puso en armas todo el reino.
Árdese en guerras Sicilia,
en cuyos duros encuentros
partió Fortuna las suertes,
que también la guerra es juego.
En este estado el traidor
quiso venir a concierto
y, en oprobrio de sus armas,
Meleandro a concederlo,
Porque ¿se atreviera un hombre
particular a un imperio
soberano a no saber
que, cuando a su atrevimiento
llegue el castigo, ha de estar
puesta la piedad en medio?
Yo corrido, yo afrentado,
siquiera por haber puesto
en defensa de Sicilia
mis armas, no vengo en ello
y ansí de la corte salgo
–no sé si te diga huyendo–
hoy que sus embajadores
entran en ella y, viniendo
en servicio desta dama,
que lo es de Argenis, salieron
los bandoleros que vistes,
por que le deba a ese esfuerzo
la vida y a mi ventura
la ocasión de conoceros,
para que tengáis en mí
un amigo verdadero.
Salga Gelanor.
Gelanor
Nunca la desdicha fue
pensada ni prevenida
tanta como sucedida.
Poliarco
¿Qué es lo que dices?
Gelanor
No sé.
Contra ti ha sido, señor,
todo este fuego encendido;
contra ti la voz ha sido
que te publica traidor.
Un hombre me dijo el caso,
que la pena suele ser
bandolera del placer,
que le está esperando al paso.
Contome, pues, que hoy habías
muerto tú un embajador
de Lidogenes, señor,
y, como en público habías
resistido este concierto,
de tu gran valor disculpa,
todos creyeron tu culpa,
todos lo tienen por cierto,
diciendo que tú has quitado
la paz de Sicilia y puesto
en peligro manifiesto
el bien común del Estado
y en sospecha la palabra
del Rey, pues contra derecho
a un embajador se ha hecho
tal traición, y tanto labra
en el vulgo aqueste error,
que te buscan desta suerte
todos para darte muerte
como a público traidor.
Poliarco
¡Válgame el cielo! ¿Qué escucho?
¡Válgame el cielo! ¿Qué veo?
Siendo mi mal, no lo creo;
sin duda mi mal es mucho.
¿Cuándo yo rompí la fe
al Rey? ¿Cuándo fui traidor?
¿Cuándo yo al embajador
de Lidogenes maté?
Gelanor
Dicen que esta tarde aquí,
en esta selva de Apolo.
Poliarco
Yo en aquesta selva solo
muerte a un bandolero di
que con otros dos salió.
Mas, sin duda, ellos han sido
los que matarme han querido
esta tarde y, como yo
me defendí, han publicado
que matarlos pretendí.
Pero volverá por mí
la verdad; desesperado
iré al Rey y su rigor
se vengue, que en caso tal
más quiero morir leal,
¡cielos!, que vivir traidor.
Arcombroto
Poliarco, aguarda, deja
la cólera, que, aunque es mucha
la ocasión, atiende, escucha
a un hombre que te aconseja
sin pasión. Aunque no estés
culpado en esta traición,
la autoridad, la opinión
común en tu daño es.
Huir el primer furor
a un juez apasionado
fue siempre muy acertado,
y más a un rey, que en rigor
se querrá satisfacer.
Más la quietud importó
de todo un reino que no
una vida, y el poder
tal vez, siendo interesado
el bien de su reino entero,
con capa de justiciero
mata por razón de Estado.
Poliarco
Confieso que me aconsejas
mi bien, mas ¿qué solicitas,
si una confusión me quitas,
cuando con otra me dejas?
¿Qué he de hacer? ¿Dónde he de ir,
si nadie puede ampararme?
¿Quién ha de querer guardarme?
¿Quién atreverse a morir
por que yo viva?
Arcombroto
¿Pues no?
Poliarco
¿Habrá quien muera por mí
con tan grande infamia?
Los Dos
Sí.
Poliarco
¿Quién querrá ampararme?
Los Dos
Yo.
Poliarco
Dudoso de haber oído
vuestras voces, considero
a quién debía primero
responder agradecido:
al favor de tu hermosura
o de tu esfuerzo al favor.
Timoclea
A nadie, porque el valor
por sí solo se asegura
esta gloria y, pues aquí
te da en los dos la fortuna
valor y ingenio, ninguna
tendrá fuerza contra ti,
que el eje a su rueda roto
has de ver si en ti se emplea
la industria de Timoclea
y el esfuerzo de Arcombroto.
Y pues que me toca a mí
la industria, hacer lo que mando,
que yo obedeceré cuando
te toque el vencer a ti.
Tú, Gelanor, parte luego
y esparce que tu señor,
temeroso del rigor
que le busca a sangre y fuego,
a nado quiso pasar
el Himera, undoso río,
y que el caudaloso brío
de su curso sujetar
no pudo el caballo y tal
sepulcro a su fama debe
que tiene en urnas de nieve
monumentos de cristal.
Tú, por si alguien te vio acaso
llegar aquí, la sospecha
desmiente y haz la deshecha
de irte y encamina el paso
por la vereda que enseña
esa amena población
de los árboles, que son
doseles, y en una peña
que está al fin atento mira
hasta tanto que la roca
abra una funesta boca,
tronera por quien respira
una cueva que esta casa
tiene para tal efeto
labrada con tal secreto
que nadie sabe que pasa
hasta allí.Y, si entras por ella
una vez, fía de mí
que no ha de saber de ti
ni aun la luminar estrella
del sol. En tanto ir podemos
los dos a tenerla abierta,
que es un peñasco la puerta.
Una antorcha sacaremos
para que sirva de guía;
bien seguro estarás dentro,
que es un abismo su centro,
triste oposición del día.
Váyanse Timoclea y Arcombroto.
Poliarco
Que no me dejes te ruego
tú, Gelanor, entre tanto
que entre suspiros y llanto
vivo a mi sepulcro llego.
Direte por el abismo
desta umbrosa competencia
lo que has de hacer en mi ausencia
o en mi muerte, que es lo mismo.
Lo primero es avisar
a Arsidas, y solamente
a él, Gelanor, cuerdamente
el aviso le has de dar
de mi vida, por que luego
avise prudente y sabio
a Argenis... Mas ¿cómo el labio,
cuando en mi llanto me anego,
pudo pronunciar su nombre
sin que me aborrezca aquí
mi misma vida? ¡Ay de mí!
Gelanor
Justo será que me asombre
tu pensamiento. ¿A qué fin
verte perseguido quieres,
pues con solo decir que eres,
señor, el francés delfín
pudieras...?
Poliarco
Necio, villano,
¿tal pronuncias? ¡Vive Dios,
que, a no estar solos los dos,
te matara con mi mano!
Vase Poliarco.
Gelanor
Al tiempo que ya la salva
del sol estos montes dora,
sale riendo la aurora
y sale llorando el alba:
risa y lágrimas envía
el día al amanecer,
para darnos a entender
que amanece cada día
entre lirios y azucenas,
entre mirtos y jazmines
para dos contrarios fines
de contentos y de penas.
Salgan Arsidas y Timonides.
Timonides
No hay rastro ninguno de él.
Gelanor
(Gentes de palacio son;
empiece aquí la invención.)
¡Hado severo y cruel,
fortuna inconstante y varia,
suerte injusta y enemiga,
muerte, nunca al hombre amiga,
y estrella siempre contraria!
Arsidas
Gelanor, ¿con qué dolor
te acompañas y aconsejas,
que de los cielos te quejas?
Timonides
¿Adónde está tu señor?
Gelanor
Los dos me habéis preguntado
una mesma cosa y ya
una respuesta será
la que os dé mi pecho helado,
pues con deciros que dejo,
¡hado injusto y enemigo!,
muerto a Poliarco digo
dónde está y de qué me quejo.
Arsidas
¿Qué es lo que dices?
Gelanor
Que luego
que aquella nueva escuchó
que traidor le publicó
y que supo de aquel fuego
la ceremonia y la ley
que le excluye del favor
de los hombres, al rigor
quiso ausentarse del Rey
y, por no fiarse a alguno
que, cómplice, en su ausencia
padeciese la sentencia
de rigor tan importuno,
se fio de su valor
y quiso, desesperado,
pasar el Himera a nado
y, despreciando el temor,
puso los pies a una alfana,
rayo, si hay rayo de nieve,
que con la espuma se atreve
a vivir dos veces cana,
y diciendo: «Sabe el cielo
que al Rey he sido leal»,
átomos hizo el cristal,
pedazos deshizo el hielo.
El bruto, que ya no es
sino bajel eminente,
hizo proa de la frente,
remos hizo de los pies
y, como una y otra ola
la helada clin erizaban,
era vela a quien hinchaban
los vientos, timón, la cola;
y monstruo confuso, en fin,
de dos especies, tal vez
era bruto y era pez,
siendo caballo y delfín.
Pero, cansado el aliento,
por boca y ojos vertió
fuego: una batalla yo
vi de elemento a elemento.
Pensó vencerla, mas luego,
aunque su valor le esfuerza,
se rindió, porque era fuerza
que venciese el agua al fuego;
y, yendo a su discreción
donde en el mar se desagua,
vivió en fuego y murió en agua
con envidia de Faetón.
Arsidas
¡Qué desdicha!
Gelanor
Justamente
sientes las penas que digo,
que yo sé que era tu amigo.
Timonides
Importa que brevemente
llegue a palacio la nueva.
Arsidas
Tú,Timonides, podrás,
porque yo es justo que más
pena y sentimiento deba
a la muerte de un amigo.
Déjame hacer entretanto
las exequias de mi llanto.
Timonides
Hoy veloz al viento sigo.
Arsidas
No pongas cuidado en esto.
Timonides
¿Por qué, Arsidas?
Arsidas
Porque llevas,
Timonides, malas nuevas
y es fuerza que llegues presto.
Vase Timonides.
Gelanor
Huélgome que aquí te quedes
para que sepas que ha sido
cuanto te he dicho fingido.
Arsidas
¿Qué es lo que dices?
Gelanor
Que puedes
darme albricias de la vida
que te estima y te desea.
En casa de Timoclea,
en una cueva escondida,
vive Poliarco y dice
que a ti solamente dé
noticia de dónde esté.
Arsidas
¿Hay suceso más felice?
Toma un diamante, lucero
que no hay llama que le iguale
y medio talento vale.
Gelanor
Como quisiere el platero,
que, como esto no se entiende
y es su precio estimación,
lo que compra en un doblón
vale diez cuando le vende.
Pero parte luego a dar
estas nuevas.
Arsidas
Ya te entiendo;
volar sin alas pretendo
por si antes puedo llegar
yo que el mercurio cruel
de Timonides.
Gelanor
Aquí
puedo yo decirte a ti
lo que tú dijiste a él:
no harás de veloz alarde,
aunque a los vientos te atrevas,
porque llevas buenas nuevas
y es fuerza que llegues tarde.
Váyanse y salgan Argenis y Selenisa, dama.
Selenisa
Pena mal resistida
muerte será forzosa.
Argenis
No hay pena tan dichosa
que acabe con la vida,
porque en ser la postrera
no fuera pena, que lisonja fuera.
¿Quieres ver si prevengo
remedio a un mal injusto?
Solo conozco el gusto
en ver que no le tengo
y, si en sentir tuviera
gusto, por no tenerle no sintiera.
Selenisa
Sí, mas resista al llanto
la fingida alegría.
Argenis
¡Ay, Selenisa mía!
Más me admiro y espanto
de que en penas tan graves
tú me consueles, que la causa sabes.
Selenisa
Quizá mentira ha sido
que Poliarco ha dado muerte al embajador.
Argenis
¿Y mi cuidado
podrá ser mentiroso ni fingido
cuando el vulgo le aclama
traidor y como tal el Rey le llama?
Selenisa
Él a tu cuarto viene;
no respondo por eso.
Argenis
Que estoy muerta confieso.
Selenisa
Disimular conviene.
Argenis
¿Quién podrá, Selenisa,
mezclar pena y contento, llanto y risa?
Salgan Meleandro, rey, viejo; Lidoro y Eristenes con una caja y una banda en ella.
Rey
Como padre y amante
de tu hermosura, vengo
a darte parte de un dolor que tengo.
Ya habrás sabido tú cómo arrogante
Poliarco en campañas y desiertos
mató al embajador que a los conciertos
de secreto venía
y que rompió la fe y palabra mía.
Eristenes lo diga, que, del muerto
embajador amigo,
allí le acompañaba.
Eristenes
De su traición, señor, fui yo testigo.
Poliarco en el monte oculto estaba
con emboscada gente
y al paso nos salió improvisamente.
Rey
Un presente enviaba
para testigo de que confirmaba
la paz, y de sus joyas he eligido
para ti aquesta banda, porque ha sido
pasmo con su belleza
del artificio y la naturaleza.
Eristenes
Esa banda, señor, que a Argenis diste
es prenda de soldado
más que de dama. (¡Quién pudiera, ay, triste,
el daño descubrir que está encerrado
en la banda, supuesto que el secreto
de su traición no tuvo buen efeto!)
Rey
He mandado buscalle para que con su muerte
me libre del delito y publicalle
traidor, pues desta suerte
ha de quedar mi fama satisfecha.
Argenis
Y es justa ley que muera. (¿Qué aprovecha
disimular, fingir la lengua enojos,
si, lenguas de cristal, hablan los ojos
y el alma, que no miente,
dice una cosa y otra cosa siente?)
Sale Timonides.
Timonides
Dame tus pies.
Rey
¿Qué hay de nuevo,
Timonides?
Timonides
Que ya pide
tu cuidado más quietud
que tuvo hasta aquí.
Rey
¿Qué dices?
Timonides
Que ya vives disculpado
y ya Lidogenes vive satisfecho.
Rey
¿De qué suerte?
Timonides
Murió Poliarco.
Argenis
(¡Ay, triste!)
Timonides
Huyendo de tu rigor
–para que más se acredite
que no fue de ti mandado–
quiso ausentarse y partirse
y, como todos los puertos
estaban tomados, mide
con la desdicha el valor
y se atrevió al invencible
curso del Himera a nado,
donde el caballo se rinde,
y él, piloto de un bajel
animado, se fue a pique.
Ansí lo dice un criado
y ansí villanos lo dicen,
ciudadanos de su orilla
que oyeron las voces tristes.
Rey
Ya Lidogenes está
vengado; pártete y dile
cómo he castigado ofensas
suyas yo sin que él castigue
las mías.
Eristenes
(Bien sucedió;
murió el francés invencible,
por que consiga la lengua
lo que el brazo no consigue.)
Váyanse todos. Queden Argenis y Selenisa.
Selenisa
Ya se fueron, ya has quedado
sola; no quiero pedirte,
mi princesa, mi señora,
que diviertas ni que alivies
tu dolor, sino que antes
sientas, llores y suspires.
Argenis
¡Ay, Selenisa! ¡Ay, amiga!
Mal me aconsejas, mal dices.
¿Cómo he de poder quejarme?
¿Cómo he de poder decirte
desdichas que conocerlas
no puedo? Y es tan terrible,
tan tirano este dolor
que entre los labios oprime
la voz, la lengua aprisiona,
negándome que respire,
porque, si es gusto quejarme,
aun este no me permite.
¡Ay de mí otra vez! ¡Ay, cielos!
¿Cómo a la lengua le distes
tantas guardas que encerrada
en cárcel estrecha vive
con muralla y con canceles
de corales y marfiles,
si es instrumento por cuya
consonancia se repiten
dulces acentos? Y ya
que vive guardada, ¡ay, triste!,
¿por qué, por qué a las orejas
también no las defendistes
con más guardas? ¿Es razón
que sin defensa posible
escuche mi mal y luego,
cuando quiera divertirle
con publicalle, no pueda
y tenga en mi pecho humilde
la pena fácil la entrada
y la salida difícil?
Sale Arsidas.
Arsidas
Dame, señora, tu mano,
si esta dicha se permite
a quien por llegar a verte
plumas calza y alas viste.
Argenis
¡Ay, Arsidas! ¡Buena cuenta
de aquel vuestro amigo distes!
¿Adónde está Poliarco?
Arsidas
Arguyo, por lo que dices,
que ya la nueva engañosa
de Timonides oíste.
Argenis
¿Cómo engañosa?
Arsidas
No quiero
con pinturas divertirte,
sino decir de una vez...
Argenis
¿Qué?
Arsidas
Que Poliarco vive.
La nueva que, dilatada
por Timonides, oíste
fue industria con que asegura
que de buscarle se olviden.
En casa de Timoclea
está escondido; allí asiste
Poliarco en una cueva,
albergue lóbrego y triste,
hasta que el descuido pueda
dar lugar a que camine
y en los brazos de los vientos
del Rey, tu padre, se libre.
Argenis
Arsidas, si desta suerte
consolarme pretendiste,
mira que doblas el llanto,
mira que el dolor repites,
pues quieres que de dos veces
muera.
Arsidas
La verdad te dije.
Argenis
No sé cuál de las dos nuevas,
la cruel o la apacible,
a mi discurso me niega,
que ignoro a quién deba humilde
declararme agradecida:
o a Timonides, que dice
desdichas que ya son glorias,
o a ti, a ti que me dijiste
glorias que fueron desdichas,
que es tal efeto el que pide
este gusto que ya es fuerza
que el dolor pasado olvide.
Pues no me quitó la vida
el pesar, no me le quite
el placer: viva un dichoso
lo que un desdichado vive.
Dentro
¡Muera Poliarco, muera!
Arsidas
¡Cielos! ¿Qué voces describen
los vientos, que, mal formadas,
«Muera Poliarco» dicen?
Argenis
¿Otro temor, otra pena
ya me atormenta y aflige?
Apenas en el diluvio
de mi llanto asomó el iris,
cuando otra vez se cerró
el cielo.
Sale el Rey.
Rey
Confuso y triste,
Argenis, me traen las voces
que escuché. ¿No las oíste?
Sale Timonides.
Timonides
Señor, por que no presumas
que sospechoso te dije
la muerte de Poliarco,
la verdad vengo a decirte.
Argenis
(¡Ay de mí! ¿Si quiso el cielo
que la verdad se publique?)
Timonides
En casa de Timoclea...
Argenis
(No hay que esperar, que él le dice
la verdad.)
Arsidas
(Sí, que las señas
que nos mientan no es posible.)
Timonides
... escondido estaba...
Argenis
(Cierta
es mi pena. ¡Ay de mí, triste!)
Timonides
... y la gente de su casa
por librarse y eximirse
de la opinión de traidores...
Argenis
(¡Cobardes, traidores, viles!)
Timonides
... preso le traen y, por ser
tan amado, no permiten
que nadie el rostro le vea,
por que su vista no obligue
Rey
a algún alboroto.
Él entre
contigo solo y retiren
a la gente que le trae.
Argenis
(No hay prevenciones que avisen
la sentencia de los hados.
Su vida quiero pedirle.)
Saquen a Arcombroto, cubierto el rostro.
Timonides
Aqueste es el preso. ¿Quieres
que la banda al rostro quiten?
Rey
No, por que mirando el mío
no quede de muerte libre.
Arcombroto
Ya, señor, que me condenas
a muerte antes que examines mi culpa...
Descúbrese.
Argenis
(¡Válgame el cielo!)
Rey
¿Qué es esto que miro?
Arcombroto
... dime
por qué muero, ya que muero.
¿Son por ventura de Circe
estos palacios o son
tus entrañas de caribe
que con sangre de tu huésped
las aras injustas tiñe?
¿Ansí premias a quien viene
desde su patria a servirte,
pensando volver a ella
coronado de invencibles
trofeos con que adornar
los follajes de sus timbres?
Rey
¿Quién eres?
Arcombroto
Un hombre soy
que ayer a Sicilia vine;
en casa de Timoclea
me hospedé, donde me afligen
tantas penas sin saber
la causa; solo me dicen
que buscas un extranjero
joven y, si el serlo pide
tan gran venganza, mi muerte
dichosa será y felice
como por tu gusto muera,
sujeto a tus pies humilde.
Rey
Las señas, joven gallardo,
que generosas compiten
con el que busco, engañaron
los que te prenden y siguen,
pero válgate el sagrado
de tu inocencia. Ahora dime:
¿de dónde eres?
Arcombroto
Africano.
Rey
¿Qué provincia?
Arcombroto
La que ciñe
el oceano.
Rey
¿Qué tierra?
Arcombroto
Mauritania.
Rey
¿Y tú naciste
noble en ella?
Arcombroto
Sí, lo soy.
Rey
Bien tu presencia lo dice.
(No vi más gallardo joven.)
¿Quién eres?
Arcombroto
No me permiten
el decirlo y más a ti.
Rey
¿Por qué?
Arcombroto
Juramento hice
de no decirte quién soy,
y ha de ser fuerza cumplirle,
que con estas condiciones,
señor, a Sicilia vine.
Rey
¿Conociste por ventura
a vuestra reina Hianisbe?
Arcombroto
Y soy su criado yo.
Rey
¿Y Ana, hermana suya, vive?
Arcombroto
Sí, señor.
Rey
¡Qué buenas nuevas
me has dado! Mas ¿de qué sirven
pasadas memorias? Baste
que esto sepa; que me aflige
el acordarme de un tiempo
que yo, peregrino ulises,
viví en África y en ella
dejé, ¡ay, memorias felices!,
alguna prenda del alma.
Y en ti, porque me repites
estos gustos, mostrar quiero
mi piedad: desde hoy me sirve,
que quiero premiar desde hoy
el intento que trujiste.
(¡Válgate el cielo por joven!
¿Qué es lo que al alma le dices?)
Váyase el Rey y los demás. Queden Arcombroto, Argenis y Selenisa.
Selenisa
(Gallardo es el africano.)
Arcombroto
Vos, señora, permitidme
que llegue a tocar la esfera
de vuestras plantas humilde
quien solo a serviros viene.
Argenis
En obligación os vive
el alma.
Arcombroto
Será dichoso
mi valor como os obligue,
que hasta agora no ha mostrado
que a vuestra deidad se rinde.
Argenis
Vos seáis muy bien venido,
que, si decir se permite,
me holgué en veros y que hoy
fueseis vos el que venisteis.
Arcombroto
Guárdeos el cielo. (Deseos,
mentira fue cuanto oísteis;
en las láminas mintieron
las pinturas y matices;
en las lenguas de los hombres,
lisonjas y aplausos viles,
porque es más hermosa Argenis
que cuanto la fama dice.)
Segunda Jornada
Salgan Argenis,Timoclea y Selenisa.
Argenis
Por las apacibles sombras
destas amorosas selvas
a divertir pensamientos ven conmigo,Timoclea.
Tú, Selenisa, este rato
o te adelanta o te queda,
que después podrás buscarnos.
Selenisa
(¿Qué novedad es aquesta?
¿Argenis de mí recata
sus gustos? ¿A mí me niega
sus secretos y ya fía
de otro pecho sus tristezas?
¿Pues en qué la he deservido?
¿Qué ha visto en mí que no sea
lealtad y amor? Triste voy;
¡quiera Dios que por bien sea!)
Vase.
Timoclea
Como te digo, salió
Poliarco de la cueva
en hábito de villano.
Argenis
No te espantes de que quiera
escucharlo muchas veces
para que muchas lo sienta.
Vuelve al principio de todo.
Timoclea
Si sabes de la manera
que él y el africano hicieron
amistades y que dellas
resultó que se dejó
prender para que pudiera
escaparse Poliarco,
porque algunos por las señas
le siguieron y trujeron
a Arcombroto a tu presencia,
¿por qué quieres que lo diga
tantas veces?
Argenis
Timoclea,
no te canses, porque yo
ni hablar ni escuchar quisiera
cosa que de Poliarco
no fuese, y ansí no tengas
por prolijo este cuidado,
que, para que no lo sea,
yo no te he de preguntar
otra cosa sino esta:
¿iba muy desconocido?
Timoclea
El hábito diferencia
las personas. Mas ¿qué mucho,
si un diamante hermoso apenas
se reconoce engastado
en bajo metal?
Argenis
Quisiera
preguntarte, y no me atrevo,
una cosa; sola esta
me has de decir: ¿iba triste?
Timoclea
Y de su grave tristeza
dieron los ojos señales.
Argenis
¿Lloraba?
Timoclea
Lágrimas tiernas.
Argenis
¿Y qué decía?
Timoclea
Del cielo
y de la fortuna quejas.
Argenis
¡Ah! ¿Y de mí?
Timoclea
No te nombraba.
Argenis
¿Y parécete que era
no acordarse de mí?
Timoclea
No,
sino respeto.
Argenis
¿Estás cierta
de que lo fuese, y no olvido?
Timoclea
Sí, señora.
Argenis
¡Buenas nuevas
te dé Dios! Dame los brazos
y dime agora...
Timoclea
¿Aún te quedan
más preguntas? Para una
sola pediste licencia.
Argenis
Es verdad, tienes razón;
no me acordé. Mas no seas,
a quien con gusto pregunta,
avara de una respuesta.
Timoclea
Arcombroto viene.
Argenis
Calla
y disimula; no vea
mi cuidado en tu semblante.
Timoclea
No es tan atento que pueda
por semblantes conocer,
porque yo sé que pudiera
haber en alguno visto...
Argenis
Prosigue.
Timoclea
… amorosas muestras.
Sale Arcombroto.
Arcombroto
Ya vuestra Alteza, señora,
podrá, porque el sol empieza
a desvanecer reflejos
entre corales y perlas,
dejar sin luz esos montes,
sin lisonja esas riberas,
sin hermosura ese valle
y sin deidad esas selvas.
Una dorada carroza
en ese margen espera;
no tan hermosos caballos
el aurora hermosa ostenta,
cuando el alba antes que el sol
sombras viste y nubes huella
y él en ondas de zafiros
sepulta abismos de estrellas,
como los que deste carro
son hipogrifos que llegan
a competir con las aves,
pues en su veloz carrera
ni flor malogran sus plantas
ni surco imprimen sus ruedas,
que, siendo brutos del viento,
siendo aves de la tierra,
vuelan pensando que corren,
corren pensando que vuelan.
Argenis
La retórica pintura
se mira en vos tan perfeta
que ha de faltar a la vista
tan hermoso objeto.
Arcombroto
En ella
antes se verán, señora,
de mi ignorancia las señas,
porque yo soy tan cobarde
en hablar que, aunque quisiera
alguna vez declararme,
no acierto y la voz se queda
en aquel breve camino
que hay desde el pecho a la lengua.
Argenis
Muchas veces el conceto
que se previene en la idea
no se permite a los labios
tan sutil como se piensa,
mayormente en las pasiones
del ánimo.
Arcombroto
Fuera desa
razón, hay muchas en mí
para que la voz suspenda.
Argenis
¿Cuáles son?
Arcombroto
Soy extranjero
y el idioma desta tierra
no sé tan bien que con él
me explique, que, si estuviera
en mi tierra, en ella hablara
con más libertad y en ella
hablara mejor, por que
me oyeran mejor.
Argenis
¿Qué esencia
es que otro me escuche bien de hablar yo bien?
Arcombroto
Porque lleva
gran crédito de su parte
quien habla si sabe o piensa
que el teatro que le escucha
le soleniza y celebra.
Y si no, vos escuchadme
con gusto y dadme licencia
para hablar: veréis, señora,
que ni me turba ni eleva
lo confuso del conceto,
lo ignorado de la lengua,
la novedad del idioma,
ni lo sutil de la idea,
ni lo ajeno de la patria.
Argenis
¿Sino qué?
Arcombroto
Vuestra belleza.
Argenis
Pues ¡qué atrevimiento!
Arcombroto
Yo
he dicho lo que dijera
de mi sentimiento cuando
vos me diérades licencia.
Si ha de enojaros el darla,
no me la deis y suspensa
el alma vuelva a dudar
idioma, conceto y lengua.
Argenis
Pues volved a dudar tanto
que el pensamiento aun no vuelva
a creer...
Timoclea
¡Qué gran desdicha!
Argenis
¿Qué es eso?
Timonides
Que se despeña
un coche y en lo profundo
desa laguna se anega.
Argenis
¡Ay, Dios, que ese es el del Rey,
mi padre! ¿No hay quien se atreva
a sus ondas y se arroje
tras él?
Arcombroto
Sí, cuando no fuera
por ti, que me ves, por él
me arrojara, que secretas
causas mi espíritu mueven
y mis acciones gobiernan.
Vase.
Argenis
Todo lleno de agua ya
se va a pique. ¡Qué tragedia
tan lastimosa!
Timoclea
Mejor
«¡qué felice acción!» dijeras,
pues al rigor de las ondas
el Rey ha hallado defensa
y en los brazos de Arcombroto
llega vivo a tu presencia.
Salga Arcombroto con el Rey en brazos, mojado.
Arcombroto
Si otro Eneas de las llamas,
yo, de las ondas eneas,
mejor anquises libré;
será mi alabanza eterna.
Argenis
Dame, gran señor, tus brazos
en albricias lisonjeras
de tu vida.
Rey
Hermosa Argenis,
¿quién duda de que tú seas
la deidad deste milagro
que ha dado a Arcombroto fuerzas
para tal acción, por que
a los dos la vida deba?
Salgan Arsidas,Timonides, Lidoro, Eristenes y otros criados.
Arsidas
Señor.
Timonides
Señor.
Rey
Deteneos.
¿A quién hacéis reverencia?
Arsidas
A nuestro rey.
Rey
No lo soy
yo, porque, si yo lo fuera,
os arrojarais tras mí
al agua; vuestra nobleza
os llamara a socorrerme.
¡Bueno fuera que yo fuera
vuestro rey y de un peligro
en vuestra misma presencia
me librara un extranjero!
Arcombroto
Yo estaba, señor, más cerca;
por eso llegar pude antes.
Rey
Y agora a mis brazos llega,
llega al corazón, pues él
diciendo está que agradezca
mi desgracia, pues me ha dado
ocasión para que pueda
sin envidia levantarte
a mi privanza y grandeza.
Pídeme mercedes, pide
cuanto imaginas y piensas.
Arcombroto
La vida de Poliarco
es todo cuanto desea
mi amistad: esa te pido.
Rey
Pues ¿no murió?
Arcombroto
Por que sepas
la verdad, antes quisieron
matarle a él. Timoclea
y yo somos los testigos
desta verdad. De tu tierra
se ausentó; en África vive.
Rey
Pues luego a Sicilia venga.
Tú, Arsidas, que eres su amigo,
búscale y dile que vuelva
a mi reino y a mi gracia.
Y dadme un caballo apriesa,
que he menester descansar.
Ocasión habrá en que veas
cuánto tu persona estimo,
cuánto estimo tu nobleza.
Váyase el Rey.
Argenis
Arsidas, pues ya los cielos
suspendieron la sentencia
que contra mí decretó
la fortuna, parte y lleva
a Poliarco una banda
de mi parte, que es aquella
que Lidogenes le dio
a mi padre, donde apenas
se sabe cuál pudo más,
el arte o naturaleza.
Váyase Arsidas.
Cada día me ponéis
en obligaciones nuevas;
cada día os debo más,
Arcombroto.
Arcombroto
Si por esta
acción merecí, señora,
tal favor, dicha es pequeña
no haber perdido la vida
en generosa defensa
del Rey, mi señor.
Argenis
Más que eso
quieren los cielos que os deba.
Muy agradecida estoy
a vuestro valor y fuerzas;
mucho os debo.
Arcombroto
Pues pagadme,
ya que conocéis la deuda.
Argenis
¿Qué merced pedís?
Arcombroto
Si aquí
de un discurso se me acuerda
pasado, en él me faltó
solamente una licencia
para no ser ignorante.
Argenis
Tomad esta joya bella
y estimadla, porque vale
una ciudad.
Arcombroto
Por ser prenda
de vuestras manos la estimo,
que es cada rayo una estrella.
Pero ¿qué me respondéis
en esto de la licencia?
Argenis
Que sois un desvanecido,
pues que con alas de cera
queréis penetrar los rayos
del sol en dorada esfera
y que si, porque me veis
agradecida, os alienta
vuestro favor, eso mismo
os castiga, pues no fuera
yo agradecida, si yo
el favor agradeciera
con la licencia, porque
la causa, Arcombroto, mesma
que me fuerza a agradeceros
lo que habéis hecho me fuerza
a que esa licencia os niegue,
porque en dos causas opuestas
la misma que me acobarda
es la misma que me alienta.
Vase.
Arcombroto
¡Válgame el cielo! ¿Qué enigmas,
qué confusiones son estas?
¡Juntos favor y rigor,
risa y llanto, gloria y pena,
gusto y pesar, vida y muerte,
solo en Argenis se engendran!
Pues, si el bien y el mal tan juntos
andan y el uno se templa
con el otro, yo, confuso
entre alegría y tristeza,
porfiaré, porque también
entre dos causas opuestas
la misma que me acobarda
es la misma que me alienta.
Váyanse y queden solos Eristenes y Lidoro.
Lidoro
¿Oíste, señor, aquello
de la banda?
Eristenes
Y es la mesma
que al Rey truje presentada,
Lidoro, la vez primera
que le vine a divertir
con estas fingidas treguas
y también es la que tiene
en su hermosura cubierta
la muerte, como entre flores
el áspid, porque está llena
de veneno.
Lidoro
Desa suerte,
hoy, si a Poliarco llega,
conseguirás el deseo
de darle muerte en la selva.
Eristenes
Es verdad, mas, si por dicha
Arsidas, que se la lleva,
no le halla o, si le halla,
él no la estima ni aceta,
quejoso del Rey, y en fin
no se la pone, ¿qué fuerza
habrá tenido el veneno?
Lidoro
¿Qué harás para que le tenga?
Eristenes
Oye una industria: tú has de ir
también a buscarle y sea
con tal orden que, a la acción
de Arsidas atento, veas
si se la da y él la toma
y, si se la pone, deja
de decir a lo que vas
y da a Sicilia la vuelta.
Mas, si Arsidas no le halla
o él no la estima o la precia,
harás del ladrón fiel
dándole una carta; en ella
le diré cómo el Rey quiere
matarle, y ansí que tema
de ponerse aquella banda
que va de veneno llena;
de suerte que, ya perdidos
todos los efetos della,
que fue dar la muerte al Rey
o a Poliarco, no pierda
el último, que es hacelle
traidor; con cuya cautela
Poliarco no vendrá
a servirle en nuestra ofensa.
¿Haslo entendido?
Lidoro
¡Qué industria
tan sutil, si no tuviera
tanto de traición!
Eristenes
Te engañas,
que la industria o la cautela
que traición fuera en la paz,
se llama ardid en la guerra.
Váyanse y salga Hianisbe, reina del África, y una dama con ella.
Dama
Triste estás.
Hianisbe
¿No tengo causa?
Dama
Bastante fuera, señora,
si de tu hijo lloraras
la ausencia o la rigurosa
muerte de Ana, tu hermana,
como suspiras y lloras
de un hurto, un robo el efeto.
¿Tú, Reina, invicta señora
del África, a un sentimiento
tanto te rindes y postras?
Reina eres.
Hianisbe
Es verdad.
Pero, ya que me provocas
a que te diga secretos
que mi mismo aliento ignora,
tu lealtad la justa causa
de mis pensamientos oiga.
Túsbal, que tú y todo el reino
mi hijo heredero nombra,
ausente porque su brío
le dio alas generosas
para volar a la esfera
del sol y en tierras remotas
quiso ganar por su esfuerzo
aplauso, honor, fama y honra,
aunque es mi heredero y es
príncipe vuestro y le toca
este reino, no es mi hijo.
Novedad dificultosa
te habrá parecido; pues
atiende al suceso agora.
Casé con Túsbal de Persia,
rey cuyas partes heroicas
diga en la paz su consejo
y en la guerra sus vitorias.
Casada y enamorada
viví la edad más dichosa,
si no trujera la dicha
esta pensión de ser corta,
porque, no queriendo el cielo
que yo gozase la gloria
que llaman paz de casados,
cuya fe estiman y adoran
el bruto, el ave y la planta,
pues con muestras generosas,
amantes de sus especies,
sus semejantes informan,
Túsbal, cansado de mí,
ya de sus brazos me arroja,
ya mis finezas le cansan,
ya mis regalos le enojan.
No sé cómo se consuela,
cómo se desapasiona
una mujer que escuchó
mil finezas amorosas
y ya desprecios, desvíos
oye de la misma boca,
porque hay hombres que las digan,
si hay mujeres que las oigan.
En este estado vivía
cuando nuestros mares corta
una nave de Sicilia
que a nuestros puertos arroja
un bello, un gallardo joven
peregrino; poco importa
aquí el callarte un traidor,
pues a este caso no toca
más que saber que galán
de Ana, mi hermana, se nombra.
Liberal de hacienda y vida,
en secreto se desposa.
¿Qué mucho? Estaba al principio
de su amor, donde no hay cosa
que el deseo de gozar
no facilite y disponga.
Para no cansarte, en fin,
Ana, puesta en cinta, llora
que a ella le haga desdichada
lo que me hiciera dichosa,
porque ser ingrato el huésped
es ya uso. Con las proas
de sus armados bajeles
volvió a atormentar las ondas
y en la despedida dio
a Ana en un cofre una joya
que había de ser la seña
por donde a su hijo conozca
y como tal le asegure
no menos que una corona.
Volvió a su patria con esto,
donde pasadas memorias
el tiempo cubrió de olvido
en los brazos de otra esposa.
Declarose Ana conmigo,
ofendida y vergonzosa,
y aconsejándola cuerda
«Ana –le dije– no pongas
en pretensiones tu honor,
que quien le pide pregona
su desdicha y la secreta
hace pública deshonra.
Quéjate de ti y padece
tus liviandades tú propia
sin que sepan el camino
que hay desde el pecho a la boca.
Y para que se remedie
el daño que esperas, oiga
tu atención de mí una industria
cuerda, sutil y ingeniosa:
yo publicaré que estoy
preñada y, cuando la hora
llegue de tu parto, yo,
prevenida y cautelosa,
lo fingiré, y ansí haremos
que tu hijo se suponga
en mi lugar. Tú estarás
segura de la afrentosa
opinión; yo viviré
mejor casada; de forma
que se sigan dos efetos
juntos de una causa sola».
Sucedió así. Agora, pues,
dobla a este caso la hoja
y vamos a los cosarios
que mis palacios despojan.
Entre otras prendas llevaron
una arquilla que atesora
de Túsbal hados y señas
por donde el reino le toca
de su padre. Mira, pues,
si la pérdida me importa
poco y es razón que sienta
una pena tan forzosa,
una desdicha tan clara,
una ofensa tan notoria,
una pérdida tan grande
y suerte tan rigurosa.
Salga otra criada.
Criada
Señora, un bajel llegó
de paz al puerto y en él
desde su vientre el bajel
a nuestro puerto arrojó
con un escudero un bello,
un gallardo joven, tal
que fuera a Narciso igual
desde la planta al cabello.
Este pregunta por ti
y humilde pide licencia
de llegar a tu presencia.
Hianisbe
¿Qué puede quererme a mí?
Dile que entre solo. ¡Mucha
es mi pena, triste estoy!
Salga Poliarco y Gelanor con un cofrecillo.
Poliarco
¿Eres Hianisbe?
Hianisbe
Yo soy.
Poliarco
Pues a ti te busco, escucha.
Yo soy, deidad del África, un soldado
francés y noble que a Sicilia vino
ya por obedecer la ley del hado
o ya por quebrantar las del destino.
De mi patria y la ajena desterrado,
en el mar inconstante peregrino,
vivo violento y soy en tanta guerra
hijo del agua más que de la tierra.
Errando, pues, por la salada espuma,
ciudadano del mar y de una nave
huésped, que ha sido, sin escama y pluma,
del viento pez y de las ondas ave,
miserias vi también, por que presuma
que hallar el mal a un desdichado sabe
en la tierra y el agua, pues violento
para enemigo basta y sobra el viento.
A su enojada saña nos rendimos
cuando la nave en un escollo choca,
y arribando –¡qué horror!– los que pudimos
a los desnudos hombros de una roca,
tres tardes, tres auroras estuvimos,
como dicen, el agua hasta la boca;
y, como una bebía, otra lloraba,
la vida entre dos aguas zozobraba.
Pasó a vista un bajel y a los veloces
acentos por el aire derramados
vinieron por el norte de las voces
más de rigor que de piedad armados,
porque eran unos bárbaros atroces,
cosarios deste mar. ¡Ay, desdichados,
temed, temed, que no hay miseria alguna
donde no haga otra suerte la fortuna!
Codiciosos del precio de las vidas,
puente de cabos al bajel hicieron
y, ya las fuerzas al poder rendidas,
eran prisiones las que vidas fueron.
Pero, cuando sus manos atrevidas
a mí llegaron y ligar quisieron,
ansí dije, a morir determinado,
que vive a su pesar el desdichado:
«¿Es posible, soldados, que no os llama
vuestro valor y espíritu valiente
a morir con honor, aplauso y fama,
antes, pues, que vivir míseramente?
A sí mismo se ofende, a sí se infama
quien esta injuria bárbara consiente.
Si nuestras vidas han de ser vendidas,
comprémonos nosotros nuestras vidas».
Tales razones pronunciaba apenas
cuando un rumor confuso se levanta
y, discurriendo por heladas venas,
nuevo furor el ánimo adelanta:
los forzados con remos y cadenas,
nosotros con las manos, al fin, tanta
fue la naval tragedia de aquel día,
que el bajel troya de agua parecía.
Muertos unos en fin y otros vencidos,
de esclavos nos hicimos los señores
y, todos a mi esfuerzo agradecidos,
su caudillo me aclaman vencedores.
Yo les ofrezco que, restituidos
a sus patrias y haciendas, los rigores
han de vencer del hado, mas perplejo
así me dijo un venerable viejo:
«Deste bajel, ¡oh, joven!, soy el dueño,
que de él y de mi hacienda despojado
viví cautivo, pero, si te enseño
un tesoro que en él está guardado,
rescate vendrá a ser y no pequeño.
Dámele, pues, y sabe que encerrado
está en diamantes, perlas, plata y oro
de la reina del África el tesoro,
porque estos le robaron». Yo, que solo
fama pretendo, por que no se hallase
en mi poder, al africano polo
mandé que nuestra proa enderezase.
Este te restituyo; sabe Apolo
que no dejé que nadie le tocase.
Tómale, pues, y porque espira el día
quédate en paz. Esta es la empresa mía.
Hianisbe
Bien, generoso francés,
muestras que eres principal,
porque quien es liberal
ya dice que noble es.
No estimo, no, que me des
con tu dichosa venida
gusto, hacienda, honor y vida,
porque más me has dado en darme
esta ocasión de mostrarme
liberal y agradecida.
De todo el presente aceto
una joya rica y bella,
y esta tomo, porque en ella
vive el alma de un secreto.
Y pues altivo y discreto
sabes dar, sabe pedir
en qué te pueda servir,
que aquí, en la ignorancia nuestra,
tanto el ánimo se muestra
en dar como en recibir.
No me niegues este bien
y, pues en mi tierra estás,
descansar aquí podrás
y repararte también
dese continuo desdén.
Mi huésped aquí has de ser;
noble eres, agradecer
debes mis preceptos hoy,
y no porque noble soy,
sino porque soy mujer.
Poliarco
Tú, Reina, me has enseñado
a recibir del favor
una parte, y fuera error
no haberte en esto imitado.
Tú me has ofrecido y dado
joyas y hospedaje, altivo
valor; yo, que atento vivo,
a imitarte me resuelvo,
y ansí las joyas te vuelvo
y el hospedaje recibo.
Hianisbe
Pues en tanto que dispones
tu gente, yo dispondré
el cuarto.
Poliarco
Feliz seré
si entre triunfos y blasones
esta obligación me pones.
Váyase la Reina y sus damas.
Gelanor.
Gelanor
Adsum.
Poliarco
Aquí.
¿Qué te ha parecido a ti
de mis sucesos?
Gelanor
Señor,
unos mal y otros peor.
¿Quién te ha metido ahora, di,
de por ajenas querellas,
por los mares y desiertos
ir enderezando tuertos
y desforzando doncellas?
Vida, honor, ser atropellas,
reino y patria.
Poliarco
Cuando toco
esa verdad, que estoy loco
confieso; mas, si me acuerdo
que por Argenis me pierdo,
todo me parece poco.
¡Bajel se perdió, que el mar,
por despojos de la guerra,
cuerpos y tablas a tierra
arroja!
Dentro Lidoro.
Lidoro
Dadme lugar
para que pueda llegar,
¡cielos!, a la tierra amada.
Poliarco
¿Qué es eso?
Gelanor
Un hombre –no es nada–...
Poliarco
¡Qué lástima! ¡Qué mancilla!
Gelanor
... que nadó y murió a la orilla.
Poliarco
El alma tengo turbada.
Mira si murió.
Gelanor
Señor,
muerto está; mas miraré
otra cosa que yo sé.
Poliarco
¿Qué?
Gelanor
Qué cosa de valor
quiso escapar del rigor
de las ondas, que un fardel
trae al cuello. Mas ¿que en él
hay oro, plata o diamante?
Poliarco
¿Posible es que no te espante
esa tragedia cruel?
Déjale.
Gelanor
Gracias a Apolo,
que ya en la ocasión presente
vengo yo a ser el valiente
y tú el cobarde; mas solo
una carta viene aquí.
Nunca mejor lance tiene
mi fortuna. ¡Oigan, y viene
la cubierta para ti!
Poliarco
¿Qué dices?
Gelanor
Lo que ella dice.
Cosas los ojos ofrecen
que imaginación parecen.
¿Hay suceso más felice?
Poliarco
Sin duda es de Argenis, sí,
porque ninguno pudiera
buscarme desta manera
en tierra remota a mí,
sino solo su cuidado.
Muestra, pues, y la abriré.
Gelanor
Llega con tiento, porque
el papel está mojado.
Sobre la arena mejor
la podrás abrir y ver.
Poliarco
¿Quién, ¡cielos!, pudiera hacer
tal milagro, sino amor?
Lee.
Un hombre de los muchos que tenéis obligados
(porque nunca el bien se pierde) os avisa que Arsidas
va a buscaros de parte del Rey, que aborrece vuestra
vida y, para mataros más seguramente, Argenis os
envía una banda con veneno. No os la pongáis, sino
haced la experiencia: veréis qué
dama amáis y qué rey servís. Júpiter os guarde.
¡Válgame el cielo! ¿Qué veo?
Con justa razón me admiro;
ni bien dudo ni bien creo
si es verdad esto que miro,
si es mentira esto que leo.
Gelanor
Señor, aqueste suceso
que llamas de amor milagro,
yo, si la verdad confieso,
a tu fortuna consagro,
que es de la fortuna exceso
que un hombre muerto llegase
hasta aquí y que te entregase
la carta que te traía
por piedad del cielo y mía.
Poliarco
No es posible que tal pase.
¡Oh, si alguno aquí saliese
que más claras muestras diese!
Gelanor
Si es eso cuanto deseas,
este es Arsidas.
Poliarco
No creas
que tal mi ventura fuese.
¡Arsidas!
Sale Arsidas.
Arsidas
Dame los brazos
que busco.
Poliarco
Y con tales lazos
de amistad y nudo fuerte
no los deshace la muerte,
aunque los haga pedazos.
Arsidas
Dicha ha sido haber llegado
a tus pies, porque, alterado
el mar, la nave sorbió
en que navegaba y yo
en su esquife me he librado.
Poliarco
¿Y qué hay, Arsidas, de nuevo?
Arsidas
Que ya tu pena acabó,
que aquel gallardo mancebo
africano le pidió
tu vida al Rey.
Poliarco
¿Tanto debo
a su amistad?
Arsidas
Él envía
por ti; el enojo destierra
en que su engaño vivía
o es porque vuelve la guerra
al estado que tenía.
Esto te diré después
más despacio; agora escucha,
que Argenis bella, después
que vives ausente, mucha
su tristeza y pena es...
Gelanor
(Si habla en la banda este día,
el aviso fue verdad.)
Poliarco
(Fuera gran desdicha mía.)
Arsidas
... y en prendas de voluntad
aquesta banda te envía.
¿Cómo tal tristeza lucha
en tu pecho? ¿No respondes?
Sin duda la causa es mucha,
pues tan mal la correspondes.
Poliarco
Arsidas, amigo, escucha.
Escribieron un papel
a Alejandro que decía
que un médico, de quien él
se fiaba, pretendía
darle un veneno cruel.
Cuando el médico llegó
con una pócima, ansí
el césar le recibió:
«Mira si fío de ti
y lee mientras bebo yo».
Esta noble confianza
se mira en mí repetida,
pues tanto poder alcanza
que hoy a costa de mi vida
examino una mudanza.
Mira, pues, lo que fió
de Argenis bella y de ti
mi amistad, mi dicha no,
y lee tú, mientras aquí
me pongo la banda yo.
El rigor o la piedad
hoy me den la muerte.
Gelanor
Mira
que es loca temeridad.
Poliarco
Si es verdad, porque es verdad
y, si no, porque es mentira.
Arsidas
Poliarco, no aseguro
hoy de la banda el veneno,
pero asegurar procuro
que vive su pecho lleno
de amor firme, honesto y puro,
y que no pudo...
Poliarco
Detente;
tu lengua injusta no afrente
sus soberanas acciones,
que en oír satisfaciones
me ofendiera claramente.
Arsidas
Pues agora, sin que pida
más esperiencia tu suerte,
vuelva el alma agradecida
a ver quién busca su muerte
o a quién le debe la vida.
Irás a ver la piedad
del Rey, del pueblo el favor,
de Arcombroto la amistad,
de mi pecho la lealtad
y de Argenis el amor.
Poliarco
Dices bien, pues todo ya
con ver a Argenis tendrá
dulce efeto, alegre fin.
Ese sediento delfín
que harto en el mar está,
volar, no nadar, presuma,
las velas al viento erice
y con ligereza suma
escarchada plata rice,
entorche nevada espuma.
¡Ea, Gelanor, prevén
la nave en tanto que voy
a despedirme también
desta deidad a quien hoy
debe el alma tanto bien!
Aunque en despedirse en vano
del África el alma yerra,
pues con discurso tan llano
del África me destierra
la amistad de un africano.
Váyanse y salga Arcombroto.
Arcombroto
Yo he visto que quien amó
alta prenda encareciese
sus partes y aun que añadiese
más de las que mereció,
pero que quitase no
de su poder infinito:
yo solo, que solicito
un bien, soy tan desdichado
que el mérito que me añado
son los muchos que me quito.
No sé qué camino siga
ni seguro puerto halle,
pues ya es forzoso que calle
lo que es forzoso que diga.
Mas para que se consiga
hablar y callar, haré
acciones con que se dé
a entender mi calidad:
callaré ansí la verdad
y la sospecha diré.
Selenisa es esta; quiero
asegurar la esperanza,
Vaya saliendo Selenisa.
pues que, siendo la privanza
de Argenis, seguro espero
en su favor lisonjero.
Por dar tengo de empezar
mi valor a declarar,
porque en juegos y en amores
los que dan son los señores,
no los que tienen qué dar.
Salga Selenisa.
Selenisa, ¿qué tristeza
cubre tu hermoso arrebol?
¿Eclipses padece el sol
y accidentes la belleza?
¿Tú lloras? Naturaleza
queda de suerte admirada,
a un sentimiento postrada.
Selenisa
Es mi estrella rigurosa.
Arcombroto
¿Qué tienes?
Selenisa
Que fui dichosa,
que es más que ser desdichada.
A la privanza subí
de Argenis y mi fortuna
en la esfera de la luna
colocada entonces vi.
Era fortuna; caí.
Arcombroto
También yo en alto lugar
me vi; testigo he de dar
de mi privanza. ¿No ves
esta joya?
Selenisa
Sí.
Arcombroto
¿Y no es
para ver, para admirar?
Selenisa
Es rica, costosa y bella.
Arcombroto
Y, en fin, ¿su valor no abona
que era su dueño persona
de alto estado?
Selenisa
Sí, en ella
se conoce.
Arcombroto
Llega a vella, toma.
Selenisa
Toda es un topacio,
rayo del sol.
Arcombroto
De palacio
sale el Rey y aquí los dos
no es bien que nos halle. Adiós,
y mírala muy de espacio.
Vase.
Selenisa
¿Qué quiere decirme en esto?
Liberal el africano,
apenas dejó en mi mano
la joya, cuando tan presto
se ausentó. En dudas ha puesto
de mi secreto el decoro,
porque ni dudo ni ignoro
que quiere, como discreto,
ser ladrón de algún secreto
quien abre con llave de oro,
y a tiempo llega que yo
desengañe su esperanza
por solo tomar venganza.
El tiempo que se fió
de mí Argenis, en mí halló
lealtad y, pues desconfía
de mí quien de otra se fía,
a un agravio, una venganza.
¿No faltó su confianza?
Pues falte también la mía.
Vuelva a salir Arcombroto por otra puerta.
Arcombroto
¡Oh, Selenisa!
Selenisa
¡Oh, señor!
Ya muy de espacio miré
la joya y en ella hallé
arte, hermosura y valor.
Tómala, pues.
Arcombroto
Fuera error,
pues lo que dices estoy
dudando.
Selenisa
Yo viendo voy
que eres liberal y cuerdo.
Arcombroto
Yo, si recibo, me acuerdo;
no, Selenisa, si doy.
Esa joya fue favor
de una dama, un tiempo bella,
mas, como suele una estrella
deshacerse al resplandor
del sol, planeta mayor,
ansí esta joya hizo ausencia
de mi vista y mi presencia,
temiendo el mortal desmayo
que esta le da rayo a rayo,
segura la competencia.
Selenisa
Pues da sepulcro de olvido
a una esperanza que yace
en la cuna donde nace,
porque tu intento atrevido
conquista imposible ha sido
de una hermosura sin fe...
Arcombroto
Prosigue presto, por que
dispare la flecha el arco.
Selenisa
… porque viene Poliarco.
Arcombroto
¿Qué es lo que dices?
Selenisa
No sé;
pero sé que en tanto daño
ignoro cuál hizo más:
tú, que una joya me das,
o yo, que por más extraño
favor doy un desengaño,
siendo mujer; grande espacio
hay de uno a otro. De palacio
sale Argenis y los dos
no estamos bien aquí. Adiós,
y míralo más de espacio.
Vase.
Arcombroto
¿Qué es lo que pasa por mí?
¡Válgame el cielo! ¿Qué escucho?
¿Tanto pudo una razón?
¿Tanto un desengaño pudo?
Pero son celos y son
vivos rayos, fuego puro,
que sin abrasar el cuerpo
penetran hasta lo oculto
del alma, donde la vida
suele convertirse en humo.
¿Habrá entre cuantos amaron,
ha habido un hombre en el mundo
tan aleve, tan cobarde,
tan infame, tan perjuro
que haya sido de su dama
tercero? No, pues, si alguno
vendió su honor, este tal
–que lo niego y que lo dudo,
pero, en fin, si la malicia
tan gran delito propuso
en alguno– digo que era
–dado caso que le hubo–
tercero de su mujer,
mas de su dama ninguno.
Yo sí, yo sí que lo he sido,
pues solicito y procuro
con Poliarco ocasiones
para mi muerte y su gusto.
Esta joya, que favor
juzgué un tiempo y en los rumbos
celestiales pretendí
fijarla por astro puro,
colocarla por imagen,
ya la juzgo, ya la juzgo
precio vil, merced infame,
con que pagarme propuso
la intercesión; claro está,
pues me dijo entonces: «Mucho
os tengo que agradecer»,
palabra que entonces pudo
darme la vida y agora
la muerte. No, ¿tal pronuncio?
¿Que, jornalero de celos,
me paguen el precio justo
que valgo, y aun el valor
precio? Mi afrenta es lo sumo
de la infamia, pues parece
que por interés lo sufro.
Salgan Poliarco, Arsidas y Gelanor.
Poliarco
Sola esta vez para mí
el inconstante Neptuno
fue piadoso, pues pudimos
llegar a Sicilia ocultos.
Avisa a Argenis, que quiero
–si puedo antes que ninguno
me vea– en el parque hablarla,
donde en matices confusos
admire la primavera
el natural y el estudio.
Arsidas
Espérame aquí.
Poliarco
Allí he visto
a Arcombroto. ¡Qué mal sufro
la dilación! Muy ingrato
seré, si no me descubro
y llego a darle los brazos,
pues a su amistad presumo
que debo la vida.
Gelanor
Es cierto,
y dos vidas, si es que juzgo
esta y la de los traidores
Poliarco
de marras –lenguaje culto–.
Dame, Arcombroto, los brazos,
cuyo lazo será nudo
tan inviolable en mi pecho
que nunca el acero duro
de la muerte le desate
y aun en los siglos futuros
vivirá eterno en los bronces
que a la amistad labren bultos.
Arcombroto
(¡Qué presto llegó, qué presto,
a Sicilia! Mas ¿qué mucho,
si navega ondas de fuego
el piloto que lo trujo?)
Poliarco
Pues ¿cómo, Arcombroto, cómo
triste, suspenso y confuso
me recibes? Quien finezas
merecer ausente pudo,
¿presente no ha merecido
los brazos? ¿Qué agravio injusto
me niega de tu amistad
ni aun los primeros anuncios?
Arcombroto
Poliarco, lo que siento,
lo que callo y lo que dudo
no se permite a los labios,
que siempre el dolor es mudo.
Mas, ya que rompo el silencio
a mi pesar, lo que juro
a Júpiter soberano,
lo primero es que procuro
tu amistad y que en mi vida
el pensamiento, el discurso
te ofendió, porque ignorante
se ha rendido; lo segundo
es que seas bien venido
a coger el dulce fruto
que te ha dado una esperanza
de tantos pasados lustros
y gócesla, ruego al cielo...
Iba a decirte que muchos,
mas ruego a Dios no la goces
ni un instante ni un minuto.
Pero, en efeto, esta prenda
te toca, pues quien la puso
aquí debió de ponerla
en depósito, presumo,
para que tú la cobrases,
que no fuera caso justo
ver en ajeno poder
lo que de derecho es tuyo.
Y ansí te advierto que yo
la tengo y la restituyo
a tu dicha, porque tú
la mereces, mas te anuncio
que soy yo quien la defiende,
porque también fuera injusto
que quien me la dio la viera
en tu poder sin que el rubio
esmalte valor la diera
más acrisolado y puro.
Atrévete, pues te importa
–y con aquesto concluyo–,
a cobrarla, pero mira...
Poliarco
¿Qué?
Arcombroto
Que te atreves a mucho.
Poliarco
Pues espérame.
Váyase Arcombroto, Poliarco quiera ir tras él y le detenga Arsidas que saldrá a este tiempo.
Arsidas
Al instante
que Argenis hermosa supo
que estabas aquí, bajó
al parque.
Poliarco
(Mal disimulo
el enojo, pero es fuerza
que por agora esté oculto.
¡Oh, qué bien mis penas siento!
¡Oh, qué mal mis celos sufro!)
Salga Argenis.
Argenis
Tú seas tan bien venido
como recebido bien
de los ojos que te ven.
Apártese Poliarco.
Mas ¿cómo tan divertido
los brazos me has defendido?
¿Tú, sentimientos? ¿Tú, enojos?
¿Tú, lágrimas en despojos?
¿Tú, desvíos, y tú, agravios?
Haz contracifra los labios
de las cifras de los ojos,
que no te entiendo, aunque aquí
quejarme de ti pudiera,
pues, cuando tu amor tuviera
alguna queja de mí,
no fuera justo que ansí
me recibieras. Advierte
que vengo en secreto a verte;
si perder el tiempo dejas
y si le gastas en quejas,
vendrá a suceder de suerte
que después no habrá lugar
para el gusto, y ansí es justo
que empecemos por el gusto
y, si nos ha de faltar
tiempo, fáltele al pesar.
Mas, si dudando verdades
contra mí te persuades,
olvídalas, pues sospecho
que faltas del tiempo han hecho
infinitas amistades.
Poliarco
Argenis, nunca creí
que un pecho de piedad lleno
conficionara el veneno
de una banda para mí;
mas, después que vine aquí,
mis desdichas, mis recelos,
mis penas y mis desvelos
creyeron tu tiranía,
que veneno me daría
mujer que me ha dado celos.
¿Qué gloria adquieres? ¿Qué palma,
de piedad tu pecho ajeno?
¡Para la vida un veneno
y otro, Argenis, para el alma!
Si en esta dudosa calma
no fuera en sus desconsuelos
eterna como los cielos
el alma y morir pudiera,
pienso que el alma muriera
desta enfermedad de celos.
Tu rigor está bien llano,
dueño ingrato, pues ansí
me dará el veneno a mí
y la joya al africano, pero...
Argenis
Poliarco, en vano
formas de mi amor recelo;
para mi inocencia apelo.
Poliarco
Y estos efetos, ¿qué son?
Argenis
Oye la satisfación.
Poliarco
Pues ¿hayla?
Argenis
Sí.
Poliarco
¡Plegue al cielo!
Y una palabra te doy...
Argenis
¿Y es?
Poliarco
Que, aunque imposible sea
la satisfación, la crea.
Argenis
¿Qué dices?
Poliarco
Que tal estoy
rendido a mis penas hoy,
que cualquiera que me des
he de creer.
Argenis
Oye, pues.
Aquella banda envió...
Poliarco
¿Quién?
Argenis
Lidogenes, y yo
te la he dado a ti después:
se averiguará el veneno
Poliarco
y el alma de la traición.
¿Es buena satisfación?
Ya aquel enojo condeno.
Pero tu joya, ¿fue bueno
verla en otro poder yo?
¿Quién a Arcombroto la dio?
¿Lidogenes?
Argenis
Yo la di.
Poliarco
Pues ¿tú lo confiesas?
Argenis
Sí.
Poliarco
¿Y que no lo niegas?
Argenis
No,
que por serte amigo fiel
la di en muestras de mi amor.
Poliarco
Y si él la trae por favor,
¿quién me asegura a mí de él?
Argenis
Ser quien soy.
Poliarco
¿Y no es cruel
rigor saber que te quiera
otro?
Argenis
No, pues, si no fuera
para ser querida, yo
nada hiciera por ti.
Poliarco
¿No?
Argenis
No, pues no te prefiriera
a otros méritos.
Poliarco
Pues ¿quién
podrá el discurso parar
de aquel que te llega a amar
para que a mí no me den
celos sus penas también?
Pues, si la imaginación
hace efeto, ciertos son
mis temores, pues ya habrá
imaginádose allá
dentro de la posesión.
Argenis
Esas son sofisterías
del viento en el pensamiento.
Poliarco
¿Y no da celos el viento?
Mas, ya que las penas mías
conviertes en alegrías,
da los brazos a un ausente.
Argenis
¡Quita, detente, detente!
Poliarco
Pues ¿tú te retiras?
Argenis
Sí,
que a quien sospecha de mí
tan baja y groseramente
castigo.
Poliarco
Advierte que vienes
para tan dichoso efeto
a hablarme agora en secreto;
y, si al enojo previenes
tiempo, después no le tienes
para decir las verdades.
Argenis
De conformes voluntades
deja mi amor satisfecho,
que faltas del tiempo han hecho
infinitas amistades.
¡De mí se forman recelos
tan bajos! ¡Veneno yo!
Poliarco
Nunca el alma lo creyó.
Argenis
Hasta ver otros desvelos.
Poliarco
¿Qué más veneno que celos?
Argenis
¿Yo había de dar favores
a otro dueño?
Poliarco
Mis temores
fueron de amor.
Argenis
Ver no esperes
en principales mujeres
dos gustos ni dos amores;
uno, sí.
Poliarco
¿Y ese quién fue
en tu elección?
Argenis
Quien amó
siempre firme.
Poliarco
Ese soy yo.
Argenis
¿Por qué lo entiendes?
Poliarco
Porque
es firme mi altiva fe.
Argenis
¿Quién lo asegura?
Poliarco
Los cielos.
Argenis
¿Y has de tener más recelos
de mi lealtad?
Poliarco
No de ti,
mas de mi desdicha sí
cuantas veces me des celos.
Argenis
Pues ¿en qué has escarmentado?
Poliarco
En andar más advertido.
Argenis
Pues de mí, ¿por qué has temido?
Poliarco
Porque estoy enamorado.
Argenis
Pues ¿no quiere el confiado?
Poliarco
No, pues no teme el perder
el bien que llega a tener,
que son los celos crisol
y, cuando te mire el sol,
celos tengo de tener
mientras no soy tu marido.
Argenis
¿Y en siéndolo?
Poliarco
Satisfecho...
Argenis
Prosigue.
Poliarco
... vivirá el pecho
a tu amor agradecido.
Argenis
Esa palabra te pido.
Poliarco
Y tú esa mano me das.
Argenis
¡Qué dulces paces!
Poliarco
Jamás
vieron tal dicha mis ojos:
sobre nublados y enojos
amor y el sol lucen más.
Tercera Jornada
Salgan Argenis y Timoclea.
Timoclea
¿Qué novedad atormenta
tu discurso?
Argenis
Dasme causa
a repetillo mil veces.
Timoclea
Atenta te escucha el alma,
porque tragedias de amor
es lisonja el escucharlas.
Argenis
Vino Poliarco y diome
quejas de que en una banda
yo quise darle veneno,
mas Eristenes declara
que de Lidogenes era
intento, con muestras falsas
de amistad, dar muerte al Rey,
cuya fingida embajada
vino a costarle la vida
públicamente en la plaza.
Después de aquesto, celoso
de Arcombroto –porque basta
para dar celos el viento–
apelaron a las armas,
y, siendo tales amigos
que prometieron estatuas
a la amistad, se midieron
cuerpo a cuerpo en la campaña,
que no hay segura amistad
donde interviene una dama
y en celos averiguados
las amistades se acaban.
Supo el Rey el desafío
y al parque en persona baja
y, ya de todo informado,
desta manera les habla:
«Extranjeros que a mi reino
venisteis a ganar fama
por que os adopte dichosa
por hijos la ajena patria,
aunque yo no sé quién sois,
vuestros alientos declaran
sangre generosa y, pues
mayores aplausos llaman
vuestras victorias, Sicilia
otra vez se pone en armas:
a los dos he menester
para mi defensa y guarda.
Yo no tengo más de un premio,
si bien es tal que aventaja
los imperios que el sol mira
desde la cuna de nácar
hasta la tumba de nieve
que son la noche y el alba.
Este daré, como sea
sangre real, ilustre y clara
quien la merezca, después
del valor». Con esto manda
que en busca del enemigo
con dos ejércitos salgan.
Según los avisos vienen,
ayer se dio la batalla
y hoy han de entrar en la corte;
mira tú si tengo causa
de sentir, pues he de ser
el laurel de su alabanza,
el premio de sus vitorias,
el palio de sus hazañas,
trofeo de su valor
y fin de sus esperanzas.
Salga el Rey y acompañamiento.
Rey
Felice, Argenis, el día
en que los dioses amparan
mi piedad; de dos victorias
te doy el laurel y palma:
venció el africano.
Argenis
¡Ay, cielo!
¿Y Poliarco?
Rey
Hoy alcanza
igual victoria.
Argenis
Los cielos
te den vida y edad larga
para que laureles de oro
ciñan tus sienes de plata.
Sale Arsidas.
Arsidas
Ya de la ciudad, señor,
con la belicosa salva
los ejércitos saludan
las trompetas y las cajas.
Toquen cajas y salgan por ambas puertas del tablado dos alardes de soldados y, al fin de cada uno, Poliarco y Arcombroto vayan pasando y haciendo cortesía a los Reyes.
Arcombroto
¡Salve, invictísimo Rey...
Poliarco
¡Salve, felice monarca...
Arcombroto
... para blasones del tiempo!
Poliarco
... para triunfos de la fama!
Arcombroto
¡Y tú, estrella de aquel sol...
Poliarco
¡Y tú, rayo de aquella alba...
Arcombroto
... salve también...
Poliarco
... también salve...
Arcombroto
... y goce tu edad dorada...
Poliarco
... y tu edad florida goce...
Arcombroto
... triunfos...
Poliarco
... glorias...
Arcombroto
... dichas...
Poliarco
... fama...
Arcombroto
... aplausos...
Poliarco
... honras...
Arcombroto
... trofeos...
Poliarco
... vencimientos...
Arcombroto
... y alabanzas!
Ya tu rebelde enemigo
vuelve la cobarde espalda.
Poliarco
Ya Lidogenes te deja
la tierra desocupada.
Arcombroto
De la lid sangrienta fue,
señor, la tragedia tanta
que el sol tuvo por claveles
las hojas de la campaña,
porque murieron corales
y nacieron esmeraldas.
Poliarco
El sol, mirando su faz
en espejos de escarlata,
dudó cómo hallaba mar
la que dejó tierra: tanta
era la vertida sangre
que los cuerpos navegaban,
siendo bajeles de hueso
sobre las ondas de nácar.
Arcombroto
Los cuerpos muertos pudieran
hacer defensa a su infamia,
pues cadáveres y montes
les fabricaron murallas.
Poliarco
Aquí no, porque, si juntos
estuvieran, levantaran
promontorios hasta el cielo,
mas fue urna cada planta,
pirámide cada hoja
y sepulcro cada mata.
Arcombroto
Este estandarte real
es alfombra de tus plantas.
Poliarco
Esta sangrienta cabeza,
de tus pies coluna y basa.
Arcombroto
Poliarco, tu valor,
tus empresas, tus hazañas
y tus vitorias merecen
inmortales alabanzas;
no lo niego; pero yo,
igual contigo en las armas,
en los méritos te excedo,
pues en iguales balanzas
el Rey me debe la vida
y ha de ser fuerza pagarla.
Poliarco
Si ya es forzoso que a luz
guardados méritos salgan,
no solo al Rey se la he dado,
sino también a la Infanta,
pues fui quien libré a los
dos de una encubierta celada,
de modo que también di
vida al Rey y de ventaja
llevo la vida de Argenis
y ha de ser fuerza pagarla.
Arcombroto
Tú me la debes a mí
y en obligación me estabas
de cederme tu derecho.
Poliarco
En esa opinión te engañas;
que te la debo es verdad,
pero quien hace una gracia
y después se satisface
descubre intención villana.
¿Qué importa que allí me
dieses la vida, si aquí me matas?
Si vida y muerte me has dado,
no vengo a deberte nada.
Arcombroto
Eres ingrato.
Poliarco
Tú fuiste
amigo doble.
Arcombroto
Quien habla
con libertad...
Rey
Pues ¿qué es esto?
¿Aquí empuñáis las espadas?
Poliarco
Señor...
Arcombroto
Señor...
Rey
¡Por la vida
de Argenis...
Argenis
(¡Ay de mí!)
Rey
... que haga
demostración que escarmiente
altiveces y arrogancias!
Y, pues méritos iguales
me hacen árbitro en la causa,
yo veré lo que conviene. Arcombroto.
Arcombroto
Señor.
Argenis
(¡Vana
fue mi esperanza!)
Poliarco
(¡Ay de mí,
que a él le nombra!)
Arcombroto
¿Qué me mandas?
Rey
Venid conmigo, que es tiempo
de saber quién sois.
Arcombroto
(¡Mal haya,
pues da lugar a mis celos
este honor, esta privanza!)
Todos se vayan. Queden solos Poliarco y Argenis.
Poliarco
¡Quién, Argenis, tuviera
tiempo para quejarse en mal tan fuerte!
¡Quién quejarse pudiera!
Porque es mi pena y mi dolor de suerte
que para tanto agravio
falta la voz desde la lengua al labio.
De ti, perdido dueño
–iba a decir, ¡qué necio desvarío!,
perdido dueño mío,
aunque error fue pequeño,
porque suele tal vez entre rigores
por costumbre decir la lengua amores–,
de ti, de ti me quejo,
porque, ingrata, has querido
tantas memorias sepultar de olvido.
La más honesta dama
piensa que no la ofende
quien la sirve, adora y ama;
y no mira, no atiende,
que dice aquel con esperanza vana:
«Quien se deja hoy querer querrá mañana».
Míralo en ti, pues llega
a tanto de Arcombroto la esperanza
que en tus rayos se anega:
tu favor despertó su confianza
y, persuadido a que le merecía
–que nadie de sí mismo desconfía–,
por tu amante, ¡ay de mí!, se ha declarado,
que quizá no lo hiciera
cuando al principio tus enojos viera.
¡Él, valido del Rey, yo despreciado;
él alegre, yo triste; él declarado
amante, yo celoso; él lince y ciego,
¡ten lástima de mí, por Dios te ruego!
Argenis
Poliarco, pudiera
tener queja de ti, pues que creíste
que mudarse pudiera
mujer en quien tan grande extremo viste;
pero en rigor tan fiero
ni disculparme ni culparte quiero;
amarte sí, y ponerte
por freno a tus livianas presunciones
tantas obligaciones,
y para que se acuda
al daño y a la queja,
la presunción, la duda,
dile al Rey quién eres;
verás lo que a Arcombroto te prefieres.
Poliarco
Si sabes que encubierto
vine a Sicilia, Argenis, desde el día
primero que te vi, por estar cierto
de que mi sangre el Rey aborrecía
–que suelen entre sacras majestades
los reyes heredar enemistades–,
si sabes que esta ha sido
la causa de no haberme declarado
y de haber tantas penas padecido,
¿cómo quieres que ya desesperado
al Rey diga mi nombre
sin que el temor de ser quien soy me asombre?
Salga Gelanor.
Gelanor
Perdona, que no puedo
excusar esta vez las necedades
de dividir amantes voluntades.
Poliarco
(¡Triste estoy!)
Argenis
(¡Muerta quedo!)
Poliarco
Prosigue, pues; ¿qué novedad es esta?
Gelanor
El africano...
Poliarco
¿Qué?
Gelanor
... un bajel apresta
y en los brazos del viento
al África camina,
porque el Rey determina
–ansí lo dice el vulgo– el casamiento
y ¡qué veloz ha ido
a su tierra a hacer pruebas de marido!
Poliarco
Ya es tiempo, si ha dejado la memoria
de pasada alegría
o de perdida gloria
en tu verdad, hermosa Argenis mía,
llama o ceniza alguna,
de que venza el amor a la fortuna.
¿Cómo quieres que viva
victorioso el amor con los despojos
de deidad tan ingrata y vengativa?
Pues es mudable, ciérrala los ojos
con firmeza y costancia,
y, pues vas con tu esposo, vete a Francia.
Allí estarás segura,
allí servida, allí serás...
Argenis
Detente,
que tu lengua procura
seguir un imposible inconveniente.
Poliarco
Pues, si posible fuera,
¿qué hiciera la fortuna? ¿Amor qué hiciera?
Imposible fue amarte
sin verte, Argenis; imposible el verte,
imposible el hablarte
y todo fue posible con quererte.
Pues hazte tú posible
y venza un imposible otro imposible.
Argenis
Poliarco, acortemos
discursos. Yo soy tuya;
mas agora probemos
a ver si quiere Amor que se concluya
esta paz por buen medio,
que, si no, ya sabemos el remedio.
Si en Sicilia no quieres declararte,
vete a Francia tú solo y vuelve luego
con bajeles que Marte
admire por volcanes de agua y fuego
y entre estos horizontes
teman el parto a tus preñados montes;
mi padre, temeroso
de tu poder y fuerzas, ha de hacerte
–¡quiéralo el cielo!– mi feliz esposo.
Verás que desta suerte
un imposible otro imposible allana,
no siendo tú traidor ni yo liviana.
Poliarco
Yo quiero obedecerte.
Hoy a Francia me iré, porque no quiero
–por si llego a perderte–
tener queja de mí, que solo espero
de ti, de ti quejarme,
que solo este consuelo has de dejarme.
Sola una cosa, si atreverme puedo
a pedirte, te pido,
y es...
Argenis
No la digas; yo te la concedo.
Poliarco
... que si alguno ha de ser...
Argenis
¿Qué?
Poliarco
... tu marido...
(¿Hay quien mis penas crea?)
Argenis
¿No lo sea Arcombroto?
Poliarco
Que él lo sea
–esto te pido y ruego–;
otro, no.
Argenis
Pues, ¿qué alcanza
de alivio tu esperanza?
Poliarco
Porque, si a verte en otros brazos llego,
será pena más fiera
saber que uno te goce, otro te quiera
y yo lo sienta todo;
mejor es que los cielos
junten todos mis celos
en un sujeto singular, de modo
que uno solo te quiera,
uno te goce y uno solo muera.
Argenis
Pues yo a los dioses juro
–y por Júpiter, dios más soberano–
que te ausentas seguro
no solo del amor del africano,
sino del mismo amor, porque fue mucha
mi firmeza.
Poliarco
Di cómo.
Argenis
Atiende, escucha.
¿No miras ese monte o nuevo atlante
que, coluna del sol, al sol se atreve,
dando batalla en derretida nieve
al mar, que espera aun menos arrogante?
Pues ya sobre las nubes se levante
o ya se atreva al que sus ondas bebe,
comparado al amor que el alma debe,
menos firme será, menos constante.
Haré leyes de amor para obligarte,
preceptos buscaré de obedecerte
, los dioses negaré por adorarte;
y, si el alma inmortal puedo ofrecerte
después de muerta, el alma he de entregarte,
por que muerta aun no deje de quererte.
Poliarco
¿Porque muerta aun no dejes de quererme,
después de muerta el alma has de entregarme?
Pudiera, Argenis, de tu amor quejarme
y de mis esperanzas ofenderme,
pues, si el alma inmortal has de ofrecerme,
no me das lo que dices que has de darme;
luego poder el alma reservarme
para otro tiempo, agora no es quererme.
Yo no solo te doy el alma, pero
antes que el cielo nuestras almas bellas
formase, te la di, pues considero
que entonces se quisieron las estrellas,
y ansí antes y después mi amor espero
que ha de durar lo que duraren ellas.
Váyanse cada uno por su puerta y salgan Hianisbe y la dama.
Dama
¿Gusto en esta quinta tienes?
Hianisbe
Diviérteme su belleza.
Dama
¿Aquí a templar la tristeza
de tus pensamientos vienes?
Hianisbe
Está de Sicilia cerca
por esta parte, que ufano
este piélago oceano
estas dos provincias cerca,
y véngome a consolar
pensando tal vez que veo
a Sicilia, que un deseo
es lince que penetrar
los mares sabe y fingir
a los ojos el objeto
más apartado y secreto.
Dama
Pues bien, ¿qué quieres decir?
Hianisbe
Que está en Sicilia Arcombroto
sospecho y engaño ansí
la esperanza y desde aquí,
aunque esté en lo más remoto
del mundo, pienso que está
en esa provincia bella
y consuélome con vella.
Dama
Gusto mar y tierra da.
Salga Arcombroto.
Arcombroto
No quise que otro viniera,
hermosa Hianisbe, a dar
estas nuevas y a ganar
las albricias tuyas.
Hianisbe
Fuera
prevención y aviso injusto,
pues todo lo que tardara
prevenido el bien, quitara
de valor el gusto al gusto.
Dame los brazos mil veces.
Arcombroto
Tu favor más soberano
será, si la blanca mano
para besarla me ofreces.
No te pregunto si tienes
salud, porque tu hermosura
della informa y asegura.
Hianisbe
Galán lisonjero vienes;
en la corte habrás estado.
Arcombroto
Y en corte que he de volver
presto.
Hianisbe
¿Luego viene a ser
este bien solo prestado?
Arcombroto
Después de venir a verte,
a cosas que importan vengo
y a solas que hablarte tengo.
Hianisbe
Vete tú.
Vase la dama.
Arcombroto
Agora advierte.
Yo, señora, me ausenté,
llamado de mi valor,
a ganar fama y honor.
Llegué a Sicilia y llegué,
por mejor decir, al cielo,
que es dosel y que es esfera
de un sol que causar pudiera
diluvios de luz al suelo.
No es tan común hermosura
la que mi vida desea
que Argenis misma no sea,
Argenis, imagen pura
del templo de Venus bella
de las aras del amor,
del cielo divina flor
y del campo humana estrella.
En fin, para conseguir
tan altas vitorias hoy
me falta decir quién soy,
que no lo quise decir,
por cumplirte la palabra,
ni a Argenis ni al Rey, que estima
mi persona; antes le anima
amor, que su pecho labra,
a decirme que, si soy
noble, su esposo seré
de Argenis –¡qué dulce fe!–.
¡Mira qué nueva te doy!
No me niegues la licencia
que humilde te pido agora,
Hianisbe, reina, señora,
o con más prolija ausencia
el alma destituida
del cuerpo verás, de suerte
que en tu mano está mi muerte
y en tu mano está mi vida.
Hianisbe
(¡Oh, quién pudiera decir,
cielos, a Arcombroto agora
secretos que el alma ignora!
Pero callar y fingir
importa, porque, si aquí
de improviso desengaño
su amor, temo mayor daño.
No sé qué hacer.)
Arcombroto
¿Cómo ansí
me recibes, cuando yo
en los brazos esperé
la respuesta, porque fue
tal mi valor que llegó
a levantarse en los rayos
del sol? ¿Tan suspensa estás
que respuesta no me das?
Hianisbe
Fueron avisos y ensayos
estos temores que en mí
has visto de no saber
cómo debo agradecer
el valor que vive en ti;
mas descansa sin cuidado
solo un día y fía de mí
que has de volver desde aquí
a Sicilia tan honrado
que, en sabiendo el Rey quién eres,
con más gusto te reciba
del que piensas, por que viva
entre agrados y placeres
tu persona tan honrada
del Rey y Argenis que sea
un asombro que se lea
por historia celebrada.
Arcombroto
Si soy de Argenis esposo,
es llano...
Hianisbe
En él lo verás.
Arcombroto
¿Luego licencia me das?
Hianisbe
Sí.
Arcombroto
¡No hay hombre más dichoso!
Váyase Arcombroto y salga una dama.
Dama
Un extranjero ha llegado
sin querer decir quién es,
en traje y lengua francés,
a estos puertos derrotado
y dice que, si le das,
para que te hable, licencia,
se atreverá a tu presencia.
Hianisbe
Si es francés, no espere más.
Salga Poliarco solo.
Poliarco
Dos veces, señora, el suelo
que piso el alma adoró:
una porque quise yo
y otra porque quiso el cielo.
Una vez llegué a tus pies
victorioso y atrevido,
y esta, cobarde y rendido,
te pido que me los des.
Hianisbe
Eso no, llega a los brazos,
que del favor recebido
no has de pensar que me olvido.
Poliarco
Haranme tan dulces lazos
dichoso y en tan penoso
estado me llego a ver
que los dejo por no ser
solo un instante dichoso.
Yo he perdido a las desdichas
el temor con tanto extremo
que ya solamente temo
el veneno de las dichas.
Hianisbe
Aunque es fuerza que me pese
del rigor de tu fortuna,
también me holgara que alguna
tanto a ti te persiguiese
que me hubieses menester,
para que en mi pecho vieras,
¡oh, francés!, con cuántas veras
espero satisfacer
la obligación en que estoy.
Poliarco
¿Es por no deberme nada?
Hianisbe
No, sino porque obligada
cuanto agradecida estoy.
En fin, ¿qué me quieres?
Poliarco
Solo
que me escuches y después
favor y amparo me des.
Hianisbe
Sí prometo, por Apolo.
Poliarco
Yo soy, hermosa Hianisbe
–que ya es forzoso decir
secretos que tanto tiempo
a mí mismo me encubrí;
no te espantes de escucharme–
Manfredo, francés delfín,
que sujeto a la fortuna
llega a tus pies ya feliz.
Amor –¿quién duda que habían
de empezarse por aquí
de un príncipe las fortunas,
porque es un rayo sutil
que con arrogancia sabe
lo más eminente herir?–
el amor, pues, de mi patria
me ausentó; della salí
a vencer un imposible
y, pues no importa decir
quién fuese, pase en silencio
por su respeto y por mí.
Por no cansaros, señora,
aunque con gusto me oís,
os diré solo que, césar
de amor, llegué, vi y vencí:
llegué a la imposible empresa
de un reservado jardín;
vi en el reducido cielo
de una hermosura feliz
y vencí la más constante
belleza que ha de vivir
en lienzo y mármol por alma
del pincel y del buril.
Merecí alguna fineza
y alguna noche –¡ay de mí!–
lloró en mis brazos un alba
porque otra empezó a reír
y, al despedirnos los dos,
yo y el céfiro sutil
bebimos más de un clavel,
lamimos más de un jazmín.
En esta paz fue forzoso
ausentarme; discurrid,
las desdichas de un ausente,
que todas juntas las vi,
pues hallé, ¡válgame el cielo!,
cuando a sus ojos volví,
un fuerte competidor
que me pudo preferir,
si no en el agrado della,
en el de su padre sí.
Para ganar por las armas
lo que por trato perdí
a Francia quise volverme,
solo para conseguir,
como su príncipe, el logro
del premio que merecí.
Embarqueme, pero apenas
en el salado zafir
abrió la quilla los senos
del pavimento turquí,
cuando rizadas espumas,
combatidas entre sí,
imitaban con las ondas
un verdinegro tabí.
Sacó la escamosa espalda
el agorero delfín;
sacó Tritón el torcido
caracol, acento vil
que es trompeta de los vientos,
y hizo señal de embestir.
Aquí en montes se levanta
el mar hasta competir
con las estrellas, y juntos
luces y fanales vi,
que parecieron errados
cometas que del cenit
del cielo se despeñaban
a dar guerra y a morir.
Gime el viento, brama el mar,
y en su bramar y gemir
de dulces sirenas era
la música para mí
por pensar que estaba cerca
la muerte que pretendí,
que aun la muerte tiene días
para quien cansa el vivir.
Cúbrese el cielo de luto
y el sol, bajando al nadir,
apercibiendo tragedias,
vistió púrpura y carmín.
No pudiendo a los decretos
de los cielos resistir,
nos dejamos a los vientos,
que, piadosos, hasta aquí
nos derrotaron, adonde
supe, Reina, que vivís
por vuestro gusto esta quinta,
narciso que en el viril
del mar mira su hermosura,
enamorado de sí.
Y, pues los cielos quisieron
conducirme a este país,
halle en él piedad y amparo,
pues ya no es posible ir
a Francia y volver a tiempo
de estorbar esta infeliz
boda, gloria para ellos
y tragedia para mí.
Por reina, por poderosa,
por obligada y, en fin,
por vos misma os toca, ya
que mis desdichas oís.
Amparadme, dadme gente
y armada con que salir
otra vez a la campaña
del mar o ya desde aquí
serán sepulcro las ondas
de aqueste francés delfín
que a vuestras plantas se arroja.
¡Tened lástima de mí!
Hianisbe
Vuestras desdichas, señor,
se pudieran imprimir,
por amorosas y vuestras,
no en un pecho femenil
de mujer, sino en el bronce
más rebelde, porque así
arrebatan y suspenden
con lo heroico y lo sutil
de lo dulce y lo cruel
que me han llevado tras sí
el alma. No solo quiero
daros gente con que ir
a conquistar esa dama
que adoráis y que servís,
sino daros un amigo
con cuyo valor medir
podáis los rayos al sol,
porque en la edad juvenil
nació para hacer verdades
cuantas fábulas fingir
supo la encantada selva
de Esplandián y de Amadís,
y sobre estas partes tiene
otra más alta y feliz
para el propósito vuestro,
porque ama también y oír
sabrá las fortunas vuestras,
que es también suerte decir
uno sus penas y hallar
a quien las sepa sentir.
Este es Túsbal, hijo mío,
que estaba ausente de aquí
cuando esotra vez llegastes
a estos puertos y venir
hoy a tan buen tiempo pudo,
que con pecho varonil
irá a esta amorosa empresa
a acompañar y servir
vuestra persona. Ensanchad
el corazón y vivid
confiado, pues el cielo
hoy os ofrece por mí,
señor, de vuestras fortunas
el más imposible fin.
Poliarco
Deja que mil veces bese
esa tierra que el marfil
de tus pies convierte en nieve.
Hianisbe
Yo le voy a prevenir
de vuestro suceso y él
vendrá agradecido aquí
a ofreceros alma y vida.
Váyase la Reina.
Poliarco
La mía será feliz
con tal amigo. Los cielos,
cansados de perseguir
mi vida, ya favorables
se muestran, pues que ya vi
tras el diluvio de ausencia
resplandecer y lucir
el arco de paz morado,
verde, azul y carmesí.
Bien África me recibe
si un africano… –¡ay de mí!,
que, si repito mis celos,
muero y vivo– pero, en fin,
si un africano me dio
la muerte, otro me da aquí
la vida, que desta suerte
el África para mí
salud produjo y veneno.
César soy de amor: vencí.
Salgan Hianisbe y Arcombroto.
Hianisbe
Esta fue su fortuna
y mi dicha también, pues que ninguna
a mis ojos pudiera
ser más dulce, apacible y lisonjera.
Vida y alma le debo
en un tesoro, pero no me muevo
por eso solamente,
sino porque de mí y de ti valiente
y rendido se ampara.
Arcombroto
¿Y que es delfín de Francia?
Hianisbe
Lo declara
su pecho generoso,
su persona y su trato.
Arcombroto
Deseoso
de llegar a sus brazos,
los instantes parecen largos plazos,
que, si en esto te obligo,
tengo de ser su verdadero amigo,
porque en la tierra mía
se debe a huésped tal tal cortesía.
(Con un delfín de Francia
en mi favor, segura la ganancia
tengo de Argenis bella
y de Sicilia, pues si llego a ella
por quien soy declarado
y de un príncipe tal acompañado,
Poliarco no puede
igualar mi valor, porque le excede
como excede a una estrella el sol hermoso.)
Con este amigo solo soy dichoso.
Hianisbe
Ya vuestra Alteza tiene
a Túsbal a sus pies, que humilde
viene a servirle.
Poliarco
(¡Qué veo!)
Arcombroto
(¡Qué miro!)
Poliarco
(No lo dudo.)
Arcombroto
(No lo creo.)
Hianisbe
(Los dos se han admirado
de verse.)
Poliarco
(Estoy suspenso.)
Arcombroto
(Estoy turbado.)
Hianisbe
Confirmen dulces lazos
esta amistad. Da al príncipe los brazos,
Túsbal, y vos, señor.
Poliarco
(¡Que aquesto miro!
Segunda vez de mi rigor me admiro.)
Hianisbe
Nudos de amor enlacen vuestros cuellos.
Poliarco
Sí le daré, para matarle en ellos,
porque quien llega a verse
ofendido, podrá satisfacerse
donde quiera que encuentre su enemigo.
Acométense con las dagas desnudas y la Reina se ponga en medio.
Arcombroto
Y yo tus arrogancias no castigo
porque estás en mi tierra;
no presumas que en ella te hago guerra
ni que aquí con ventaja he de matarte,
que eres mi huésped y he de respetarte
todo el tiempo que en ella
estuvieres. Mas yo de África bella
saldré luego al instante,
por que me busques fiero y arrogante.
Poliarco
Hazte al mar, que primero
saldré de África yo.
Arcombroto
Y en él te espero.
Hianisbe
Pues ¿cómo desta suerte,
con venganzas y amagos de la muerte,
príncipes se saludan
cuando llegan a hablarse? ¿Cómo dudan
los generosos pechos,
a tantos triunfos y vitorias hechos,
el trato y cortesía,
esmalte del valor y bizarría?
Tú,Túsbal, ¿cómo admites enojado
tal huésped?
Arcombroto
Como estoy enamorado.
Hianisbe
Vos, ¿cómo entráis, ¡oh, príncipe famoso!,
tan arrogante?
Poliarco
Como estoy celoso.
Hianisbe
¿Cómo a romper te atreves
la cortesía que en tu patria debes
a un príncipe extranjero
de tanta fama?
Arcombroto
Como amando muero.
Hianisbe
Vos, ¿cómo vengativo
llegáis aquí?
Poliarco
Como rabiando vivo.
Hianisbe
Y los dos, en efeto,
¿cómo contra el decoro y el respeto
ofendéis a los cielos?
Arcombroto
Como yo tengo amor.
Poliarco
Yo, amor y celos.
Hianisbe
Bien se dejan mirar vuestros rigores
y que de Argenis sois competidores.
Pues yo premiaros quiero
remitiendo a mi industria vuestro acero:
dadme palabra aquí con prevenido
homenaje, a los príncipes debido,
de volver a Sicilia los dos luego
llevando cada uno al Rey un pliego,
haciéndome testigos
a los dioses de hablaros como amigos
hasta que el Rey le vea.
Y, si en el punto que las cartas lea
no os diéredes los brazos,
haciendo la amistad eternos lazos,
y quedarais contentos,
logrados de los dos los pensamientos,
tenedme por fingida,
falsa y aleve y quíteme la vida
con mortales desmayos
el dios de los relámpagos y rayos.
Arcombroto
A cosas nos persuades
de fabulosos extremos
y das causa a que dudemos
el crédito a tus verdades.
¡Que donde hay dos voluntades
y una Argenis solamente,
eso tu discurso intente!
Una es sola Argenis bella;
pues ¿cómo el que ha de perdella
posible es que se contente?
Poliarco
Perdona si desconfía
de tu crédito un temor,
porque el cetro y el amor
no permiten compañía.
Si Argenis ha de ser mía,
¿cómo otro dueño procura
merecer igual ventura?
Y, puesto que a uno ha de darse,
¿cómo podrá consolarse
quien perdiere su hermosura?
Y apurado el caso más,
cuando tu ingenio te ofrezca
que ninguno la merezca
–si eso imaginando estás–,
igual tormento nos das,
no igual premio, como dices,
y, cuando lo sutilices,
dejando el premio dudoso,
dejas de hacer un dichoso
por hacer dos infelices.
Arcombroto
Cuando ese tu ingenio fuera,
en pie la duda quedara,
porque de nuevo empezara
la competencia, pues fuera
imposible que viviera
sin amar a Argenis yo.
Mi amor conmigo nació;
conmigo ha de fenecer.
No gozarla puede ser,
mas quedar contento, no.
Hianisbe
Las dudas tengo entendidas
y vuelvo a decir que, en viendo
el Rey las cartas, entiendo
que han de quedar concluidas.
Yo estimo vuestras dos vidas
por ley y naturaleza
y sé que la sutileza
de mi ingenio pudo hacer
esta paz, aunque ha de ser
de uno solo su belleza.
Arcombroto
Pues yo digo que de ti
me fío.
Poliarco
Lo mismo yo.
Hianisbe
¿Reñiréis hasta allá?
Los Dos
No.
Hianisbe
¿Seréis muy amigos?
Los Dos
Sí.
Hianisbe
Pues fiad los dos de mí,
porque vuestra paz intento.
Poliarco
Yo digo que la consiento.
Arcombroto
Si pierdo bien tan dichoso,
yo seré el primer celoso
que haya quedado contento.
Váyanse y salgan Argenis y Timoclea y Selenisa, los músicos y Gelanor.
Timoclea
Sereno el cielo y el mar
agradable vista ofrecen
cuando espejos de sí mismos
a competirse se atreven.
Selenisa
Y la tierra con los dos
pues en tornasoles vence
al cielo en sombras azules
y al mar en celajes verdes.
Gelanor
Si fuera el mar de hipocrás,
como a partes lo parece,
qué lindo monstruo que fuera
y más si pudiera hacerse
todo de una limonada.
Pudieran bajar a verle
los dioses y dar dos higas
al sacro néctar que beben.
Argenis
Sola esta apacible quinta
con soledad me divierte,
ausente de Poliarco
o, por decir bien, ausente
de mí misma, pues la vida
a mí misma me aborrece,
que quien vive ausente vive
por morir y nunca muere.
Gelanor
Yo espero que presto veas
ese cristal trasparente
república de sus naves,
población de sus bajeles
y, conociéndole el Rey,
luego a sus brazos te entregue,
y él, como dice Ganasa,
te reciba alegremente.
Argenis
Selenisa.
Selenisa
Mi señora.
Argenis
Canta una letra; suspende
agua, tierra, mar y viento
con tu voz.
Selenisa
¿Triste o alegre?
Argenis
Canta de amor, por que sea
todo amor cuanto yo oyere.
Canten.
Selenisa
Si no me dejan hablar,
yo moriré de temor,
que no hay tristeza en amor
como sufrir y callar.
Gelanor
¡Oh, filomena con saya!
¡Oh, jilguero con copete!
¡Oh, ruiseñor con perico!
¡Oh, calandria con afeite!
¡Oh, Orfea con enaguas!
¡Oh, chirimía de nieve!
¡Oh, corneta sin sentido!
¡Oh, monacordio con fuelles!
Vuelve a cantar otra vez
y otras cuatrocientas veces,
que quiero hacerte un favor
de escucharte. Vuelve, vuelve.
Vuelvan a cantar.
Selenisa
¡Qué tarde remedio espera
quien ama y no se declara!,
que yo pienso que, si hablara,
hasta las piedras moviera.
El callar me ha de matar
sufriendo tanto rigor…
Todos
… Que no hay tristeza en amor
como sufrir y callar.
Gelanor
Mucho mejor que yo cantas.
Salga el Rey.
Rey
Bien la música divierte,
que yo, por no interrumpir
su voz, entre estos laureles
la escuché.
Argenis
Música y agua
son dos sujetos alegres.
Rey
¿Siempre has de estar triste?
Argenis
Sí,
que soy infelice siempre.
Rey
Ya serás presto dichosa,
pues dueño y esposo tienes.
Ya le espero.
Argenis
Y yo también.
Rey
Huélgome de que le esperes.
Yo espero que presto venga,
porque ese piélago breve
por esa parte divide
el África y solamente
hay un pequeño viaje,
y más si en sus pinos verdes
el viento sopla feliz.
Argenis
No sé cómo responderte.
Ruego al cielo que el esposo
que espero felice llegue
a tus pies.
Rey
¡Cuánto me obligas
cuando humilde me obedeces!
Pero ¿qué salva es aquesta?
Salga Arsidas.
Arsidas
De un edificio eminente
del mar, alcázar con pies
y ciudad con alas, vienen
a tierra dos hombres solos,
y el número solamente
la vista nos lo permite,
no las señas.
Rey
Pues que lleguen
donde estoy.
Argenis
(¡Válgame el cielo!
¿Cómo tan conformes vienen
Arcombroto y Poliarco?)
Rey
(Estos dos jóvenes fuertes
Poliarco y Arcombroto
son. ¿Qué intentan? ¿Qué pretenden
tan conformes?)
Argenis
(Si salieron
de aquí a partes diferentes
enemigos, ¿cómo agora
juntos los dos nos prometen
amistades?)
Rey
(Confusión
dan.)
Selenisa
(Admiración ofrecen.)
Rey
Hija, ya viene tu esposo.
Argenis
Ya veo, señor, que viene.
Salgan Arcombroto y Poliarco.
Arcombroto
No dudo yo que te admires,
invicto señor, de verme
con Poliarco, jurada
la paz, que enojo valiente
fue otra vez en tu presencia;
pero después que leyeres
esta sabrás el suceso
que tan conformes nos tiene.
Argenis
(¡Válgame el cielo! ¿Qué encanto,
qué hechizo puede ser este?
En más confusiones vivo
que tuvo el caos.)
Poliarco
(El Rey vuelve,
leyendo, a ver a Arcombroto
y con el semblante alegre
le mira. ¡Qué mal anduve
en fiarme neciamente
de mi enemigo!)
Rey
Los brazos,
¡oh Túsbal!, me da mil veces.
Arsidas
(Túsbal le llamó.)
Argenis
(¿Qué es esto?
Enigma mi amor parece.)
Poliarco
(El Rey le abraza y después
a leer la carta vuelve
y a mirarle con más gusto.
¡Oh, mal haya aquel que quiere
una dama y llega a trato,
sino que viva quien vence!)
Rey
¿Qué encomienda de Hianisbe
traes?
Arcombroto
Esta joya excelente.
Rey
Ella es. ¡Hijo del alma!
Deja que tu cuello apriete.
Poliarco
(¿Qué enigmas, cielos, son estas?
Aquella joya que tiene
el Rey volví yo a Hianisbe
y por ella le agradece
su venida; yo le he dado
al contrario armas. ¡Que fuese
yo el tercero de su amor!
¡Valedme, cielos, valedme!)
Rey
Túsbal.
Arcombroto
Señor.
Rey
Llega, llega
y da los brazos a Argenis.
Argenis
(¡Muerta soy!)
Arcombroto
(¡Dichoso soy!)
Poliarco
Eso no,Túsbal, detente,
que, si yo he sido engañado
de mujer que no me debe
agravios, sino alabanzas,
no es bien que aquí me sujete
a sus engaños. Señor,
oye agora atentamente
mi parte, pues has oído
la de Túsbal, excelente
príncipe de África.
Rey
Di.
Poliarco
Para ti esta carta viene
de Hianisbe; sabe della
antes su engaño y advierte
después a la justa causa
que tal enojo me mueve.
Entre tanto que el Rey lee, diga Arcombroto aparte.
Arcombroto
(Bien el Rey me ha recebido;
coronará de laureles
hoy las victorias de amor,
pues soy esposo de Argenis.
Pero, leyendo la carta
de Poliarco, suspende
el Rey el rostro y le mira
agradecido.)
Argenis
(¿Qué puede
contener aquella carta,
que así a los dos enmudece?)
Rey
Vuestra Alteza, gran señor,
hoy a mi ventura deje
tocar los indignos brazos
y perdóneme que fuese
tan necio que en tanto tiempo
su valor no conociese.
Poliarco
Por no dejar de serviros
no permití conocerme,
porque ser criado vuestro
más me ilustra y ennoblece
que ser de Francia delfín.
Rey
Pues sé desta que merece
vuestra persona y valor
premio tan divino, dele,
para fin de sus fortunas,
la mano de esposo a Argenis.
Arcombroto
Eso no, que, si engañado
fue de la Reina, no debe
mi valor obedecer
la fe jurada.
Rey
Detente,
Túsbal, que, si tú pudieras
ser su esposo, solamente
lo fueras tú.
Arcombroto
Pues, ¿no puedo?
Rey
No, porque su hermano eres.
Hijo mío, aquestas señas
tal desengaño me ofrecen.
Joven al África fui
y entre agrados y placeres
rendí con la fe de esposo
los amorosos desdenes
de Ana, hermana de Hianisbe,
por que, ya que a Argenis pierdes,
ganes a Sicilia.
Arcombroto
Solo
tener sangre tuya puede
consolarme deste daño
y hacer que contento quede
de una pérdida tan grande.
Dame los brazos, pues puedes
sin celos de Poliarco,
y, por pagar lo que debe
mi amor, doy a Timoclea
la mano.
Danse las manos.
Poliarco
Pues ya fenecen
las competencias, volvamos
a la amistad que se deben
dos que fueron tan amigos.
Rey
Si el amor la culpa tiene
de la enemistad, también
la disculpa.
Argenis
Bien merece
mi amor tan dichoso fin.
Gelanor
Con cuyas paces le tienen
las amorosas fortunas
de Poliarco y Argenis.
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- TextGrid Repository (2026). Calderón de la Barca, Pedro. Argenis y Poliarco. CalDraCor. https://hdl.handle.net/21.11113/4gbx6.0